Expatriado en Japón

Kani Shi es una pequeña ciudad en la preceptura de Gifu, a menos de una hora en tren de Nagoya. El Japón profundo con aires de modernidad. Pero menos.

28 marzo 2006

FRAGMENTOS DEL DIARIO

Miércoles 8 de febrero de 2006


Esta semana he tenido bastante trabajo. Por fin parece que hago algo, que estoy metido en un proyecto de verdad. Sí, me hubiera gustado un término medio, algo más tranquilo, pero parece que no lo hay. Estos días no he podido hacer otra cosa que trabajar. El jueves y el viernes los he pasado casi totalmente en el taller, desmontando toda la instalación hidráulica prototipo del coche en el que estamos trabajando para colocar una versión mejorada en su lugar. Definitivamente, las labores manuales no son lo mío. Pero el trabajo físico no viene mal. El terrible sueño que suelo arrastrar junto a mí, fruto del sueño escaso, se conjuga bien con la actividad escasamente intelectual. Aunque no me gusta mancharme con el aceite de los amortiguadores, ese olor viscoso a taller, que tarda en abandonarle a uno, incluso después de lavarse las manos con energía varias veces. A las cinco, el jueves y el viernes, me he despedido. He dicho que tenía que irme a clase de japonés, lo cual era verdad, y no he vuelto por el taller. A las seis, después de la clase, todavía he visto luz saliendo por la ventana. Seguían trabajando. esta gente tiene un sentido del tiempo que da vértigo cuando gira en torno a uno. Así que, no siendo imprescindible mi presencia por falta de formación, he decidido regresar al hogar del que salí adormecido por la mañana y dejar que las cosas se arreglen por si mismas. El viernes, cuando abrí el correo, vi un mensaje de Chikamatsu enviado a las diez menos cuarto de la noche. Todos los días, cuando llego a mi mesa a eso de las ocho menos cinco, el ya esta sentado en su silla, con la mirada absorta en las profundidad insondables de su ordenador. Triste me resultaría llevar su vida. A él, quizá no.
Lo que sí me ha llamado mucho la atención ha sido el clasismo sutil, basado consideraciones de posición relativa en la empresa, que se respira en las conversaciones entre japoneses. He tenido que asistir a unas cuantas reuniones preparatorias de futuras actividades. Llega Oota san, que como es jefe con nivel de bucho, es llamado Oota bucho. Él está por encima del bien y del mal. Como todos los demás estamos por debajo de él, se permite llegar a las reuniones cuando le viene en gana. Y no se oye una disculpa de las que otros parecen valerse en todo momento para ser aceptados en un misterioso juego de perdones y súplicas. Su ayudante, Asada san, un hombre joven (en Japón, y si se juzga por el aspecto, pudiera tener cuarenta años) sigue los pasos de su maestro y la arrogancia se desprende de sus gestos, de sus palabras. Mueve la mandíbula como si mascase un chicle, cuando en realidad no tiene nada en la boca más que superioridad en potencia. A veces llega al taller, nos mira trabajar con dignidad, saca el móvil, hace una llamada con esos gestos seguros, y luego desaparece. Chikamatsu san, que es kacho, está por debajo de Ota, pero por encima de Watanabe. Casi todo el mundo está por encima de Watanabe, que debe ser un sencillo ingeniero de proyectos que no logró ascender cuando fue el momento. Cuando le hablan, asiente. Cuando hacen bromas a su costa, asiente con una cara que me produce tristeza. A veces, baja la mirada y la concentra en su cuaderno, mientras le hablan con rotundidad. Watanabe san peina canas y debe tener más de cincuenta años. Tiene cara, como casi todos a los que les toca estar por debajo de, de buena persona. Luego está el chaval que nos han asignado para ayudarnos en el taller, cuyo nombre no recuerdo. Es de una casta inferior. Incluso no pertenece a la empresa, sino que forma parte de la legión de trabajadores de empresas subcontratadas. En lugar de lucir el nombre en un chapa rectangular, bajo el logotipo de la compañía, lleva un pegote circular que marca su casta. Delgado, rasgos de la cara afilados, mirada torva y huidiza. Le miro a los ojos y baja la mirada, como si fuese un ser consciente de una inferioridad existente y obvia para todos. Como un perro maltratado por los niños, a los cuales, a pesar de todo, sigue en sus juegos. Cuando le hablan, es todo un asentir con gestos y palabras que, a mí, se me antojan un poco rastreros. La mirada da vueltas por los alrededores y solo busca los ojos del interlocutor en contadas ocasiones. Cuando pregunta algo, lo hace como con miedo. Estos gestos ya los había visto de los proveedores que vienen a ver a los ingenieros de la empresa. Gente flexible en las increíbles reverencias, incómoda con la amabilidad casi desquiciante que despliegan para dejarme pasar antes al atravesar una puerta, por ejemplo. Cada uno en su sitio. Supongo que nuestra actitud les desconcierta. Por un lado, no saben a ciencia cierta dónde estamos, pero por otro lado saben que ante cualquier persona desplegamos una conducta más o menos homogénea. No me gustan las sociedades estratificadas al modo de la japonesa. En los restaurantes, por ejemplo, donde los camareros y camareras son de una educación exquisita, son gente servicial y amable, la gente, en general, ni se molesta en dirigirles la palabra salvo para pedir. Son ignorados. No les miran cuando se retiran de la mesa y hace una reverencia antes de desaparecer, camino de la cocina. Cuando uno es el último de su organización y tiene que sufrir el peso en cadena del sistema, siempre le queda el recurso de sentirse okiakusama, cliente de un restaurante. O bien, llegar a casa y sentirse por encima de la mujer. El kanji de esposa se compone de los kanjis de casa e interior: dentro de la casa; el de marido se compone de los de dueño y persona

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