FRAGMENTOS DEL DIARIO
Miércoles 8 de febrero de 2006
Esta semana he tenido bastante trabajo. Por fin parece que hago algo, que estoy metido en un proyecto de verdad. Sí, me hubiera gustado un término medio, algo más tranquilo, pero parece que no lo hay. Estos días no he podido hacer otra cosa que trabajar. El jueves y el viernes los he pasado casi totalmente en el taller, desmontando toda la instalación hidráulica prototipo del coche en el que estamos trabajando para colocar una versión mejorada en su lugar. Definitivamente, las labores manuales no son lo mío. Pero el trabajo físico no viene mal. El terrible sueño que suelo arrastrar junto a mí, fruto del sueño escaso, se conjuga bien con la actividad escasamente intelectual. Aunque no me gusta mancharme con el aceite de los amortiguadores, ese olor viscoso a taller, que tarda en abandonarle a uno, incluso después de lavarse las manos con energía varias veces. A las cinco, el jueves y el viernes, me he despedido. He dicho que tenía que irme a clase de japonés, lo cual era verdad, y no he vuelto por el taller. A las seis, después de la clase, todavía he visto luz saliendo por la ventana. Seguían trabajando. esta gente tiene un sentido del tiempo que da vértigo cuando gira en torno a uno. Así que, no siendo imprescindible mi presencia por falta de formación, he decidido regresar al hogar del que salí adormecido por la mañana y dejar que las cosas se arreglen por si mismas. El viernes, cuando abrí el correo, vi un mensaje de Chikamatsu enviado a las diez menos cuarto de la noche. Todos los días, cuando llego a mi mesa a eso de las ocho menos cinco, el ya esta sentado en su silla, con la mirada absorta en las profundidad insondables de su ordenador. Triste me resultaría llevar su vida. A él, quizá no.
Lo que sí me ha llamado mucho la atención ha sido el clasismo sutil, basado consideraciones de posición relativa en la empresa, que se respira en las conversaciones entre japoneses. He tenido que asistir a unas cuantas reuniones preparatorias de futuras actividades. Llega Oota san, que como es jefe con nivel de bucho, es llamado Oota bucho. Él está por encima del bien y del mal. Como todos los demás estamos por debajo de él, se permite llegar a las reuniones cuando le viene en gana. Y no se oye una disculpa de las que otros parecen valerse en todo momento para ser aceptados en un misterioso juego de perdones y súplicas. Su ayudante, Asada san, un hombre joven (en Japón, y si se juzga por el aspecto, pudiera tener cuarenta años) sigue los pasos de su maestro y la arrogancia se desprende de sus gestos, de sus palabras. Mueve la mandíbula como si mascase un chicle, cuando en realidad no tiene nada en la boca más que superioridad en potencia. A veces llega al taller, nos mira trabajar con dignidad, saca el móvil, hace una llamada con esos gestos seguros, y luego desaparece. Chikamatsu san, que es kacho, está por debajo de Ota, pero por encima de Watanabe. Casi todo el mundo está por encima de Watanabe, que debe ser un sencillo ingeniero de proyectos que no logró ascender cuando fue el momento. Cuando le hablan, asiente. Cuando hacen bromas a su costa, asiente con una cara que me produce tristeza. A veces, baja la mirada y la concentra en su cuaderno, mientras le hablan con rotundidad. Watanabe san peina canas y debe tener más de cincuenta años. Tiene cara, como casi todos a los que les toca estar por debajo de, de buena persona. Luego está el chaval que nos han asignado para ayudarnos en el taller, cuyo nombre no recuerdo. Es de una casta inferior. Incluso no pertenece a la empresa, sino que forma parte de la legión de trabajadores de empresas subcontratadas. En lugar de lucir el nombre en un chapa rectangular, bajo el logotipo de la compañía, lleva un pegote circular que marca su casta. Delgado, rasgos de la cara afilados, mirada torva y huidiza. Le miro a los ojos y baja la mirada, como si fuese un ser consciente de una inferioridad existente y obvia para todos. Como un perro maltratado por los niños, a los cuales, a pesar de todo, sigue en sus juegos. Cuando le hablan, es todo un asentir con gestos y palabras que, a mí, se me antojan un poco rastreros. La mirada da vueltas por los alrededores y solo busca los ojos del interlocutor en contadas ocasiones. Cuando pregunta algo, lo hace como con miedo. Estos gestos ya los había visto de los proveedores que vienen a ver a los ingenieros de la empresa. Gente flexible en las increíbles reverencias, incómoda con la amabilidad casi desquiciante que despliegan para dejarme pasar antes al atravesar una puerta, por ejemplo. Cada uno en su sitio. Supongo que nuestra actitud les desconcierta. Por un lado, no saben a ciencia cierta dónde estamos, pero por otro lado saben que ante cualquier persona desplegamos una conducta más o menos homogénea. No me gustan las sociedades estratificadas al modo de la japonesa. En los restaurantes, por ejemplo, donde los camareros y camareras son de una educación exquisita, son gente servicial y amable, la gente, en general, ni se molesta en dirigirles la palabra salvo para pedir. Son ignorados. No les miran cuando se retiran de la mesa y hace una reverencia antes de desaparecer, camino de la cocina. Cuando uno es el último de su organización y tiene que sufrir el peso en cadena del sistema, siempre le queda el recurso de sentirse okiakusama, cliente de un restaurante. O bien, llegar a casa y sentirse por encima de la mujer. El kanji de esposa se compone de los kanjis de casa e interior: dentro de la casa; el de marido se compone de los de dueño y persona
Esta semana he tenido bastante trabajo. Por fin parece que hago algo, que estoy metido en un proyecto de verdad. Sí, me hubiera gustado un término medio, algo más tranquilo, pero parece que no lo hay. Estos días no he podido hacer otra cosa que trabajar. El jueves y el viernes los he pasado casi totalmente en el taller, desmontando toda la instalación hidráulica prototipo del coche en el que estamos trabajando para colocar una versión mejorada en su lugar. Definitivamente, las labores manuales no son lo mío. Pero el trabajo físico no viene mal. El terrible sueño que suelo arrastrar junto a mí, fruto del sueño escaso, se conjuga bien con la actividad escasamente intelectual. Aunque no me gusta mancharme con el aceite de los amortiguadores, ese olor viscoso a taller, que tarda en abandonarle a uno, incluso después de lavarse las manos con energía varias veces. A las cinco, el jueves y el viernes, me he despedido. He dicho que tenía que irme a clase de japonés, lo cual era verdad, y no he vuelto por el taller. A las seis, después de la clase, todavía he visto luz saliendo por la ventana. Seguían trabajando. esta gente tiene un sentido del tiempo que da vértigo cuando gira en torno a uno. Así que, no siendo imprescindible mi presencia por falta de formación, he decidido regresar al hogar del que salí adormecido por la mañana y dejar que las cosas se arreglen por si mismas. El viernes, cuando abrí el correo, vi un mensaje de Chikamatsu enviado a las diez menos cuarto de la noche. Todos los días, cuando llego a mi mesa a eso de las ocho menos cinco, el ya esta sentado en su silla, con la mirada absorta en las profundidad insondables de su ordenador. Triste me resultaría llevar su vida. A él, quizá no.
Lo que sí me ha llamado mucho la atención ha sido el clasismo sutil, basado consideraciones de posición relativa en la empresa, que se respira en las conversaciones entre japoneses. He tenido que asistir a unas cuantas reuniones preparatorias de futuras actividades. Llega Oota san, que como es jefe con nivel de bucho, es llamado Oota bucho. Él está por encima del bien y del mal. Como todos los demás estamos por debajo de él, se permite llegar a las reuniones cuando le viene en gana. Y no se oye una disculpa de las que otros parecen valerse en todo momento para ser aceptados en un misterioso juego de perdones y súplicas. Su ayudante, Asada san, un hombre joven (en Japón, y si se juzga por el aspecto, pudiera tener cuarenta años) sigue los pasos de su maestro y la arrogancia se desprende de sus gestos, de sus palabras. Mueve la mandíbula como si mascase un chicle, cuando en realidad no tiene nada en la boca más que superioridad en potencia. A veces llega al taller, nos mira trabajar con dignidad, saca el móvil, hace una llamada con esos gestos seguros, y luego desaparece. Chikamatsu san, que es kacho, está por debajo de Ota, pero por encima de Watanabe. Casi todo el mundo está por encima de Watanabe, que debe ser un sencillo ingeniero de proyectos que no logró ascender cuando fue el momento. Cuando le hablan, asiente. Cuando hacen bromas a su costa, asiente con una cara que me produce tristeza. A veces, baja la mirada y la concentra en su cuaderno, mientras le hablan con rotundidad. Watanabe san peina canas y debe tener más de cincuenta años. Tiene cara, como casi todos a los que les toca estar por debajo de, de buena persona. Luego está el chaval que nos han asignado para ayudarnos en el taller, cuyo nombre no recuerdo. Es de una casta inferior. Incluso no pertenece a la empresa, sino que forma parte de la legión de trabajadores de empresas subcontratadas. En lugar de lucir el nombre en un chapa rectangular, bajo el logotipo de la compañía, lleva un pegote circular que marca su casta. Delgado, rasgos de la cara afilados, mirada torva y huidiza. Le miro a los ojos y baja la mirada, como si fuese un ser consciente de una inferioridad existente y obvia para todos. Como un perro maltratado por los niños, a los cuales, a pesar de todo, sigue en sus juegos. Cuando le hablan, es todo un asentir con gestos y palabras que, a mí, se me antojan un poco rastreros. La mirada da vueltas por los alrededores y solo busca los ojos del interlocutor en contadas ocasiones. Cuando pregunta algo, lo hace como con miedo. Estos gestos ya los había visto de los proveedores que vienen a ver a los ingenieros de la empresa. Gente flexible en las increíbles reverencias, incómoda con la amabilidad casi desquiciante que despliegan para dejarme pasar antes al atravesar una puerta, por ejemplo. Cada uno en su sitio. Supongo que nuestra actitud les desconcierta. Por un lado, no saben a ciencia cierta dónde estamos, pero por otro lado saben que ante cualquier persona desplegamos una conducta más o menos homogénea. No me gustan las sociedades estratificadas al modo de la japonesa. En los restaurantes, por ejemplo, donde los camareros y camareras son de una educación exquisita, son gente servicial y amable, la gente, en general, ni se molesta en dirigirles la palabra salvo para pedir. Son ignorados. No les miran cuando se retiran de la mesa y hace una reverencia antes de desaparecer, camino de la cocina. Cuando uno es el último de su organización y tiene que sufrir el peso en cadena del sistema, siempre le queda el recurso de sentirse okiakusama, cliente de un restaurante. O bien, llegar a casa y sentirse por encima de la mujer. El kanji de esposa se compone de los kanjis de casa e interior: dentro de la casa; el de marido se compone de los de dueño y persona
5 Comments:
At 6:19 a. m.,
Anónimo said…
Hola Oscar ¡
Me gusta tu blog...Son tan raritos estos japos...Yo trabajo en la T4 Barajas y lo poco que trato con ellos, parecen encantadores...Sólo sé decir tarjeta de embarque ( toyoké apróx.) y gracias claro ¡
pero me atrae mucho su cultura.
El caso es que quería preguntarte sobre el orden de las calles en Jápón, en la facultad hice un curso de cultura japonesa y en mi subconsciente aún permanece la idea de que el orden urbanístico es muy especial, pero no recuerdo en absoluto porqué. Busco en google y no encuentro aquello que tanto me llamó la atención y de lo que no tengo la más mínima pista. Yo también soy un poco rara, quizás, je,je.
Mi blog: http://frezher.multiply.com/
Y por cierto yo también estuve en este blogger pero me cambié a multiply porque se pueden colgar mil fotos sin límite , en caso de que te interese...
Bye¡
At 7:33 a. m.,
Anónimo said…
Hola Sofia:
Las calles, al menos en el pueblo donde vivo, que no es precisamente Tokyo, no tienen nombre. El lugar se divide en barrios y cada barrio numera las casas de acuerdo a un orden cuya lógica desconozco. De tal forma que si conoces la dirección postal de alguien, lo que tienes que hacer para visitar a esa persona (ellos lo hacen así, lo sé) es ir a la policia y ellos te explican dónde está la casa en cuestión. Cuando alguien te explica dónde está su casa, te hace un plano con muchas referencias (tiendas, estación, etc). En las ciudades grandes, por ejemplo en Nagoya, las cosas son más sencillas.
Gracias por el consejo del blog, pero soy demasiado vago para "mudarme".
Saludos nipones
Expatriadoenjapon dixit
At 3:52 a. m.,
Anónimo said…
Lo de vago lo atestiguo...
At 10:22 a. m.,
Anónimo said…
Mnemosine:
Gracias por la puntualización. Ahora ya nadie lo dudará. Pero me voy corrigiendo, poco a poco...
Saludos nipones
Expatriadoenjapón dixit
At 10:28 a. m.,
Anónimo said…
oakley sunglasses, nike free, oakley sunglasses, uggs on sale, tory burch outlet, replica watches, michael kors, christian louboutin outlet, cheap oakley sunglasses, nike air max, ray ban sunglasses, louis vuitton outlet, nike air max, tiffany and co, louboutin outlet, prada outlet, nike outlet, oakley sunglasses, prada handbags, burberry, ray ban sunglasses, longchamp outlet, longchamp pas cher, polo ralph lauren outlet, longchamp, ugg boots, longchamp outlet, tiffany jewelry, ray ban sunglasses, jordan shoes, nike roshe run, kate spade outlet, ralph lauren pas cher, gucci outlet, louis vuitton, louboutin pas cher, sac longchamp, chanel handbags, oakley sunglasses, louis vuitton outlet, replica watches, ugg boots, louboutin shoes, air jordan pas cher, louboutin, nike free, louis vuitton, louis vuitton, polo ralph lauren outlet, air max
Publicar un comentario
<< Home