Expatriado en Japón

Kani Shi es una pequeña ciudad en la preceptura de Gifu, a menos de una hora en tren de Nagoya. El Japón profundo con aires de modernidad. Pero menos.

30 enero 2006

Noticias

Estos días ha estallado un escándalo financiero en Japón que ha merecido unas líneas de los periódicos digitales españoles. Hideaki Noguchi, ejecutivo de la empresa Livedoor, sospechoso de falsificar información para aumentar la cotización de los títulos de su compañía en el mercado, apareció muerto, con las venas cortadas, en un hotel de Hokaido. El escándalo originado por las irregularidades de esta empresa causó el desplome de la Bolsa de Tokyo. Pero el suceso no es ajeno a la mentalidad japonesa. En este país el suicidio no está censurado por la religión sintoísta y la muerte ha sido considerada tradicionalmente como una manera de escapar al fracaso o a la deshonra. El ritual del harakiri (cortarse el vientre, en japonés) fue el medio por el cual los samurais evitaban caer en manos del enemigo o expiar una falta al código de honor y evitar así la vergüenza. Al finalizar la segunda guerra mundial, numerosos militares japoneses pusieron fin a sus vidas, antes que caer en manos del enemigo. Recuerdo ahora el caso de un constructor, implicado en la construcción, ilegal, de casas vulnerables a los terremotos, que puso fin, igualmente, a su vida. Ahora el gobierno habla de demoler un buen numero de casas, algunas de reciente construcción, dejando el problema planteado de qué hacer con los afectados.
Un profesor de psicología nipón explica, respecto a estos estos suicidios, que suele tratarse de un intento de compensar algún perjuicio que se ha causado a un cliente, o superior en la empresa. Para entender esto último es necesario comprender que en Japón, la devoción a la empresa en la que se trabaja es algo muy interiorizado. El mencionado profesor explica que los suicidas pretenden lograr un efecto de limpieza. Castigar a una persona muerta es lo peor que se puede hacer. No respetar a los muertos, investigar sus pecados, no está bien visto en Japón. La devoción a los antepasados, con raíces confucionistas, está también, pues, detrás de estas conductas.

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