Expatriado en Japón

Kani Shi es una pequeña ciudad en la preceptura de Gifu, a menos de una hora en tren de Nagoya. El Japón profundo con aires de modernidad. Pero menos.

19 marzo 2006

Hawai






Miércoles 1 de marzo



Hoy ha sido el día más largo de mi vida, apreciaciones subjetivas aparte. Hoy hemos traspasado físicamente la línea del cambio de día, situada por arbitrio humano en mitad del Océano Pacífico, y hemos añadido horas a un miércoles largo.
Un día de yasumi, de vacaciones. Las primeras horas en las que se disfrutaba de la libertad de movimientos y de acciones las empleo en terminar el libro de Semprún. Luego llevo el coche al taller para que reparasen un arañazo. Conversación un poco difícil sobre el seguro con el empleado del concesionario. Pero me he defendido bien, en conjunto. Comimos algo en casa y a eso de las cuatro y veinte cogimos un tren hacia el aeropuerto. El día amaneció con lluvia, pero la temperatura era agradable. Empieza el momento mágico en el que un viaje, un proyecto, una idea, unos billetes de papel comienzan a cobrar volumen, densidad en el tiempo. Llegamos pronto y facturamos. Viajamos con un paquete que incluye hotel y traslados, nada más. Con los japoneses da miedo viajar: adaptarse a sus horarios, a sus gustos...
Me agrada el nuevo aeropuerto de Nagoya. Pero creo que también contribuye a esa sensación el hecho de estar de vacaciones, de tener la perspectiva de un viaje nuevo por delante.
El avión va repleto de japoneses. Es un Boeing 747 y no se ve un asiento libre. Cada día salen de Nagoya dos vuelos hacia Hawai: uno de JAL y otro de American Airlines. Nosotros somos los únicos, creo, no japoneses. Pero ya estamos acostumbrados a ser distintos.
La máquina, pesada, comienza a coger velocidad por la pista bajo un ruido atronador, casi inquietante. La noche ya lleva tiempo instalada. Una noche de miércoles cualquiera que arropa en su cotidiana rutina a tantos hombres y mujeres. Son las nueve de la noche y la mole ya empieza a adquirir altura. Las luces de la costa perfilan la oscuridad enigmática del mar. Las gentes se recogen en sus casas, preparándose para un nuevo asalto en el día venidero. Nosotros, los que tenemos este día la suerte de encontrarnos aquí dentro, engullidos por un tubo enorme de metal y plástico, hemos puesto una línea a lo cotidiano y hemos ensamblado un viaje: un mundo de posibilidades, de otros colores, otros olores, otras gentes...
La noche se acorta cuando se viaja hacia oriente. Como cuando regresamos a Japón (¿o volvemos?, ¿o tal vez vamos?). Apenas tres horas de sueño, malamente dormido en un estrecho asiento de clase turista, y las luces del tubo vuelven a encenderse. Sueño mezclado con inquietud. Inquietud agradable, excitante.
La máquina pierde altura con suavidad y de repente sentimos como empieza a rodar por la pista. Un sonido fuerte, como de ventiladores salvajes, frena su alocada carrera y nos va centrando en las magnitudes terrestres de nuevo.
Aeropuerto de Honolulu. Por el diminuto ventanuco del avión se ven palmeras e instalaciones aeroportuarias. La isla se llama Oahu. Estado de Hawai. Estados Unidos. Son las nueve de la mañana del uno de marzo. He desayunado, comido, cenado, dormido y he vuelto a desayunar. En el mismo día. Curiosidad, más que nada.
El control de pasaportes implica un cierto temor, pero todo va bien. Nos toman las huellas dactilares y nos dejamos fotografiar. Mientras el funcionario observa el formulario y rellena algo en el ordenador, realiza preguntas con indiferencia, como si no le preocupase mucho la respuesta. Cuál es mi trabajo, dónde vivo, qué hago en Japón, si hay muchos españoles en Nagoya, como se llama mi empresa, a que se dedica... Supongo que estará entrenado a percibir algún tipo de señal en viajeros con intereses ocultos cuando reciben esas preguntas. Pasamos el control de equipajes y, por fin estamos en Hawai. El sueño aprieta con fuerza, pero la curiosidad es poderoso estimulante. Nos reunimos con la gente del viaje y esperamos a nuestro autobús. La organización nipona parece buena. Dejamos la maleta y ellos nos la llevan al hotel.
Desde el autobús uno comprende que ha viajado muchas millas. Los coches, diferentes, circulan, otra vez, por la derecha. La vegetación, exuberante, parece resistirse a los embates colonizadores del asfalto y el hormigón. La gente, grande, en ocasiones gorda, no se parece a los japoneses. Y el clima. Enseguida hemos tenido que guardar las prendas de abrigo en la maleta.
Llegamos a Waikiki, después de atravesar Honolulu. Waikiki es una playa (según parece la arena fue de otras playas de la isla) donde solo impera el reino del turismo: hoteles, restaurantes, supermercados, tiendas de recuerdos, bares, agencias de viajes, de alquiler de coches... El autobús nos deja en el hotel y tomamos posesión de nuestra habitación.
Salgo a escrutar los alrededores mientras Mamen opta por continuar un sueño interrumpido. Waikiki ofrece un aspecto playero, donde claramente se respiran las vacaciones, el ocio. La temperatura es un acicate para el bienestar. Está nublado, pero el cielo ofrece unos contrastes de nubes preciosos. Lástima que con tantos rascacielos haya que acercarse al mar para poder tener una vista amplia y limpia del aire. Y de paso del Pacífico. Con incansables olas, hilos finos de espuma que corren paralelos hasta degenerar en algo imperceptible con la vista. Puntos de colores tratan de dominar las olas en un juego también, en apariencia, interminable. Desde la ventana del hotel, piso veintisiete, se ve este mundo reducido a un esquema curioso y divertido.
Cambio dinero, compro agua y algunas cosas para tener a mano en la habitación para llevar siempre en la mochila. Gente que pasea, muchos jubilados, enormes limusinas blancas con cristales tintados, ciclistas, muchachos de torso musculoso con enormes tablas de surf, mujeres floridas, esmirriadas niponas lastradas con bolsos del shoping center de turno... Un mundo que entra por los ojos y desatasca una canal de percepciones perdido en la rutina de una fábrica, del Japón profundo. Paseo y como un bocadillo en un establecimiento de comida rápida. Camino por la playa escuchando el murmullo del mar. Otra vez nos encontramos. Otra vez nos retamos en nuestros silencios. La última vez fue en Okinawa. El sueño me atrapa con fuerza y me siento vencido. Regreso al hotel y duermo tres horas. Después, un baño en la piscina y una inmersión en el jacuzzi (primera vez en mi vida) que me produce una increíble sensación de paz y bienestar.
Por la noche, los dos ya un poco más centrados en el nuevo horario (cinco horas más tarde, un día antes, que en Japón), salimos a pasear y a cenar algo. Cenamos algo medio mejicano, medio americano, con mucha grasa y unas raciones enormes. Dos parejas entradas en años y kilos, nos aconsejan el mousse de chocolate de postre. Lo pedimos, tiene buena pinta, pero el estómago se revela ante tanta cantidad. Después de cenar, caminamos junto al mar, donde los hoteles lo permiten. En la calle seres musculosos haciendo ostentación de sus curvas conviven con seres grasientos que no ocultan sus curvas. Calles repletas de tiendas que cierran a las diez o diez y media de la noche, japonesas de las que cuelgan bolsas y bolsas de tiendas caras, como árboles de Navidad en movimiento. Llegamos hasta un pequeño parque donde vemos la entrada a un museo militar americano. Por detrás volvemos a salir a una playa solitaria. Llegamos hasta el Hilton Lagoon y al llegar a Alai Wai Yacht Harbour, un puerto deportivo, iniciamos el regreso. Son cerca de las once de las noche y la calle sigue animada. Eso sí, mucha gente indigente compartiendo bancos, cena enlatada y alcohol junto a la playa. Los excluidos del paraíso, supongo. Un hombre recoge botellas de plástico de las papeleras. Según leo luego en una de ellas, hay puntos de recogida donde uno recupera cinco céntimos por cada una de ellas. La gente prefiere tirarlas que molestarse en buscar el punto de recogida. Yo también, lo reconozco.




Jueves 2 de marzo

Mi cumpleaños. Hoy hace treinta y nueve años que vine al mundo y todavía no sé bien para qué. Tampoco me parece el momento ni el lugar para rebuscadas y estériles reflexiones, la mayor parte de las veces apocalípticas, la verdad. Me entrego al hedonismo materialista, mi filosofía de emergencia. Para celebrarlo, desayunamos juntos en el bufet del hotel mientras contemplamos las serenas trayectorias de las dos mantas rayas del acuario. También hay aburridos peces de colores que a ratos parecen observar con curiosidad metafísica como untan la mermelada los huéspedes del hotel. Siempre me han producido tristeza los acuarios y los zoológicos. Esos lugares, en ocasiones lúgubres, donde los animales pierden la libertad (aunque no está claro que eso sea algo que lamenten, pues quizá no han llegado a interiorizar ese concepto) y se convierten en absurdas atracciones para satisfacer una curiosidad puntual de adultos y niños. Yo, con ocasión de mi cumpleaños, me centro en el beicon crujiente y en los pasteles de manzana.
Para seguir celebrándolo, salimos a la calle y tomamos el autobús 42, que después de un largo rodeo atravesando Honolulu nos deja en la entrada del USS Arizona Memorial. Estamos en Pearl Harbour. Estamos en uno de esos lugares míticos de la infancia, de esos nombres, como el de Nagasaki, asociados a la historia del siglo XX. Y ahora, en la puerta de entrada al recinto, parece un lugar conquistado.
Pearl Harbour sigue siendo una base militar americana y Ford Island es un lugar de acceso restringido. Pero allí donde la flota americana fue atacada, allí donde el Arizona fue hundido, enterrando en su interior a más de mil jóvenes soldados americanos, hasta allí se puede uno acercar y sentir el aliento de unos hechos conocidos desde siempre.
Entramos en el centro de visitantes, el recinto desde el que parten las lanchas hasta el Memorial. Nos dan un número, el dieciocho. Nos toca esperar una hora. Aprovechamos para visitar el pequeño museo que han construido con material en torno al ataque japonés del siete de diciembre de 1941. Un video explicativo narra los hechos que condujeron al ataque sobre la principal base americana en el Pacífico. Se explica el militarismo y el expansionismo japonés, así como los esfuerzos de contención de las potencias occidentales. Basándome en mis escasos conocimientos sobre el tema, me ha parecido bastante ajustado a los hechos. Cuando nos llega el turno de visitar el Memorial, nos hacen pasar a un auditorio y nos muestran otro video, igualmente interesante, sobre el mismo tema. No parecen querer criminalizar a los japoneses: simplemente explicar como unos cuántos, una elite militar y política, arrastró al país a un delirio expansionista que chocó con los intereses, no solo de los Estados Unidos. Más de dos mil trescientos soldados murieron en aquel ataque sorpresa. Un duro golpe para la marina americana, del que se recuperó con el tiempo.
Visto el video, subimos a una lancha y cruzamos hasta llegar a pocos metros de Ford Island. Allí hay unos muelles, blanqueados, con los nombres de los barcos hundidos. Cerca del que ostenta el nombre del USS Arizona hay un puente blanco, curvado en el centro. Es el Memorial. Esta construido sobre el barco hundido. Desde dicha construcción, que no toca el casco, se puede ver, sumergido a poca profundidad, el barco. En conjunto, sobrecoge un poco pensar en lo que ocurrió. Dentro, yacen más de mil soldados que murieron atrapados en el rápido hundimiento. Otros mas, supervivientes del ataque y tripulantes del mismo, muertos después del final de la guerra, fueron incinerados y sus cenizas depositadas por buzos dentro del barco. No he visto ni un solo japonés en el Memorial y muy pocos en el museo donde hicimos espera, a pesar de que son multitud en Waikiki. Al regresar en la barca, vemos a los aviones, civiles, acercándose o alejándose del aeropuerto de Honolulu. Hoy llegan los aviones japoneses otra vez a Pearl Harbour, pero en lugar de bombas arrojan riadas de turistas compradores, con una expresión ingenua y unos gestos amables tales que nadie diría que pudiesen ser descendientes de aquellos otros bravos guerreros.
Acabada la visita tomamos el autobús y nos apeamos en el barrio chino de Honolulu. El cielo se cubre de nubes hinchadas de lluvia que el viento arrastra. Caminamos hacia el Downtown mirando los comercios de los asiáticos, centrados sobre todo en productos alimenticios. A Hawai llegaron emigrantes de diferentes partes de Asia, en oleadas alentadas por el trabajo en las plantaciones de azúcar y en las granjas donde se comenzó a plantar de manera intensiva la piña. Y dejaron su rastro. Los chinos, los japoneses y otros emigrantes se instalaron en esta zona, dejando su huella en forma de restaurantes con carteles llenos de ideogramas. Pero a nosotros lo oriental no nos llama especialmente la atención.
Justo en el límite entre el Chinatown y el Downtown se encuentran algunos edificios de la Universidad de Hawai. Una calle peatonal con unos cuantos locales de comidas y refrescos baratos para los estudiantes. A uno se le antoja un buen lugar para pasar unos cuantos años de su vida estudiando cualquier cosa, por peregrina que sea. Salir de las aulas sin utilizar el abrigo, pasear junto al mar, mirar a lo lejos a esta vegetación tan brutal, navegar, tal vez bucear...
El downtown, esto es, la zona central de la ciudad, donde solo parece haber grandes edificios de vidrio y acero destinados a oficinas, recuerda bastante a las ciudades australianas. Tal vez ayude la vegetación que se infiltra en algún parque, en árboles alineados en una calle. Y la ciudad aparece en general bastante limpia. Los edificios no ofrecen rastros de vejez decadente, a pesar de que el clima debe ser bastante corrosivo con las obras humanas. Caminamos buscando un lugar donde comer, aunque la hora nos complica las cosas. Acabamos, como no, en un local de comida rápida. Un bocadillo con una verdura sabrosa, la verdad, entra divinamente en el estómago del viajero. Después de comer encontramos una librería para ver el panorama. No era muy grande y tenía, naturalmente, muchos libros sobre Hawai, sobra su historia, su monarquía, el ataque a Pearl Harbour, el lenguaje de los nativos, etc. Atento a mi promesa, sujeta a los vaivenes de mi emotividad y mis impulsos, me niego a acumular más libros y salgo como he entrado: con la guía del Lonely Planet bajo el brazo.
Seguimos paseando, sufriendo a cada rato una finísima lluvia que el viento pulveriza, arrastrándola hacia esta parte de la isla. No hace frío y se soporta sin mayores problemas.
Caminamos hasta llegar al puerto. La Aloha Tower, con su estilo de comienzos de siglo, puede ser visitada (con vistas interesantes) siempre que se llegue antes de las cinco de la tarde. Cosa que no nos ocurre. Caminamos hacia el museo Marítimo de Hawai junto al mar, observando un par de barcos japoneses, grandes, creo que de pesca. Dentro, algunos tripulantes aburridos juegan a las cartas, limpian la cubierta. El museo marítimo también está cerrado pero el Falls of Cyde, un enorme velero de cuatro mástiles, que forma parte de lo visitable, se puede ver, anclado junto a la entrada. El mar se cuela por todas partes y la brisa susurra historias de navegantes y exploradores. Como el capitán Cook que “descubrió” estas islas para el mundo occidental y en las que terminó sus días de aventura. Como esos primeros exploradores polinesios que llegaron en naves sencillas después de una larga travesía hace casi mil quinientos años, iniciando la presencia humana en las islas.
Para regresar al hotel tomamos el autobús en King Street. Hemos decidido dejar esta parte de la ciudad para otro paseo con más calma. Hemos visto desde fuera el palacio Iolani, cruzado el Capitolio del Estado (del que se pueden ver las dos cámaras legislativas, a través de amplios ventanales) por debajo, pues es una construcción en rotonda abierta.
Regresamos a Waikiki y paseamos junto al mar, escuchando su brisa encantadora, comentando las miles de imágenes que, de repente, han impactado contra nuestro cerebro y le han exigido un esfuerzo de interpretación tan grande como estimulante.



Viernes 3 de marzo


El despertador rasga el silencio de la habitación y el sueño se rebela contra la curiosidad natural del viajero. Un segundo aviso, cinco minutos más tarde, parece conectar con algún resorte semiracional de la voluntad. El cuerpo se levanta. Reconoce la habitación del hotel. Abre la cortina. Abajo, el mar, las olas empequeñecidas en la distancia, corren en diagonal hacia la costa. Los ojos se abren un poco más y ya se pueden distinguir a los surfistas acercándose a la zona donde rompen las olas para subirse a lomos de éstas. Son las ocho y cinco de la mañana.
Al bajar a desayunar el ascensor se para en una planta intermedia a recoger más huéspedes. Un grupo de japoneses muy mayores entra. Uno de ellos, en silla de ruedas, es ayudado por un hombre de mediana edad y por otro, muy arrugado, muy viejo, con ademanes nerviosos. Pienso que tal vez alguno de ellos vivió cuando lo de Pearl Harbour. El cuarenta y uno queda a sesenta y cinco años de aquí, de ahora. Estos dos hombres podrían tener en torno a los ochenta años. Tal vez incluso uno de los dos pilotaba uno de aquellos aviones que atacaron la base. Quien sabe. En cualquier caso, sufrió la guerra contra los americanos.
Salimos por fin a la calle. Vuelve a amanecer con nubes voluminosas que dejan, de cuando en cuando, claros de cielo intenso en su errático deambular. El pantalón corto, la camiseta y las sandalias son lo único que necesita el viajero para convivir con el clima de este lugar.
Un autobús nos deja, de nuevo en la zona del centro de Honolulu. Seguimos la visita donde la dejamos. Entramos en el palacio Iolani (solo en los basamentos, pues la visita del palacio es guiada, dura hora y media y tenemos que esperar a que empiece una programada). Es el único palacio real que existe en territorio de los Estados Unidos. La parte que visitamos ofrece pocos objetos y salas interesantes, pero se puede profundizar en el conocimiento de esos tiempos anteriores a la anexión.
Las diferentes islas que configuran hoy el estado de Hawai fueron estados independientes durante mucho tiempo. Las cosas se complicaron con la llegada de los blancos, que vieron, primero en las importaciones de madera de sándalo de sus bosques y luego en el negocio del azúcar una importante fuente de ingresos. El capitán Cook llegó a la isla 1778 y trajo el hiero (desconocido hasta entonces) las armas de fuego y muchas enfermedades que diezmaron a la indefensa población. En el año de su llegada las islas estaban divididas bajo diferentes jefecillos militares y solo en 1810 se terminaron de unificar bajo un solo monarca.
Los reyes de Hawai sufrieron la influencia occidental con fuerza, como se adivina en muchas construcciones anteriores al gobierno estadounidense. Se eliminaron, o se trató al menos, muchas creencias religiosas ancestrales, se introdujo un sistema judicial basado en el inglés. Esto último lo podemos ver en una interesante exposición en el Aliiolani Hale que fue un edificio gubernamental construido por la monarquía hawaiana en 1874, en principio como edificio legislativo, aunque posteriormente se empleo como Suprema corte. En la planta baja, una exposición muy didáctica ilustra el sistema judicial desde las primitivas leyes hasta la introducción del sistema ingles. Demoramos la visita para escapar de la lluvia. Subimos al piso superior donde en una sala parece realizarse el descanso en un juicio. Nos resulta curioso el ambiente festivo de la gente. Tal vez no sea un juicio exactamente lo que vemos. Abajo, en el vestíbulo, nos sentamos a esperar a que escampe. El sueño me vence. Enfrente, dos japonesas descabezan, igualmente, un sueño. Con mucha más habilidad que yo en eso del dormir en cualquier postura.
Después de, una vez más, una comida fuera de horas a base de un bocadillo y un refresco en vaso de papel, entramos en un precioso edificio con aspecto colonial (aunque fue construido en 1928) donde se aloja el Hawai State Art Museum. El Lonely Planet lo recomienda y creo que es una buena sugerencia. La visita es gratuita, como casi todos los lugares que hemos visitado hasta ahora (salvo el Palacio) y no lleva mucho tiempo, pues de momento solo se pueden ver una parte de los fondos, situados en la planta segunda. Se trata de obras de autores modernos que son o bien originarios de la isla o son extranjeros que han vivido en ella. Gente que se debió sentir deslumbrado por la belleza de estas tierras, como Gaugain en las islas del sur. Gente que lleva a los lienzos sus particulares impresiones de esta vegetación, de estos cielos, del mar inmenso...
Hay pinturas que me transmiten muchas e intensas sensaciones; otras en cambio me resultan asépticas mezclas de colores. Como no soy un experto, ni pretendo serlo, juzgo únicamente según un instinto de belleza malamente educado que brota de manera espontánea. Pero es el único que tengo e interacciona, por poderosos y misteriosos mecanismos, con mi estado de ánimo. En general diré que, saliendo de nuevo a la calle después de la visita, con la lluvia instalada con cierta terquedad, me sentía limpio. Como barrido por vientos de colores, de formas que hubiesen eliminado las impurezas de las palabras viciadas por la técnica y el pragmatismo de los negocios que enturbian gran parte de mis horas.
Autobús de regreso y paseo por la playa, hasta donde las construcciones de hoteles y apartamentos, alejándonos del centro de Waikiki, hacen difícil, cuando no imposible, el seguir la línea de la costa.




Sábado 4 de marzo

Cuesta vencer al sueño y al cansancio conforme los días pasan. Frente al sedentarismo de todos los días, aparecen los días del viaje, siempre, como una irrupción de agitación nerviosa. Sacudidos por la sed, el viajero se sacia moviéndose por una geografía que solo ocasionalmente le es accesible.
Hemos cometido un error. Lo intuía, pero el día lo ha confirmado. Para recorrer la isla teníamos varias posibilidades. Una, la más decente, consistía en alquilar un coche y vagar a nuestro rumbo, con el auxilio de la guía y de nuestras intuiciones humanas. Otra posibilidad era la de reservar un viaje organizado alrededor de la isla, de los muchos que se anuncian en agencias y otros chiringuitos en Waikiki. Un opción intermedia consistía en emplear autobuses regulares de línea para movernos.
La primera opción me atraía, pero después de tanto tiempo sin conducir por la derecha, verme sumergido en el trafico de Honolulu y Waikiki, con mi intuición menguada por las distracciones a que me lleva el verme en tierras extrañas, me daba un poco de miedo. La tercer opción tenía el problema de encontrarnos, en una parada de autobús, en un pueblo o ciudad, alejados del mar y de todo lugar digno de conocerse, para esperar un par de horas al próximo. La comodidad, finalmente, nos hizo ceder a la opción del viaje organizado.
A las ocho y media un autobús nos vino a recoger a nuestro hotel. Un guía charlatán que, horroroso recuerdo de otros profesionales del sector turístico australiano, no dejaba al micrófono ni un momento de descanso. Además de regalarnos con peregrinas explicaciones acerca de aquello que veíamos, regodeándose en absurdas anécdotas, aprovechaba para hacer chistes malos, para hablarnos de él, de su mujer, de no se cuántas cosas más. Incluso a la vuelta, un tanto anestesiados por el cansancio, se permitió cantar entre adivinanza y adivinanza de películas.
El viaje comenzó hacia Diamond Head. Se trata de una montaña de origen volcánico que, exigencias del viaje, vemos de pasada. A cambio paramos en Hanauma Bay, un precioso lugar de aguas color turquesa y limpia playa. La parada dura quince minutos y uno, cuando se baja del autobús y contempla el paisaje, sabe enseguida que no es tiempo suficiente, que el viaje ha sido un error.
El lugar es sugerente. Estamos en una pradera, sobre el mar. Hay un camino para bajar andando o en unos autobuses que bajan a los turistas. Supongo que pagando. Nosotros no tenemos tiempo. Vemos la costa desde arriba. Rocas afiladas que van cediendo, poco a poco hasta caer en una mansa playa que se enfrenta a unas aguas cristalinas. Los buceadores se agitan en el agua, como torpes y delirantes culebras, en busca de algún pez para contemplar. En la playa otras personas yacen al sol, dejando que la brisa marina empape sus oídos y broncee sus cuerpos.
Llegamos los últimos al autobús. Siento miradas reprobadoras, pero tal vez se trate de sugestión. En cualquier caso siento que si hubiese ido por mis propios medios, me hubiese quedado algunas horas paseando por la playa, brujuleando por la costa.
El viaje sigue, con el tormento de las palabras estúpidas del guía. Pregunta por la nacionalidad de las victimas de sus delirios. La mayoría son americanos que parecen encontrar graciosos sus comentarios.
La siguiente parada es en Sandy Beach. Vemos la playa desde un aparcamiento que hay en los acantilados, a unos treinta metros de altura El cielo se nubla con oscuros nubarrones pero sobre el mar se abren claros que queman los colores del agua y devuelven un brillo cegador, aplastante. El viento es fuerte y trae finas gotas de lluvia. Intuyo que las paradas no deben ser lo mejor del viaje para nuestro orador del volante, pues no le cabe otra opción que un silencio agradecido mientras hojea un periódico deportivo.
Sigue el viaje. Nos informa que debido a las inundaciones que sufrió la costa oeste de la isla, tendrá que modificar el recorrido, pues algunas carreteras se encuentran cortadas. Seguimos y hacia las diez y media detiene el autobús en un área de servicio donde tan solo hay tiendas de recuerdos, una gasolinera y un establecimiento de comida rápida. Sorprendentemente nos concede media hora. Sorprende porque uno no sabe qué hacer allí. La carretera sigue en medio de talleres de coches, de casas. En las cercanías no se ven sino casas y otras tiendas. Hay un local de comida rápida donde obesos extremos devoran productos que no resultan muy apetitosos.
El viaje sigue. Viento y lluvia. Al llegar a Kailua, en lugar de seguir por la costa, hacia el norte, como estaba anunciado en el folleto, se mete hacia el interior. Subimos por las empinadas montañas que parecen partir dos veces la isla en tres partes. A mitad de camino hace un alto en un mirador. El lugar está lleno de turistas luchando contra un viento fortísimo. Cinco minutos, nos concede el torturador.
La vista sobre Kaneohe Bay es como mirar en el mapa las curvas que definen el perfil de la costa. Las montañas surgen a pocos metros de la misma y suben con gran decisión hasta perderse en las nubes. El viento dificulta el andar. Una placa, junto a un camino angosto que parece subir desde la costa, hace referencia a aquel sendero como el único paso que permitía superar la cordillera montañosa y comunicar con la otra costa de la isla. Tiempos remotos, sin guías deslenguados, sin hordas de turistas que se apean voraces en las tiendas de recuerdos. No me gusta estar aquí, pero es mi error, mi responsabilidad.
El viaje sigue y descendemos de las montañas para acercarnos de nuevo a Honolulu. No tocamos la ciudad y nos desviamos al norte. A pesar de la paliza de palabras absurdas de nuestro guía conductor, que no deja un minuto de descanso el micrófono, nos deleitamos con el paisaje. Exuberancia tropical. Carreteras que atraviesan el bosque oscuro. Casas construidas con la alegría que el clima permite. Y casi siempre el mar al fondo, reflejando los rayos huidizos de un sol que no logra vencer totalmente la duda de las nubes.
Subiendo por la carretera central, la que va entre las dos cadenas montañosas de la isla, nos detenemos en una plantación de piña. El Dole Pineapple Pavillon. Otra absurda parada de algo más de una hora con el reclamo de comer en un buffet por ocho dólares. Suena tan horrible como el conductor que nos lo recomienda. Me decido por unos trozos de coco y un zumo de piña, que si bien no matan completamente el hambre tampoco crean un estropicio en el paladar.
El lugar es una gran tienda donde venden todo tipo de recuerdos con forma de piña o sabor a piña. Se puede entrar en un laberinto vegetal, en un jardín botánico, y subirse a un trenecillo que recorre, dicen, un trozo de la plantación. Todo previo pago de unos cuántos dólares. Suena todo tan errático, tan a despropósito, que lo único que hago es acercarme a un trozo de tierra donde crecen diferentes tipos de piñas, de diferentes partes del mundo, y me leo los carteles sobre un tipo norteamericano que en los años veinte (del siglo veinte), recién acabados sus estudios de ingeniería agrícola y con poco dinero, se vino aquí, compró terrenos, y se dedicó a experimentar con diferentes tipos de piñas hasta que dio con la que mejor se adaptaba a las peculiaridades del clima y al tipo de terreno. Luego se dedico a plantar a gran escala y a vender. Al leerlo me parecía estimulante una vida con tantas posibilidades, tantas cosas por lograr. Una tierra hermosa y desconocida, mucho más alejada de los Estados Unidos de lo que está ahora.
El viaje sigue y parece que la pausa ha dado vigor al torturador de turistas. Una larga charla sobre la historia de la isla, salpicada de anécdotas (supongo que inventadas) y chistes (malos) nos acompaña hasta que paramos, parece que algo imprevisto, en una playa. El autobús se detiene en el arcén de la carretera. Parece que una tortuga, enorme, ha llegado hasta la playa y mucha gente la contempla. Una chica joven, con cara de ecologista rebelde en un país capitalista, ha marcado con una cuerda roja una zona de exclusión en torno al gigante inmóvil. Un cartel colocado presuntamente por la ecologista, quien reparte hojas con instrucciones para preservar la vida de estos animales, advierte de no acercarse al bicho.
Cinco minutos de pausa. Nos hemos bajado todos del autobús. El orador impenitente, ha detenido el tráfico de la carretera con gestos teatrales para que su disciplinado ejercito de turistas-oyentes pudiese apearse del autobús y contemplase el espectáculo. Al regresar, lo mismo. Cinco minutos.
Seguimos ruta. Las playas y el mar aparecen por el lado izquierdo del autobús. Da realmente lástima no poder golpear al conductor en la cabeza y obligarle a parar un rato, a que guarde silencio en memoria de la inteligencia perdida. Pero tendríamos al resto del pasaje, que parece disfrutar sus gracias y que presta más atención a sus historias y chistes que a la isla que se presenta a través de las ventanillas, en contra nuestra.
Nueva parada. Esta vez en una playa. Su generosidad le lleva a concedernos diez minutos. Total, dice, no hay tiendas ni servicios. Buen argumento para reducir la parada. Total, Sunset Beach solo es una playa. Una acumulación de arena frente a una acumulación de agua. Pero en conjunto resulta un lugar agradable. Para sentarse y mirar el mar, contemplar a los surfistas, escuchar el susurro de las olas dejando que nuestra mente de vueltas al sentido de la existencia mientras el descerebrado torturador lee los resultados del béisbol y nos espera dentro del autobús, con el motor en marcha, maquinando nuevas estupideces con las que obsequiarnos durante el viaje.
La duración de la parada es tanto más irritante, cuanto que la próxima, a la que dedica más de media hora, es en una granja de nueces de macadamia, donde hay una gran tienda de más de lo mismo. Y un jardín que se puede visitar previo pago de no sé cuántos dólares.
Nosotros buscamos un camino entre la vegetación y bajamos a un embarcadero, alejándonos del grupo que parece ganar en cohesión en cada parada. El mar está cerca, pero realmente nos encontramos en la desembocadura de un río muy ancho. El lugar es agradable. Las maderas del suelo crujen con los vaivenes del agua. Una lancha oscila, igualmente, atada gracias a una cuerda a la plataforma. El camino se interna por una zona densa de vegetación pero parcialmente talada.
El viaje de vuelta nos ofrece, además del paisaje de la costa y, luego del interior, un monstruoso delirio de palabras del conductor, de cuyo nombre no logro ni quiero acordarme. Agradecemos llegar a Waikiki. Nos fijamos que la gente, al bajarse del autobús, le da un par de billetes de un dólar de propina y muestras de gratitud exageradas. Nosotros le damos, educadamente y sin rencor, las gracias.
El día termina, el viaje agoniza, con la sensación de que nos quedan, nos han quedado, muchos lugares hermosos por descubrir. Paseamos por la playa, captando los últimos matices del sol en un atardecer despejado. Nos sentamos a ver como el cielo se esconde detrás del mar, buscando nuevas tierras, nuevas gentes. Siempre me fascinan los atardeceres, esa sensación de estar frente al tiempo en estado puro.




Domingo 5 de marzo

Un día muy breve. El más breve de mi vida. Apenas el avión traspasó la línea del cambio de día, quizá a las tres de la tarde de algún diminuto archipiélago del Pacífico, pasamos a vivir en el lunes. Antes de todo eso, poca cosa.
Solo dos horas para poder pasear antes de ser recogidos por el autobús de la agencia para llevarnos al aeropuerto. Un guía al que tuvimos que enseñarle los papeles del viaje, pues no entendía que dos no japoneses pretendiesen subirse a ese autobús.
Dos horas para comprar chocolatinas para los compañeros de trabajo (omiyagues), para despedirnos mentalmente de las playas donde siempre seguirán ociosos hombres y mujeres disfrutando del tiempo benigno, de las horas lentas, de la calma del mar infinito.
Entramos, en el hotel Sheraton Moana. Un encantador hotel de principios de siglo, cuando los turistas se enfrentaban a cinco días de navegación desde la costa oeste de los Estados Unidos para llegar hasta aquí. Un hotel situado junto al mar, donde uno puede sentarse en una mecedora para ver, cómodamente instalado en la sombra, a los surfistas jugando a cabalgar ola tras ola. Quizá la premura de saber que el tiempo en la isla lo tenemos contado, con la incertidumbre de un regreso difícil, hacen más hermosos y más tristes a un tiempo los minutos de placentera contemplación.
Al final uno se ve de nuevo abocado a solicitar una tarjeta de embarque, a esperar, deambulando por un aeropuerto que, en este caso tiene los pasillos abiertos a un jardín japonés, al aire libre. Una puerta de embarque y nuevamente la rutina del viajero que ahora tan solo es viajero pasivo dentro de la mole que le devuelve, inexorablemente, a su vida real.

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