Expatriado en Japón

Kani Shi es una pequeña ciudad en la preceptura de Gifu, a menos de una hora en tren de Nagoya. El Japón profundo con aires de modernidad. Pero menos.

20 abril 2006

FRAGMENTOS DEL DIARIO. SHIRAKAWA Y TAKAYAMA



Lunes 10 de abril

Hoy me ha costado mucho despertarme. Muchísimo. Tal vez me he contagiado del espíritu de las vacaciones de nuestros amigos, o es que el influjo maligno de la primavera y sus cambios de tiempo y consiguientes cambios de presión siguen atenazándome, fatigándome sin piedad. Quizá el fin de semana, intenso, distinto, también ha tenido algo que decir. Y al final, el monstruo de la desmotivación recorriendo mi espalda hasta hacer saltar chispas en remotos lugares de mi cerebro, tan solo con ver aquellos planos pendientes de verificar. Con el sueño intenso que hace más denso el aire, el tiempo, las palabras, con el deseo, casi irreprimible, cultura obliga, de volver a la cama, de dejar al cuerpo que se recomponga, Watanabe se ha acercado a mi mesa y me ha dicho algo de los planos. Chikamatsu se fue el domingo a España para seguir con las medidas del coche de demostración y durante tres semanas no lo voy a ver. Lo cual no es algo que me apene, la verdad. Así que Watanabe es mi interlocutor con el mundo japonés. Por la tarde ha venido un proveedor para que veamos una pieza, una placa metálica doblada y taladrada, que servirá de soporte a una de las piezas del sistema. Poesía pura. Un señor mayor y arrugado al que Watanabe san me ha presentado como el gerente de la empresa. Una empresa pequeña, supongo, de mecanizados y prensas, de esas que soportan los vaivenes y las presiones del sector de la automoción al final de la cadena y que son las que mas capacidad de absorción tienen. Una empresa con planos manchados de huellas grasientas, con viruta metálica por el suelo, con operarios de rostro apático, con ordenadores que amarillean, con carteles explicativos de sus logros, con máquinas de café siderales. El gerente, con un uniforme color verde claro, me saluda brevemente y se centra en explicarnos como pueden hacer la pieza. Sus manos, arrugadas, tienen muchos años de trabajos manuales detrás de las durezas que asoman al perfilar una cota del plano. Los cambios que proponen no afectan a la funcionalidad del trasto así que valen. Que tristeza de gente, empezando por mí, un errático ser deambulando por el oscuro mundo de las fábricas, el aceite y los proveedores oprimidos. Deberían ser los primeros en iniciar una revolución industrio-social, para eliminar las presiones del sistema económico imperante. Por un mundo más hermoso, más tranquilo, debería ser el lema de la revuelta. Todos los proveedores de tornillos, de mecanizados, esas empresas pequeñas que sobreviven trabajando cuando haga falta para satisfacer no solo las necesidades de las grandes industrias de automoción, sino también de los caprichos y meteduras de pata de los ingenieros situados por encima de ellos, todos ellos deberían empezar a matizar las condiciones que les llegan desde arriba. Guerra a los compradores que siempre llegan con un pedido fuera de plazo, con una exigencia de reducción de costes desmesurada. Todo eso, ¿para qué? ¿Para que los coches bajen un poco de precio? ¿Para poder meter mas accesorios por el mismo precio? Para que luego el proveedor oprimido vaya el sábado por la tarde al concesionario, en un rato libre, y pueda comprarse un cochazo con el que ir cada día a su fábrica, y dejarlo las doce horas de la jornada laboral en un aparcamiento. Es España las cosas son un poco menos exageradas, pero la filosofía de fondo es la misma. En fin, mal día para ir a trabajar y para reflexionar sobre mi posición exacta, milimétrica, en un mundo que se agita, pero no llega a las convulsiones finales. De momento.



El fin de semana llegaron Felipe y Paloma. Van a pasar unos días con nosotros y luego se van a Tokio, desde donde vuelan de regreso a España. Fuimos a buscarlos al aeropuerto y como venía también un amigo de la hermana de Mamen (el mismo al que le hice la consulta sobre nuestro contencioso con el tipo de Recursos Humanos de Pamplona) y su mujer que se quedaban en Nagoya, dejamos el coche en la ciudad y paseamos un poco. El día había amanecido soleado, pero conforme avanzaban las horas una extraña y desasosegante turbiedad se apodero del aire. Un cielo enrarecido, grisáceo, denso en el que un viento frío se movía de un lado para otro con extrañas intenciones. O al menos así me lo pareció a mí. Hoy, en la clase de japonés, Marisa nos ha explicado que fue viento del Gobi, que traía consigo arena del desierto. Lo cierto es que dejó el coche sucio como si hubiese rodado por pistas de tierra. Tierra del Gobi. Aroma del desierto transportado a la ciudad japonesa. Luego de enseñarles un poco el centro y de comer algo de tempura, de tomarnos un café tranquilo mientras charlábamos y veíamos a las japonesas recomponerse el maquillaje, retocarse el peinado, situarse la ceja postiza, regresamos a casa. Cenamos en el Izakaya del centro de Kani, bastante bien, por cierto.

El domingo arrancamos tarde, ellos con el cansancio del cambio de hora, nosotros, con la pereza del fin de semana. Cogimos el coche, y aprovechando un precioso día de sol, subimos hacia el norte. Primero fuimos a las aldeas Shirakawa. La temperatura iba bajando conforme la autopista se sumergía por entre las montañas, para ir ganando altura lentamente. Luego, nos desviamos por una carretera que avanzaba en un valle, siempre al lado de un río, ancho y de color verdoso, que periódicamente era represado de manera artificial. Un paisaje de montaña agradable, con un cielo azul que ya no arrastraba fragmentos del desierto, sino aire limpio. Metáforas cuya interpretación se me escapa.
Shirakawa es un conjunto de aldeas construidas en una zona inhóspita, donde en invierno el frío y la nieve hacen de la vida algo duro. Hoy en día, más volcadas en el turismo que en otra cosa, no creo que las cosas sean como antaño. Dejamos el coche y paseamos por Ogimachi, la aldea que más casas tradicionales tiene. Estas casas, las Gasshoo-zukuri (manos que rezan) tienen unos tejados bastante inclinados formados por una compacta y gruesa capa de paja prensada.. Una aldea que es como un gran museo al aire libre donde no faltan las tiendas. Y los turistas, en cantidades industriales. Pero aun así, es agradable pasear por entre las casas de madera de altos tejados afilados contra el cielo. Entramos en el Museo del Templo de Myozen-ji. Se entra por la vivienda anexa al propio templo, que es más grande que éste último. El humo del fuego que emplean para cocinar y para calentar, asciende por un sistema de rejillas en el suelo y llena toda la casa. El propósito, además de dar algo de calor es el de mantener en buen estado el tejado de madera y paja (no emplean clavos para unir las vigas de madera). Subimos por empinadas escaleras y podemos contemplar todo la estructura de la casa, la compleja y laboriosa construcción, artesanal, del tejado. Cientos de instrumentos de nombre desconocido y aplicación misteriosa, probablemente relacionados con las labores del campo, se apilan por todas partes. Una de las actividades principales en esta aldea es la cría de gusanos de seda. Subimos hasta tres pisos dentro de un tejado casi vertical, con el humo ascendiendo a través del suelo de madera. En el templo, budista, más pequeño que la vivienda, con el suelo frío, termina la visita. El humo de la casa se pega a la ropa, se instala con insistencia en la nariz y el aire fresco de la calle se agradece. Seguimos paseando por el pueblo, comiendo pinchos de carne, de masa de patata, de masa de arroz prensada. Sabrosos sabores que el sol de la tarde en la montaña con el tiempo corriendo de nuestro lado, amplifica la sensación de bienestar que se ha ido apoderando de nosotros.
Hacia el sur se ve una montaña alta, orgullosa, escondida con un abrigo de nieve que camufla sus formas con discreción. Una carretera parece abrirse paso hasta su cumbre. Habrá que volver para subir un poco mas arriba en verano. Luz intensa por todas partes.
Tomamos el coche y ponemos rumbo a Takayama. La noche ha ido cayendo lánguidamente mientras nos acercábamos y la oscuridad es total cuando ya llegamos: las seis y media. El frío baja con rapidez. Paseamos por el barrio de San-machi Suji. Calles de casas de madera, de antiguas tiendas de comerciantes. Pero ahora todo se encuentra cerrado y oscuro. Apenas se tropieza uno sino con algún otro despistado turista. Caminamos hacia el río, pero el hambre aprieta (no hemos comido, hemos hecho un horario un tanto extravagante y ahora podemos normalizar nuestro tiempo con el del resto de los mortales nipones). Guío al grupo hasta el restaurante de yakiniku donde estuve con mis compañeros de trabajo hace apenas dos semanas. Cuesta encontrarlo, pero aparece por fin. Cenamos muy bien, sabroso, abundante y con un precio más que razonable. Me encuentro a gusto, charlando, comiendo, dejando que el tiempo se evapore lentamente y que el aroma final se pose en recuerdos agradables. Pero regresando hacia el coche, de pronto, el recuerdo de que es domingo, de que son las ocho y media de la tarde, o de la noche, me estalla en algún lugar remoto de la conciencia adulta y me deja un sabor amargo sobre la cena.
Poco menos de dos horas de carretera, sin tráfico, y estamos en casa.

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