Expatriado en Japón

Kani Shi es una pequeña ciudad en la preceptura de Gifu, a menos de una hora en tren de Nagoya. El Japón profundo con aires de modernidad. Pero menos.

01 febrero 2006

De Nuevo en Japón: Fukuoka, Nagasaki y Okinawa





Viernes 30 de diciembre

Ayer aterrizamos en el aeropuerto de Fukuoka. Corea ya es pasado. El metro nos dejó en la estación de Hakata (antiguo nombre de la ciudad). Estamos en Kyuushuu (la tercera isla más grande de Japón). Tres túneles y un puente colgante la conectan con Honshuu, la isla principal, la nuestra.
El hotel está al lado de la estación de tren. Dejamos las cosas y bajamos a cenar algo, pero apenas tenemos energía para movernos fuera de la estación. En Japón, las estaciones de tren suelen tener una zona llena de pequeños y variados restaurantes. Encontramos uno y nos reencontramos con los sabores de siempre. Siempre es el tiempo que caracteriza a lo que uno alcanza a recordar con cierta intensidad.
Es curioso regresar a un lugar que es extraño y familiar a un tiempo. Los caracteres, aunque indescifrables en gran parte, son más habituales para la vista. El aire, las gentes, todo se torna más conocido. Un hogar provisional. Una primera impresión al pisar las calles de Fukuoka es que las calles son más limpias y están más ordenadas que en Seúl. Nunca he tenido la impresión de que las calles de Japón sean limpias. Quizá se trate del contraste.

Hoy, hemos renunciado al desayuno, incluido en el precio de la habitación, por tratarse de desayuno japonés. Ya se sabe, el arroz, las verduras, el pescado, el tofu... En fin, demasiado tarde para educar el paladar recién despierto. Hemos tomado un café con un bollo en un Starbucks (aunque no es mi lugar favorito, más de una vez nos ha sacado de un apuro alimenticio en estos lugares lejanos) y caminamos. Nos dirigimos al templo principal de la ciudad, Kushida jinja. Las calles, con muchos comercios cerrados, están sorprendentemente limpias. Entonces recordamos una costumbre del país que habíamos escuchado en alguna ocasión. Los tres días antes de Oshoogatsu (nochevieja) se limpian lan casan, las calles, las empresas. Se trata de hacer una limpieza para recibir el año limpios y barrer la mala suerte del año anterior. También se cortan el pelo o se compran ropa nueva para recibir al año entrante. He ahí la explicación.
En un barrio llamado Gion (como el famoso barrio de Kyoto) entramos en un par de templos que la guía ignora. Por fin encontramos el templo de Kushida jinja. No es espectacular, pero tiene algunos edificios de madera interesantes, así como una espectacular carroza, decorada hasta el delirio, para los desfiles del festival Gion de Yamakasa. Tenemos la suerte de ver un bautizo, en el que solo se encuentran presentes, además del sacerdote y la víctima, sus padres y su hermano. Mientras paseamos, se agradece haber dejado el frío intenso de Corea. Al lado de aquellos días, los cinco grados de aquí son un regalo para el cuerpo. Apenas da tiempo para mucho más. Atravesamos la Kawata Dori, donde me compro un par de tazas para el té, decoradas con kanjis, y regresamos al hotel, cogemos las maletas y vamos a la estación de tren. A la una sale el expreso hacia Nagasaki.
Hicimos bien en reservar los billetes antes de venir. En la zona del anden desde la que se accede a los vagones sin reserva, se agolpa una multitud de gente. En nuestro vagón hay algún asiento libre, pero la gente, viajando de pie, no entra en el vagón. A pesar de que lo que mejor describe la situación de los “sin reserva” es de hacinamiento. Son de un escrupuloso que llama la atención. Una mujer espera pacientemente a que llegue el revisor para comprar la reserva y solo entonces se sienta en el asiento. Eso es inconcebible en otras tierras.
El tren avanza hacia el sur. Un terreno llano, con montañas en la lejanía. Dos horas tranquilas, en las que devoramos unos bocadillos sabrosos del, otra vez, Starbucks. El tren, con suelo de madera y asientos de cuero, es de una de las muchas compañías privadas que operan en Japón al margen de la Japan Railways. El viaje nos da la oportunidad de permanecer sentados dos horas, de charlar y disfrutar del paisaje. Que no está mal.
A las tres de la tarde el tren se detiene en la estación de Nagasaki. Es uno de esos nombres que a uno se le introducen en la cabeza unidos a la terrible explosión de la bomba atómica, de modo que bajarse del tren y saber que se está en esa ciudad mítica de la geografía de la infancia produce una extraña y absurda sensación de excitación.
El hotel, el mejor de Nagasaki según la guía Rough, se encuentra cerca de la estación. Y no está nada mal. Dejamos las maletas y, curiosidad ―siempre la maldita curiosidad― obliga, caminamos por las calles de la ciudad recién conquistada. Vamos hacia el sur. Según el plano que manejo, la ciudad, incrustada en un valle por el que se introduce el mar, tiene una forma alargada, de norte a sur. Al lado de la terminal de ferrys hay un centro comercial con una librería en la que se pueden encontrar libros en inglés. Entramos y compramos unos cuantos. Mamen un par de novelas. Yo compro The Japanese Mind, que analiza la mentalidad japonesa en contraposición con la occidental y Diplomacie, un grueso volumen de Henry Kisinger, con las memorias de este personaje, un tanto oscuro, pero que observó el mundo desde una privilegiada posición a partir del final de la segunda guerra mundial.
Se puede pasear junto al mar, cosa que llama la atención en este país. Incluso hay un par de restaurantes con terrazas. Uno de ellos, un restaurante español con la bandera y todo, ha sido bautizado con el nombre de Cancún. Al lado encontramos el Nagasaki Sea Side Park. Un parque donde la gente ejercita el ocio, algo que parece tabú en este país. Un lugar agradable y bien cuidado desde el que ver la otra orilla, en la que se construyen unos gigantescos barcos blancos y azules. Los reflejos del sol, cayendo sobre el mar, dulcifican al ambiente. Anochece mansamente mientras caminamos hacia el interior. La temperatura baja y las luces de la ciudad le dan otro color diferente a las calles.
Históricamente, Nagasaki se ha caracterizado por dos hechos notables. Primero, por haber sido el único puerto abierto a los extranjeros en la era Tokunawa, durante unos doscientos años. Al principio llegaron portugueses y chinos. Los primeros misioneros cristianos parece que tuvieron éxito en su labor apostólica y ello origino el temor del Shogun. Se les persiguió y muchos tuvieron que huir. En Macao se encuentran rastros de muchos de estos huidos, a comienzos del siglo XVII. Cuando a los portugueses se les vetó el acceso del puerto, solo se quedaron los holandeses. Fue entonces cuando Japón se cerró al mundo y solo estos holandeses, confinados en la isla de Dejima, traían libros y conocimientos occidentales al cerrado mundo de los samurais.
El segundo hecho destacado ocurrió el 9 de agosto de 1945 a las once y dos minutos de la mañana. Una bomba atómica explotó en el barrio de Urakami, a quinientos metros de altura. La devastación fue total, brutal, en varios kilómetros a la redonda. En los primeros días después de la explosión se contabilizaron más de setenta mil muertos. Otros tanto fallecieron con el tiempo, víctimas de las heridas y de la radiación.
La primera parte de la historia de Nagasaki marca el recorrido de esta tarde de finales de diciembre. Subimos hacia el Glover Garden, un lugar donde el estilo europeo de los comerciantes da un exotismo curioso. Antes pasamos por delante de la iglesia católica de Ooura, construida por misioneros franceses. El Glover Garden ya está cerrado, así que callejeamos sin rumbo, hasta que el hambre impone una meta.
Encontramos un curioso hotel de aspecto portugués y comida mestiza. Servicio impecable, comedor con un punto de decadencia controlada, casi encantadora. Reponemos fuerzas mientras comentamos lo que hemos visto de la ciudad.
En el camino de vuelta al hotel, volvemos a pasar por la librería de los grandes almacenes. Mamen compra alguna novela más y yo un libro de gramática japonesa que me parece puede ser útil.
Me prometo a mí mismo no volver a comprarme un libro durante el año próximo. Mamen encuentra idiotas estas promesas, pero yo creo que el desequilibrio entre lo que compro y lo que leo es igualmente absurdo.



Sábado 31 de diciembre

Último día del año que es recibido con un desayuno formidable en el hotel. Pienso: esto sí que es levantarse con alicientes. En este caso salir a descubrir un nombre mítico, parte de un país cada vez menos misterioso, pero todavía desconocido en gran parte.
Tomamos el tranvía hacia el norte. Caminamos por el Parque de la Paz. Una escultura, un poco horrible, cuyo sentido hay que desentrañar con ayuda de la guía, conmemorativa del horrible momento, al final de unos jardines donde hay esculturas con placas donadas por diversos países. Un poco más abajo, camino del Museo de la Bomba Atómica, está el parque del Epicentro. Una columna, adornada con múltiples lazos de colores, recuerda el lugar donde la bomba explotó, a quinientos metros de altura, para potenciar el efecto destructor. Se me encoge el corazón cuando pienso dónde estoy, cuando recuerdo lo que sé sobre esta bomba. Las imágenes que tantas veces he visto en la televisión. La última vez que estuve en Madrid tuvimos la suerte de ver un reportaje en la televisión sobre la bomba atómica. Se hablaba de la posibilidad de usarla finalmente o no. Incluso de lanzarla en un lugar poco poblado, para mostrar a los fanáticos japoneses que gobernaban el país la potencia mortífera del arma sin necesidad de causar una carnicería innecesaria. Y no solo a los japoneses. Parece que también se quería mostrar el nuevo poder destructor a los acechantes soviéticos. Muchos americanos están convencidos (es lo que yo escuchaba de pequeño) que gracias a la bomba atómica se ahorraron muchas muertes y se terminó la guerra antes. Hoy tengo mis dudas de esas afirmaciones que encubren algo muy grave. Cientos de miles de muertos en Hiroshima y Nagasaki exigen una explicación. Aunque se trate de los derrotados. La guerra estaba perdida para Japón, que no tenía armada, que ya sabía que se luchaba en su suelo (en Okinawa) y que no tenía ni combustible para su ejercito. Pero los rusos querían su parte del pastel y parece que nada mejor que explicar a Stalin que Japón quedaba bajo la esfera de influencia de los aliados (la Unión Soviética declaró la guerra a Japón entre la primera y la segunda explosión atómica) y mostrarles los resultados finales del proyecto Manhattan. No se trata de antiamericanismo; se trata de no aprovechar una guerra salvaje, larga y cruel, para permitir que todo valga y no poder exigir responsabilidades al vencedor.
El museo está cerrado. Afortunadamente abren mañana. Tomamos el tranvía y nos acercamos al centro de la ciudad. El día, grisáceo y algo desapacible, amenaza con romper a llover de un momento a otro. Las calles están bastante solitarias y ello contribuye, igualmente, a dibujar la ciudad con un tono melancólico, casi triste.
Dirigimos nuestros pasos al barrio chino. Pero antes entramos en lo que queda de la isla en forma de abanico de Dejima. Ahora está integrada en tierra firme, pues se ha ido ganando terreno al mar. Dentro se han reconstruido algunas de las casas de los comerciantes holandesas y se puede ver una enorme maqueta que representa el estado de la isla cuando era operativa. Comemos en el barrio chino, un poco experimental. A la salida, llueve. Compramos un paraguas en una tienda de todo a cien yenes. Para mí, no hay nada más efímero que un paraguas. Desde que nos vinimos a vivir a Japón, este es el octavo paraguas que compro. Y no conservo ningún otro (me molesté en hacer el recuento al salir de la tienda). Cuando era joven y vivía en casa, mi madre prefería que me comprase ropa de abrigo con capucha a que anduviese perdiendo paraguas todo el día.
Caminamos hasta llegar a Sofukuji, un templo chino zen al que se accede por una puerta roja. Dentro, varios edificios con figuras de Buda. Reconozco que no me causa una especial emoción. Tal vez son ya tantos templo, que éste, no especialmente grande, no me llama mucho la atención. Por otro lado, la lluvia y la humedad hacen poco agradable la estancia. El templo es una prueba más de los intensos contactos de esta ciudad con China. Algunos elementos de este templo fueron transportados desde China para ser montados aquí. Seguimos caminando por una calle, Teramachi dori (calle de los templos) donde abundan los templos. Solo queremos visitar uno más, el de Kofukuji, antes de retirarnos al hotel a descansar un poco para poder pasar la última noche del año como hacen los japoneses.
Kofukuji es más interesante. Se accede subiendo unas escaleras. Templo zen chino de principios del siglo XVII, nos recibe en soledad. Realmente a esas horas, hacia las cuatro de la tarde del último día del año, poca gente vemos por la calle. Pocos comercios abiertos. Una explanada de hierba bien cuidada con unas palmeras poco esbeltas le otorgan un aspecto tropical que el día enturbia. Podría parecer el patio de una casa colonial. Por ejemplo. Aparte de los edificios dedicados al culto y las figuras religiosas, me llama la atención el Belfry, un torreón, separada del resto de edificios, en cuyo interior hay una campana. El torreón es cerrado, de dos pisos, y se puede ver un poco de su interior a través de la puerta de acceso, cerrada.
Regresamos al hotel. La ciudad sufre del urbanismo atroz que ya hemos visto en Japón. La mayoría de los edificios son feos, con todos los cables del tendido eléctrico y del teléfono colgando por fuera. Los edificios no respetan ni los materiales, ni la altura, ni las proporciones de los vecinos. Cantidad de cajas metálicas de aire acondicionado, de conductos, tuberías, incluso depósitos de agua son visibles. Pero hay algo más de armonía en esta ciudad que en otras japonesas que hemos visitado. Claro está, que el hecho de que se hayan dejado la piel haciendo una limpieza que no hacen el resto del año, contribuye a mejorar la imagen. Limpieza quiere decir que cuando uno camina y pasa junto a un garaje de una casa, no está todo lleno de cajas, objetos viejos inservibles, bolsas de plástico, hierros oxidados. Todo ello, junto a una jardinera de plástico de la que brota alguna flor. No. Solo están las paredes, el suelo. Y poco más.
Descansamos un rato en el hotel. Es una habitación muy agradable y silenciosa, que da a una calle principal. Con los años voy sintiendo la importancia de tener un entorno agradable a mi alrededor para poder sentirme bien. Es condición necesaria, aunque no suficiente. En el hotel hay muchos empleados, muy atentos. Esto es algo muy común en Japón. Cuando bajamos, ni siquiera nos tenemos que mover por el amplio hall para dejar las llaves en recepción. Una amable empleada nos aborda al salir del ascensor y con ese gesto educado que tan extendido está entre la gente que trabaja de cara al público y una sonrisa memorable, nos recoge la llave.
Cenamos en la estación, en un local poco japonés. Nos sentimos un poco saturados de la comida oriental. Hay bastante gente cenando esta noche: parejas, amigos, incluso hay alguien que comparte un poco de su soledad con los camareros, con los demás comensales. A eso de las diez y media salimos a buscar un templo para pasar la nochevieja, tal y como hacen los japoneses. Caminamos un poco y encontramos el monumento a los Veintiséis Mártires. Se trata de los primeros mártires cristianos de Japón, crucificados en 1597.
Nos dirigimos hacia la calle de los templos y en el camino encontramos un grupo de gente con linternas que van vestidos iguales. En España uno pensaría que son de alguna peña, pero aquí, uno no sabe qué pensar. Les seguimos y al poco vemos que se junta más gente a la comitiva. Nos apartamos de la calle principal y tomamos una más secundaria. Cada vez se ve más gente caminando dirigiéndose al mismo punto. Dejándonos arrastrar por la multitud, por esa intuición de la masa, nos vemos en las escaleras de entrada al templo sintoísta de Suwa, el santuario principal de Nagasaki, fundado en 1625 para contrarrestar el peso creciente del cristianismo. Un grupo de policías vigila que nadie suba las escaleras, y en la explanada donde estamos cada vez se congrega más gente. Al final de la larga escalinata de piedra, arriba, se ve la puerta principal de acceso. Hay más gente que de vez en cuando mira hacia abajo, hacia donde estamos nosotros
La gente habla, pero con discreción. Tan solo un grupo de jóvenes alborota, y no demasiado. A las doce de la noche, suena la campana del templo. Ciento ocho campanadas para alejar las otras tantas debilidades humanas y ya estamos en 2006.
Pasado un rato nos dejan subir. Al llegar arriba, hay otro retén de seguridad que impide subir un corto trecho de escaleras que nos separa del templo propiamente dicho. Pero lo podemos ver. Mucha gente se agolpa frente al mismo. Creo que rezan, pero no lo sé. Antes de subir nos acercamos a un puesto servido por jovencitas vestidas de blanco que venden Sake dulce, amasake. Se trata de una bebida no alcohólica, según me explican y caliente con trozos como de leche cuajada flotando. Con el frío de la noche, entra muy bien en el cuerpo. Nos hacemos una foto con ellas y cuando podemos, subimos al templo propiamente dicho. Ellos, los autóctonos, parece que realizan una oración, y echan monedas. También compran papeles que se venden doblados y que parece tienen que ver con la suerte del año venidero. Salimos por un lateral, pues sigue subiendo gente al templo. Allí la gente se agolpa a beber sake en unos platitos diminutos. Una mujer de mediana edad nos acerca un par de platos. Nos dice algo en inglés. Bebemos. Cuando vamos a devolver los platos nos dice con un gesto de complicidad que no, que no hace falta. Creo que ella ha bebido bastante. Le devolvemos la complicidad con una sonrisa y me guardo los platos en el bolsillo del abrigo, dejando un rastro húmedo en la tela. Luego, cuando se ha ido, los devuelvo. Lo juro. Caminamos, ya para ir saliendo del templo. Hay muchísimos puestos donde se venden de todo: desde cosas para comer o beber, hasta artículos de electrónica. Como parece que no podemos salir por donde hemos entrado, tenemos que pasar delante de todos los puestos para poder salir. Como las tienda de Ikea que tanto detesto, aunque reconozco que tienen cosas útiles y a buen precio.
Regresamos caminando al hotel. Mucha gente por la calle, pero no me da la impresión de que la celebración vaya mucho más lejos. Tampoco conozco los bares y los locales de ocio de la ciudad. Nosotros nos retiramos, que mañana seguimos ejerciendo de turistas.





Domingo 1 de enero de 2006

Primer día del nuevo año. El año pasado, por estas fechas, estábamos en Perth. Y fuimos a la playa. Este año, el primer día del mismo, del año en que termina el contrato de expatriado, visitamos, por fin, el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki. Antes de entrar en el comedor para desayunar, me dan un platito con sake y un trozo de pescado seco incomible, que disimulo con los restos del desayuno. He terminado el año y empezado el nuevo con sake. Cuando desayuno, a eso de las nueve de la mañana, pienso que en España acababan de tomar las uvas cuando yo me estaba despertando.
El museo. La impresión es dura. Aunque uno ya sabe que no va a visitar un lugar muy agradable, el mal cuerpo se instala con perseverancia. Después de bajar por una rampa en espiral donde la luz del día entra a través de una claraboya, de repente entra uno en una sala oscura. El sonido, siniestro, de un reloj, acompaña desde el comienzo. Y muchas imágenes, recuerdos, fotos. Algunas películas grabadas justo después del momento de la explosión. Uno empieza a sentir el dolor de los que cayeron, la angustia de los supervivientes. Muchos de ellos, horriblemente quemados, solo pedían agua, trataban de llegar al río para beber y morir allí. Se explica como el ingenio humano se puso (y se sigue poniendo) al servicio de la destrucción y de la muerte de los demás.
Me interesa especialmente conocer cómo se explica la explosión de la bomba y cómo se sitúa en el contexto de la historia mundial. La guía Rough destaca del museo lo equilibrado de su enfoque. Hay un panel informativo que explica los hechos que condujeron a la explosión. Empieza con el plan norteamericano de construir una bomba atómica, el desarrollo del proyecto Manhattan y la elección de una serie de ciudades como posibles objetivos. Un poco demasiado focalizado en el hecho y no en las circunstancias.
Cuando llega la zona donde unos videos recogen los testimonios de los supervivientes, paso de largo. Justo a la salida de esta sala, oscura, como todas hasta aquí, se encuentra otro gran panel informativo que se remonta a los años de la guerra con China, de la invasión de Manchuria y otras tropelías cometidas por el militarismo japonés. Se trata de un panel que no logro entender, pues no tiene más que un par de hitos escritos en inglés, pero adivino que contextualiza un poco más el hecho. Aún así, en un museo con tanta información en inglés, no encuentro razonable que un mural tan grande, con información tan significativa para entender que hay alrededor de todo esto, no se encuentre traducido.
Al final se recoge información sobre la escalada armamentística. Un video muestra las pruebas con bombas nucleares (subterráneas, submarinas o al aire libre) llevadas a cabo, por Estados Unidos principalmente, pero también por la Unión Soviética, Francia y Gran Bretaña. Del orden de 2.000 explosiones han sacudido nuestro planeta. En algunos casos, han dejado secuelas en habitantes de zonas cercanas o soldados implicados en los ensayos. Abandono las salas y entro en la pequeña tienda del museo. Compro The Bells of Nagasaki, escrito por el doctor Takashi Nagai. Este hombre perdió a su mujer en la explosión y se dedicó a ayudar a los supervivientes hasta que la leucemia, contraída antes de la explosión terminó con su vida. También compro un libro que habla del relato de unas jóvenes colegialas supervivientes de la explosión. Espero leérmelo cuando pase el tiempo.
Nunca una promesa de fin de año me ha durado tan poco.
Me siento en la cafetería del museo y ojeo la guía para ver hacia dónde podemos ir después de esta visita. Pienso, aprovechando esta pausa solitaria, en la cantidad de cosas que hemos visto estos días, en los kilómetros pateados, en tren, autobús, en lo que se queda atrás pero que ha dejado una huella dentro de nosotros. Afortunadamente todavía queda una semana de vacaciones.
Cuando Mamen termina su visita salimos y vamos en tranvía hacia el barrio chino. Comentamos lo que hemos visto, lo que nos ha impresionado, lo que nos parece. Enriquece mucho viajar con alguien.
Desde el barrio chino subimos al Hollander Slope, una calle en cuesta donde abundan las construcciones de los holandeses, hoy rehabilitadas como museos. Aunque están todas cerradas. El sol se termina de situar en el centro de un cielo azul intenso. Desde la altura que dan las terrazas de las casas, se divisa la ciudad y una cosa que llama la atención: los tejados de cinc amarillo de un templo chino confucionista.
Bajamos hasta allí. Se trata del Kooshi-byoo. Según leo en la guía, los terrenos sobre los que se asienta estos recintos pertenecen a China y están administrados por la embajada de Tokio. Se paga la entrada de rigor y se encuentra uno en una pequeña explanada con un jardincillo muy trabajado. Otra puerta, está más grande e imponente que la de entrada al recinto, y se llega a un patio donde setenta y dos discípulos de Confucio, tallados en piedra, se encuentran alineados, en diferentes actitudes, aunque la mayoría de ellos parecen meditar. Los edificios son de un rojo intenso, casi agresivo, pero alegre. La luz del día juega a crear sombras bien contrastadas. Un regalo para la vista.
El lugar, se ha convertido en un Museo de Historia China. De hecho, ya desde su construcción se empleó para la educación de la comunidad china asentada en la ciudad. Lo que, adivino, debía ser el santuario central, es ahora un lugar de exhibición de objetos antiguos en el que muchos paneles informativos, también en inglés, nos hablan de las andanzas de los discípulos de Confucio.
Al fondo hay un edificio, de corte más moderno, donde se pueden contemplar bastantes objetos de arte chino. Se explica un poco la historia de las dinastías chinas y de sus logros culturales. Se exponen algunos inventos chinos, como un modelo del primer sismógrafo del mundo, y unas fotografías de diferentes lugares de la geografía china que abren el apetito viajero. Una tienda en la que aprovecho a comprar te de jazmín cierra esta visita.
El confucionismo dejó mucha huella en la cultura japonesa, como recuerda la hoja amarilla escrita en inglés que nos entregan al pagar la entrada. Menciona el amor filial, que ha dejado una honda huella en este país, en el que los ancianos son respetados aunque sean unos impresentables, en el que es condición necesaria, aunque no suficiente, tener una cierta edad para alcanzar un buen puesto en una organización, en el que los hijos se llevan a los padres a vivir con ellos cuando se casan, haciéndoles la vida un poco más difícil a las sufridas mujeres japonesas.
Salimos del templo. Fuera, ondean dos banderas: la japonesa y la china. Una al lado de la otra. Silenciosas, sin aspavientos. Ligeramente agitadas por una brisa casi imperceptible. No puedo evitar hacer una foto. Curiosa, creo.
Nuestros pies, cansados, se dirigen hacia el hotel. De camino volvemos a refugiarnos en un Starbucks y tomar unos bocadillos (con un pan que recuerda al chapata) de jamón y queso. Creo que necesito desintoxicarme de los sabores asiáticos por un tiempo. Mucha gente que aprovecha la pausa del domingo, del año nuevo, para comprar y tomarse un café. Me siento muy cansado y me empieza a molestar un poco la garganta.
Seguimos rumbo al hotel. Las parejas pasean, las familias llevan a sus hijos al parque, junto al mar, para que puedan desfogarse antes de empezar a meterse en las ajustadas pieles de los ciudadanos japoneses. Recogemos las maletas en el hotel y nos dirigimos a la estación. La ciudad ya no es esa desconocida que nos acogió hace unos días. La ciudad nos ha dejado un poco de su aroma, de su esencia cosmopolita impregnando nuestras pieles curtidas por el frío. Nosotros hemos dejado unos cuantos yenes y algunas palabras intercambiadas con algún lugareño. Todo ello se irá desvaneciendo conforme el invierno vaya siendo arrinconado por la primavera y los días se esfumen detrás de las montañas azules. En la estación encontramos mucha gente que regresa a Fukuoka. La tregua de las vacaciones se repite también aquí.
Llegamos las ocho de la tarde a Fukuoka. Me encuentro mal y la garganta me molesta cada vez más. No obstante, voy a dar un paseo para ver la zona del río, iluminada de noche. Craso error.



Martes 3 de enero

Ayer no fui capaz de escribir nada en mi diario. Ayer fue un día para olvidar. Pase la noche con fiebre, flemas, sed, escalofríos y apenas pude dormir. La fragilidad humana. Al despertarme, ya tenía claro que me había cogido un catarro. A pesar que desde que abandonamos Corea la temperatura mejoró, creo que el cansancio acumulado ha ido dejando a mi organismo más debilitado frente a virus y otras inmundicias que flotan en el aire. Con grandes esfuerzos logré llegar al aeropuerto. Me tome una de las pastillas contra el catarro que llevábamos, pero no notaba mucha mejoría. Desayunamos en la terminal doméstica del aeropuerto de Fukuoka, que me resultó demasiado japonesa. Enfrente de la puerta de embarque, unos terminales de ordenador permiten consultar internet. Mi padre me escribe desde España. Me cuenta que va a ir a Galicia, lo mucho que le gusta Santiago de Compostela. Será que a ciertas edades aparece la atracción por las raíces con más intensidad. A pesar de que comenta la envidia que le dan nuestros viajes exóticos, a pesar de que a mí me fascinan, a veces me descubro fantaseando con caminos y pueblos castellanos. Aunque soy de Madrid, debo tener raíces sentimentales en Soria. Y en la sierra de Guadarrama, por supuesto. A pesar de que me ha resultado una grata sorpresa para la vista los palacios y templos visitados en Corea, de vez en cuando vienen a mi cabeza los recuerdos de las catedrales góticas, de los monasterios medievales. El encanto de lo local, cuando no embrutece, cuando no se cae en el fanatismo y la exclusión, también me subyuga. Quizá la fiebre me lleva a los límites de mi pensamiento.
En el avión pude dormir y si encontré un poco de tregua en la lucha del cuerpo contra los invasores. Menos mal que al llegar a Okinawa no teníamos que pasar ningún control de aduanas, pues en Asia siempre le miran a uno la temperatura cuando llega de otro país, y estaba claro que llevaba la fiebre conmigo.
Lamentablemente no disfruto la llegada al aeropuerto de Naha. Solo quiero llegar al hotel y meterme a dormir. Aunque la temperatura es agradable, en torno a veinte grados, necesito ir bien abrigado. Cogemos el coche de alquiler (afortunadamente Marisa logró encontrar en casa el carné de conducir y enviarlo a la agencia de Nipon Rent a Car de Naha) y tomamos la ruta 58 rumbo al norte. ¡Cómo lamento estar tan débil, tan poco ilusionado ahora que me encuentro, por fin, en esta isla!
Solo recuerdo muchas bases militares americanas, algo de tráfico y un cielo que se nubla, pero poco. Paramos a comer algo de camino. El hotel está a algo más de una hora, al norte, pasada la base aérea de Kadena. Se encuentra junto a una pequeña playa. Me encierro en la habitación, me meto en la cama con la calefacción y no salgo hasta el día siguiente. Me cuesta dormir, pero a ratos lo logro. Por la noche Mamen me sube un par de yogures y algunas galletas.

Hoy me he encontrado mejor. No tenía fiebre ni malestar. Quizá han sido las pastillas. El día amanece alternando las nubes con momentos de sol poderoso. Uno siente la felicidad que da el conquistar, precariamente la salud. Aquello que normalmente se da por descontado, en lo que no se repara, cuando se siente deteriorado adquiere otra valoración alcista. El desayuno, viendo el mar, es muy agradable. Se ven dos líneas de olas. Una, rompiendo en la playa. Otra, más lejana, donde el mar rompe contra los arrecifes, donde empieza el coral y el mar adquiere ese color verde esmeralda. Algunos windsurfistas con trajes de neopreno han comenzado ya a meter sus tablas en el agua. La playa del hotel tiene palmeras y algo de hierba alrededor. Un poco artificial, pero rezuma el subyugante néctar de las vacaciones por todas partes. Se siente el ocio y el verano.
Un poco tarde, salimos con el coche. La ruta 58 sube hasta el extremo norte de la isla. Es una alegría ver el mar, sentir esa vasta extensión de agua sin urbanizar, apenas conquistada por los ferrys y los cargueros. El sol, cuando vence las débiles nubes, se refleja con limpieza sobre sus líneas vacilantes. Paramos un par de veces y nos sentamos junto a la orilla, solo para mirar esa grandeza monstruosa, escuchar ese susurro que habla del tiempo en un lenguaje que apenas llegamos a entender pero que nos estremece. Un agua tremendamente cristalina. Es una alegría que las casas escaseen, que ese abigarramiento, en ocasiones alcanzando la horterada más abyecta que caracteriza el urbanismo medio japonés (Japón no solo está construido a base de templos budistas con jardines zen, ni castillos esbeltos, ni preciosas casas de té) desparezca de nuestra vista. Naha, ahora lo recuerdo, era un “pasar lo más rápidamente posible y dejarlo atrás”. Al llegar a Nago, una ciudad no muy grande, abandonamos la 58 y tomamos una ruta hacia la izquierda, para visitar la península de Motobu. Comemos en un restaurante pequeño, con vistas al mar. Sowa de Okinawa (con carne de cerdo y poco sabor) y Giotza (carne picada húmeda envuelta por masa flácida). Lo dicho, quiero aparcar, en la medida de lo posible, la comida asiática. Mamen, en cambio, parece que acierta con un pescado bien preparado. De postre un keeki, un pastel y un café que equilibran los sabores.
Paramos en alguna costa de rocas que nos sale en el camino. Cogemos conchas y trozos de coral petrificados. Es una cosa que me relaja. Recuerdo haber hecho esto en muchos lugares. Creo que es una actividad que si me diese dinero, me gustaría realizarla durante algún tiempo. Pasear por una playa silenciosa, bajo un sol eternamente radiante, escuchar las olas romper mientras busco con los ojos caracoles, estrellas de mar, fragmentos de coral... Guiado únicamente por la necesidad de belleza creada por la naturaleza. En estas playas japonesas hay que esquivar latas, trozos de plástico, de cubiertas de coche, fragmentos de electrodomésticos, etc.
Cerca del cabo Bisezaki caminamos junto al mar. Hay algunos grupos de personas que también perfilan su tiempo libre en esta playa tranquila. El cabo es una isla separada de donde nos encontramos por unos metros de agua inquieta. Si hiciese más calor, con mojarse hasta las rodillas, se podría llegar al promontorio y caminar hasta donde se encuentra el faro. No es el caso.
Seguimos con el coche hasta las ruinas de Nakijin-jo. Se trata de un antiguo castillo de los tiempos en que estás islas estuvieron unificadas bajo el reino de Ryu Kyu, antes de ser anexionadas por los guerreros de Kagoshima. Con la restauración Meiji, las islas pasaron a ser una preceptura de Japón y se procedió a su niponización. Este castillo, del que se conservan unas largas murallas y poco más, está situado en un alto, rodeado de una vegetación exuberante y unas bonitas vistas sobre el mar. Silencio y tranquilidad. El sol se oculta lentamente. Aquí, a pesar de tener la misma hora que en el resto de Japón, por su latitud, anochece casi a las seis de la tarde.
Terminado el paseo, tomamos el coche y regresamos al hotel. Ha sido un día tranquilo en el que no hemos visto ni un solo templo budista o sintoísta, y si muchas tumbas de piedra, con una forma curiosa, como si se tratase de entradas a pequeñas grutas, algunas situadas cerca de la carretera. Son construcciones que nunca antes habíamos visto en Japón.
Es más reposado ir en coche, sin necesidad de cargar con la mochila todo el día, sin tener que andar pendientes de horarios ni esperas, pudiendo parar donde uno quiere. Desde luego que para visitar esta isla, moverse en autobús, la guía Rough hace el mismo comentario, limitaría mucho las posibilidades. Mi cuerpo, algo debilitado por el catarro, con la garganta irritada y una tos que parece querer descomponerme en elementos infinitesimales, agradece el caminar menos.
A la hora de cenar, esquivamos los restaurantes del hotel y salimos fuera. Poca cosa. Hay un restaurante de tepan yaki (comida a la plancha que preparan a la vista de los comensales) donde cenamos un menú abundante, aunque no muy barato. Es un lugar oscuro, de una decoración abigarrada, rozando lo hortera y lo pintoresco, según que rincón se elija. Típica del gusto japonés.




Miércoles 4 de enero

Hoy el cielo está mucho más decidido a acompañar nuestro viaje. El sol se impone. El aire está tibio. Pero mi cuerpo no responde como ayer. Me encuentro mucho peor, con un malestar que me fastidia. Aun así, decidimos salir para continuar explorando la isla. Tomamos, de nuevo, la ruta 58 hacia el norte, pero esta vez ignoramos la península de Motobu y durante un buen trecho nos vemos obligados a renunciar a conducir al lado del mar. Pasado Nago, encontramos, a la izquierda, la isla de Yagachiyima. Dos puentes, conectados por una diminuta isla intermedia, permiten acceder a esta isla. Paramos el coche para pasear por una playa solitaria y, normal en Japón, algo sucia. Un local, cerrado, de barcas de remo, nos recuerda que en verano la zona debe estar más animada. En conjunto, la isla y la península de Motobu se recogen y crean una especia de mar interior donde apenas hay oleaje, donde el agua es serena como en un enorme lago. Caminando, siento que mi cuerpo no está para muchas hazañas. Es algo triste, cuando no me está permitido quedarme en esta isla todo el tiempo que desee, pero tengo que resignarme. La garganta me duele bastante cuando trago saliva.
Pero conduciendo, de nuevo hacia el norte, parece que el malestar remite. En una de las paradas que hacemos a contemplar el agua del mar en sus indecisos movimientos, a recoger conchas, me encuentro algo mejor. Comentamos, coincidimos, en que en esta isla las cosas son bastante diferentes al resto de Japón que conocemos. Aquí, donde hay pocas casas, las construcciones son diferentes, la vegetación es tropical, los rostros de la gente son de otro tipo. El mar sigue rompiendo lejos de la costa. Lástima no poder bañarse con este catarro. Aunque la temperatura tampoco es como para pedir a gritos un chapuzón, el agua no está fría.
Vamos rumbo al cabo Hedo (Hedo misaki). Poco antes de llegar, vemos una carretera que sube a nuestra derecha. Parece tener buenas vistas, así que con ayuda del navegador del coche buscamos su inicio y ascendemos por un asfalto estrecho, poco serio. Arriba, un aparcamiento, unos baños, y unos caminos ganados a una vegetación tropical, nos proporcionan un agradable momento de paz. Abajo, el mar rompe contra las rocas y nos llega un rumor casi mortecino. Nos quedamos un rato, subyugados por la belleza de la luz del sol, reflejada en el agua. Es difícil describir algo así con palabras, cuando parecen no parecen éstas sino repetirse sin llegar a transmitir la belleza, la serena y relajante escena que traspasa los textos y las fotos que intentan atraparla.
Seguimos hasta llegar al cabo. Un aparcamiento, unos puestos de Udon y Ramen. Poca gente. Un paisaje de rocas puntiagudas. Unos senderos que conducen a un mirador desde el que se ve la furia del agua desahogarse contra las rocas. Es un espectáculo fascinante. Me tiene cautivado durante un buen rato. No puedo dejar de ver esas montañas efímeras de agua finamente pulverizada, que vuelven a caer en el reflujo de las olas y se dispersan. Ese bramido de rabia que nos alcanza y nos empequeñece. El mar golpea con ira, sin descanso. Retrocede, hincha su pecho de espuma y finas ondas con orgullo para volver a embestir de nuevo contra la tenaz roca de la costa. Un combate sin reposo. Nuestra presencia, nuestras vidas apenas contienen unos diminutos granos arrancados las masas rocosas asediadas. Regresaremos a nuestra casa japonesa, más tarde volveremos a España, trabajaré, me jubilaré, moriré y estas rocas seguirán sufriendo los golpes incansables de un mar cuyas olas esconden bajo sus crestas perfectamente curvadas un color azul verdoso de una belleza apetecible.
Un autobús atiborrado de turistas japoneses entra en el aparcamiento cuando abandono el mirador. Una pareja se acerca. Ella no deja de mirar el móvil, no sé bien para qué. El camina delante, mirando hacia el suelo. En ese momento comprendo que nunca entenderé a los japoneses. Sobre todo, nunca sabré qué es lo que le piden realmente a unas vacaciones, al tiempo libre. ¿Les educaran al respecto? ¿Desean tener vacaciones? ¿Saben qué hacer con los minutos en los que nadie les va a pedir cuentas de lo que hagan?
Las puertas del autobús se abren. Un par de mujeres de mediana edad saltan a tierra, como si de un asalto se tratase, para ponerse en primera fila de las explicaciones de la guía. Ésta, una mujer impecablemente trajeada, con medias blancas y zapatos de tacón, guantes blancos, camina con paso vacilante sobre la tierra sembrada de piedrecitas.
Con el coche bajamos hasta un pueblo de pescadores pequeño, Oku. La guía habla de sus tejados tradicionales, típicos de la isla, con techos bajos de cinc, que casi quedan a la altura de los muros que marcan los límites del terreno. Pero no me fascina mucho. Además, la poca gente del pueblo parece estar de funeral. Lo que sí me ha gustado ha sido la carretera que nos ha traído desde el cabo hasta el pueblo. Se mete por el interior y uno recuerda esos paisajes tropicales del norte de Australia, en la costa este. Una vegetación frondosa, espesa, casi misteriosa. Una carretera en la que apenas encontramos un coche.
Seguimos viaje. La tarde se va extinguiendo y hacemos una ultima parada en una playa. No tiene ni lugar para aparcar. No hay nada creado por el hombre salvo las basuras de rigor. No muchas, pues poca gente andará por aquí. Es más, es posible que sean porquerías que escupa el mar. El agua es de una belleza deslumbrante. Unas rocas, horadadas, dibujan un perfil de costa sugerente. Recogemos alguna que otra caracola para nuestra colección. Me siento sobre unas rocas mientras Mamen sigue enfrascada en su búsqueda de restos de coral. Pienso, mientras veo el agua acercarse a la orilla para luego recogerse, que me parece lógico que la filosofía surgiese junto al mar. No tanto por la influencia de ideas contenida en los barcos de los comerciantes, sino por el mensaje de eternidad escrito en los efímeros caracteres de espuma con que se acerca a la tierra.
La oscuridad se va adueñando de las formas, escamoteando el perfil de todo cuanto surge a nuestro paso con el coche. Quedan unos cuantos kilómetros hasta el hotel. Como se trata de carreteras sin apenas tráfico, sin casas, sin pueblos, se puede conducir con cierta soltura. El mar se va quedando un poco lejos de esta ruta que discurre, según el mapa, paralela a la costa, pero a una cierta distancia. Me duele cada vez más la garganta.
Cenamos en Nago, donde descargamos tanta foto acumulada en una de las memorias de la cámara digital. Compro una medicina para la garganta. Me molesta bastante especialmente al tragar la comida. Al llegar al hotel noto que tengo fiebre de nuevo. Me acuesto nada más llegar, con un frío en el cuerpo que no sé de dónde habrá salido



Jueves 5 de enero

He pasado mala noche. Otra vez la fiebre y los escalofríos. Me preocupa los ires y venires de este catarro. Pocas veces en mi vida he notado tanto dolor en la garganta. El brebaje de la farmacia me alivia, pero dura poco el efecto. Y eso que lo aplico a discreción. El día está gris, con nubes voluptuosas y mucho viento del mar. Desde la ventana de la habitación se ve gente paseando por la playa. Gente abrigada.
Aprovechamos esta mañana para darle una tregua al cuerpo. Hace unos días que empecé a leerme Memorias de una Geisha de Kiharu Nakamura. Es curioso, pero en el viaje de navidades del año pasado me leí, en Australia, el libro que escribió Arthur Golden sobre la vida de una Geisha, basado, según parece, entre otros en el testimonio de esta japonesa. Este libro cuenta una vida interesante y nada aburrida, pero en ocasiones la alta autoestima de la escritora resultan un poco cargantes y hasta ridículos. El estilo es pobre: de tan directo que ha resultado el producto final uno parece estar leyendo la redacción de un colegial. Sí, de un colegial que tiene muchas cosas que contar, pero que también tiene un muy buen concepto de sí mismo. En cualquier caso, es entretenido; no tengo la cabeza para cosas más complejas, y algo de la sociedad japonesa filtrado por una curiosa perspectiva, llega a mi cabeza.
Solo después de comer algo en el hotel salimos. Tomamos el coche hacia el sur y nos desviamos para visitar el cabo Zanpa (Zanpamisaki), a unos quince kilómetros. Es un lugar precioso, azotado por un viento terrible que impone. Un faro, sospechamos que automático, nos proporciona un poco de refugio frente a las terribles ráfagas de viento. El agua, finamente dividida en fragmentos diminutos al chocar las olas contra las rocas, también busca nuestra presencia. Apenas un par de parejas pasean, agarradas, con paso vacilante. Volvemos al refugio del coche. Nos tomamos un café en un restaurante japonés de aspecto agradable. El tipo que atiende el local, moreno, velludo, con las manos depiladas, el gesto afectado, con un curioso kimono de hombre, de nariz prominente, se aleja del japonés medio. Al menos en los rasgos físicos.
Regresamos al hotel en un día en que hemos dejado que el clima y el cuerpo dicten reposo en medio de un viaje que ya se acerca a su fin. Nos damos una buena cena en el restaurante francés del hotel. Un menú de cinco platos, algo minúsculos, bastante caro, pero sabrosos. Mi catarro parece que se encoge y pierde fuerza merced a una jornada relajada.
Por la noche, en la habitación, veo un reportaje en la televisión sobre el trabajo del personal de Naciones Unidas tratando de administrar las ayudas enviadas a los afectados por el tsunami del año pasado. Parece un trabajo extenuante, que requiere mucha energía para luchar contra muchos muros. Uno de los trabajadores de Naciones Unidas trata de controlar las ayudas a una comunidad de pescadores y tiene que recurrir a la ayuda de una figura carismática de la comunidad a la hora de convencer a la gente de que hagan algo (no recuerdo el que). A pesar de todo, parece un trabajo más interesante que el mío. Que, lamentablemente, está al llegar.



Viernes 6 de enero

El día nos vuelve a saludar con nubes y viento. Bajamos a Naha. No tengo fiebre, pero me encuentro algo débil. Buscando el castillo, encontramos el Museo de la Preceptura de Naha.
A pesar del aspecto decadente que transmite en un primer momento, resulta interesante de visitar. Ayuda a comprender, como siempre, no solo la historia de las islas, sino que permite leer cómo se cuenta esa historia desde una perspectiva más o menos oficial. Es decir, japonesa. Lo primero que me llama la atención es que los nombres de los periodos paleolíticos son los mismos que en el resto de Japón (Jomon, y Yayoi). Como no soy arqueólogo, me quedo con el dato, pero en principio me parece difícil que hace diez mil años, las culturas fueran iguales en lugares tan remotos. Luego, matiza la versión que nos entregan en un folleto en inglés, la cultura de Okinawa desarrollo sus propias peculiaridades. Para el siglo XII antes de Cristo, la cultura Aji y Gusuko marcan líneas divergentes.
Estas islas estuvieron unidas por tierra a Asia continental. Han tenido muchos contactos con China, de donde tomaron muchos elementos. A comienzos del siglo XV se constituyo el reino de Ryukyu, que unifico las islas y en el que el comercio alcanzó su máximo desarrollo. A comienzos del XVII, la invasión de los señores de Kagoshima, incorporó estas islas a la estructura política feudal del Japón de los shogunes. Según la información del museo, esto no supuso ningún colapso de las estructuras de la región, y se desarrollaron la artesanía, la literatura. Las características más sobresalientes de la cultura de Okinawa son de esta época.
Cuando el comodoro Perry y sus célebres naves negras arribaron a Japón exigiendo su apertura comercial, también pasaron por las islas Ryukyu. En 1853 se firmó un tratado comercial entre Estados Unidos y el gobierno de las islas.
Pero con la restauración Meiji y la apertura de Japón al mundo a mediados del siglo XIX, se produjo una absorción total por parte de Japón. Ello les llevo a ser un objetivo importante del ejercito americano durante la Segunda Guerra Mundial. Fue la primera vez que se combatió en terreno japonés. Y la última.
Terminada la Segunda Guerra Mundial, Okinawa fue administrada por los Estados Unidos hasta 1972. Y parece que esto originó cierto descontento. En otro lugar del museo se puede leer que los americanos fueron instalando sus bases militares en el transcurso de la fase final de la guerra. A los habitantes de Okinawa se les recolocó en campos de concentración mientras duraba la fase final de la contienda. Al terminar la guerra, los que pudieron regresaron a sus casas. A muchos las bases les habían ocupado las tierras donde vivían y tuvieron que irse a otros lugares. De todas formas, los comentarios no son muy críticos, algo sí, con la ocupación americana. En cualquier caso, parece que no se sentían muy contentos por como los habían tratado los japoneses, abandonándolos a su suerte cuando las cosas estaban complicadas. Hoy en día la presencia militar americana les supone inyecciones de dinero, muy bien recibidas en la prefectura más pobre de Japón.
Hay un video, en blanco y negro, que muestra escenas de la vida cotidiana de las islas. Probablemente, de antes de la guerra. A pesar de la precariedad de medios materiales en que vivían (contextualizando en el tiempo, quizá no sea tanta), parece una vida agradable: el buen clima, el salir a pescar sobre aguas mansas, una naturaleza que parece abarcar casi todo el paisaje: todo ello se dibuja en cada momento sobre las imágenes.
Acabada la visita nos acercamos al Shuri-jo, el castillo de Naha. No tiene nada que ver con un castillo japonés de los que conocemos. Este podría recordar más a un palacio coreano y, tirando del hilo de las influencias, a algún palacio chino.
Todos los edificios han sido restaurados en la década de los noventa del siglo XX. En la batalla de Okinawa, el ejercito japonés situó su cuartel general debajo de lo que quedaba del castillo y fue reducido a escombros por los bombardeos americanos. Pero, gracias a fotos de que se disponía de antes del ataque, se ha podido restaurar. A pesar de que una exposición muestra las fotos en blanco y negro junto al resultado final de la restauración, ver una madera tan nueva, de un color rojo tan intenso, crea un efecto de parque temático, de impostura, que cuesta quitarse de encima.
Se entra por una puerta a un amplio patio. Al fondo, el Seiden, el recinto principal. A los otros dos lados, edificios menores. El
Seiden tiene dos pisos que se pueden visitar, pero todo parece tan nuevo...
Salimos. Nos liamos un poco con el coche. El día sigue plomizo y se nota la humedad en el aire. Tomamos el coche rumbo al norte, deseando huir del desaguisado urbanístico de Naha. Comemos de camino en un curioso restaurante que en la hora del té (siempre se nos hace tarde para comer) ofrece platos monumentales.




Sábado 7 de enero


Sigo sin muchas fuerzas, pero los dolores de garganta, al menos, van remitiendo. Después de desayunar me quedo un rato dormido en la habitación.
Salimos hacia la costa este. El cielo está indeciso y tan pronto aparece totalmente cubierto de nubes que parecen anunciar lluvia, como se abren grandes claros por donde el sol se anuncia poderoso, templando el aire y los rostros. Por lo demás, se presiente el final del viaje. Esta vez, el cuerpo lo agradecerá.
Volvemos a desviarnos unas cuantas veces de la carretera principal para buscar playas tranquilas por las que pasear, coger alguna caracola más, dejarnos relajar por el sonido del mar. En una de ellas, paseamos hasta el final, donde unas rocas marcan el limite de la arena blanca. Aun así, trepo un poco, buscando la línea del mar. Diminutas calas en las que tomo aliento, para seguir ascendiendo. En una de ellas hay un principio de lo que podría ser una gruta. Subo, para verlo más en detalle, pero no lo es. Una vez arriba veo algo que me llama la atención. Son enterramientos. Son piedras amontonadas. Uno de ellos tiene un hueco y por el se ven huesos y trozos de cerámica. Hago fotos. Me cuesta creer que en un lugar tan cercando, accesible con un mínimo de esfuerzo, pueda haber algo así. Regresamos por la playa y caminamos por un pequeño puerto pesquero. El agua es transparente y podemos ver la parte sumergida de las embarcaciones. Incluso peces de colores que parecen jugar en torno a un cabo de un pesquero.
Otra playa. Unos niños juegan a la pelota. El sol luce orgullosos y nosotros lo aprovechamos. Nos sentamos a mirar a los niños mientras comemos unas galletas. Los niños, cuatro, juegan con un balón de fútbol, pero las reglas son las del béisbol. Es un momento trascendente, en el que uno absorbe las imágenes, el sol, el sonido del mar taladrado por los gritos, a veces inteligibles de los niños. Uno es un espectador de algo grande que no llega a comprender en su totalidad, que tan solo puede analizar en esos elementos tan dispersos. El mundo. Y se dispone a disfrutar del espectáculo de la contemplación. El camino de la sabiduría, del ver sin estar. No muy lejos, un hombre practica el golf en un rincón de la playa. Japón.
Los niños jugando me traen recuerdos de esa infancia desocupada que ocupa una geografía ideal en mi memoria. Soy testigo, tal vez, de los recuerdos imborrables de unos chiquillos que caerán en las garras del mundo tarde o temprano y recrearan, tal vez, escenas como está.

Ya de vuelta en el hotel, vuelvo a asomarme a los periódicos digitales españoles. Parece que las cosas andan revueltas por allí. El teniente general del Ejército de Tierra José Mena Aguado, ha afirmado con motivo de la Pascua militar que si algún Estatuto de autonomía sobrepasase los límites de la Constitución, el Ejército tendría que intervenir. Recordó que la Constitución marca una serie de límites infranqueables para cualquier estatuto de autonomía: si fuesen sobrepasados, sería de aplicación el artículo octavo de la Constitución que especifica que las fuerzas armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad, y el ordenamiento constitucional. El general sostiene que los militares no deben entrar en disquisiciones políticas que corresponden a los políticos, más es su obligación alertar de las consecuencias de aprobar la actual propuesta de reforma del Estatuto catalán. Diputados de ERC, CiU y PNV, han coincidido en calificar de "inadmisibles" e "inaceptables" las declaraciones de José Mena. IU ha solicitado el cese del general. Sin embargo, el PP ha afirmado que la advertencia realizada por el teniente general es el reflejo de la situación que se está viviendo en España (en relación con el Estatuto de Cataluña). Aunque no valora el mensaje, el PP considera inevitable que se produzcan pronunciamientos de todo tipo, durante las negociaciones para la aprobación del citado estatuto. El Rey, máximo responsable del Ejército, ha pronunciado un discurso con motivo de la Pascua Militar en el que ha vuelto a pedir la reconciliación, concordia y consenso, virtudes plasmadas en la Constitución y que han permitido hacer de España una nación democrática, unida, cada vez más moderna, justa y solidaria.
Preocupa que el rey tenga que apelar a la reconciliación, como si viviésemos, o se viviese en España, de hecho, un enfrentamiento entre españoles. Sigue sin gustarme mucho como transcurren las cosas por allí.



Domingo 8 de enero

Desayuno mirando al mar. Rompiendo en una línea de espuma variable que separa un mar oscuro y extenso, de una mar esmeralda, dócil y limpio. Un mar abrupto, indomable, misterioso, que se pierde en remotas latitudes de las que solo un mapa me puede informar, ya que la vista degenera casi siempre en imaginación viajera. Un mar hermoso, manso, que permite que los windsurfistas jueguen sobre él.
Antes de dejar el hotel compramos unos dulces de recuerdo para nuestro masajista y amigo, Jin. En la tienda, la horterada japonesa aflora en múltiples momentos. Adornos recargados para los móviles son mayoría que dejan paso a la estrella: Hello Kitty. Algo que los japoneses, especialmente ellas, adoran y cuyas figuras, de todos los colores y tamaños les gusta lucir sin ningún pudor. Aquí veo algo que me asusta. Camisetas y otros muchos artículos con el texto de Hello Kitty en Okinawa. Terrible.
Paseamos por la playa del hotel. El sol se ha asomado para despedirse de nosotros. Es relajante ver a los windsurfistas juguetear con las olas y con el viento. Una moto de agua se acerca y se aleja. Una fuera borda arranca con su carga de buceadores, de piel de plástico negro, se empequeñece en la distancia y se detiene, antes de llegar al mar oscuro y misterioso. Nuestros ojos recogen cuidadosamente estas escenas. Nuestros pensamientos vuelan lejos de nuestra realidad, que dentro de poco rebajara el tono de sus pretensiones y volverá a devolvernos unos días menos intensos, más iguales.
Poco más que contar, aquí, sentado en este avión que nos lleva, indefectiblemente a Nagoya. Llegaremos a nuestra casa y todas estas vivencias, estas experiencias, este tiempo inflado y dibujado con los colores de los palacios de Seúl, adornado con los templos de Guirimasa o Beomeosa, matizado con el aire de Nagasaki, de su desasosegante museo, y por fin, perfumado con el aroma del mar, con sus susurros y sus melodías de eternidad, todo esto se posará definitivamente en algún lugar de nuestro interior, para no ser borrado jamás.


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