Expatriado en Japón

Kani Shi es una pequeña ciudad en la preceptura de Gifu, a menos de una hora en tren de Nagoya. El Japón profundo con aires de modernidad. Pero menos.

25 marzo 2006

FRAGMENTOS DEL DIARIO

Jueves 23 de febrero

Hoy hemos tenido en la fábrica el simulacro de catástrofe. Especialmente, para el caso de terremotos. Por cierto que en la última semana hemos tenido tres terremotos, aunque nosotros solo hemos notado uno de ellos. Y mas que por el temblor, por el ruido de las paredes de papel de la casa.
Por la mañana hemos tenido reunión de grupo en la que se ha explicado en que consistía el simulacro. El jefe del grupo, Takenaka san me resulta simpático. Es tranquilo, habla bien inglés y no desprende la arrogancia camuflada de compañerismo que tanto se da en muchos buchos o jefes de sección. Por la tarde, a las cuatro menos diez teníamos que estar todos en las mesas, con los zapatos de seguridad y las gorras puestas. Hemos tenido que apagar los ordenadores y esperar. Por megafonía han dado el aviso. Triste, pero me entero mejor de lo que se dice en portugués, idioma al que no he dedicado ningún esfuerzo en toda mi vida, que en japonés. Chikamatsu ha sido el encargado de llevar la pancarta con el nombre del departamento y del grupo. Los demás teníamos que seguirlo. Primero nos hemos reagrupado abajo, en una de las calles internas de la fábrica. Todos los estandartes alineados y los empleados formando una fila detrás. Todos uniformados. Impecablemente. Todos con sus gorras: verdes nosotros, amarillas los de manufactura, azul las de mantenimiento, roja los becarios... Pasión por los uniformes, por la uniformidad. Me recordaba un desfile de una película de romanos. Al rato hemos ido desfilando hacia la pequeña explanada que hay enfrente del comedor. Allí hemos asistido a una evacuación, ficticia, de un empleado en ambulancia. La tarde, casi primaveral, ha sido una bendición. Al fondo, por encima del tejado del sucio edificio del comedor, perfilado por el cielo azul, un árbol del pequeño templo sintoísta que la empresa tiene a bien mantener dentro de sus instalaciones, movía sus hojas a merced de una caprichosa brisa. No sé que tipo de árbol era, pero yo, en la distancia, veía una encina. Una punzada suave, matizada, de nostalgia me ha llegado. Las encinas del Pardo, de aquel monte de estrechos senderos para pedalear. O de Soto de Viñuelas, también mil veces recorrido, con frío o con calor con estas piernas que ahora, sostienen un cuerpo occidental rodeado de cientos de japoneses.
Ha terminado el simulacro y hemos vuelto a la oficina. No me ha venido mal. El sueño sigue hostigándome sin tregua. Y en esta lucha de orgullo, cerceno horas de sueño que entrego en ofrenda a la noche silenciosa. Horas de lectura, de escritura, de agitar la mente, de sacudir sus paredes para que el polvo de los días se caiga y la materia de ese yo no se oxide y se olvide.

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