<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947</id><updated>2011-10-16T00:17:26.433+09:00</updated><title type='text'>Expatriado en Japón</title><subtitle type='html'>Kani Shi es una pequeña ciudad en la preceptura de Gifu, a menos de una hora en tren de Nagoya. El Japón profundo con aires de modernidad. Pero menos.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>25</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-115919496047036706</id><published>2006-09-25T23:32:00.000+09:00</published><updated>2006-09-25T23:36:02.130+09:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Viernes 22 de septiembre&lt;br /&gt;Ya tengo terminado casi todo el papeleo para desaparecer de este país. Esta semana he ido con Osawa san dos veces a Tajimi, a la &lt;em&gt;zeimusho&lt;/em&gt;, la oficina de hacienda que me corresponde. Me han pedido un certificado de residencia fiscal en España y me ha costado un poco hacer entender, con ayuda de Osawa, lo que quería y para qué lo quería. Parece ser que no han pasado muchos españoles por esta oficina en los últimos años. Lo cierto es que me han parecido gente más amable que el funcionariado español con el que me ha tocado en suerte lidiar (siempre hay excepciones) y me ha sorprendido ver a todo el mundo trabajando (al menos asi lo parecía) sin dedicarse a menesteres paralelos. Tambien hemos ido al banco a terminar de aclarar lo de la liquidación de la cuenta y lo de la transferencia a España.&lt;br /&gt;Definitivamente no ando centrado en mi trabajo. Tengo algunas cosas que hacer y que quiero terminar pues cuando me vaya, a mi colega de Pamplona que trabaja con ellos le va a tocar arreglar los temas en inglés por teléfono o correo electrónico, y la cosa va a ralentizarse y complicarse bastante. Pero tengo la cabeza en otros sitio y siempre ando pensando que se me estará olvidando o que debo recordar sin falta.&lt;br /&gt;Cada vez que paso por una calle de este pueblo, por una tienda, no puedo evitar verlo todo el periodo (dos años y un mes) en conjunto, como una experiencia que se termina. Me parece todo más agradable y no dejo de sentir algo de tristeza. No solo por abandonar lugares a los que uno acaba cogiendo cariño por el roce. La sensación de que una parte de la historia de uno se queda aquí pegada, al tatami del salón, a los puertos de montaña por los que subía con la bicicleta, al supermercado de la esquina, a la estacion de tren de Imawatari. Me voy un poco mas viejo, con un montón de recuerdos asentados en la cabeza pero que me ligan a este lugar al que no se si volvere algún dia (supongo que si)&lt;br /&gt;El miércoles cenamos en casa de Jin. Con su mujer, David y la novia japonesa que se ha echado, Midori. Aunque él de momento lo niega. Es una chica joven, agradable, que ha estado trabajando en la oficina central de Tokyo durante un año y ahora esta aquí. Y como ha estudiado filología hispánica, habla bastante bien español. La cena fue muy agradabla, abundante en ternera de Hida (lonchas finisimas envueltas individualmente en hojas de plastico hasta su consumo) a la plancha, tempura y mas cosas sabrosas. También fue abundante en vino y cava y al final renunciamos al taxi para darnos el paseo de quince minutos hasta casa para dar tiempo a la comida a ser digerida. La temperatura estaba muy agradable pues parece que el calor húmedo del verano ya ha desparacido. En casa traté de hacer algo del trabajo para lo del curso, y terminé acostandome muy tarde. Como el martes.&lt;br /&gt;Ayer, jueves, también tuvimos la tarde ocupada. Tuvimos cena con el gerente de mi empresa de Pamplona y con Koichi y Riuyi. Vinieron, además, Marisa, Midori y Mamen. Fuimos a un precioso restaurante en Inuyama. Se trata de una casa antigua, de mediados del siglo XIX de una familia enriquecida con el comercio de kimonos. Y lo curioso es que el cocinero, un tal Narita, se ha especializado en comida francesa. La comida fue sabrosa. Y agradable. Despues de cenar nos acompañaron a ver los jardines y el resto de estancias de la casa, que casi es un museo de objetos antiguos y estancias decoradas con muebles de la época. Llegamos a casa a eso de las diez y tan solo me lave los dientes antes de tirarme en la cama y caer dormido al instante.&lt;br /&gt;Hoy por la mañana he notado como el dormir casi nueve horas me ha recuperado bastante el cansancio que se iba acumulando en mí. Y es que el cansancio ha formado parte de mi vida estos tres días laborables. Hasta tal punto que el otro dia un tipo, al que juraría que no conozco, me dijo mientras lavaba mi taza de café, que tenía cara de cansado. Se puso a hablar conmigo y me pregunto por mi novia, con lo cual imagine que me habia confundido con David, luego, sentado en mi mesa, mirando con indolencia el ordenador escucho un susurro. Aparece por detras y me dice que sonria, que tengo la cara muy seria.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-115919496047036706?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/115919496047036706/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=115919496047036706' title='27 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115919496047036706'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115919496047036706'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/09/viernes-22-de-septiembre-ya-tengo.html' title=''/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>27</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-115911195727454709</id><published>2006-09-25T00:24:00.000+09:00</published><updated>2006-09-25T00:32:37.756+09:00</updated><title type='text'>Esto se acaba</title><content type='html'>El tiempo pasa. Hace un poco más de dos años que llegamos. Y ahora mismo andamos recogiendo cosas, cerrando cajas, desmontando algunos muebles que nos llevaremos, despidiendonos de la gente que nos ha soportado... En fin, que uno siente que un pedazo de su piel, de esa que se va dejando en el vivir y en el soportar la vida, se ha quedado en las montañas de Gifu, en las calles oscuras y sin aceras de Kani, en los viajes a través de esta tierra.&lt;br /&gt;El jueves de la semana próxima tomaremos el avión para no volver (al menos para no volver a usar el visado de trabajo de reentradas múltiples). Y tocará volver a terreno conocido, con menos estímulos.&lt;br /&gt;Estos dos últimos meses han sido intensos, con viajes a China (Shangai y Beijing), a la isla del norte, Hokkaido, al Obonmatusuri de Guyo Hachiman, a Nagano, Nikko y, otra vez, Tokyo. Pero ya empieza a ser pasado y no me gustaría vivir agarrado a un recuerdo intenso, deshacerlo de tanto explicarlo. Prefiero mirar al futuro y construir una nueva vida, lo más intensa posible (dentro de mis limitaciones, a saber, la vida burguesa en la que estoy instalado, las energías y mis posibilidades de encontrar modo de vida) y si es fuera, otra vez, pues mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sirva esto como despedida, aunque quizá tenga tiempo de colgar algo más antes de desaparecer del todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un abrazo a toda la gente decente que ha leído mis líneas.&lt;br /&gt;Óscar&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-115911195727454709?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/115911195727454709/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=115911195727454709' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115911195727454709'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115911195727454709'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/09/esto-se-acaba.html' title='Esto se acaba'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-115452856368025493</id><published>2006-08-02T23:19:00.000+09:00</published><updated>2006-08-08T22:33:52.900+09:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;strong&gt;Martes 26 de julio&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Un día corriente.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Hoy me he levantado a las siete menos cuarto. Me he duchado sin pasar el frío terrible del invierno. Me he puesto el pantalón blanco y la camisa de tela basta blanca del uniforme. He desayunado oyendo las noticias de Radio Nacional de España a través de Internet. Noticias, por lo general, de poco alcance internacional y con gran tendencia a los dramas y catástrofes de todo tipo. Al terminar, ojeo un poco el País digital mientras escucho el boletín de la BBC. Después camino rumbo al trabajo. Normalmente voy en bicicleta, pero como llueve tanto estos días, prefiero andar con un paraguas grande. Cruzo la vía del tren. Veo a los niños caminar rumbo al colegio con sus uniformes, montando en bicicleta con paraguas (cosa que yo también he hecho aquí). Las chicas vestidas de marinero, o con esas faldas de lolita, remangadas hasta lo imposible. Ellos con esas casacas negras que imponen. Todos con el nombre escrito en una placa, sobre el pecho. En los semáforos, cuando los niños son pequeños y van en grupos, dos niños o niñas mayores van el primero y el último con una bandera cada uno. En los pasos de cebras, por las mañanas suele haber gente (creo que voluntarios) con chalecos de colores para ayudar a la tropa infantil a cruzar. Los niños pequeños, supongo que para no perderse, llevan gorros amarillos. Pasión por los uniformes la de los japoneses.&lt;br /&gt;Cuando voy en bicicleta, aparco ésta en el aparcamiento al efecto. Desde allí tengo que cruzar toda la fábrica hasta llegar a mi oficina. Si voy con tiempo puedo ver como grupos de operarios hacen su gimnasia al son de una música que debe tener cuarenta años. Megafonía que me persigue incluso cuando estoy lejos del lugar. Al final, llego con los pantalones mojados al trabajo, y sudando por la humedad.&lt;br /&gt;Tengo que procurar estar en mi sitio a las ocho. En los dos años que llevo viviendo y trabajando aquí, solo un día llegué tarde, a las ocho y cuarto. Ni un día de baja por nada. La presión que uno siente es tal que hasta ese día que llegué un cuarto de hora tarde me sentía abrumado por el peso de la mirada de mi jefe. Hace poco fui al médico. Mi jefe me dijo si me tomaba el día de vacaciones. Así es como hace esta gente. Para eso están los días de vacaciones. En el trabajo enciendo el ordenador. Afortunadamente el sistema operativo está escrito en inglés, pero los programas están escritos en japonés. Me cuesta recordar cada función. Y el programa de traducción que me han instalado solo sirve para tener una idea de lo que habla un texto. Nada más.&lt;br /&gt;La mesa. Muy pequeña y vieja. Como todo el mobiliario. Aquí no tiran nada hasta que ya no se puede emplear. Esto es Gifu, esto es el Japón profundo, el Japón que todavía recuerda el hambre de la guerra.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Aquí la gente tiene la mesa llena de papeles y apenas tiene espacio para situar el teclado del ordenador. El mobiliario parece del periodo de la postguerra. Si no parece que estamos en los años cincuenta es únicamente por los ordenadores. Hace calor. Estamos en julio y cuando sale el sol (pocos días, estamos en época de lluvias, con una humedad relativa de más del 80%, el clima es durísimo) el aire asfixia. Hace unos días le pregunté a mi jefe porque hacía tanto calor y me explicó que el aire acondicionado solo se enciende a partir de 28 grados, lo cual me pareció una grosería para con el trabajador. Pero no se quejan. Me argumentó que era para reducir consumo y que en otras empresas como Toyota también tenían esa norma. Ignoro si se lo llega a creer o si ni siquiera lo cuestiona. Lo cierto es que tiro del abanico que me dieron en el torneo de sumo de Nagoya y veo como otros empleados igualmente se abanican. Antes eso que protestar, claro.&lt;br /&gt;A las once cuarenta y cinco de la mañana suena un timbre. Todo el mundo deja lo que esté haciendo en ese momento, se levanta y camina hacia la puerta. Alguien, normalmente alguna mujer que son las encargadas de tareas complejas, apaga la luz de la oficina. Sí, trabajo en oficinas, en diseño, pero los japoneses necesitan que les digan a qué hora pueden ir a comer. La improvisación no está en sus genes, ni se plantean importarla.&lt;br /&gt;La calle interior de la fábrica es una corriente de seres anodinos, con ese uniforme blanco lleno de sucias manchas negras, corriendo hacia la entrada de la cantina. Con ese correr de arrastrar los pies, de caminar moviendo con brío las piernas. Al menos ahora ha mejorado la cosa con el nuevo edificio. Además, ahora que no estoy en el último turno, ya no me arriesgo a llegar y que de las dos bazofias de platos a elegir, la menos mala se haya acabado. Porque antes había carreras por llegar y poder elegir.&lt;br /&gt;La comida. Antes solo el cuenco de arroz estaba caliente. Un cuenco de tiempos inmemoriales. Para beber, te industrial que sale de unos bidones grandes de plástico de campaña. Un cuenco de plástico amarillo, que a mi me recordaba al que se utiliza para dar de beber a un perro o a un gato. Tal vez por los mordiscos y arañazos que llevaba en su borde y que tanto me desagradan al beber. Los palillos, de madera desgastada, igualmente por los mordiscos, ofrecen un color anaranjado pálido que se pierde en algunas zonas. Las bandejas de plástico, húmedas por el reciente lavado. Hacemos fila pacientemente. Rostros aburridos de japoneses resignados, rostros agresivos de brasileños que no están a gusto. Rostros que trato de esquivar para no contaminarme. Además del arroz, queda el plato principal. El platito, pues es una ración tipo comida de avión. A veces carne a veces pescado. La mayor parte de las veces de sabor desagradable. Ahora, al menos está tibia, pero cuando estaba fría yo nunca cogía pescado. La carne la sumergía en el bol de arroz para que cogiese temperatura. Ahora que está caliente, uno se siente más feliz. Luego, un diminuto plato de alguna ensalada. Existe la opción, a veces lo practico, de los ramen, cuando el aspecto de las dos opciones así lo aconseja. Ayer, por ejemplo. Lo malo de los ramen es lo que manchan pues el fideo, al sorberlo con la boca ayudado con los palillos, suele escurrir el liquido por todas partes. Y claro, no hay servilletas. Existe también la opción del arroz con curry, pero eso solo lo tomé una vez pues, si bien es de sabor agradable, es excesivamente picante y el estómago, al menos el mío, se resiente.&lt;br /&gt;Mesas corridas donde una masa blanca come con rapidez. Ropas manchadas de grasa, pelos largos, teñidos de rubio o de pelirrojo. Gorras de la empresa sobre cabezas de mirada rígida. Esas miradas que parecen no encontrar nada. Tal vez tampoco busquen nada y por ello, si encuentran rechazan con vehemencia. Al terminar ahora, dejamos la bandeja en una cinta transportadora. Antes teníamos que vaciar los restos de cada plato en unos depósitos y limpiar los platos bajo chorros de agua. Uno veía los restos de comida apilados mientras el chorro de agua arrastraba lo que uno, pese al hambre, no había sido capaz de tragar. Al fondo, las cocinas industriales de sabe Dios qué época.&lt;br /&gt;Deprimente. En conjunto. Se mire como se mire.&lt;br /&gt;Cuando nos quedábamos a veces sin comida y tenían lugar verdaderas carreras, nadie se planteaba protestar. Aquí nadie protesta. No hay pintadas, nadie escribe nada en las paredes, en los vagones del metro. En la empresa nadie se queja. Está muy mal visto.&lt;br /&gt;Recuerdo que el año pasado, cuando me tocó estar más de tres meses en Stuttgart, en el comedor del centro técnico de Daimler Chrysler aquello fue para mí, en contraste, un mundo de lujo y sabores. ¿Qué pensará un alemán que venga a hacer una visita a esta empresa y vea esto?&lt;br /&gt;Después de comer solemos sentarnos en un parquecillo pequeño, de unos cien metros cuadrados. Atentos a la hora, pues a las doce treinta suena la campana y antes hay que ir yéndose. Muchos grupos a las doce treinta en punto se ponen todos de pie y el jefe les informa de lo que sea. Si uno llega un minuto tarde, todo el mundo lo ve. Me parece absurdo esta rigidez en oficinas, pero claro, quien soy yo para protestar. Así, no hay que pensar a qué hora se va a comer o a qué hora se regresa a la oficina. Todos a la vez.&lt;br /&gt;Después de comer y regresar a la oficina, me preparo un café y me tomo una chocolatina de las que tengo en la mesa (yo no puedo vivir sin un pequeño postre de dulce). Luego me lavo los dientes (aquí causamos admiración los españoles, pues en dos años que llevo aquí solo he visto una vez a un japonés lavarse los dientes en el trabajo después de comer). Un baño un tanto decadente con olores miserables, ya que el extractor esta lleno de mierda y apenas logra sacar algo del aire viciado. Ahora, de vez en cuando, voy al edificio nuevo a lavarme los dientes, pero igual está prohibido.&lt;br /&gt;Las tardes se me hacen largas. Desde las doce y media hasta las cinco de la tarde me veo sentado en la mesa, haciendo lo que toque. O dibujando planos. O montando amortiguadores. O haciendo otro tipo de trabajos manuales. Esta semana he tenido que traducir un informe sobre unas medidas en vehículo. Para ello me sentaba con mi jefe, el me leía el texto (sigo sin poder leer nada de japonés) y luego me lo explicaba todo en japonés. Así, hablando, yo lograba traducirlo al inglés. Luego lo paso al ordenador. A ratos me levanto, la silla es muy incomoda y no la soporto mas de hora y media seguida, me pongo un te verde (hay dispensadores gratuitos en oficinas) y me acercó a una ventana a mirar caer la lluvia. Antes se veían las montañas, pero con el edificio nuevo solo se ve este. Estiro la espalda, las piernas, los brazos.&lt;br /&gt;En esas pausas a veces hago vida social con la gente con la que suelo hablar, extralaboralmente hablando. Hoy me he encontrado a Takami san y me ha explicado por qué es tan inestable el tiempo y a pesar de llover mucho hay tardes o mañanas que se abre el cielo y brilla el sol. Es un tipo majo. Charlamos tranquilamente y mezclamos inglés y japonés.&lt;br /&gt;Los miércoles tenemos reunión de grupo, pero no me suelo enterar de mucho, aunque si sé de que hablan. Nos sentamos en torno a una mesa y las mujeres, haya sitio o no, se sientan siempre en una fila aparte, en sillas plegables. Y no protestan.&lt;br /&gt;Los viernes, a las cuatro cuarenta y cinco, no antes, no otro día, toca limpieza. Alguien me dijo que es porque la empresa no tiene dinero para pagar una contrata, pero cuesta creerse eso de una multinacional de la automoción. Lo cierto es que toca pasar la aspiradora, limpiar el polvo de la mesa, etc. Los más jóvenes vacían las cajas de papel para tirar en un almacén donde debe acumularse para posteriormente ser vendido. Los trapos que utilizamos para limpiar están hechos a partir de restos de ropa, de uniformes. Apañados son estos japoneses. Al pasar la aspiradora uno se da cuenta de la cantidad de porquerías que atesoran debajo de las mesas. Pasando la aspiradora me di cuenta de que una de las impresoras estaba apoyada sobre ladrillos, y de que los cuadrados de moqueta raidos y descoloridos se levantan por los bordes. Yo diría que llevan más de treinta años allí puestos.&lt;br /&gt;Por último, a las cinco de la tarde recojo mis cosas. Como la mesa es tan pequeña, procuro dejarla despejada, pero la mayoría de mis compañeros la tienen llena de papeles (supongo que forma parte de la estrategia del isogashi, de estar muy liado, o al menos aparentarlo). También les gusta poner muñecos tipo Hello Kity por encima de la mesa. El gusto barroco hortera moderno.&lt;br /&gt;A las cinco, digo otsukare sama desu, que es como me han enseñado a despedirme de una manera cortés, y me voy al otro edificio donde tenemos la clase de japonés. Como me voy a las cinco de la tarde solo veo irse a la mayoría de las mujeres que por tener trabajos tan interesantes, se van en cuanto termina la jornada laboral oficial, cinco menos cuarto. El resto se queda a hacer zangyo, horas extras, y a aparentar. Ahora que trabajo aquí, sé cuando alguien tiene mucho o poco trabajo. Según las normas de la empresa, que nos entregaron redactadas en ingles al poco de entrar, antes de irse cada día hay que pedir permiso al jefe y uno no se puede negar a hacer horas extras cuando se lo soliciten. Pero como nosotros no tenemos contrato japonés, sino que somos unos débiles occidentales, vagos, con contrato de expatriado, pues nadie nos dice nada. Pero sé que mis compañeros, sobre todo los más jóvenes, se suelen quedar hasta muy tarde (las diez, las once de la noche). Trabajan bastante más que nosotros. Solo una semana en verano, la Golden Week en mayo y menos de una semana en Navidades. Y sólo dos días festivos al año . Para compensar tantas vacaciones se trabaja tres sábados al año. Terrorífico.&lt;br /&gt;En la clase de japonés las cosas cambian. Allí podemos poner el aire acondicionado sin restricciones (supongo que estará prohibido). A veces llega Koichi, nos saluda y se cambia de ropa, de espaldas a la profesora. El otro día, antes de saludar, nos dijo que sabía que habíamos ido al sumo. A pesar de que no lo dijimos a mucha gente, en esta empresa son bastante cotillas y todo el mundo sabe lo que hacemos. En clase a veces hablamos con la profesora, sobre todo al principio, de las impresiones que nos causa la vida aquí. Ahora ya nos vamos acostumbrando.&lt;br /&gt;A las seis suena de nuevo una señal por megáfono. Recogemos, y camino hacia el aparcamiento de las bicicletas. Ficho y salgo, tratando de olvidar el día, quedándome solo con la parte antropológica del asunto. Al llegar a casa lo primero que hago es quitarme el uniforme.&lt;br /&gt;El resto de la tarde leo, duermo la siesta, voy a nadar, cenamos fuera, hacemos la compra. Depende. La rigidez termina a las seis.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-115452856368025493?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/115452856368025493/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=115452856368025493' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115452856368025493'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115452856368025493'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/08/martes-26-de-julio-un-da-corriente.html' title=''/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-115392705391845772</id><published>2006-07-27T00:10:00.000+09:00</published><updated>2006-07-27T00:24:43.696+09:00</updated><title type='text'>Península de Izu</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Martes 18 de julio&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llueve con fuerza. Al menos no hace calor y la humedad, alta, no se nota tanto. En China el tifón Bilis ha dejado 188 muertos. Era uno de esos tifones que se forman en el Pacífico y que van subiendo, buscando la costa. Algunos, cuando tocan Kyushu giran y atraviesan todo Japón. Pero este siguió recto y entró por Corea donde también ha causado daños. De momento, este año, no nos ha tocado sufrir ningún tifón. Por cierto que la palabra japonesa &lt;em&gt;taifu&lt;/em&gt;, yo siempre la había asociado a una katakanización del inglés, pero el otro día vi que su lectura deriva de dos kanjis: gran viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer llegamos de nuestro corto viaje a la península de Izu. El sábado fui a buscar a Mamen al aeropuerto y nos vinimos a casa. A pesar de que por falta de plazas, le cambiaron el billete y le pasaron a la clase Executive, venía cansada. Y es que el viaje y el cambio de horario afectan al cuerpo, aunque uno vaya cómodamente instalado. Yo aproveché a estudiar un poco del módulo siguiente de mi curso a distancia. Trata de la no violencia. Algo que suena extraño en estos turbios días que traen el olor a quemado de la guerra en Líbano, de la amenaza por parte de Corea del Norte, de los atentados en el metro de Bombay…&lt;br /&gt;A pesar del mundo, de los hombres y su locura, nosotros salimos a reconciliarnos con él. O al menos con esa porción dócil, tranquila, educada con la que interactuamos. Salimos el domingo con el coche por la Tomei Expressway, la autopista que por la costa se dirige hacia Tokyo. Pasamos Hamamatsu, Shizuoka y en Numazu nos desviamos. Hasta allí todo bien, pero atravesar Numazu y Mishima nos llevó bastante tiempo. Estaba muy congestionada la carretera, plagada de semáforos y cruces. Aprovechamos a comer algo y partir el esfuerzo de soportar esos kilómetros lentos de arrancar y parar.&lt;br /&gt;Pero después, poco después, llego la costa. Bajamos por la costa oeste. Una carretera que copia el perfil de una costa que a ratos es abrupta y a ratos no tanto. Poquísimas playas y muchos espigones y diques para proteger de los tifones y tormentas. Un par de pueblos de pescadores, y unas nubes dibujadas con trazos melancólicos, un sol desganado, que apenas se deja ver. Abajo, el mar, brillante, ardiente a ratos, oscuro por momentos. Paramos un par de veces en esos miradores que tienen a bien construir los japoneses donde poder dejar el coche y recrearse con la visión infinita del océano. En algunos puntos, se podía ver el monte Fuji, una montaña de perfil característico, de formas perfectas, con nubes atrapadas en su cima. Dice Lafcadio Hern que es una montaña hermosa hasta que uno se acerca a ella. Es cierto que desde la distancia parece una creación perfecta de la naturaleza. Caminamos un rato hacía un enterramiento prehistorico, pero no podemos entender la explicación que muestra un cartel. La vegetación del camino es densa, vigorosa. Especialmente en esta época, en la estación de lluvias, claro. Pero avanzando con el coche uno siente el vértigo de la selva tropical queriendo comerse la carretera, todo aquello que el hombre tiene a bien construir para marcar su poder. Flores exuberantes, enormes.&lt;br /&gt;El mar relaja. El tiempo libre también resulta ser un buen compañero vital. Hay un pueblo Dogashima lleno de hoteles y de onsen, donde los japoneses van a bañarse y relajarse. Paramos y paseamos. A pocos metros de la costa, pequeñas pero orgullosas islas hechas de rocas altas, de vegetación, desafían las ultimas horas de luz del día.&lt;br /&gt;Con la noche ponemos rumbo directamente a Shimoda, donde dormimos en un hotel un tanto pretencioso pero con un delicioso jabón francés de melocotón. El hotel se llama Marseille (escrito en katakana, claro).&lt;br /&gt;El lunes es festivo. Por eso nos hemos permitido esta excursión. Es el día del mar (uminohi). Uno no pregunta cuando en la fábrica le informan de que el lunes es fiesta, que no hay que trabajar. Y como es el día del mar, después de un sabroso desayuno nos dirigimos al puerto a tomar uno de los barcos turísticos que recorren la bahía. Es un barco negro, como las naves del comandante Perry que atracaron aquí cuando, en 1857 se acercaron a este país, aislado del mundo, para exigir que se abriesen al comercio. Shimoda está lleno de barcos negros de todos los tamaños para recordar la historia y para atraer al turismo. El paseo en barco es agradable. La bahía esta muy protegida y cuando llegamos a mar abierto, éste muestra unas olas poderosas y fuertes. Y eso que no hace un día malo. Está nublado, como casi todos los días, pero no llueve y hay una suave brisa que disimula la humedad.&lt;br /&gt;Antes de subirnos al barco hacemos cola. Como todos los japoneses, familias en su mayor parte, algunas parejas jóvenes. Poco antes de poder subir, un grupo de jóvenes se acercan directamente a la entrada del barco e, interrumpiendo incluso a una familia que iba subiendo de uno en uno, se meten en medio y dan su entrada para subir. Nadie dice nada. Uno siente cierta rabia, pero el hecho de que hasta el hombre encargado de mirar el billete no diga nada da que pensar. Uno ha oído hablar de los mafiosos locales y no quisiera ver turbada sus vacaciones. Pero siente igualmente rabia por esa prepotencia dócilmente soportada.&lt;br /&gt;Volvemos a tomar el coche, después de pasear por el puerto y ver los barcos de pesca, silenciosos, quietos, oscilando tan solo levemente con el manso oleaje que es capaz de vencer los tercos obstáculos puestos por el hombre.&lt;br /&gt;Avanzamos por la costa en dirección al cabo de Iro (Irozaki). Hay unas cuantas playas, pero han evitado dejar ni un espacio libre donde poder dejar el coche, y los aparcamientos, improvisados, cobran cifras caras: 1500, 2000 yenes y más. No hay tarifa horaria. Un joven lee un libro sentado en una mesa plegable bajo un cartel hecho a mano. Eso es toda la taquilla. Parece un poco irregular, pero quién sabe. Esto es la segunda potencia económica del mundo.&lt;br /&gt;Las playas tienen poca gente. El día parece que va a terminar en lluvia, pero de momento se contiene. La humedad hace que la ropa se pegue, a pesar de que la temperatura no llega a los veinticinco grados.&lt;br /&gt;Seguimos hasta llegar al pueblo llamado Irozaki. Hay que bajar por una carretera estrecha hasta llegar a un lugar encajado por las laderas abruptas de las montañas a los lados. Al fondo, el mar, en un estrecho camino. Como si de un río se tratase. Un lugar protegido de manera natural. Tomamos el barco que nos lleva a ver unas islas deshabitadas situadas cerca de la costa. Un barco pintado con chillones colores que avanza tranquilamente allá donde el mar es como un río. Curiosas rocas que se fragmentan por la erosión dan un aspecto inquietante al paisaje. Arriba, a la derecha, se ve el blanco de un faro. Pronto llegamos a mar abierto. El oleaje es muy intenso y nuestro barco, pequeño, sube y baja con la energía del mar, sin ofrecer apenas resistencia. Gente que grita, que se agarra al asiento con expresión de desconfianza. Hay que sujetarse bien para no dejarse llevar por los caprichos del mar. Reconozco que hasta que se estabilizo la sensación y se hizo más o menos constante, a mí me impresionó ver aquella masa de agua subir y bajar, y a nuestro barco moverse a su merced.&lt;br /&gt;Bordeamos unas islas de roca y vegetación salvaje. Una voz muy educada nos daba unas explicaciones imposibles para nosotros, que nos dejábamos guiar por la belleza del mar, por su furia, por aquellas islas modeladas por el tiempo.&lt;br /&gt;Llegamos al puerto. Unos pocos puestos de venta de recuerdos y de comida. Subimos por un sendero hacia el faro. En el camino nos sentimos rodeados de la vegetación abundante, tropical, de esas flores enormes que causan respeto. El sonido de algo que a mí me recordaba la chicharra de Castilla se hacía intenso por momentos. Supongo que será un insecto pariente de áquel. El camino se hace horizontal, más o menos, en un lugar donde en tiempos debió haber algo así como un parque temático. Hoy solo queda una entrada, con su taquilla, que ya comienza a ser devorada por la vegetación. Realmente parece que nos hallásemos en una zona tropical. Mas adelante un chiringuito, grande, de comidas y bebidas, que también inicia el proceso de degeneración hacia el vacío, hacía la nada que es nuestro destino final inexorable. No sé bien por qué, pero los lugares abandonados me fascinan.&lt;br /&gt;Un sendero de losetas que sigue avanzando hacia el mar, a cierta altura. Al principio solo se oye romper el mar, de tan intensa que es la vegetación. Pero justo cuando aparece el faro, enjaulado tras una vaya impracticable, a la derecha, la caída de la roca comienza a abrir huecos, a pesar de la vegetación. Luego ya solo queda la roca desnuda, de formas caprichosas. Abajo el mar rompe con fuerza, se cuela por huecos que el mismo ha ido creando con su tozudez. Su propia esencia.&lt;br /&gt;El sendero desciende por unas escaleras y uno encuentra encajado en la roca, un pequeño templo. Un hombre lee mientras espera que algún cliente compre algún recuerdo, alguna figura, o pague alguna ofrenda. El templo está construido con una pared clavada en la roca y la otra desafiando al mar desde cierta altura. El camino ahora si que es espectacular. Nos acercamos al extremo del cabo, una punta de roca volcánica, escupida por el Fuji (a mas de cien kilómetros de distancia) hace muchos miles de años. El sonido del mar chocando contra las rocas nos llega por los dos lados. El lugar hechiza. Unos pocos japoneses se hacen fotos. Una pareja parece más concentrada en el lugar. Él, pelo largo, prematuramente encanecido, con un cierto aire a Koizumi, saca un cuaderno y dibuja los islotes de rocas. Ella, aire bohemio, poco japonesa, mira absorta el mar y a su compañero.&lt;br /&gt;Nos quedamos un buen rato sintiendo esa magia de los lugares que subyugan, en los cuales uno no encuentra el pensamiento adecuado, ni las palabras correctas. Y mientras tanto se pasa el tiempo mirando el fluir del agua, romper en sonora espuma contra los perfiles irregulares del la roca. Saltar de gotas. Un fondo azul bajo la espuma blanca. Y vuelta a lo mismo. Pero siempre diferente. Fascinante. Reloj de sensaciones lentas, estimulantes de algo dormido cuyo cosquilleo nos atraviesa y nos habla de nosotros, de nuestras perspectivas, pero con una voz más sabia.&lt;br /&gt;Después de un buen rato deshacemos el camino y tomamos el coche. Ponemos rumbo a la costa este y subimos un poco, tratando de ir haciendo el camino de regreso. Volvemos a pasar por Shimoda y, desde allí, la costa se nos aparece un tanto diferente. La carretera discurre al lado del mar, pero a una cierta altura. El sol parece querer salir por algún lugar y el día se ilumina a ratos. Entonces el calor y la humedad hacen el día insoportable.&lt;br /&gt;Comemos en un lugar sencillo. Y la comida nos sorprende por la abundancia, sabor y precio. Japón. Paseamos por un pueblo de nombre desconocido. Callejuelas estrechas donde uno se pregunta si esto de verdad pertenece a una de las grandes potencias económicas del mundo. Casas con paredes de chapa, neveras viejas usadas como armarios en donde deja espacio un huerto, enseres viejos apilados junto a las entradas, diminutas habitaciones exteriores usadas como garajes donde los coches, por pequeños que sean, no entran del todo. Una imagen más cercana al tercer mundo que a la de un gigante económico. No es la primera vez. Al final, el mar. Protegiéndonos de su furia, un espigón. Una puerta de cierre hermético, permite bajar y caminar por las rocas, pero la suciedad y los olores no invitan a ello. Mejor quedarse arriba y contemplar el mar sin saber lo que hay detrás del muro, antes del mar.&lt;br /&gt;Poco a poco iniciamos el regreso. El fin de semana, más largo de lo normal, se acaba. A pesar de que las montañas japonesas ya nos son conocidas, el valle por el que se interna la carretera nos sorprende. Un valle verde y abrupto donde un puente en espiral nos ayuda a vencer el desnivel. Como en un aparcamiento, pero sobre el vacío, la carretera se enrosca y así avanza. Curioso. Avanzamos ahora por el interior de esta península. El viaje de vuelta se hace pesado otra vez al pasar por Numazu. Otra vez necesitamos casi dos horas para hacer diez o quince kilómetros. Pero el resto del trayecto hasta casa no se hace muy complicado. Además, como unos treinta kilómetros antes de Nagoya, tomamos la nueva autopista que va hacia Mitake para enlazar con la de Takayma a Gifu, pues nos ahorramos lo peor.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-115392705391845772?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/115392705391845772/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=115392705391845772' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115392705391845772'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115392705391845772'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/07/pennsula-de-izu.html' title='Península de Izu'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-115193475583462607</id><published>2006-07-03T22:51:00.000+09:00</published><updated>2006-07-03T22:52:36.196+09:00</updated><title type='text'>FRAGMENTOS DEL DIARIO</title><content type='html'>&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Domingo 28 de mayo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribo más bien poco últimamente. Creo que es cuestión de ánimo, de falta de ánimo más bien. No me veo en disposición de enfrentarme al cuaderno o al teclado para contar las cosas terribles que, creo, suceden a mi alrededor. Cosas terribles como tener que vegetar en una oficina gris haciendo algo que no me gusta y que parece ser mi horizonte profesional en los próximos veintiséis años (suponiendo que me pudiese jubilar a los sesenta y cinco, que hasta eso parece complicarse). Esta vez la tempestad ha ocupado largos silencios en este diario. Silencios que se disolverán en el mar del tiempo perdido para siempre, insalvable, irrecuperable. Memoria del olvido.&lt;br /&gt;Esta semana ha venido el director de ingeniería de mi empresa en Pamplona y el responsable de Desarrollo. He tenido que asistir a una serie de reuniones internas, en las que ha quedado de manifiesto que mi japonés es todavía insuficiente como para traducir, incluso de manera precaria. El miércoles llegaron tres tipos de Peugeot de Francia y me tocó estar en un par de presentaciones. Todo esto se traduce en la cena del lunes, tranquila, solo con los de mi empresa de Pamplona, la del martes, con algunos japoneses también, en un lugar donde había mujeres de compañía (mayores) que no paraban de hablar, tratando que la conversación no decayese. Una de ellas tocó el shamisen, esa especie de guitarra japonesa de tres cuerdas mientras la otra hacia el ganso simulando un baile que parecía improvisar tomando elementos de donde fuese. El caso es que ante unos cuantos japoneses bastante ebrios y cuatro extranjeros, debieron considerar que el nivel era el necesario. La cena fue sabrosa y probé, por primera vez, carne de caballo en shasimi (cruda) que no me resultó fascinante, así como otras muchas viandas desconocidas. El director de ingeniería de la empresa japonesa me animaba a que rellenara el vaso de la mujer de compañía japonesa que se sentaba en un extremo de la mesa El nivel de alcohol fue el adecuado para romper el hielo en las relaciones interempresariales y, al terminar, el autobús contratado al efecto (típico en las cenas en las que se prevén borracheras generalizadas) nos llevó a un karaoke de chicas. Como ya sabíamos de que iba el tema, Pedro y yo decidimos discretamente huir y así lo hicimos a las nueve de la noche. Yo notaba el efecto benefactor de las cervezas y el sake en el cerebro. Es cierto que la tensión del día, de las traducciones frustradas, se habían disipado en un mar de generosidad y benevolencia de procedencia misteriosa. Al final todos parecían amigos de la infancia. Tal vez parecía que no habían, no habíamos abandonado nunca la infancia.&lt;br /&gt;El jueves, al acabar la presentación de la planta y de algunas tecnologías, fuimos a cenar con los franceses. Fuimos a un restaurante de anguila, unagi. Esta vez me estrené con la medusa, de poco sabor, apenas el de la salsa, y shasimi de carpa, que no me fascinó, pero que pude terminar gracias a una salsa muy dulce y espesa que lo acompañaba. Luego la anguila, que consistía en un cuenco de madera lleno de arroz y colmado por arriba con los trozos de anguila cocinados. Sabrosa. Nos explicaron que se iba colocando la anguila y el arroz en un bol y se iba comiendo directamente desde éste. Se podían añadir sésamo o algas o puerro que venían en pequeños recipientes aparte. Junto con la bandeja venía un recipiente de agua situado sobre una llama que la mantenía cercana a la ebullición. Al terminar, se echaba el agua sobre los restos de y se obtenía de esta manera una sopa que se bebía del bol directamente. De postre un helado japonés, poco dulce.&lt;br /&gt;Después de cenar, carretera y a Takayama. La cena estaba programada para las seis y cuarto, pero por retrasos en la agenda de actividades previstas, no comenzó sino una hora después. Así que salimos tarde. Yo me pasé el viaje hablando con Chikamatsu, pero como ahora le tengo cogido el truco, después de que empezara a asediarme a preguntas, pasé yo al ataque. Le pregunté por sus hijos y así uno va conociendo como ven el sistema educativo japonés sus usuarios. Pedro iba detrás, en el mismo coche, hablando con uno de los tres franceses.&lt;br /&gt;Esta vez fuimos a un buen hotel en Takayama. Llegamos cerca de las once de la noche. Yo apenas pasé revista a todas las cadenas de televisión que ofrecían y me eché a dormir. Estaba realmente cansado.&lt;br /&gt;El viernes fue una jornada laboral atípica. Estaba nublado, pero el pronóstico del tiempo no hablaba de lluvia. Desayunamos, y nos fuimos al aeropuerto Hida Air Park donde ya habíamos estado anteriormente. Esta vez eran otros los que organizaban los coches, los que ponían los conos. Había coches con diferentes tecnologías que mi empresa japonesa ha tenido a bien desarrollar, o está en ello. No solo de amortiguadores, sino también de direcciones. Al principio no me tocó hacer nada, pues había bastante gente. Los japoneses suelen incrementar el numero de participantes en reuniones o cenas en  función de la importancia que conceden a los eventos y a los asistentes. En ocasiones asisten personas que poco tienen que ver con el tema, pero eso, para ellos, da prestigio a los visitantes el volumen humano que presentan.&lt;br /&gt;Tocó probar el coche con el que yo he trabajado. Poco la verdad, pues cuando yo empecé a trabajar con Chikamatsu, la cosa estaba bastante madura. Subí con uno de los franceses y lo probamos en varias configuraciones. Me pareció un tipo simpático, a pesar de que la relación cliente proveedor suele dar pie a una relación de dominación incómoda. Eso sí, se nota cuando alguien se sube por primera vez en un coche con el volante a la derecha: los conos no los golpeaba, los atropellaba salvajemente con la rueda. Le explique que no tenía por qué preocuparse, que al principio nos pasa lo mismo a los extranjeros.&lt;br /&gt;Después, pudimos probar los demás coches, aunque solo fuese por divertirnos un poco, forzando entre los conos las fuerzas de la física. Me gustó probar algunos de los diferentes coches y ver como, efectivamente se notan las diferencias en las reacciones. Pero sigue sin parecerme un tema apasionante.&lt;br /&gt;Dentro del plan japonés (los japoneses siempre tienen unos planes estrictos con todos los detalles de las visitas programados) fuimos a comer. Un restaurante francés en un hotel grande y agradable. Una comida sabrosa y ligera. Luego estaba previsto regresar a la fábrica para hablar de las conclusiones de la visita. Pero alguno de los franceses dijo que le gustaría hacer algunas compras en Takayama. Así que un viernes, en plena jornada laboral, me vi paseando por las calles típicas de la ciudad, entrando en las tiendas, junto a un grupo de japoneses y occidentales encorbatados. En conjunto, muy tranquilo el paseo.&lt;br /&gt;Luego regreso al pueblo en coche y llegada, por los pelos, a la clase de japonés.&lt;br /&gt;Por lo demás, el director de ingeniería me ha hablado de mi trabajo para cuando vuelva. Ya se ha pensado en mi para un proyecto con un cliente nuevo alemán e incluso ya se ha enviado mi nombre en un documento. No me pregunta, aunque adopte ese tono, sino que me informa. En principio se esperará a que termine mi estancia aquí,  y mientras tanto otra persona se encargará de las fases iniciales. Por los cambios que parece implicar en el organigrama típico de la empresa, parece que puede ser interesante, pero mi escepticismo está muy extendido y no es la primera vez que me venden una moto con truco. Probaremos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-115193475583462607?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/115193475583462607/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=115193475583462607' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115193475583462607'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/115193475583462607'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/07/fragmentos-del-diario.html' title='FRAGMENTOS DEL DIARIO'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114994221047959807</id><published>2006-06-10T21:19:00.000+09:00</published><updated>2006-06-13T07:34:37.850+09:00</updated><title type='text'>VIAJE A SHIKOKU (2)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;VIAJE A SHIKOKU (2)&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Tomonoura%20070.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Tomonoura%20070.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Jueves 4 de mayo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Otro día de sol y calor. De turistas deambulando por las laderas de Onomichi. Verdes laderas donde veinticinco templos nos esperan. Antes, eso sí, un abundante desayuno en el hotel, contemplando, ahora de día, la orilla de Mukaishima. Allí, un enorme barco en construcción llama nuestra atención. Un remolcador lo saca del puerto donde estaba atracado y lo sitúa en dirección a otro muelle. Todo esto ocurre mientras las tostadas del ocio turista son devoradas con calma, contemplando el trabajo ajeno.&lt;br /&gt; Fuera, la ciudad nos muestra que tiene un poderoso imán para el turismo local. Es fácil cruzar las calles situadas abajo, junto al mar, pues el tráfico intenso impide a los coches circular. Cruzamos la vía del tren y enseguida empezamos a caminar por calles estrechas, peatonales, flanqueadas por jardines, casas o templos. Entramos al azar en uno de éstos últimos. Jardines serenos, con senderos de tierra para caminar por entre los árboles y disfrutar con la vista de las flores. El calor aprieta, pero yo no pongo objeciones. Aunque lo hiciese, no ganaría nada, y creo que de los excesos, prefiero el del calor que el del frío. Cuando preguntamos a un matrimonio el nombre del templo, nos explicaron cuál era en un mapa que ellos llevaban y nos lo regalaron, a pesar de nuestras reticencias. Muy amables. Como no era cosa de entrar en los veinticinco templos, caminamos directamente al Senko-ji. Unos monjes quemaban las hojas caídas de los árboles y el fuego y el humo parecían formar parte de la esencia misteriosa del templo. Es sol, potente, se filtraba por entre los huecos de los árboles, dibujando sombras sobre el suelo, que a mí siempre me recuerdan a un cuadro de Sorolla.&lt;br /&gt; Tomamos el funicular para subir a lo alto de la montaña, y caminar por el Senkoji Koen. Tuvimos que esperar un cuarto de hora hasta que finalmente fuimos enlatados con un grupo numeroso de turistas japoneses, camino de la cumbre. Lo cierto es que la vista merecía la pena. El día estaba claro y se veía, con cierta perspectiva, nunca como en un mapa, el perfil de la costa y algunas de las islas del mar interior. En la isla vecina se aprecian los decorados donde se rodaron algunas escenas de la película Otokotachi no Yamamoto, una película de guerra sobre el célebre almirante japonés. Un fragmento enorme de un barco de cartón y mucha gente, diminutas hormigas de colores, visitándolo. &lt;br /&gt; Gente comiendo sus obentos, familias paseando, parejas haciéndose fotos... Los japoneses en su versión más relajada en su propio país. Merece la pena la experiencia.&lt;br /&gt; Bajamos caminando por senderos elegidos de manera caprichosa, visitando templos, disfrutando de la vista de jardines y calles empinadas. El sol aprieta y uno siente que le apetecería sentarse un rato a beber algo. Tal vez a comer algo antes de subirse al coche e iniciar el salto a través de los puentes hasta la isla de Shikoku.&lt;br /&gt; Junto al mar encontramos un lugar de sándwiches que parecen requerir mucho esfuerzo, a juzgar por el tiempo que tardan en servirnos. Es curioso, pero este hecho nos hizo recapacitar sobre la rapidez con la que siempre hemos sido atendidos y servidos en todos los restaurantes japoneses que hemos visitado. Uno aprovecha a mirar la guía para ir pensando la ruta por venir. Es realmente una experiencia fantástica donde las haya planear y dibujar los recorridos de la efímera libertad que se avecina.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/De%20Matsuyama%20a%20Uchiko%20019.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/De%20Matsuyama%20a%20Uchiko%20019.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Que no es otra que subirse al coche y ordenar al navegador que ponga rumbo a Okayama, ya en Shikoku. Para ello hay que cruzar diez puentes, que van saltando de isla en isla hasta llegar a la gran isla del mar interior. Al principio el tráfico es pesado y encontramos retenciones saliendo de Onomichi, pero pasada la primera isla, todo es más fluido. En Ikuchijima abandonamos la ruta propuesta por Catalina, nuestro fiel navegador, y tomamos una carretera local que nos lleva a Setoda-Cho, una pequeña ciudad donde, anuncia nuestra guía, un fabricante de armamento llamado Kozo Kanemoto se dedicó a construir réplicas de los templos más famosos de Japón, una vez que abandonó sus cargos en la empresa y se hizo sacerdote. Con esta información, decidimos dejar de lado el lugar y, puro instinto de viajero, cruzar por un puente metálico que hemos visto, a la isla de Koneshima, más pequeña.&lt;br /&gt; Según el mapa, una carretera recorre la isla, prácticamente por su perímetro de costa. Y así es al principio. Apenas nos encontramos  ningún coche, algún camioncillo de esos diminutos que sirven para ir a los huertos. Paramos un par de veces para contemplar los reflejos del sol en el agua tranquila, protegida por la multitud de islas que florecen por todas partes. En algún puerto lejano, enormes barcos de carga parecen esperar destinos exóticos. Tal vez España sea un destino exótico para los de aquí.&lt;br /&gt; Caminamos por un sendero que entra en un vergel verde. Limoneros y naranjos nos sorprenden. Con esta luz, con este calor, con estos olores de las hojas del limonero, cuesta creer que uno esté en Japón y no en el Mediterráneo. Es algo realmente fascinante. Parece que el clima aquí es suave y amable. Caminamos por senderos de tierra, contemplando los árboles, mirando de vez en cuando, ladera abajo, los reflejos del sol en el mar. El tiempo se ralentiza y uno siente el placer de estos sorbos de segundos lentos, ajenos a las preocupaciones de los días; a esos días de encierro en la oficina sin tiempo para poder perder la vista en las montañas.&lt;br /&gt; Seguimos circulando por la carretera. Sorprende que a ningún japonés se le haya ocurrido probar esta ruta. Sorprende y se agradece, claro. Cuando hemos recorrido un buen trecho de su costa, la carretera se mete hacia el interior. Estrecha hasta lo incómodo, la carretera se hace un hueco en una vegetación densa, que hace olvidar los cítricos de más abajo. Afortunadamente no encontramos coches con los que negociar las preferencias de paso. Nos detenemos un par de veces para contemplar alguna casa, para sentir el aire  y el sol en el rostro.  En una ocasión una mujer muy anciana sale de algún lugar, agarrada a un carrito con ruedas de esos que emplean en Kani las mujeres encorvadas por los años de trabajo en las huertas para poder caminar. Nos saluda amablemente y se pierde con su paso rápido, por un camino que irá a alguna casa.&lt;br /&gt; Bajamos de nuevo al nivel del mar. Un estrecho túnel, en el que hay que conducir con cuidado para no rozarse con las paredes de piedra, que parecen querer buscar los retrovisores del coche con sus agudos filos y al final, descendemos a un pueblo sin nombre en el mapa. Rincones tranquilos, con casas tradicionales, con huertos, con un camino junto al mar. No, no viene en la guía, apenas unas notas para comentar que la isla se puede recorrer en un día en bicicleta. Lo cual, además de ser cierto, debe ser algo muy agradable.&lt;br /&gt; La tarde se va extinguiendo y decidimos seguir, pero cuando vemos la indicación, ya de nuevo en Ikuchijima, de Sunset Beach, no podemos resistir la tentación de curiosear cómo será esta playa japonesa. Por experiencia sabemos que no les atrae mucho lo de las playas, que no les gusta estar expuestos al sol: el color claro cotiza alto y las mujeres además de emplear sombrillas para protegerse del sol, compran cremas whitening, blanqueantes de la piel.&lt;br /&gt; Sunset Beach es una playa artificial, no muy  extensa, donde no encontramos a mucha gente. Algunos restaurantes y tiendas, pocos. Un lugar donde podemos sentarnos a ver el sol cayendo detrás de la isla de Omishima y tomar un café nos produce un gozo maravilloso. El sol ya no calienta tanto y el silencio, solo roto por el manso romper del agua contra las olas y el de unos pocos chiquillos jugueteando libremente antes de verse atrapados por el rígido sistema social japonés, nos envuelve. Aprovecho a actualizar mi diario mientras Mamen escribe  una carta. El tiempo se hace transparente, fino: se puede respirar y sentir sus mil aromas escondidos en su seno. Se tiñe del dorado del atardecer.&lt;br /&gt; Seguimos haciendo kilómetros, ya con la luz fragmentándose, sin fuerza, en colores cercanos al azul oscuro. Cruzamos otro puente y estamos en Omishima, donde paramos a comprarnos algún  zumo envasado en y sentarnos en una aldea tranquila a ver de nuevo el mar, a sentir ese silencio relajante. Apenas un alma se ve por las calles. Casas cerradas, otras con jardines bien cuidados. Pero la noche nos indica que tenemos que seguir camino hacia Matsuyama, nuestro siguiente destino. Esto quiere decir otro puente hasta llegar a Hakatashima, uno más hasta llegar a Ooshima, la gran isla. Desde aquí, ya con esa luz apenas visible pero que conserva como en un flash el último destello de un día, maravilloso, que se extinguió, entramos en el puente que comunica con Shikoku, a través de unas diminutas islas. Las luces de los coches, de los inmensos pilares del puente parecen anular ese tenue azul casi mortecino que se va. Al cruzar el puente paramos en un área de servicio a contemplar la gran obra de la ingeniería nipona. Resulta hasta hermoso, a pesar de ser útil.&lt;br /&gt; El resto del camino es carretera un poco pesada hasta que entramos en Matsuyama. Encontramos el hotel sin problemas, gracias a nuestra fiel Catalina. Son las nueve de la noche. Dejamos las cosas y salimos con hambre a buscar donde comer. Y en este país, eso es algo fácil, muy fácil.&lt;br /&gt; De los múltiples sitios que se anuncian entramos a uno, intuición pura. Y acertamos. Comimos maton, cordero, cocinado con orégano. Sabroso. Era la primera vez que probábamos cordero en este país, donde se considera que la oveja es un animal apestoso y no goza de buena reputación. Comimos carne de pato con una salsa dulce, además de unos sabrosos bocados de gambas con un toque de hojaldre. Y todo ello con la exquisita amabilidad del servicio japonés. Un día redondo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/De%20Matsuyama%20a%20Uchiko%20012.0.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/De%20Matsuyama%20a%20Uchiko%20012.0.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Viernes 5 de  mayo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Después de desayunar en el hotel, el cuerpo pide pasear, conocer, ver. Caminamos por una calle, peatonal, al menos en los días festivos, donde mucha gente pasea ociosamente. Puestos de venta ambulante de antigüedades, de comidas, de animales... Incluso una exposición de kotos que eran afinados por un maestro. El sol vuelve a mostrar su generosidad en estas tierras del sur. Llegamos a la entrada del teleférico que sube al castillo. Parece que hay que esperar cuarenta minutos. Si bien es cierto que probablemente no volvamos jamás en nuestras vidas a esta ciudad, también es verdad que tenemos ganas de ver el mar, así que renunciamos al castillo a cambio de acelerar la salida de la ciudad. Paseamos un poco por una de esas galerías comerciales cubiertas, que nada tienen que ver con los centros comerciales conocidos en nuestras tierras, sino que son calles peatonales cubiertas con techos. Allí se ve la gente que pasea el domingo, que entra en el pachinko. Alguien ha instalado un pequeño corral con tortugas, conejos, ratones y algún bicho más. Los padres meten a los hijos dentro y estos acarician a los asustados animalillos. En general los niños parecen demostrar ternura por los animales excepto una criatura que trata de apretar a un conejo contra el suelo hasta que un cuidador le retira la manita nada inocente. El niño se queda mirando al bicho y retoma sus instintos salvajes con una pobre tortuga que opta por meterse en su caparazón hasta que al niño le de por otro bicho. &lt;br /&gt; De regreso al coche nos acercamos a ver un edificio curioso. El Bansui-so, un edifico de estilo francés, construido a comienzos del siglo XX para un  noble local. Dentro hay una sala de exposiciones de pinturas, un anexo del museo de Arte de la Preceptura, pero lo más curioso resulta el edificio en sí, rodeado de palmeras y otros árboles trabajosamente podados. Dentro, en una sala próxima a la puerta, una exposición de una artista que muestra sus creaciones. Es algo que solo se da en Japón y que tiene un nombre, pero lo he olvidado. Es el arte cursi y retorcido hasta extremos surrealistas. La mujer lleva una falda rosa, medias blancas de puntilla, zapatos de tacón plateado, una blusa llena de encajes y volantes. Sus obras de arte, pinturas o fotografías, tienen como temas a Snoopy, a Hello Kity. Creo que no hay mas que decir.&lt;br /&gt; Regresamos al coche. También ignoramos Dogo, la zona termal famosa en sí por su antigüedad y porque hay unas termas reservadas para el emperador, aunque parece que hace muchos años que ninguna persona de la familia imperial se ha acercado allí. En lugar de ello tomamos el coche y después de unos kilómetros de esquivar casas, fábricas y demás, tomamos una carretera que va copiando el perfil de la costa. Poco tráfico a pesar de tratarse de unos días de fiesta. Mejor. El sol luce con fuerza y es un desafío concentrar la vista en la carretera, ignorando esa superficie plateada al lado. &lt;br /&gt; Puro azar, encontramos un restaurante italiano justo al borde del mar. Una casa de madera con una terraza. Un lugar perfecto. Un viento fresco suaviza la fuerza de los rayos del sol. Unos espaguetis con un sabor poco italiano, un café y la vista sobre el mar. Un vicio relajante. Un presente que pronto, ya, es pasado, recuerdo.&lt;br /&gt; Después de un buen rato de descanso seguimos ruta. Paramos en una aldea de pescadores de nombre desconocido. Barcas de pesca pintadas de un color amarillo, con una protuberancia en la proa, por debajo de la línea de flotación. Unos hombres pescan, otros pintan a mano el casco de un barco. Un espigón enorme separa el diminuto puerto del mar. Mas allá de los barcos, tierra adentro, un pueblo silenciosos de casas que enseguida parecen rodeadas por la vegetación verde y frondosa de este país. Enseguida brotan las montañas y la vista no puede ir mas lejos sino sube y sube. &lt;br /&gt; Seguimos ruta hacia el sur, hasta la península de Stamisaki. Según el atlas de carretera, es una zona de naranjos. Pero el tiempo pasa y tenemos hotel reservado en el otro extremo de la isla, en Tokushima. Parecen muchos kilómetros. De todas formas seguimos un poco más, hasta donde el pedazo de tierra que parece como un dedo apuntando hacia el mar comienza a perfilarse. Hasta Yawatahama. Una ciudad insulsa, con industria y un puerto de ferrys que van hacia Beppu, en Kyuusuu.&lt;br /&gt; Aparcamos el coche y paseamos. Frente al mar, en un largo trecho, solo coches aparcados, una calle que discurre en paralelo y casas. No hay un lugar donde tomarse algo, un banco para sentarse. Demasiado prácticos para pensar en el ocio, supongo. Tan solo gente pescando que nos contemplan con curiosidad unos instantes hasta vuelven a concentrar sus miradas a sus cañas.&lt;br /&gt; Metemos el teléfono del hotel en el navegador. Nos da unas cuantas horas de carretera, así que decidimos ir poniendo camino en esa dirección. Nos hemos dejado, igualmente, Uwajima, donde se celebran dos veces al año unas togyu o corridas de toros. Toros muy grandes se enfrentan entre sí, tratando de expulsarse del ruedo, como si de luchadores de sumo se tratase. Parece que el origen de los bichos y de las luchas está en la visita de comerciantes holandeses, hace muchos años.&lt;br /&gt; Eso sí, de camino paramos en Uchiko. Se trata de un pueblo cuyos habitantes hicieron cierta fortuna produciendo y vendiendo cera para la fabricación de velas. Se construyeron casas grandes y hoy, por obra del turismo, algunas de estas casas, restauradas, ofrecen un pintoresco paisaje para el turista. La calle antigua, en el barrio de Yokkaichi, es un lugar agradable para pasear mientras cae el sol. Pocos turistas que disfrutan, ociosos, del lugar. La verdad es que la arquitectura de estas casas de comerciantes restauradas, como en Takayama y en otros sitios, es de una belleza, serena, discreta. Espíritu Japonés.&lt;br /&gt; La luz de la tarde se extingue mientras buscamos el coche por el pueblo. De nuevo carretera y muchos kilómetros hasta atravesar toda la isla, de oeste a este. A eso de las nueve de la noche estamos entrando en Tokushima. Nuestra última noche del viaje.&lt;br /&gt; El hotel, situado en la estación de tren, resulta ser bastante agradable. A pesar de la hora salimos a buscar un sitio para cenar. Y el azar, que guía sabiamente los pasos de los viajeros con espíritu abierto, nos lleva a un pequeño local donde la amabilidad del que parece ser el encargado nos ayuda a elegir platos sabrosos. Cenamos en la barra y, parece que Tokushima no es meta de turismo mundial, nos pregunta una pareja cercana de dónde somos. Somos bichos raros en este país, como muchas otras veces. Pero aquí, es mi experiencia, a los bichos raros los tratan bien, con cortesía y con curiosidad. El japonés tiende a ser curioso con los forasteros y preguntar mucho en lugar de comenzar a hablar de él mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/De%20Matsuyama%20a%20Uchiko%20048.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/De%20Matsuyama%20a%20Uchiko%20048.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Domingo 7 de mayo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ayer regresamos de nuestro viaje. Sí, ya estamos en casa. No éramos los únicos que nos movíamos por la carretera y tuvimos algo de tráfico, pero no fue horrible. Es curioso porque en conjunto, a pesar de tratarse de una de las pocas festividades que se permite este laborioso pueblo, no hemos sufrido unos atascos horribles. &lt;br /&gt; Ayer el cuerpo se levantó cansado de los días de ocio empleados en curiosear un poco más esa isla llamada Shikoku. Empleamos las primeras horas de nuestra jornada de turistas a tiempo completo en pasear un poco por esta ciudad nueva. Tokushima es célebre en Japón por un festival de danza, el Awa Odori, que se celebra en agosto. Nosotros paseamos un poco por la Sinmachi bashi Dori para sentir este ambiente festivo de una ciudad japonesa, algo que sigue siendo novedoso. Una avenida con muchas flores y palmeras nos conduce hasta el río, no el caudaloso Yoshinogawa sino uno más discreto, más de ciudad. Un paseo de madera junto al río, algunos cafés abiertos junto a tiendas y negocios cerrados, sugieren vacaciones. Poca gente paseando por las calles un día en que las nubes han comenzado a extenderse discretamente sobre el cielo. De momento, el sol va ganando la partida y el calorcillo de estos días se sigue notando. No, no subimos en el teleférico al monte Bizan para disfrutar de la vista, ni visitamos las ruinas del castillo. Caminamos hacia el templo budista de Zuiganji. Enclavado en la ladera del monte Bizan, para encontrar los edificios del templo hay que internarse en un jardín bastante frondoso, casi un bosque domesticado, de una belleza deslumbrante y serena. Los juegos de luces y sombras que logran estimular nuestro sentido de la belleza, a pesar de la acumulación de hermosos y nuevos lugares visitados. Este templo, no sé por qué, no tiene visitantes paseando por sus jardines, acercándose a esas bellas y tranquilas construcciones de madera que se armonizan con las plantas, con los árboles, con los estanques... Uno se siente bien. Subimos por un estrecho sendero que atraviesa un bosque de bambú y pinos hacia una pagoda roja, que apenas se divisa desde abajo. Tal es la frondosidad de lo vegetal. Unos jardineros con estridentes instrumentos de producción nacional soplan aire para limpiar de hojas muertas el camino. Por lo demás, perfecto. Regresamos al hotel y tomamos el coche. Dejamos (viajar es, como tantas cosas en la vida, renunciar) las ruinas del castillo y ponemos rumbo al sur, hacia un pueblo de pescadores llamado Hiwasa. Este pueblo es famoso porque a sus playas llegan las tortugas a desovar. &lt;br /&gt; Carretera lenta que esquiva la costa hasta casi llegar a Hiwasa. Campos de arroz inundados me recuerdan el pueblo, ese segundo hogar a donde estas imágenes me retrotraen. Montañas sin pulir, con la vegetación henchida de formas, de verde.&lt;br /&gt; En Hiwase, al llegar, lo primero que hacemos es acercarnos a la playa de Hiwasa para estirar las piernas y olvidar los casi sesenta kilómetros de coche, que han supuesto cerca de hora y media. Japón.&lt;br /&gt; La playa está casi vacía. Unas pocas familias pasean en un día que se ha ido oscureciendo. Un fresco viento se ha levantado y entristece un poco el ambiente. Arriba, junto al muro que protege de las embestidas del mar, un museo de Quelonios que no nos termina de atraer. El paisaje, silencioso, casi solitario de esta playa, del pueblo cercano, parece decir mucho más. Una pareja de mujeres mayores, peregrinas, se acercan al mar.&lt;br /&gt; En Shikoku hay 88 templos que forman una ruta de peregrinaje de unos mil kilómetros. Asociados al budismo Shingon, estos templos atraen cada año a muchos miles de peregrinos. Algo parecido al Camino de Santiago. Los henro-san, peregrinos, se reconocen por sus chaquetillas blancas con textos, ilegibles para este pobre viajero, ignorante de la grafía del país que le acoge, de esos sombreros de paja de forma cónica y unos bastones largos de madera con empuñadura de tela de colores. En Hiwase se encuentra el templo de Yakuo-ji, el número 23 del peregrinaje de Shikoku.&lt;br /&gt; Este templo es otro de esos ejemplos de belleza serena de la madera, de las formas, de los jardines. Esa combinación de materiales, formas y colores que a uno no dejan de resultarle sumamente agradables. Algunos peregrinos recitan sutras en grupos, o simplemente hacen sonar la campana del templo y se recogen en breves oraciones. Un  poco más arriba, todos los edificios del templo se encuentran en la ladera de una colina y las escaleras para subir, de piedra, tienen una considerable pendiente, se encuentra una curiosa pagoda, roja, de construcción reciente. No tiene la forma característica de las pagodas japonesas, sino que parece un cilindro coronado por un tejado tradicional. Siguiendo las indicaciones de la guía entramos. En los sótanos, oscuridad total antes de entrar en una sala donde hay imágenes pintadas con torturas del infierno. Hombres torturados de todas las maneras posibles por seres extraños, deformes y grandes. Todo ello presidido por un señor sentado detrás de su mesa, que parece ejercer de juez. A la salida, un pergamino antiguo muestra la descomposición de una  mujer que, antes de morir era bella. Dibujos macabros y un texto indescifrable. Muy curioso.&lt;br /&gt; El pueblo, pequeño, está más bien desierto. Poca gente. Casi todos los comercios cerrados. Parece que las vacaciones más que atraer turistas, lo que hacen es viajar a los habitantes del lugar. En vista del panorama, que vuelve a confirmar que a los japoneses no les gusta el mar, compramos algo de comer en un supermercado y tomamos la carretera de la costa buscando un lugar donde contemplar el mar. Saliendo hacia el norte, hay un hotel espantoso, pintado de azul chillón. Un poco mas adelante, una pequeña península ofrece un sendero para caminar. Una profunda oquedad en la roca arroja con fuerza el agua contra el interior. Subimos por una empinada escalera tallada en la roca. Arriba, un banco de falsa madera (cemento) nos sirve para comer y ver el mar oscuro bajo un cielo amenazante. Uno siente tristeza de que estos días se terminen, como ocurre siempre que se hace un viaje.&lt;br /&gt; Al regresar le damos al navegador una opción que parece incluir el ferry. Y así, en Tokushima, el muy inteligente navegador, que en nuestro caso se llama Catalina, nos reenvía a la terminal de ferry que conecta con Wakayama, en la península de Ise. Pero cuando preguntamos en las oficinas, nos informan de que están llenos para el próximo ferry (tres cuartos de hora de espera), que podemos probar a esperar por si falla alguien y sino en el próximo, que sale casi tres horas más tarde, hay plaza segura. Como Wakayma no nos ahorra tanto como si fuese directamente a Osaka, y no nos apetece esperar, decidimos seguir por carretera. Cruzamos el puente de Naruto (no hemos tenido tiempo de acercarnos a ver los remolinos, famosos, que se forman al chocar las dos corrientes del Mar Interior y del Océano Pacífico) y estamos en la isla de Awaji. Montañas y verde, para variar. Aquí se encontraba el epicentro del gran terremoto que asoló Kobe en 1995, el Hanshin. La autopista atraviesa esta isla para desembocar en el espectacular puente de Akashi Kaikyo, uno de los mayores puentes colgantes del mundo con casi cuatro kilómetros de longitud. Lo cierto es que conduciendo de repente ve uno los inmensos pilares, la curvatura que hace que parezca que el coche asciende una montaña de asfalto. Cuando se inicia el descenso, uno siente la altura sobre el mar, sobre la costa de Honshu, nuestra isla, donde infinitas luces dibujan  el perfil de la costa y la marea humana del interior. &lt;br /&gt;Se entra en las cercanías de Kobe, donde el tráfico es intenso, con retenciones. Muchos edificios modernos, altos, se divisan desde la autopista elevada que atraviesa la cuidad. Son las siete y media de la tarde y el cansancio pide dejar el coche un rato. Nos desviamos en Kobe y salimos cerca de la estación de Sannomiya. Dejamos el coche en un aparcamiento justo cuando comienza a llover. Realmente hemos tenido mucha suerte con el tiempo, piensa uno  mientras camina por una ciudad animada, bulliciosa. En torno a la estación, abundancia de pequeños restaurantes de todo tipo. Las calles, animadas, dibujan una idea de gran ciudad. Da pena no entender los menús de lugares que parecen prometer moderna cocina japonesa. Al final nos decidimos por un italiano de diseño agradable. El paraguas es muy pequeño para andar dando vueltas.&lt;br /&gt;Tenemos que volver a Kobe.&lt;br /&gt;Es una ciudad que figura en la lista de lugares a visitar antes de irnos de aquí. Y cada vez falta menos. &lt;br /&gt;Carretera de nuevo, después de la pausa para cenar y aprovechara a caminar un poco. A eso de la una de la mañana llegamos de nuevo a nuestro hogar. Mil cuatrocientos kilómetros, y las imágenes del mar, de los templos, de los jardines, de las playas, de la gente, de las ciudades, amarradas en nuestras cabezas para siempre.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Tomonoura%20103.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Tomonoura%20103.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114994221047959807?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114994221047959807/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114994221047959807' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114994221047959807'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114994221047959807'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/06/viaje-shikoku-2.html' title='VIAJE A SHIKOKU (2)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114822481484623010</id><published>2006-05-22T00:03:00.000+09:00</published><updated>2006-05-22T07:39:16.116+09:00</updated><title type='text'>VIAJE A SHIKOKU (1)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Golden%20Week%20063.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Golden%20Week%20063.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;Lunes 1 de mayo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   Hoy hemos iniciado nuestro viaje de Golden Week. Y para comenzar el día, que mejor que un sol brillante, deslumbrante, sobre un cielo azul que despierta las ganas de vivir. Metemos las maletas en el coche con ilusión, con la perspectiva del viaje, de lo no conocido, de las impresiones y de las vivencias por venir.&lt;br /&gt;   Tomamos, como tantas otras veces, la ruta 41 dirección Nagoya y en Komaki entramos en la autopista Meishin rumbo a Kyoto. Como otras veces. Tráfico, pero llevadero. Dejamos atrás la salida hacia Kyoto, la desviación hacia Osaka y, cuando por fin dejamos atrás las inmediaciones de Kobe, en la Sanyo Expressway, el tráfico se hace mucho más despejado. Esta semana el lunes y el martes no son días festivos oficiales. Sin embargo mi empresa ha tirado el calendario laboral por la ventana y en un arrebato de generosidad sin precedentes ha concedido toda la semana de ocio a la abnegada plantilla. El sol brilla y la vegetación verde cubre las colinas por entre las que se cuela el brazo de asfalto. Es difícil realmente encontrar terreno llano en Japón. Como por ejemplo en la zona de Nagoya y alrededores. Por el interior, en cuanto se avanza hasta Inuyama, se empiezan a encontrar las primeras montañas.&lt;br /&gt;Cuando llevamos tres horas y media de coche, aproximadamente, nos desviamos de la autopista rumbo a la ciudad de Himeji. Apenas son unos kilómetros. Aquí se alza, en mitad de la ciudad, uno de los castillos más famosos de Japón. La ciudad es más grande de lo que esperábamos. Dejamos el coche en un aparcamiento de pago, como hacen todos los japoneses, y nos acercamos a visitar el célebre lugar.&lt;br /&gt;Hace calor pero se agradece sentir que la vida renace del frío y oscuro invierno. Una amplia avenida termina, o empieza, justo donde el castillo tiene su entrada. Estas grandes avenidas suelen hablar de reconstrucciones después de la Segunda Guerra Mundial. Como es el caso de Nagoya.&lt;br /&gt;El castillo, tal y como se conserva, aparte de alguna restauración moderna, data de comienzos del siglo XVII. Pero parece que desde su construcción, la zona vivió relativamente en paz y pocos asedios y batallas le tocó vivir. Akira Kurosawa lo utilizó para rodar exteriores de su película Ran.&lt;br /&gt;S e entra en unos jardines y se va viendo, a lo alto, la torre del homenaje, Daitenshu, de seis pisos. Pero al margen de lo interesante que puede haber sido la visita al interior, no muy diferente de otros, lo que más me ha fascinado han sido los patios, las paredes encaladas sobre las que resaltan las sombras de los cerezos, ya de un verde discreto pero fresco, las luces de un sol intenso. Olía a vida, a un lugar del pasado rico en matices. Me encontraba a gusto. Se cruzan las murallas blancas con tejas oscuras de cerámica por hermosas puertas de madera; se puede ver un almacén donde se guardaba el arroz y la sal para el caso de asedio del castillo. La pared de este almacén, el Koshi-kuruwa, es ligeramente curvada, así como la disposición de las tejas del techo, lo cual no deja de llamar la atención. En las construcciones nobles, las ultimas tejas, las que se ven desde el suelo, llevan siembre un escudo que identifica a la familia que encargo esa construcción o reconstrucción. Rincones de nombres difíciles, con leyendas que huelen a reclamo turístico, pero que se graban en la memoria por la paz que desprenden.&lt;br /&gt;Desde la ciudadela interior se tiene una amplia vista de la ciudad. Las calles, las casas, los coches, hasta su habitantes aparecen empequeñecidos en la distancia, hasta hacer de las cosas y las personas algo casi dominado, amable. El viajero mira a lo lejos, siente el sol en el rostro, se gira y ve el enorme edificio donde antaño habitaran los ancestros de estos japoneses extraños y siente algo igualmente inenarrable. La curiosidad por avanzar en el conocimiento de esta cultura se vuelve algo acuciante.&lt;br /&gt;Subimos descalzos los seis niveles de la torre. Dentro se ve poco más que la estructura de madera y algunos objetos empleados por sus antiguos moradores como trajes de guerra, espadas, diarios o textos escritos sobre seda. Las vistas al exterior merecen la pena.&lt;br /&gt;Al terminar la visita el hambre aprieta y comemos de mala manera en un centro comercial, pues no es hora de ir a un restaurante. Vemos algunos turistas occidentales. Supongo que expatriados que disfrutan de sus vacaciones japonesas. Nosotros tomamos el coche y seguimos rumbo a Okayama. Llegamos cuando el sol se está poniendo. Es una ciudad grande, pero con la perspectiva de las montañas al final de alguna de sus anchas avenidas. El hotel Gran Vía, un cambio de última hora por problemas en el reservado, está situado junto a la estación. Es un hotel de lujo y nada más llegar a la habitación nos envían una sabrosa, y hermosa, cesta de frutas de parte del otro hotel. No nos quejamos.&lt;br /&gt;Bajamos a cenar. Hace calor incluso cuando el sol se ha retirado a coger fuerzas para el día siguiente. Poca gente por las calles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Golden%20Week%20169.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Golden%20Week%20169.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Martes 2 de mayo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Okayama se nos presenta como una ciudad tranquila en un día en que el sol no parece tener ganas de anunciarse. Nubes y algo de viento suavizan la temperatura, cosa que no nos preocupa mientras caminamos por una calle estrecha y repleta de restaurantes y cafeterías. Un desayuno con el Japan Times y uno se siente cerca de la felicidad serena, esa con la que sueña día y a día y que de vez en cuando, en forma desgajada pero igualmente maravillosa, se nos presenta al alcance de la mano.&lt;br /&gt;Caminamos hasta el río Asahiwaga y cruzamos el puente Tsurumi-bashi, hasta llegar a la entrada del Korakuen, uno de los jardines más celebres de este país de famosos y cuidados jardines pero de pocas zonas verdes en las ciudades. De camino se atraviesa un canal flanqueado con árboles (la excepción) que resulta muy agradable: el Canal verde de Nishigawa.&lt;br /&gt;El Korakuen es un jardín grande, con zonas de diferente paisaje. Creado a finales del siglo XVII. Extensas praderas de hierba lo hacen original frente a lo visto hasta ahora. Un gran lago, con alguna isla artificial, cascadas, zonas donde abundan las flores, plantaciones de te, bambú. Se pueden ver los nuevos brotes de bambú, como llemas de espárragos despuntando desde el suelo. Algunos apenas sobresalen, otros ya llevan una cierta ventaja. En esta época se ve mucho el takenoko (literalmente, el bambú muchacho) en las tiendas. Fundamentalmente se come como sashimi (crudo). Desde muchos lugares se divisa al fondo, como un ornamento más, la silueta del castillo reconstruido de Okayama, de un color negro extraño. Un té verde, el macha, el auténtico té de la ceremonia con los dulces que se emplean para compensar su sabor. Los niños de uno o varios colegios deambulan con sus uniformes blancos y azules, sus gorros rojos, por los caminos, entre la hierba. Suelen ser bastante más educados y respetuosos de lo que uno, al menos como lo recuerda, dejó en tierras remotas. A pesar de que los niños pequeños, de pocos años, dan la impresión de ser unos malcriados. Releyendo el capítulo del The Japanese Mind acerca del Ikuji o practicas educativas en Japón, se encuentra una comparación entre las actitudes educativas de las madres americanas, más orientadas a generar capacidad de formular juicios, de verbalizar, mientras que las madres japonesas tienden a integrar al niño en el grupo familiar (de ahí la tendencia inicial, a mimarlo) y a favorecer que no provoquen distorsiones en los grupos en los que le tocará interrelacionar. Individualismo versus grupo.&lt;br /&gt;Nos acercamos a ver el castillo por fuera, pero una fina lluvia y el hambre nos aconsejan no pasar de ver la entrada y unos caminos empedrados que conducen a la torre del homenaje, y buscamos un lugar donde resguardarnos de la lluvia y comer algo.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Golden%20Week%20029.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Golden%20Week%20029.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la tarde tomamos el tren a Kurashiki. Son veinte minutos de tren de cercanías que nos evitan coger el coche. Mucho más tranquilo. Al llegar a la estación, nada más salir del andén, se pueden ver parte de las atracciones del parque Tívoli, una réplica del parque de atracciones de Copenhagen. Típico gusto japonés. Pero al otro lado de las vías, después de caminar unos diez minutos, encontramos algo más interesante. Una zona de casas antiguas restauradas, con demasiadas tiendas de recuerdos y demasiados turistas. El sol ha destrozado las agoreras expectativas de las nubes y el cielo está especialmente limpio. Sobre todo con este frío viento que se ha levantado casi sin notarse.&lt;br /&gt;Lo primero que hacemos es acercarnos a la casa Ohasi. Hay muchas casas antiguas de familias de comerciantes que en la época Edo hicieron fortuna y trataron de mantener un nivel de vida similar al de un samurai, clase de la que legalmente se diferenciaban por razón de linaje. Los Ohasi parece que eran samuráis pobres que prosperaron en el comercio. La casa se visita sin guía y no parece muy conocida por los visitantes que acuden a la ciudad. Lo cierto es que merece la pena. Con sus estancias cubiertas de tatamis sobre las que uno puede caminar alegremente, patios interiores y exteriores primorosamente cuidados, la luz de la tarde crea unos juegos de sombras que nos entretiene haciendo fotos. Cada vez me gusta más la arquitectura tradicional japonesa, tanto de estas hermosas viviendas de madera y tatami, con estos pequeños jardines, como los templos budistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Golden%20Week%20192.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Golden%20Week%20192.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entramos en el barrio de Bizan, la zona antigua y reclamo turístico de la ciudad. Un canal de agua es recorrido a sus lados por calles empedradas, peatonales, donde unos sauces ponen una nota de color. Las casas, en verdad agradables de contemplar mientras se pasea sin rumbo, tienen casi siempre, de forma indefectible, un negocio ligado al turismo en su planta baja. Supongo que si no fuese por eso, tal vez el barrio entero tendría otra fisonomía. Por otro lado, es cierto que casas como éstas se ven en pueblos ajenos a la vida turística, como en Yaotsu, pero con las fachadas más desquiciadas por reparaciones a base de aluminio y otros materiales baratos.&lt;br /&gt;Saliendo de la zona en torno al canal, la cosa se torna más tranquila, y las tiendas y los turistas escasean. Pero la belleza serena de las construcciones se sigue encontrando en cada rincón, tocado por la luz menguante de un sol que ha terminado por marcar con su luz un día de ocio. Maravilloso. Caminamos, tomamos un café en una terraza, sentimos, se palpa, el ambiente festivo, relajado, de un pueblo que normalmente es un pueblo febril trabajador. Es algo que, por lo extraño, llama la atención.&lt;br /&gt;Al anochecer hay un espectáculo que no llegamos a entender, a pesar de las amables palabras de una mujer. Sobre un puente curvado que cruza el canal, unas pequeñas tarimas de madera. Llegan unas jovencitas visitiendo coloridos kimonos. Pasos cortos hasta situarse frente a las tarimas. Palabras incomprensibles, tan solo algunos fragmentos que no hacen sino abrir brechas en la imaginación, pronunciadas por una mujer ayudada de un potente micrófono. Al terminar el discurso, las tres jóvenes se suben a las tarimas y con ayuda de una antorcha prenden fuego en una especie de pebetero. Acto que tiene aspecto de simbólico, y que despierta el entusiasmo de la población nipona congregada. Cuando nos vamos a ir alguien nos dice algo de un barco. Y efectivamente, por el canal aparece algo así como una góndola de formas rectas. De fondo, música enlatada de koto y guitarra. Un hombre, impertérrito, empuja la pértiga contra el fondo del canal desde la parte posterior de la embarcación. En la proa, un hombre, igualmente impasible, mira de pie al frente. Entre ellos, sentada, una mujer con kimono y, la primera vez que lo veo, con el pelo largo, suelto. Su postura es igualmente rígida y con la mirada perdida en algún lugar del infinito. Cerca del puente donde ha tenido lugar la indescifrable ceremonia, la embarcación da la vuelta en el angosto canal y regresa hacia donde ha venido. La gente rompe a aplaudir embelesada por la belleza de lo visto.&lt;br /&gt;De noche el frío es más intenso. No es el frío del invierno, pero tampoco llevamos ropa de invierno. Caminamos rápido a la estación y regresamos en tren a Okayama. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Miércoles 3 de mayo&lt;/strong&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Después de desayunar en la misma cafetería de ayer (parece mentira lo rápido que se le coge cariño a los lugares cuando se está de vacaciones), tomamos el coche y ponemos rumbo a la costa. Hoy es el primer día de festividad oficial de la Golden Week. Hoy muchos camiones y autobuses negros con banderas de Japón recorren las calles de Okayamka. Parece que son los Toto Uyoku, grupos nacionalistas que exaltan la patria y los valores tradicionales. Como no podemos entender el mensaje, no sabemos hasta dónde están dispuestos a llegar con la defensa de su bandera. No me interesa.&lt;br /&gt;La carretera está algo congestionada hasta que llegamos a la autopista, pero luego la cosa mejora y el viaje no es horrible. El sol ha vuelto a instalarse con decisión y uno siente el optimismo del viaje como algo firme, incuestionable. Y placentero. Apenas hacemos unos 80 kilómetros de autopista y carretera, es decir, hora y media de coche en este país, y estamos entrando en Tomonoura.&lt;br /&gt;Se trata de un pueblo pesquero situado en la costa de la península de Numakuma. La guía Rough habla de uno de los emplazamientos más hermosos del mar interior. Y no nos defraudó. Lo primero, como siempre, buscar un aparcamiento para dejar el coche. Algo complicado, pues había bastante turistas en la misma situación, pero no tuvimos muchos problemas. Caminamos hacia el embarcadero y tomamos un barco rumbo a la isla de Sensui jima. Una gran idea. Se trata de una isla pequeña, pero en la que lo único construido son dos hoteles y unas instalaciones que albergan un camping. Y una serie de senderos que recorren las isla por la costa y por el interior. No hay coches, no hay carreteras. La isla es como Japón: frondosa y montañosa. Las laderas de las montañas bajan al mar y apenas dejan lugar a formarse alguna playa.&lt;br /&gt;Los caminos suben por el interior y uno siente la vegetación densa que no le deja respirar. El cielo apenas se puede ver si no es alzando la vista hacia arriba, a través de la tupida maraña de ramas y hojas que ha crecido de manera salvaje. Alguna playa para buscar conchas, para mirar el mar oscuro de Shikoku, para sentir el placer de sentirse Ulises camino de ninguna parte, enriqueciendo sus vivencias. Uno siente las vacaciones como un fluido vital, energético, inyectado en vena.&lt;br /&gt;Un camino bordea la costa. Nunca se ve el horizonte, pues está zona esta plagada de islas, y, al final, siempre estaría la gran isla de Shikoku. Y los barcos que van y vienen. Con turistas, con mercancías. Con peregrinos. Al regresar a Tomonoura, contemplamos un templo en una diminuta isla. Un templo sintoísta con un embarcadero. Un perfil inolvidable.&lt;br /&gt;Tomonoura también merece una visita por sí mismo. Paseamos junto a los barcos de pesca, sintiendo la brisa del mar, el sonido del agua rompiendo contra los espigones. Algo que rompe un poco la estética es la cantidad de protecciones que existen, y no solo en los puertos, contra la furia del mar. Pero aquí existen los tifones, y no se pueden permitir ceder a su embate en aras de una línea de costa más hermosa. Supongo.&lt;br /&gt;Dentro, el pueblo tiene estrechas callejuelas donde junto a casas tradicionales, no han tenido escrúpulos en construir edificaciones de materiales baratos. Eclecticismo urbano nipón que ya no nos sorprende. Pero en conjunto es un lugar agradable y tranquilo. Subimos a ver el castillo de Taigashima-jo, aunque las escasas ruinas que quedan y el jardín que lo rodea, están cerrados y protegidos por un muro. Al lado, el templo de Empuku-ji, junto a un monumento a un poeta de haiku local. Bajamos de nuevo junto al puerto y nos acercamos a ver el antiguo faro, situado en un lugar demasiado recogido como para ser útil. Una pequeña plaza empedrada da al mar. El sol se termina de recoger. Unas mujeres, diría que lugareñas, departen sobre sabe Buda qué problema doméstico, o tal vez sobre la política exterior de su país. Que la costa es lo primero que encuentran siempre los invasores.&lt;br /&gt;Atraídos por un sonido extraño que sale de una tienda de recuerdos y mil otras cosas mas, conocemos a un hombre que tuesta café de manera manual, algo que yo no había visto en mi vida. Un tambor metálico gira, manualmente, con los granos de café en su interior sobre un fuego. El olor es intenso, agradable. Aprovechamos y lo probamos en unas mesas situadas en la plaza, junto al mar. La luz azulada, comienza a homogenizar el perfil de las cosas. A mi estas horas del atardecer me gustan mucho. Mamen charla con una señora que ha asistido igualmente como espectadora a la laboriosidad del japonés de turno. Yo disfruto viendo como mar y cielo se van uniendo en una metamorfosis de color suave. Al final, pruebo el café recién tostado. Sabroso. Lástima que les guste tanto emplear estas tazas barrocas que parecen sacadas de una vitrina de Versalles.&lt;br /&gt;De camino al coche, ya con poca luz, descubrimos que hemos dejado de lado los templos. A pesar de que uno tiende a sentir empacho de templos y castillos cuando ya acumula unos cuantos en su haber, siempre son hemosas construcciones agradables de contemplar. Como fue agradable entrar en una tienda antigua, con una enorme escultura de madera, donde un amable hombre me invitó a probar diferentes tipos de sakes que ellos mismos fabricaban. Encontré, por fin, un sake dulce y me llevé una botella.&lt;br /&gt;Coche y un poco de autopista, un poco de carretera, y llegamos a Onomichi. Desde la habitación del hotel se ve el mar, pero parece un río, de tan cerca que se encuentra una de las mil islas contenidas en el mar interior: Mukaishima. Caminamos junto al mar, como si caminásemos a orillas de un río hasta encontrar un lugar donde cenar. Y cenamos bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Golden%20Week%20225.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Golden%20Week%20225.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114822481484623010?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114822481484623010/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114822481484623010' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114822481484623010'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114822481484623010'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/05/viaje-shikoku-1.html' title='VIAJE A SHIKOKU (1)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114638936946388833</id><published>2006-04-30T18:22:00.000+09:00</published><updated>2006-05-07T10:20:16.910+09:00</updated><title type='text'>Sempo Sugihara</title><content type='html'>Sempo Sugihara nació el 1 de enero de 1900 en Yaotsu, Prefectura de Gifu, Japón. Parece que su padre quiso que siguiese sus pasos, convirtiéndose en médico, pero logró entrar finalmente en la Universidad Waseda, de Nagoya, donde se licenció en literatura inglesa.&lt;br /&gt;En 1919 logró un puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Su primer destino, en 1924 fue Harbin, China donde estudio ruso y alemán. Allí se casó con una mujer rusa, de la que se divorció posteriormente, en 1935.&lt;br /&gt;En 1932 fue nombrado Cónsul del ministerio de asuntos exteriores del gobierno de Manchuria. Tomó parte en las negociaciones con la Unión Soviética sobre el ferrocarril de Manchuria. Renuncio a su puesto en protesta por el trato dado por el gobierno japonés a la población local china.&lt;br /&gt;En 1935 regresa a Japón y se casa con Yukiko Kikuchi.&lt;br /&gt;En 1937 se traslada a Helsinki, donde trabaja de traductor para el Departamento de Información del Ministerio de Asuntos Exteriores japonés.&lt;br /&gt;En marzo de 1939, fue enviado a Kaunas, capital de Lituania, para abrir un servicio consular y encargarse él mismo. Kaunas era un punto estratégico entre la Unión Soviética y Alemania. Parte de su labor consistía en informar al gobierno japonés de los movimientos de tropas soviéticas y alemanas. Parece ser que también cooperó con el servicio secreto polaco como parte de un plan de cooperación más grande entre los dos gobiernos&lt;br /&gt;Sugihara apenas se había asentado en su nuevo puesto cuando los ejércitos nazis invadieron Polonia y una ola de refugiados judíos se movilizó hacia Lituania. Consigo llevaban escalofriantes historias acerca de las atrocidades alemanas cometidas con la población judía. Lituania, hasta el momento de la guerra, había sido un enclave relativamente tranquilo y próspero para los judíos, la mayoría de los cuales no habían creído del todo el alcance del plan de exterminio nazi que se estaba llevando a cabo en Polonia. Hugh Thomas, en “Una Historia Inacabada del Mundo” cuenta como los judíos que lograban huir y llegar a Inglaterra contando las monstruosidades que estaban ocurriendo en los campos de concentración, no eran creídos por los aliados.&lt;br /&gt;Los refugiados trataban de explicar que estaban siendo asesinados en masa, pero los judíos de Lituania continuaban con sus vidas normales, ignorando las amenazas. Las cosas comenzaron a cambiar en de junio de 1940, cuando los soviéticos invadieron Lituania. Paralelamente, los alemanas iban aumentando su dominio en el este de Europa. Los soviéticos permitirían a los judíos polacos emigrar fuera de Lituania a través de la Unión Soviética únicamente si disponían de visados.&lt;br /&gt;En ese terrible contexto, el Cónsul japonés Sugihara se convirtió en el centro de un desesperado plan de supervivencia. El destino de miles de familias dependía ahora de su decisión. En julio de 1940, las autoridades soviéticas ordenaron a las embajadas extranjeras que abandonaran Kaunas. Casi todas obedecieron de inmediato. Sugihara, en cambio, logró extender su estadía otras tres semanas. Exceptuando a Jan Zwartendijk, el Cónsul Honorario holandés, Chiune Sugihara era ahora el único cónsul extranjero que quedaba en la capital lituana.&lt;br /&gt;La última oportunidad que les quedaba a los refugiados polacos eran dos colonias de Holanda en el Caribe, las islas de Curaçao y Guyana Holandesa (hoy Surinam). Allí no se exigían condiciones demasiado rigurosas para lograr entrar. El Cónsul holandés había obtenido una autorización para sellar sus pasaportes con permisos de entrada. Pero para llegar a estas islas los refugiados necesitaban atravesar la Unión Soviética, cuyo cónsul accedió a dejarlos pasar bajo una condición: además del permiso de entrada holandés, necesitarían obtener una visa de tránsito del consulado japonés, ya que para llegar a las islas debían atravesar el imperio nipón.&lt;br /&gt;A finales de julio, Chiune Sugihara y su familia amanecieron con una multitud de refugiados polacos reunidos fuera del consulado. Desesperados ante la inminente llegada de los nazis, los refugiados sabían que su única escapatoria pasaba por huir hacia el este, via Japón. Chiune Sugihara se sintió tocado por la urgencia de los refugiados. Sin embargo, no contaba con el permiso oficial de su gobierno para emitir cientos de visas. Las tres veces que Sugihara solicitó autorización para emitir visas, recibió la misma negativa del Ministerio del Exterior en Tokio. El gobierno japonés mantenía una estricta neutralidad respecto a los judíos y solo otorgaba visados cuando se demostraba que había motivos justificados para ello. Discutió entonces la cuestión con su esposa e hijos. Limitado por la obediencia (había sido educado bajo la estricta y tradicional disciplina japonesa), sentía el deber de ayudar al necesitado. Era consciente de que desafiar las órdenes de sus superiores le podrían acarrear el ser despedido y deshonrado. Esto repercutiría en la situación económica y en el honor de su familia. Temió por la vida de su esposa, Yukiko, y por las de sus hijos pero, finalmente, obedeció al mandato de su conciencia: Firmaría los visados sin contar con el permiso de Tokio.&lt;br /&gt;Desde el 31 de julio hasta el 28 de agosto de 1940, Sempo y Yukiko Sugihara pasaron interminables horas escribiendo y firmando visas a mano. Sin detenerse siquiera para comer, Sugihara decidió no perder un solo minuto de tiempo. La gente aguardaba el permiso de tránsito haciendo fila durante el día y la noche. Cientos de postulantes se transformaron en miles. Sugihara trabajaba contra el reloj: sabía que no pasaría mucho tiempo hasta que lo forzaran a cerrar el consulado y abandonar Lituania. Continuó emitiendo documentos incluso hasta el momento de la partida del tren que lo llevaría desde Kovno hasta Berlín, el 1º de septiembre de 1940. Cuando el tren dejó la estación, le entregó su sello oficial a un refugiado, quien así podría salvar a otros judíos.&lt;br /&gt;Una vez que recibían sus visas, los refugiados no tardaban en trasladarse a Moscú en tren, y de ahí a Vladivostok en el ferrocarril transiberiano. Desde allí, la mayoría continuó hacia Kobe (en donde había una importante comunidad judía), Japón, ciudad en la que se les permitió permanecer por varios meses. Luego fueron enviados a Shangai, China.&lt;br /&gt;Miles de judíos polacos con las visas de Sugihara sobrevivieron bajo la protección del gobierno japonés en Shangai. Alrededor de seis mil refugiados huyeron a Japón, China y otros países en los meses subsiguientes. Habían escapado del Holocausto. El gobierno alemán presionó al japonés para que detuviese o eliminase los judíos huidos, pero éste ultimo gobierno los protegió. En “The Fugu Plan”, un libro publicado en 1930 sobre el plan Fugu, se habla de la posibilidad de que un banquero judío americano de Nueva York, prestase una considerable suma de dinero al gobierno japonés durante la guerra ruso japonesa de 1905. El agradecimiento nipón podría estar detrás de la protección ofrecida.&lt;br /&gt;Al terminar su labor en Lituania, el Ministerio de Asuntos Exteriores decidió posponer una sanción a Sugihara ante la necesidad de sus servicios. Así, fue enviado al consulado general en Praga, en 1941 y posteriormente a Bucarest. Cuando las tropas soviéticas entraron en Rumania, Sugihara y su familia fueron encarcelados. Liberados año y medio más tarde, regresaron a Japón en 1946&lt;br /&gt;En 1947 renunció a su cargo. Oficialmente se trató de una reorganización tras el final de la guerra. Algunas fuentes hablan de que fue obligado a ello por la desobediencia que había cometido. En un principio solo encontró trabajo de media jornada como traductor e intérprete. Se estableció en Fujisawa, preceptura de Kanagawa. Trabajó en una compañía exportadora. Estuvo trabajando en Moscú durante dos décadas. Empleó entonces un seudónimo para evitar que las autoridades soviéticas le reconociesen como uno de los negociadores en el tema del ferrocarril de Manchuria&lt;br /&gt;Jehoshua Nishri, uno de los supervivientes de Lituania logró contactar con él en 1968. Tenía diez años cuando logró salir del país con uno de aquellos visados. Sugihara fue invitado a visitar Israel al año siguiente. Fue galardonado por este país con el Premio Yad Vashem en 1985.&lt;br /&gt;Murió en 1986 en Tokio. Lo que hoy sabemos de su gesta se lo debemos, fundamentalmente, a los testimonios de su esposa y de su hijo mayor, Hiroki. Posteriormente, en 1991, el gobierno japonés informó a su familia, él ya había muerto, de que su cese fue parte de un programa de reestructuración del Ministerio. Hace muy poco, a finales de marzo de 2006, el Ministerio de Asuntos Exteriores japonés emitió un comunicado en el que explicaba que no había evidencias de sanciones disciplinarias por sus actividades en Lituania)&lt;br /&gt;Existe una calle Sugihara en Kaunas y Vilnius, en Lituania y el asteroide 25893 se llama asteroide Sugihara. Existen, igualmente, un documental sobre las actividades de Sugihara en Lituana y una película realizada por un tal Donahue en 1997 “Visas and Virtue”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Yaotsu%2029abril%20066.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Yaotsu%2029abril%20066.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Y en el año 2000, en la ciudad de Yaotsu, en la preceptura de Gifu, se inauguró la Humanity Hill.&lt;br /&gt;Por este último punto es por donde yo he entrado en la historia que acabo de resumir. En uno de mis primeros paseos en bicicleta encontré un parque, con un monumento y un edificio que parecía ser un museo pequeño: La “Humanity Hill”.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Yaotsu%2029abril%20074.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Yaotsu%2029abril%20074.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Saliendo de Yaoutsu, en una colina desde la que se divisa el pueblo y el río. Un día leí en algún lugar que el monumento y el parque estaban dedicados a un hombre que había salvado a muchos judíos de caer en las garras de los asesinos nazis. Esta es la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Yaotsu%2029abril%20071.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Yaotsu%2029abril%20071.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas fotos fueron tomados en la "Humanity Hill" en abril de 2006&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114638936946388833?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114638936946388833/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114638936946388833' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114638936946388833'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114638936946388833'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/04/sempo-sugihara.html' title='Sempo Sugihara'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114622424339201763</id><published>2006-04-28T20:24:00.000+09:00</published><updated>2006-04-30T18:33:12.273+09:00</updated><title type='text'>Kyoto (otra vez) y Nara</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/nara.245.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/nara.245.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Domingo 16 de abril&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un fin de semana de viajar, de un vivir un poco más intenso, de poner el cuerpo y la mente en movimiento. Mamen se fue en tren, con Felipe y Paloma, el miércoles a Kyoto. Yo me quede cumpliendo mis obligaciones contractuales con la empresa que me otorga tantos beneficios (por lo menos en lo económico). El viernes me tome un día libre, el que me sobraba del año fiscal anterior (terminaba el 31 de marzo) y lo añadí al fin de semana. El viernes por la mañana, sin prisa, salí con el coche hacia Kyoto. El tiempo soleado y casi caluroso del pueblo se fue trastocando y conforme avanzaba por la autopista (hay una cadena montañosa que ésta atraviesa casi sin apreciarlo) el cielo se fue oscureciendo y la temperatura bajando. Pero era un día ganado al trabajo, y eso es siempre una victoria. Haga el tiempo que haga.&lt;br /&gt;En Kyoto deje el coche en el aparcamiento del hotel y me fui al centro. Me encontré con Mamen y fuimos a comer algo a un sitio recogido, con ambiente occidental, pero con comida sencilla, de mediodía. No estaba mal. Un par de mesas y una barra con una parroquiana que enseguida se acerco para tratar de ayudarnos a entender las explicaciones de la mujer que atendía el local. Como suele ocurrir, cuando un japonés sabe un poco de inglés, utiliza las pocas palabras de que dispone con solicitud, aunque en nuestro caso se trata, casi siempre de un ejercicio inútil. Nos sueltan, es un ejemplo, una horrible parrafada y entonces alguien traduce una de las pocas palabras que hemos entendido. Una de esas palabras sencillas que son las primeras que uno aprende en otra lengua. Por ejemplo, sencillo, o barato, o sabroso, o pescado.&lt;br /&gt;Terminada la comida nos encontramos con Felipe y Paloma y caminamos por Gion. Caminamos por las calles adoquinadas, Sannen-zaka y Ninnen-zaka, cubiertas por hojas caídas de los cerezos. Llegamos al parque de Maruyama donde la explosión de cerezos en flor alcanza su apogeo. Se trata realmente de una exuberancia de colores, desde el blanco discreto a un rosa que llama la atención. Los japoneses no paran de hablar de los cerezos, sakuras, y del hanami, mirar las flores. A pesar del día, desapacible, amenazando lluvia y con algo de frío, la gente paseaba, hacia picnic sobre plásticos colocados sobre el suelo. Todo muy armónico, sin estridencias, sin gente molestando. Como suele ser este país. Seguimos caminando y entramos en la zona moderna de la ciudad. Coches, tiendas, ambiente de gran ciudad. Esto me fascina de Kyoto. Tiene el encanto y la belleza de los rincones que el tiempo han sabido embellecer, pero a su vez conserva la vitalidad de una ciudad que ha crecido, que esta viva, que es mas que un museo.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/k.212.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/k.212.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al respecto releo las líneas escritas por Alex Kerr en “Lost Japan”. Dice este caballero, que ha vivido bastantes años en este país, que en contraste con Europa, las novedades llegaron a Japón (y también a China) en una oleado de modas. Estos cambios llegaron de culturas completamente diferentes. Por lo tanto, la ropa y la arquitectura moderna, por poner los ejemplos que cita Kerr, no tienen nada que ver con la cultura asiática tradicional. Los japoneses, afirma, pueden admirar los templos de Kyoto o Nara e incluso considerarlos hermosos, pero saben que no tienen un punto de conexión con su vida moderna. Estos lugares se han convertido en parques temáticos, en lugares de ilusión. A continuación realiza una reflexión sobre la biblioteca de Kameoka, una ciudad japonesa donde él mismo ha vivido. Dice que los estudiantes que visitan este biblioteca se sentirían a gusto si visitaran la biblioteca de Merton, en Oxford, un lugar construido hace setecientos años en un país lejano, con una historia ajena. Sin embargo, esta biblioteca de Merton no tiene nada que ver con las salas donde se almacenan los textos budistas, más cercanos en su historia y en su geografía. Me ha parecido una reflexión muy interesante que vuelve a tocar el tema de la penetración de la cultura occidental en este país, de su fácil y rápida asimilación en muchos aspectos.&lt;br /&gt;Cruzamos el río, el Kamogawa, y estamos en Pontocho. Tercera vez que vengo a Kioto y todavía no conocía esta zona. Un lugar con encanto, con gran cantidad de restaurantes y tranquilos bares. Tomamos un café y unos bollos en un lugar de corte occidental para amansar un poco el cansancio. Luego seguimos paseando por la zona techada, por esas galerías comerciales con tiendas curiosas y gente aun más estrambótica. Para ellos, es algo mucho mas excitante que para nosotros.&lt;br /&gt;Para cenar nos guiamos por el instinto. Y funciona. Atravesamos un pasillo de madera y luces indirectas, que se proyectaba en un reducido espacio de la calle, y entramos en un restaurante creado a base de pasillos y salas separadas por puertas de paneles. Yakiniku sabroso y de buen precio. Cena agradable que se prolonga hasta el sake. Este me ha parecido a mi menos seco, más suave que experiencias anteriores. Al terminar, un taxi y al hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/kyoto.055.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/kyoto.055.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sábado amanece nublado y chispeando. Después de un desayuno con tostadas y café cerca del hotel, vamos a Nijoo jinja. Se trata de un edificio amplio, pero discreto desde fuera, construido a principios del siglo XVII como posada para los señores feudales que iban a visitar al emperador (Kyoto fue capital imperial desde finales del siglo VIII hasta la restauración Meiji, en 1868). El lugar en cuestión está lleno de trucos para descubrir posibles espías, de pasadizos, de puertas escondidas, de escaleras que se esconden. La visita exige cita previa pero con un poco de cuento logramos vencer su suspicacia. La visita es guiada, dura una hora, durante la cual una tremenda perorata en japonés, claro pero rápido, nos explica los detalles de cada rincón de la casa. A veces desespera un poco, por la lentitud, pero la vivienda en cuestión es curiosa.&lt;br /&gt;Un paseo por el mercado de Nishiki-koji, donde se vende comida preparada y sin preparar, cuchillos (autenticas obras de artesanía con el sello de sus maestros, precios nunca vistos), especias, encurtidos y mil cosas mas de nombre ignorado y utilidad igualmente desconocida, antes de regresar al hotel y poner rumbo a Nara.&lt;br /&gt;Después de una pesada hora de carretera para recorrer cuarenta kilómetros, podemos dejar el coche en el aparcamiento del hotel y tomar posesión de las habitaciones. Lujo decadente, rasgado, descolorido. Pero correcto. Tomamos un taxi hacia el centro de la ciudad. Hace rato que ha comenzado a llover y la luz menguada destila una sensación de tristeza.&lt;br /&gt;Nara fue el primer intento unificador de los primitivos clanes asentados en terreno japonés. Estamos hablando del siglo VI. Cuando llegan de China y de Corea influencias decisivas: la escritura, la religión budistas, las ideas chinas sobre la administración de la cosa pública. Nosotros, en pleno siglo XXI, paseamos por el templo de Kofukuji, con la luz de las farolas abriendo silenciosos huecos en una tarde mortecina y gris. La imponente pagoda de cinco pisos, que pertenece al templo, se convierte en una mole de madera oscura se hace ver a pesar de la oscuridad creciente. Felipe se ha comprado un libro para que le pongan los sellos de los templos y hacemos la correspondiente peregrinación en el de Kofukuji, que ya no podemos visitar por lo intempestivo de la hora. Es fascinante ver como las manos expertas dibujan el kanji, mojan la pluma en el tintero, aprietan o aflojan el trazo según las exigencias del propio ideograma.&lt;br /&gt;Cenamos en un local, escogido al azar, donde Maki, el camarero, no deja de preguntarnos cosas sobre España y frases en español. La comida, edon, es la primera vez que la pruebo y que escucho de su existencia. Consiste en sumergir los platos tradicionales en una especie de sopa. Por ejemplo el takoyaki de Osaka, o los guioza o las setas. El aspecto es poco apetecible, pues las cosas se reblandecen, como las croquetas, pero el sabor de las sopas es sabroso. Mucha cerveza y sake ayudan a despejar la cabeza de preocupaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/kyoto.161.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/kyoto.161.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo el sol se atreve a desalojar las nubes, ofreciéndonos una luz anhelada. La temperatura sube hasta lo agradable y el paraguas se queda en el coche. Caminamos por una amplia zona verde, algo inusual en el Japón conocido por este viajero. Ciervos sueltos conviven con los paseantes, quienes les alimentan con galletas en forma de hostia. Los niños se asustan ante la arrogancia de los animales, de su falta de miedo a la hora de reclamar mas comida. El templo de Todai-ji es un recinto que comienza con la puerta de Nandai-mon. Sencillamente espectacular. Caminamos por una ancha avenida, rodeados de verde y de ciervos nada tímidos, y vemos la sala del templo, la Daibutsuen. Un edificio de madera bastante grande, aunque parece que fue incluso más grande en el tiempo en que fue construido (mediados del siglo VI). Es un enorme recinto de madera (el más grande del mundo, reza nuestra guía) dentro del cual hay una estatua de Buda gigante. El gran Buda, Daibutso, a pesar de encontrarse sentado en la posición del loto, mide quince metros de alto. Muchos turistas, algunos occidentales que aprovechan la Semana Santa de las tierras cristianas. Como nuestros amigos.&lt;br /&gt;Salimos del templo y caminamos hacia el parque de Yoshikien. Un lugar agradable, poco concurrido, donde nos dejamos llevar por sus senderos hasta llegar a una casa de te. Una construcción diáfana, limpia, donde solo el suelo de tatami y las paredes de panelas configuran una estructura que relaja la vista. Alrededor verde y silencio. Por encima de este lugar tan tranquilo un cielo azul vigoroso, moteado de blancas nubes que no se atreven a contestar un día de primavera. Este jardín se compone de dos jardines: el jardín Moss, donde está la casa de té y el Pond, donde hay un estanque, con carpas, como no, junto a otra casa parecida a la de té. También cerrada, solo se puede contemplar desde fuera. Una estructura similar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronto, nos recogemos y nos subimos al coche para regresar al pueblo. Hay que volver a desandar el camino hacia Kyoto, que vuelve a ser una pesadez de lentitud. Acercándonos a Kyoto el día se vuelve a estropear y la lluvia vuelve a visitarnos. Llegamos a casa sin más novedad y nos preparamos una cena improvisada. Mañana, Felipe y Paloma se van en tren a Tokio, de donde regresaran a España el viernes. En conjunto han sido unos días muy agradables los que hemos pasado con ellos. Y con los quesos y vinos que han traído para animar un poco nuestras orientales cenas y nuestras hispánicas tertulias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/k.230.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/k.230.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114622424339201763?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114622424339201763/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114622424339201763' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114622424339201763'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114622424339201763'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/04/kyoto-otra-vez-y-nara.html' title='Kyoto (otra vez) y Nara'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114553735757451011</id><published>2006-04-20T21:43:00.000+09:00</published><updated>2006-04-20T21:49:24.730+09:00</updated><title type='text'>FRAGMENTOS DEL DIARIO. SHIRAKAWA Y TAKAYAMA</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/paloma%20095.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/paloma%20095.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Lunes 10 de abril&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Hoy me ha costado mucho despertarme. Muchísimo. Tal vez me he contagiado del espíritu de las vacaciones de nuestros amigos, o es que el influjo maligno de la primavera y sus cambios de tiempo y consiguientes cambios de presión siguen atenazándome, fatigándome sin piedad. Quizá el fin de semana, intenso, distinto, también ha tenido algo que decir. Y al final, el monstruo de la desmotivación recorriendo mi espalda hasta hacer saltar chispas en remotos lugares de mi cerebro, tan solo con ver aquellos planos pendientes de verificar. Con el sueño intenso que hace más denso el aire, el tiempo, las palabras, con el deseo, casi irreprimible, cultura obliga, de volver a la cama, de dejar al cuerpo que se recomponga, Watanabe se ha acercado a mi mesa y me ha dicho algo de los planos. Chikamatsu se fue el domingo a España para seguir con las medidas del coche de demostración y durante tres semanas no lo voy a ver. Lo cual no es algo que me apene, la verdad. Así que Watanabe es mi interlocutor con el mundo japonés. Por la tarde ha venido un proveedor para que veamos una pieza, una placa metálica doblada y taladrada, que servirá de soporte a una de las piezas del sistema. Poesía pura. Un señor mayor y arrugado al que Watanabe san me ha presentado como el gerente de la empresa. Una empresa pequeña, supongo, de mecanizados y prensas, de esas que soportan los vaivenes y las presiones del sector de la automoción al final de la cadena y que son las que mas capacidad de absorción tienen. Una empresa con planos manchados de huellas grasientas, con viruta metálica por el suelo, con operarios de rostro apático, con ordenadores que amarillean, con carteles explicativos de sus logros, con máquinas de café siderales. El gerente, con un uniforme color verde claro, me saluda brevemente y se centra en explicarnos como pueden hacer la pieza. Sus manos, arrugadas, tienen muchos años de trabajos manuales detrás de las durezas que asoman al perfilar una cota del plano. Los cambios que proponen no afectan a la funcionalidad del trasto así que valen. Que tristeza de gente, empezando por mí, un errático ser deambulando por el oscuro mundo de las fábricas, el aceite y los proveedores oprimidos. Deberían ser los primeros en iniciar una revolución industrio-social, para eliminar las presiones del sistema económico imperante. Por un mundo más hermoso, más tranquilo, debería ser el lema de la revuelta. Todos los proveedores de tornillos, de mecanizados, esas empresas pequeñas que sobreviven trabajando cuando haga falta para satisfacer no solo las necesidades de las grandes industrias de automoción, sino también de los caprichos y meteduras de pata de los ingenieros situados por encima de ellos, todos ellos deberían empezar a matizar las condiciones que les llegan desde arriba. Guerra a los compradores que siempre llegan con un pedido fuera de plazo, con una exigencia de reducción de costes desmesurada. Todo eso, ¿para qué? ¿Para que los coches bajen un poco de precio? ¿Para poder meter mas accesorios por el mismo precio? Para que luego el proveedor oprimido vaya el sábado por la tarde al concesionario, en un rato libre, y pueda comprarse un cochazo con el que ir cada día a su fábrica, y dejarlo las doce horas de la jornada laboral en un aparcamiento. Es España las cosas son un poco menos exageradas, pero la filosofía de fondo es la misma. En fin, mal día para ir a trabajar y para reflexionar sobre mi posición exacta, milimétrica, en un mundo que se agita, pero no llega a las convulsiones finales. De momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/paloma%20051.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/paloma%20051.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El fin de semana llegaron Felipe y Paloma. Van a pasar unos días con nosotros y luego se van a Tokio, desde donde vuelan de regreso a España. Fuimos a buscarlos al aeropuerto y como venía también un amigo de la hermana de Mamen (el mismo al que le hice la consulta sobre nuestro contencioso con el tipo de Recursos Humanos de Pamplona) y su mujer que se quedaban en Nagoya, dejamos el coche en la ciudad y paseamos un poco. El día había amanecido soleado, pero conforme avanzaban las horas una extraña y desasosegante turbiedad se apodero del aire. Un cielo enrarecido, grisáceo, denso en el que un viento frío se movía de un lado para otro con extrañas intenciones. O al menos así me lo pareció a mí. Hoy, en la clase de japonés, Marisa nos ha explicado que fue viento del Gobi, que traía consigo arena del desierto. Lo cierto es que dejó el coche sucio como si hubiese rodado por pistas de tierra. Tierra del Gobi. Aroma del desierto transportado a la ciudad japonesa. Luego de enseñarles un poco el centro y de comer algo de tempura, de tomarnos un café tranquilo mientras charlábamos y veíamos a las japonesas recomponerse el maquillaje, retocarse el peinado, situarse la ceja postiza, regresamos a casa. Cenamos en el Izakaya del centro de Kani, bastante bien, por cierto.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; El domingo arrancamos tarde, ellos con el cansancio del cambio de hora, nosotros, con la pereza del fin de semana. Cogimos el coche, y aprovechando un precioso día de sol, subimos hacia el norte. Primero fuimos a las aldeas Shirakawa. La temperatura iba bajando conforme la autopista se sumergía por entre las montañas, para ir ganando altura lentamente. Luego, nos desviamos por una carretera que avanzaba en un valle, siempre al lado de un río, ancho y de color verdoso, que periódicamente era represado de manera artificial. Un paisaje de montaña agradable, con un cielo azul que ya no arrastraba fragmentos del desierto, sino aire limpio. Metáforas cuya interpretación se me escapa.&lt;br /&gt; Shirakawa es un conjunto de aldeas construidas en una zona inhóspita, donde en invierno el frío y la nieve hacen de la vida algo duro. Hoy en día, más volcadas en el turismo que en otra cosa, no creo que las cosas sean como antaño. Dejamos el coche y paseamos por Ogimachi, la aldea que más casas tradicionales tiene. Estas casas, las Gasshoo-zukuri (manos que rezan) tienen unos tejados bastante inclinados formados por una compacta y gruesa capa de paja prensada.. Una aldea que es como un gran museo al aire libre donde no faltan las tiendas. Y los turistas, en cantidades industriales. Pero aun así, es agradable pasear por entre las casas de madera de altos tejados afilados contra el cielo. Entramos en el Museo del Templo de Myozen-ji. Se entra por la vivienda anexa al propio templo, que es más grande que éste último. El humo del fuego que emplean para cocinar y para calentar, asciende por un sistema de rejillas en el suelo y llena toda la casa. El propósito, además de dar algo de calor es el de  mantener en buen estado el tejado de madera y paja (no emplean clavos para unir las vigas de madera). Subimos por empinadas escaleras y podemos contemplar todo la estructura de la casa, la compleja y laboriosa construcción, artesanal, del tejado. Cientos de instrumentos de nombre desconocido y aplicación misteriosa, probablemente relacionados con las labores del campo, se apilan por todas partes. Una de las actividades principales en esta aldea es la cría de gusanos de seda. Subimos hasta tres pisos dentro de un tejado casi vertical, con el humo ascendiendo a través del suelo de madera. En el templo, budista, más pequeño que la vivienda, con el suelo frío, termina la visita. El humo de la casa se pega a la ropa, se instala con insistencia en la nariz y el aire fresco de la calle se agradece. Seguimos paseando por el pueblo, comiendo pinchos de carne, de masa de patata, de masa de arroz prensada. Sabrosos sabores que el sol de la tarde en la montaña con el tiempo corriendo de nuestro lado, amplifica la sensación de bienestar que se ha ido apoderando de nosotros. &lt;br /&gt; Hacia el sur se ve una montaña alta, orgullosa, escondida con un abrigo de nieve que camufla sus formas con discreción. Una carretera parece abrirse paso hasta su cumbre. Habrá que volver para subir un poco mas arriba en verano. Luz intensa por todas partes. &lt;br /&gt; Tomamos el coche y ponemos rumbo a Takayama. La noche ha ido cayendo lánguidamente mientras nos acercábamos y la oscuridad es total cuando ya llegamos: las seis y media. El frío baja con rapidez. Paseamos por el barrio de San-machi Suji. Calles de casas de madera, de antiguas tiendas de comerciantes. Pero ahora todo se encuentra cerrado y oscuro. Apenas se tropieza uno sino con algún otro despistado turista. Caminamos hacia el río, pero el hambre aprieta (no hemos comido, hemos hecho un horario un tanto extravagante y ahora podemos normalizar nuestro tiempo con el del resto de los mortales nipones). Guío al grupo hasta el restaurante de yakiniku donde estuve con mis compañeros de trabajo hace apenas dos semanas. Cuesta encontrarlo, pero aparece por fin. Cenamos muy bien, sabroso, abundante y con un precio más que razonable. Me encuentro a gusto, charlando, comiendo, dejando que el tiempo se evapore lentamente y que el aroma final se pose en recuerdos agradables. Pero regresando hacia el coche, de pronto, el recuerdo de que es domingo, de que son las ocho y media de la tarde, o de la noche, me estalla en algún lugar remoto de la conciencia adulta y me deja un sabor amargo sobre la cena.&lt;br /&gt;Poco menos de dos horas de carretera, sin tráfico, y estamos en casa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114553735757451011?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114553735757451011/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114553735757451011' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114553735757451011'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114553735757451011'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/04/fragmentos-del-diario-shirakawa-y.html' title='FRAGMENTOS DEL DIARIO. SHIRAKAWA Y TAKAYAMA'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114355568374307826</id><published>2006-03-28T23:20:00.000+09:00</published><updated>2006-03-28T23:21:24.400+09:00</updated><title type='text'>FRAGMENTOS DEL DIARIO</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Miércoles 8 de febrero de 2006&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta semana he tenido bastante trabajo. Por fin parece que hago algo, que estoy metido en un proyecto de verdad. Sí, me hubiera gustado un término medio, algo más tranquilo, pero parece que no lo hay. Estos días no he podido hacer otra cosa que trabajar. El jueves y el viernes los he pasado casi totalmente en el taller, desmontando toda la instalación hidráulica prototipo del coche en el que estamos trabajando para colocar una versión mejorada en su lugar. Definitivamente, las labores manuales no son lo mío. Pero el trabajo físico no viene mal. El terrible sueño que suelo arrastrar junto a mí, fruto del sueño escaso, se conjuga bien con la actividad escasamente intelectual. Aunque no me gusta mancharme con el aceite de los amortiguadores, ese olor viscoso a taller, que tarda en abandonarle a uno, incluso después de lavarse las manos con energía varias veces. A las cinco, el jueves y el viernes, me he despedido. He dicho que tenía que irme a clase de japonés, lo cual era verdad, y no he vuelto por el taller. A las seis, después de la clase, todavía he visto luz saliendo por la ventana. Seguían trabajando. esta gente tiene un sentido del tiempo que da vértigo cuando gira en torno a uno. Así que, no siendo imprescindible mi presencia por falta de formación, he decidido regresar al hogar del que salí adormecido por la mañana y dejar que las cosas se arreglen por si mismas. El viernes, cuando abrí el correo, vi un mensaje de Chikamatsu enviado a las diez menos cuarto de la noche. Todos los días, cuando llego a mi mesa a eso de las ocho menos cinco, el ya esta sentado en su silla, con la mirada absorta en las profundidad insondables de su ordenador. Triste me resultaría llevar su vida. A él, quizá no.&lt;br /&gt;Lo que sí me ha llamado mucho la atención ha sido el clasismo sutil, basado consideraciones de posición relativa en la empresa, que se respira en las conversaciones entre japoneses. He tenido que asistir a unas cuantas reuniones preparatorias de futuras actividades. Llega Oota san, que como es jefe con nivel de bucho, es llamado Oota bucho. Él está por encima del bien y del mal. Como todos los demás estamos por debajo de él, se permite llegar a las reuniones cuando le viene en gana. Y no se oye una disculpa de las que otros parecen valerse en todo momento para ser aceptados en un misterioso juego de perdones y súplicas. Su ayudante, Asada san, un hombre joven (en Japón, y si se juzga por el aspecto, pudiera tener cuarenta años) sigue los pasos de su maestro y la arrogancia se desprende de sus gestos, de sus palabras. Mueve la mandíbula como si mascase  un chicle, cuando en realidad no tiene nada en la boca más que superioridad en potencia. A veces llega al taller, nos mira trabajar con dignidad, saca el móvil, hace una llamada con esos gestos seguros, y luego desaparece. Chikamatsu san, que es kacho, está por debajo de Ota, pero por encima de Watanabe. Casi todo el mundo está por encima de Watanabe, que debe ser un sencillo ingeniero de proyectos que no logró ascender cuando fue el momento. Cuando le hablan, asiente. Cuando hacen bromas a su costa, asiente con una cara que me produce tristeza. A veces, baja la mirada y la concentra en su cuaderno, mientras le hablan con rotundidad. Watanabe san peina canas y debe tener más de cincuenta años. Tiene cara, como casi todos a los que les toca estar por debajo de, de buena persona. Luego está el chaval que nos han asignado para ayudarnos en el taller, cuyo nombre no recuerdo. Es de una casta inferior. Incluso no pertenece a la empresa, sino que forma parte de la legión de trabajadores de empresas subcontratadas. En lugar de lucir el nombre en un chapa rectangular, bajo el logotipo de la compañía, lleva un pegote circular que marca su casta. Delgado, rasgos de la cara afilados, mirada torva y huidiza. Le miro a los ojos y baja la mirada, como si fuese un ser consciente de una inferioridad existente y obvia para todos. Como un perro maltratado por los niños, a los cuales, a pesar de todo, sigue en sus juegos. Cuando le hablan, es todo un asentir con gestos y palabras que, a mí, se me antojan  un poco rastreros. La mirada da vueltas por los alrededores y solo busca los ojos del interlocutor en contadas ocasiones. Cuando pregunta algo, lo hace como con miedo. Estos gestos ya los había visto de los proveedores que vienen a ver a los ingenieros de la empresa. Gente flexible en las increíbles reverencias, incómoda con la amabilidad casi desquiciante que despliegan para dejarme pasar antes al atravesar una puerta, por ejemplo. Cada uno en su sitio. Supongo que nuestra actitud les desconcierta. Por un lado, no saben a ciencia cierta dónde estamos, pero por otro lado saben que ante cualquier persona desplegamos una conducta más o menos homogénea. No me gustan las sociedades estratificadas al modo de la japonesa. En los restaurantes, por ejemplo, donde los camareros y camareras son de una educación exquisita, son gente servicial y amable, la gente, en general, ni se molesta en dirigirles la palabra salvo para pedir. Son ignorados. No les miran cuando se retiran de la mesa y hace una reverencia antes de desaparecer, camino de la cocina. Cuando uno es el último de su organización y tiene que sufrir el peso en cadena del sistema, siempre le queda el recurso de sentirse okiakusama, cliente de un  restaurante. O bien, llegar a casa y sentirse por encima de la mujer. El kanji de esposa se compone de los kanjis de casa e interior: dentro de la casa; el de marido se compone de los de dueño y persona&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114355568374307826?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114355568374307826/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114355568374307826' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114355568374307826'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114355568374307826'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/03/fragmentos-del-diario_28.html' title='FRAGMENTOS DEL DIARIO'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114329004634605217</id><published>2006-03-25T21:31:00.000+09:00</published><updated>2006-03-25T21:34:31.026+09:00</updated><title type='text'>FRAGMENTOS DEL DIARIO</title><content type='html'>Jueves 23 de febrero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;   Hoy hemos tenido en la fábrica el simulacro de catástrofe. Especialmente, para el caso de terremotos. Por cierto que en la última semana hemos tenido tres terremotos, aunque nosotros solo hemos notado uno de ellos. Y mas que por el temblor, por el ruido de las paredes de papel de la casa. &lt;br /&gt;   Por la mañana hemos tenido reunión de grupo en la que se ha explicado en que consistía el simulacro. El jefe del grupo, Takenaka san me resulta simpático. Es tranquilo, habla bien inglés y no desprende la arrogancia camuflada de compañerismo que tanto se da en muchos buchos o jefes de sección. Por la tarde, a las cuatro menos diez teníamos que estar todos en las mesas, con los zapatos de seguridad y las gorras puestas. Hemos tenido que apagar los ordenadores y esperar. Por megafonía han dado el aviso. Triste, pero me entero mejor de lo que se dice en portugués, idioma al que no he dedicado ningún esfuerzo en toda mi vida, que en japonés. Chikamatsu ha sido el encargado de llevar la pancarta con el nombre del departamento y del grupo. Los demás teníamos que seguirlo. Primero nos hemos reagrupado abajo, en una de las calles internas de la fábrica. Todos los estandartes alineados y los empleados formando una fila detrás. Todos uniformados. Impecablemente. Todos con sus gorras: verdes nosotros, amarillas los de manufactura, azul las de mantenimiento, roja los becarios... Pasión por los uniformes, por la uniformidad. Me recordaba un desfile de una película de romanos. Al rato hemos ido desfilando hacia la pequeña explanada que hay enfrente del comedor. Allí hemos asistido a una evacuación, ficticia, de un empleado en ambulancia. La tarde, casi primaveral, ha sido una bendición. Al fondo, por encima del tejado del sucio edificio del comedor, perfilado por el cielo azul, un árbol del pequeño templo sintoísta que la empresa tiene a bien mantener dentro de sus instalaciones, movía sus hojas a merced de una caprichosa brisa.  No sé que tipo de árbol era, pero yo, en la distancia, veía una encina. Una punzada suave, matizada, de nostalgia me ha llegado. Las encinas del Pardo, de aquel monte de estrechos senderos para pedalear. O de Soto de Viñuelas, también mil veces recorrido, con frío o con calor con estas piernas que ahora, sostienen un  cuerpo occidental rodeado de cientos de japoneses. &lt;br /&gt; Ha terminado el simulacro y hemos vuelto a la oficina. No me ha venido mal. El sueño sigue hostigándome sin tregua. Y en esta lucha de orgullo, cerceno horas de sueño que entrego en ofrenda a la noche silenciosa. Horas de lectura, de escritura, de agitar la mente, de sacudir sus paredes para que el polvo de los días se caiga y la materia de ese yo no se oxide y se olvide.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114329004634605217?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114329004634605217/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114329004634605217' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114329004634605217'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114329004634605217'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/03/fragmentos-del-diario.html' title='FRAGMENTOS DEL DIARIO'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114277800417945179</id><published>2006-03-19T23:16:00.000+09:00</published><updated>2006-03-29T21:21:19.976+09:00</updated><title type='text'>Hawai</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/oahu%20128.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/oahu%20128.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Miércoles 1 de marzo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Hoy ha sido el día más largo de mi vida, apreciaciones subjetivas aparte. Hoy hemos traspasado físicamente la línea del cambio de día, situada por arbitrio humano en mitad del Océano Pacífico, y hemos añadido horas a un miércoles largo. &lt;br /&gt; Un día de yasumi, de vacaciones. Las primeras horas en las que se disfrutaba de la libertad de movimientos y de acciones las empleo en terminar el libro de Semprún. Luego llevo el coche al taller para que reparasen un arañazo. Conversación un poco difícil sobre el seguro con el empleado del concesionario. Pero me he defendido bien, en conjunto. Comimos algo en casa y a eso de las cuatro y veinte cogimos un tren hacia el aeropuerto. El día amaneció con lluvia, pero la temperatura era agradable. Empieza el momento mágico en el que un viaje, un proyecto, una idea, unos billetes de papel comienzan a cobrar volumen, densidad en el tiempo. Llegamos pronto y facturamos. Viajamos con un paquete que incluye hotel y traslados, nada más. Con los japoneses da miedo viajar: adaptarse a sus horarios, a sus gustos...&lt;br /&gt; Me agrada el nuevo aeropuerto de Nagoya. Pero creo que también contribuye a esa sensación el hecho de estar de vacaciones, de tener la perspectiva de un viaje nuevo por delante. &lt;br /&gt; El avión va repleto de japoneses. Es un Boeing 747 y no se ve un asiento libre. Cada día salen de Nagoya dos vuelos hacia Hawai: uno de JAL y otro de American Airlines. Nosotros somos los únicos, creo, no japoneses. Pero ya estamos acostumbrados a ser distintos.&lt;br /&gt; La máquina, pesada, comienza a coger velocidad por la pista bajo un ruido atronador, casi inquietante. La noche ya lleva tiempo instalada. Una noche de miércoles cualquiera que arropa en su cotidiana rutina a tantos hombres y mujeres. Son las nueve de la noche y la mole ya empieza a adquirir altura. Las luces de la costa perfilan la oscuridad enigmática del mar. Las gentes se recogen en sus casas, preparándose para un nuevo asalto en el día venidero. Nosotros, los que tenemos este día la suerte de encontrarnos aquí dentro, engullidos por un tubo enorme de metal y plástico, hemos puesto una línea a lo cotidiano y hemos ensamblado un viaje: un mundo de posibilidades, de otros colores, otros olores, otras gentes...&lt;br /&gt; La noche se acorta cuando se viaja hacia oriente. Como cuando regresamos a Japón (¿o volvemos?, ¿o tal vez vamos?). Apenas tres horas de sueño, malamente dormido en un estrecho asiento de clase turista, y las luces del tubo vuelven a encenderse. Sueño mezclado con inquietud. Inquietud agradable, excitante. &lt;br /&gt; La máquina pierde altura con suavidad y de repente sentimos como empieza a rodar por la pista. Un sonido fuerte, como de ventiladores salvajes, frena su alocada carrera y nos va centrando en las magnitudes terrestres de nuevo. &lt;br /&gt; Aeropuerto de Honolulu. Por el diminuto ventanuco del avión se ven palmeras e instalaciones aeroportuarias. La isla se llama Oahu. Estado de Hawai. Estados Unidos. Son las nueve de la mañana del uno de marzo. He desayunado, comido, cenado, dormido y he vuelto a desayunar. En el mismo día. Curiosidad, más que nada.&lt;br /&gt; El control de pasaportes implica un cierto temor, pero todo va bien. Nos toman las huellas dactilares y nos dejamos fotografiar. Mientras el funcionario observa el formulario y rellena algo en el ordenador, realiza preguntas con indiferencia, como si no le preocupase mucho la respuesta. Cuál es mi trabajo, dónde vivo, qué hago en Japón, si hay muchos españoles en Nagoya, como se llama mi empresa, a que se dedica... Supongo que estará entrenado a percibir algún tipo de señal en viajeros con intereses ocultos cuando reciben esas preguntas. Pasamos el control de equipajes y, por fin estamos en Hawai. El sueño aprieta con fuerza, pero la curiosidad es poderoso estimulante. Nos reunimos con la gente del viaje y esperamos a nuestro autobús. La organización nipona parece buena. Dejamos la maleta y ellos nos la llevan al hotel. &lt;br /&gt; Desde el autobús uno comprende que ha viajado muchas millas. Los coches, diferentes, circulan, otra vez, por la derecha. La vegetación, exuberante, parece resistirse a los embates colonizadores del asfalto y el hormigón. La gente, grande, en ocasiones gorda, no se parece a los japoneses. Y el clima. Enseguida hemos tenido que guardar las prendas de abrigo en la maleta.&lt;br /&gt; Llegamos a Waikiki, después de atravesar Honolulu. Waikiki es una playa (según parece la arena fue de otras playas de la isla) donde solo impera el reino del turismo: hoteles, restaurantes, supermercados, tiendas de recuerdos, bares, agencias de viajes, de alquiler de coches... El autobús nos deja en el hotel y tomamos posesión de nuestra habitación.&lt;br /&gt; Salgo a escrutar los alrededores mientras Mamen opta por continuar un sueño interrumpido. Waikiki ofrece un aspecto playero, donde claramente se respiran las vacaciones, el ocio. La temperatura es un acicate para el bienestar. Está nublado, pero el cielo ofrece unos contrastes de nubes preciosos. Lástima que con tantos rascacielos haya que acercarse al mar para poder tener una vista amplia y limpia del aire. Y de paso del Pacífico. Con incansables olas, hilos finos de espuma que corren paralelos hasta degenerar en algo imperceptible con la vista. Puntos de colores tratan de dominar las olas en un juego también, en apariencia, interminable. Desde la ventana del hotel, piso veintisiete, se ve este mundo reducido a un esquema curioso y divertido.&lt;br /&gt; Cambio dinero, compro agua y algunas cosas para tener a mano en la habitación para llevar siempre en la mochila. Gente que pasea, muchos jubilados, enormes limusinas blancas con cristales tintados, ciclistas, muchachos de torso musculoso con enormes tablas de surf, mujeres floridas, esmirriadas niponas lastradas con bolsos del shoping center de turno... Un mundo que entra por los ojos y desatasca una canal de percepciones perdido en la rutina de una fábrica, del Japón profundo. Paseo y como un bocadillo en un establecimiento de comida rápida. Camino por la playa escuchando el murmullo del mar. Otra vez nos encontramos. Otra vez nos retamos en nuestros silencios. La última vez fue en Okinawa. El sueño me atrapa con fuerza y me siento vencido. Regreso al hotel y duermo tres horas. Después, un baño en la piscina y una inmersión en el jacuzzi (primera vez en mi vida) que me produce una increíble sensación de paz y bienestar.&lt;br /&gt; Por la noche, los dos ya un poco más centrados en el nuevo horario (cinco horas más tarde, un día antes, que en Japón), salimos a pasear y a cenar algo. Cenamos algo medio mejicano, medio americano, con mucha grasa y unas raciones enormes. Dos parejas entradas en años y kilos, nos aconsejan el mousse de chocolate de postre. Lo pedimos, tiene buena pinta, pero el estómago se revela ante tanta cantidad. Después de cenar, caminamos junto al mar, donde los hoteles lo permiten. En la calle seres musculosos haciendo ostentación de sus curvas conviven con seres grasientos que no ocultan sus curvas. Calles repletas de tiendas que cierran a las diez o diez y media de la noche, japonesas de las que cuelgan bolsas y bolsas de tiendas caras, como árboles de Navidad en movimiento. Llegamos hasta un pequeño parque donde vemos la entrada a un museo militar americano. Por detrás volvemos a salir a una playa solitaria. Llegamos hasta el Hilton Lagoon y al llegar a Alai Wai Yacht Harbour, un puerto deportivo, iniciamos el regreso. Son cerca de las once de las noche y la calle sigue animada. Eso sí, mucha gente indigente compartiendo bancos, cena enlatada y alcohol junto a la playa. Los excluidos del paraíso, supongo. Un hombre recoge botellas de plástico de las papeleras. Según leo luego en una de ellas, hay puntos de recogida donde uno recupera cinco céntimos por cada una de ellas. La gente prefiere tirarlas que molestarse en buscar el punto de recogida. Yo también, lo reconozco.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/oahu%20011.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/oahu%20011.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Jueves 2 de marzo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Mi cumpleaños. Hoy hace treinta y nueve años que vine al mundo y todavía no sé bien para qué. Tampoco me parece el momento ni el lugar para rebuscadas y estériles reflexiones, la mayor parte de las veces apocalípticas, la verdad. Me entrego al hedonismo materialista, mi filosofía de emergencia. Para celebrarlo, desayunamos juntos en el bufet del hotel mientras contemplamos las serenas trayectorias de las dos mantas rayas del acuario. También hay aburridos peces de colores que a ratos parecen observar con curiosidad metafísica como untan la mermelada los huéspedes del hotel. Siempre me han producido tristeza los acuarios y los zoológicos. Esos lugares, en ocasiones lúgubres, donde los animales pierden la libertad (aunque no está claro que eso sea algo que lamenten, pues quizá no han llegado a interiorizar ese concepto) y se convierten en absurdas atracciones para satisfacer una curiosidad puntual de adultos y niños. Yo, con ocasión de mi cumpleaños, me centro en el beicon crujiente y en los pasteles de manzana.&lt;br /&gt; Para seguir celebrándolo, salimos a la calle y tomamos el autobús 42, que después de un largo rodeo atravesando Honolulu nos deja en la entrada del USS Arizona Memorial. Estamos en Pearl Harbour. Estamos en uno de esos lugares míticos de la infancia, de esos nombres, como el de Nagasaki, asociados a la historia del siglo XX. Y ahora, en la puerta de entrada al recinto, parece un lugar conquistado.&lt;br /&gt; Pearl Harbour sigue siendo una base militar americana y Ford Island es un lugar de acceso restringido. Pero allí donde la flota americana fue atacada, allí donde el Arizona fue hundido, enterrando en su interior a más de mil jóvenes soldados americanos, hasta allí se puede uno acercar y sentir el aliento de unos hechos conocidos desde siempre.&lt;br /&gt; Entramos en el centro de visitantes, el recinto desde el que parten las lanchas hasta el Memorial. Nos dan un número, el dieciocho. Nos toca esperar una hora. Aprovechamos para visitar el pequeño museo que han construido con material en torno al ataque japonés del siete de diciembre de 1941. Un video explicativo narra los hechos que condujeron al ataque sobre la principal base americana en el Pacífico. Se explica el militarismo y el expansionismo japonés, así como los esfuerzos de contención de las potencias occidentales. Basándome en mis escasos conocimientos sobre el tema, me ha parecido bastante ajustado a los hechos. Cuando nos llega el turno de visitar el Memorial, nos hacen pasar a un auditorio y nos muestran otro video, igualmente interesante, sobre el mismo tema. No parecen querer criminalizar a los japoneses: simplemente explicar como unos cuántos, una elite militar y política, arrastró al país a un delirio expansionista que chocó con los intereses, no solo de los Estados Unidos. Más de dos mil trescientos soldados murieron en aquel ataque sorpresa. Un duro golpe para la marina americana, del que se recuperó con el tiempo.&lt;br /&gt; Visto el video, subimos a una lancha y cruzamos hasta llegar a pocos metros de Ford Island. Allí hay unos muelles, blanqueados, con los nombres de los barcos hundidos. Cerca del que ostenta el nombre del USS Arizona hay un puente blanco, curvado en el centro. Es el Memorial. Esta construido sobre el barco hundido. Desde dicha construcción, que no toca el casco, se puede ver, sumergido a poca profundidad, el barco. En conjunto, sobrecoge un poco pensar en lo que ocurrió. Dentro, yacen más de mil soldados que murieron atrapados en el rápido hundimiento. Otros mas, supervivientes del ataque y tripulantes del mismo, muertos después del final de la guerra, fueron incinerados y sus cenizas depositadas por buzos dentro del barco. No he visto ni un solo japonés en el Memorial y muy pocos en el museo donde hicimos espera, a pesar de que son multitud en Waikiki. Al regresar en la barca, vemos a los aviones, civiles, acercándose o alejándose del aeropuerto de Honolulu. Hoy llegan los aviones japoneses otra vez a Pearl Harbour, pero en lugar de bombas arrojan riadas de turistas compradores, con una expresión ingenua y unos gestos amables tales que nadie diría que pudiesen ser descendientes de aquellos otros bravos guerreros.&lt;br /&gt; Acabada la visita tomamos el autobús y nos apeamos en el barrio chino de Honolulu. El cielo se cubre de nubes hinchadas de lluvia que el viento arrastra. Caminamos hacia el Downtown mirando los comercios de los asiáticos, centrados sobre todo en productos alimenticios. A Hawai llegaron emigrantes de diferentes partes de Asia, en oleadas alentadas por el trabajo en las plantaciones de azúcar y en las granjas donde se comenzó a plantar de manera intensiva la piña. Y dejaron su rastro. Los chinos, los japoneses y otros emigrantes se instalaron en esta zona, dejando su huella en forma de restaurantes con carteles llenos de ideogramas. Pero a nosotros lo oriental no nos llama especialmente la atención.&lt;br /&gt; Justo en el límite entre el Chinatown y el Downtown se encuentran algunos edificios de la Universidad de Hawai. Una calle peatonal con unos cuantos locales de comidas y refrescos baratos para los estudiantes. A uno se le antoja un buen lugar para pasar unos cuantos años de su vida estudiando cualquier cosa, por peregrina que sea. Salir de las aulas sin utilizar el abrigo, pasear junto al mar, mirar a lo lejos a esta vegetación tan brutal, navegar, tal vez bucear...&lt;br /&gt; El downtown, esto es, la zona central de la ciudad, donde solo parece haber grandes edificios de vidrio y acero destinados a oficinas, recuerda bastante a las ciudades australianas. Tal vez ayude la vegetación que se infiltra en algún parque, en árboles alineados en una calle. Y la ciudad aparece en general bastante limpia. Los edificios no ofrecen rastros de vejez decadente, a pesar de que el clima debe ser bastante corrosivo con las obras humanas. Caminamos buscando un lugar donde comer, aunque la hora nos complica las cosas. Acabamos, como no, en un local de comida rápida. Un bocadillo con una verdura sabrosa, la verdad, entra divinamente en el estómago del viajero. Después de comer encontramos una librería para ver el panorama. No era muy grande y tenía, naturalmente, muchos libros sobre Hawai, sobra su historia, su monarquía, el ataque a Pearl Harbour, el lenguaje de los nativos, etc. Atento a mi promesa, sujeta a los vaivenes de mi emotividad y mis impulsos, me niego a acumular más libros y salgo como he entrado: con la guía del Lonely Planet bajo el brazo.&lt;br /&gt; Seguimos paseando, sufriendo a cada rato una finísima lluvia que el viento pulveriza, arrastrándola hacia esta parte de la isla. No hace frío y se soporta sin mayores problemas.&lt;br /&gt; Caminamos hasta llegar al puerto. La Aloha Tower, con su estilo de comienzos de siglo, puede ser visitada (con vistas interesantes) siempre que se llegue antes de las cinco de la tarde. Cosa que no nos ocurre. Caminamos hacia el museo Marítimo de Hawai junto al mar, observando un par de barcos japoneses, grandes, creo que de pesca. Dentro, algunos tripulantes aburridos juegan a las cartas, limpian la cubierta. El museo marítimo también está cerrado pero el Falls of Cyde, un enorme velero de cuatro mástiles, que forma parte de lo visitable, se puede ver, anclado junto a la entrada. El mar se cuela por todas partes y la brisa susurra historias de navegantes y exploradores. Como el capitán Cook que “descubrió” estas islas para el mundo occidental y  en las que terminó sus días de aventura. Como esos primeros exploradores polinesios que llegaron en naves sencillas después de una larga travesía hace casi mil quinientos años, iniciando la presencia humana en las islas.&lt;br /&gt; Para regresar al hotel tomamos el autobús en King Street. Hemos decidido dejar esta parte de la ciudad para otro paseo con más calma. Hemos visto desde fuera el palacio Iolani, cruzado el Capitolio del Estado (del que se pueden ver las dos cámaras legislativas, a través de amplios ventanales) por debajo, pues es una construcción en rotonda abierta.&lt;br /&gt; Regresamos a Waikiki y paseamos junto al mar, escuchando su brisa encantadora, comentando las miles de imágenes que, de repente, han impactado contra nuestro cerebro y le han exigido un esfuerzo de interpretación tan grande como estimulante.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/oahu%20066.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/oahu%20066.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Viernes 3 de marzo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; El despertador rasga el silencio de la habitación y el sueño se rebela contra la curiosidad natural del viajero. Un segundo aviso, cinco minutos más tarde, parece conectar con algún resorte semiracional de la voluntad. El cuerpo se levanta. Reconoce la habitación del hotel. Abre la cortina. Abajo, el mar, las olas empequeñecidas en la distancia, corren en diagonal hacia la costa. Los ojos se abren un poco más y ya se pueden distinguir a los surfistas acercándose a la zona donde rompen las olas para subirse a lomos de éstas. Son las ocho y cinco de la mañana.&lt;br /&gt; Al bajar a desayunar el ascensor se para en una planta intermedia a recoger más huéspedes. Un grupo de japoneses muy mayores entra. Uno de ellos, en silla de ruedas, es ayudado por un hombre de mediana edad y por otro, muy arrugado, muy viejo, con ademanes nerviosos. Pienso que tal vez alguno de ellos vivió cuando lo de Pearl Harbour. El cuarenta y uno queda a sesenta y cinco años de aquí, de ahora. Estos dos hombres podrían tener en torno a los ochenta años. Tal vez incluso uno de los dos pilotaba uno de aquellos aviones que atacaron la base. Quien sabe. En cualquier caso, sufrió la guerra contra los americanos.&lt;br /&gt; Salimos por fin a la calle. Vuelve a amanecer con nubes voluminosas que dejan, de cuando en cuando, claros de cielo intenso en su errático deambular. El pantalón corto, la camiseta y las sandalias son lo único que necesita el viajero para convivir con el clima de este lugar.&lt;br /&gt; Un autobús nos deja, de nuevo en la zona del centro de Honolulu. Seguimos la visita donde la dejamos. Entramos en el palacio Iolani (solo en los basamentos, pues la visita del palacio es guiada, dura hora y media y tenemos que esperar a que empiece una programada). Es el único palacio real que existe en territorio de los Estados Unidos. La parte que visitamos ofrece pocos objetos y salas interesantes, pero se puede profundizar en el conocimiento de esos tiempos anteriores a la anexión.&lt;br /&gt; Las diferentes islas que configuran hoy el estado de Hawai fueron estados independientes durante mucho tiempo. Las cosas se complicaron con la llegada de los blancos, que vieron, primero en las importaciones de madera de sándalo de sus bosques y luego en el negocio del azúcar una importante fuente de ingresos. El capitán Cook llegó a la isla 1778 y trajo el hiero (desconocido hasta entonces) las armas de fuego y muchas enfermedades que diezmaron a la indefensa población. En el año de su llegada las islas estaban divididas bajo diferentes jefecillos militares y solo en 1810 se terminaron de unificar bajo un solo monarca. &lt;br /&gt; Los reyes de Hawai sufrieron la influencia occidental con fuerza, como se adivina en muchas construcciones anteriores al gobierno estadounidense. Se eliminaron, o se trató al menos, muchas creencias religiosas ancestrales, se introdujo un sistema judicial basado en el inglés. Esto último lo podemos ver en  una interesante exposición en el Aliiolani Hale que fue un edificio gubernamental construido por la monarquía hawaiana en 1874, en principio como edificio legislativo, aunque posteriormente se empleo como Suprema corte. En la planta baja, una exposición muy didáctica ilustra el sistema judicial desde las primitivas leyes hasta la introducción del sistema ingles. Demoramos la visita para escapar de la lluvia. Subimos al piso superior donde en una sala parece realizarse el descanso en un juicio. Nos resulta curioso el ambiente festivo de la gente. Tal vez no sea un juicio exactamente lo que vemos. Abajo, en el vestíbulo, nos sentamos a esperar a que escampe. El sueño me vence. Enfrente, dos japonesas descabezan, igualmente, un sueño. Con mucha más habilidad que yo en eso del dormir en cualquier postura.&lt;br /&gt; Después de, una vez más, una comida fuera de horas a base de un bocadillo y un refresco en vaso de papel, entramos en un precioso edificio con aspecto colonial (aunque fue construido en 1928) donde se aloja el Hawai State Art Museum. El Lonely Planet lo recomienda y creo que es una buena sugerencia. La visita es gratuita, como casi todos los lugares que hemos visitado hasta ahora (salvo el Palacio) y no lleva mucho tiempo, pues de momento solo se pueden ver una parte de los fondos, situados en la planta segunda. Se trata de obras de autores modernos que son o bien originarios de la isla o son extranjeros que han vivido en ella. Gente que se debió sentir deslumbrado por la belleza de estas tierras, como Gaugain en las islas del sur. Gente que lleva a los lienzos sus particulares impresiones de esta vegetación, de estos cielos, del mar inmenso...&lt;br /&gt; Hay pinturas que me transmiten muchas e intensas sensaciones; otras en cambio me resultan asépticas mezclas de colores. Como no soy un experto, ni pretendo serlo, juzgo únicamente según un instinto de belleza malamente educado que brota de manera espontánea. Pero es el único que tengo e interacciona, por poderosos y misteriosos mecanismos, con mi estado de ánimo. En general diré que, saliendo de nuevo a la calle después de la visita, con la lluvia instalada con cierta terquedad, me sentía limpio. Como barrido por vientos de colores, de formas que hubiesen eliminado las impurezas de las palabras viciadas por la técnica y el pragmatismo de los negocios que enturbian gran parte de mis horas.&lt;br /&gt; Autobús de regreso y paseo por la playa, hasta donde las construcciones de hoteles y apartamentos, alejándonos del centro de Waikiki, hacen difícil, cuando no imposible, el seguir la línea de la costa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/oahu%20041.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/oahu%20041.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Sábado 4 de marzo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cuesta vencer al sueño y al cansancio conforme los días pasan. Frente al sedentarismo de todos los días, aparecen los días del viaje, siempre, como una irrupción de agitación nerviosa. Sacudidos por la sed, el viajero se sacia moviéndose por una geografía que solo ocasionalmente le es accesible.&lt;br /&gt; Hemos cometido un error. Lo intuía, pero el día lo ha confirmado. Para recorrer la isla teníamos varias posibilidades. Una, la más decente, consistía en alquilar un coche y vagar a nuestro rumbo, con el auxilio de la guía y de nuestras intuiciones humanas. Otra posibilidad era la de reservar un viaje organizado alrededor de la isla, de los muchos que se anuncian en agencias y otros chiringuitos en Waikiki. Un opción intermedia consistía en emplear autobuses regulares de línea para movernos. &lt;br /&gt; La primera opción me atraía, pero después de tanto tiempo sin conducir por la derecha, verme sumergido en el trafico de Honolulu y Waikiki, con mi intuición menguada por las distracciones a que me lleva el verme en tierras extrañas, me daba un poco de miedo. La tercer opción tenía el problema de encontrarnos, en una parada de autobús, en un pueblo o ciudad, alejados del mar y de todo lugar digno de conocerse, para esperar un par de horas al próximo. La comodidad, finalmente, nos hizo ceder a la opción del viaje organizado.&lt;br /&gt; A las ocho y media un autobús nos vino a recoger a nuestro hotel. Un guía charlatán que, horroroso recuerdo de otros profesionales del sector turístico australiano, no dejaba al micrófono ni  un momento de descanso. Además de regalarnos con peregrinas explicaciones acerca de aquello que veíamos, regodeándose en absurdas anécdotas, aprovechaba para hacer chistes malos, para hablarnos de él, de su mujer, de no se cuántas cosas más. Incluso a la vuelta, un tanto anestesiados por el cansancio, se permitió cantar entre adivinanza y adivinanza de películas. &lt;br /&gt; El viaje comenzó hacia Diamond Head. Se trata de una montaña de origen volcánico que, exigencias del viaje, vemos de pasada. A cambio paramos en Hanauma Bay, un precioso lugar de aguas color turquesa y limpia playa. La parada dura quince minutos y uno, cuando se baja del autobús y contempla el paisaje, sabe enseguida que no es tiempo suficiente, que el viaje ha sido un error.&lt;br /&gt; El lugar es sugerente. Estamos en una pradera, sobre el mar. Hay un camino para bajar andando o en unos autobuses que bajan a los turistas. Supongo que pagando. Nosotros no tenemos tiempo. Vemos la costa desde arriba. Rocas afiladas que van cediendo, poco a poco hasta caer en una mansa playa que se enfrenta a unas aguas cristalinas. Los buceadores se agitan en el agua, como torpes y delirantes culebras, en busca de algún pez para contemplar. En la playa otras personas yacen al sol, dejando que la brisa marina empape sus oídos y broncee sus cuerpos.&lt;br /&gt; Llegamos los últimos al autobús. Siento miradas reprobadoras, pero tal vez se trate de sugestión. En cualquier caso siento que si hubiese ido por mis propios medios, me hubiese quedado algunas horas paseando por la playa, brujuleando por la costa.&lt;br /&gt; El viaje sigue, con el tormento de las palabras estúpidas del guía. Pregunta por la nacionalidad de las victimas de sus delirios. La mayoría son americanos que parecen encontrar graciosos sus comentarios. &lt;br /&gt; La siguiente parada es en Sandy Beach. Vemos la playa desde un aparcamiento que hay en los acantilados, a unos treinta metros de altura El cielo se nubla con oscuros nubarrones pero sobre el mar se abren claros que queman los colores del agua y devuelven un brillo cegador, aplastante. El viento es fuerte y trae finas gotas de lluvia. Intuyo que las paradas no deben ser lo mejor del viaje para nuestro orador del volante, pues no le cabe otra opción que un silencio agradecido mientras hojea un periódico deportivo.&lt;br /&gt; Sigue el viaje. Nos informa que debido a las inundaciones que sufrió la costa oeste de la isla, tendrá que modificar el recorrido, pues algunas carreteras se encuentran cortadas. Seguimos y hacia las diez y media detiene el autobús en un área de servicio donde tan solo hay tiendas de recuerdos, una gasolinera y un establecimiento de comida rápida. Sorprendentemente nos concede media hora. Sorprende porque uno no sabe qué hacer allí. La carretera sigue en medio de talleres de coches, de casas. En las cercanías no se ven sino casas y otras tiendas. Hay un local de comida rápida donde obesos extremos devoran productos que no resultan  muy apetitosos.&lt;br /&gt; El viaje sigue. Viento y lluvia. Al llegar a Kailua, en lugar de seguir por la costa, hacia el norte, como estaba anunciado en el folleto, se mete hacia el interior. Subimos por las empinadas montañas que parecen partir dos veces la isla en tres partes. A mitad de camino hace un alto en un mirador. El lugar está lleno de turistas luchando contra un viento fortísimo. Cinco minutos, nos concede el torturador.&lt;br /&gt; La vista sobre Kaneohe Bay es como mirar en el mapa las curvas que definen el perfil de la costa. Las montañas surgen a pocos metros de la misma y suben con gran decisión hasta perderse en las nubes. El viento dificulta el andar. Una placa, junto a un camino angosto que parece subir desde la costa, hace referencia a aquel sendero como el único paso que permitía superar la cordillera montañosa y comunicar con la otra costa de la isla. Tiempos remotos, sin guías deslenguados, sin hordas de turistas que se apean voraces en las tiendas de recuerdos. No me gusta estar aquí, pero es mi error, mi responsabilidad.&lt;br /&gt; El viaje sigue y descendemos de las montañas para acercarnos de nuevo a Honolulu. No tocamos la ciudad y nos desviamos al norte. A pesar de la paliza de palabras absurdas de nuestro guía conductor, que no deja un minuto de descanso el micrófono, nos deleitamos con el paisaje. Exuberancia tropical. Carreteras que atraviesan el bosque oscuro. Casas construidas con la alegría que el clima permite. Y casi siempre el mar al fondo, reflejando los rayos huidizos de un sol que no logra vencer totalmente la duda de las nubes.&lt;br /&gt; Subiendo por la carretera central, la que va entre las dos cadenas montañosas de la isla, nos detenemos en una plantación de piña. El Dole Pineapple Pavillon. Otra absurda parada de algo más de una hora con el reclamo de comer en un buffet por ocho dólares. Suena tan horrible como el conductor que nos lo recomienda. Me decido por unos trozos de coco y un zumo de piña, que si bien no matan completamente el hambre tampoco crean un estropicio en el paladar.&lt;br /&gt; El lugar es una gran tienda donde venden todo tipo de recuerdos con forma de piña o sabor a piña. Se puede entrar en un laberinto vegetal, en un jardín botánico, y subirse a un trenecillo que recorre, dicen, un trozo de la plantación. Todo previo pago de unos cuántos dólares. Suena todo tan errático, tan a despropósito, que lo único que hago es acercarme a un trozo de tierra donde crecen diferentes tipos de piñas, de diferentes partes del mundo, y me leo los carteles sobre un tipo norteamericano que en los años veinte (del siglo veinte), recién acabados sus estudios de ingeniería agrícola y con poco dinero, se vino aquí, compró terrenos, y se dedicó a experimentar con diferentes tipos de piñas hasta que dio con la que mejor se adaptaba a las peculiaridades del clima y al tipo de terreno. Luego se dedico a plantar a gran escala y a vender. Al leerlo me parecía estimulante una vida con tantas posibilidades, tantas cosas por lograr. Una tierra hermosa y desconocida, mucho más alejada de los Estados Unidos de lo que está ahora.&lt;br /&gt; El viaje sigue y parece que la pausa ha dado vigor al torturador de turistas. Una larga charla sobre la historia de la isla, salpicada de anécdotas (supongo que inventadas) y chistes (malos) nos acompaña hasta que paramos, parece que algo imprevisto, en una playa. El autobús se detiene en el arcén de la carretera. Parece que una tortuga, enorme, ha llegado hasta la playa y mucha gente la contempla. Una chica joven, con cara de ecologista rebelde en un país capitalista, ha marcado con una cuerda roja una zona de exclusión en torno al gigante inmóvil. Un cartel colocado presuntamente por la ecologista, quien reparte hojas con instrucciones para preservar la vida de estos animales, advierte de no acercarse al bicho.&lt;br /&gt; Cinco minutos de pausa. Nos hemos bajado todos del autobús. El orador impenitente, ha detenido el tráfico de la carretera con gestos teatrales para que su disciplinado ejercito de turistas-oyentes pudiese apearse del autobús y contemplase el espectáculo. Al regresar, lo mismo. Cinco minutos.&lt;br /&gt; Seguimos ruta. Las playas y el mar aparecen por el lado izquierdo del autobús. Da realmente lástima no poder golpear al conductor en la cabeza y obligarle a parar un rato, a que guarde silencio en memoria de la inteligencia perdida. Pero tendríamos al resto del pasaje, que parece disfrutar sus gracias y que presta más atención a sus historias y chistes que a la isla que se presenta a través de las ventanillas, en contra nuestra.&lt;br /&gt; Nueva parada. Esta vez en una playa. Su generosidad le lleva a concedernos diez minutos. Total, dice, no hay tiendas ni servicios. Buen argumento para reducir la parada. Total, Sunset Beach solo es una playa. Una acumulación de arena frente a una acumulación de agua. Pero en conjunto resulta un lugar agradable. Para sentarse y mirar el mar, contemplar a los surfistas, escuchar el susurro de las olas dejando que nuestra mente de vueltas al sentido de la existencia mientras el descerebrado torturador lee los resultados del béisbol y nos espera dentro del autobús, con el motor en marcha, maquinando nuevas estupideces con las que obsequiarnos durante el viaje.&lt;br /&gt; La duración de la parada es tanto más irritante, cuanto que la próxima, a la que dedica más de media hora, es en una granja de nueces de macadamia, donde hay una gran tienda de más de lo mismo. Y un jardín que se puede visitar previo pago de no sé cuántos dólares. &lt;br /&gt; Nosotros buscamos un camino entre la vegetación y bajamos a un embarcadero, alejándonos del grupo que parece ganar en cohesión en cada parada. El mar está cerca, pero realmente nos encontramos en la desembocadura de un río muy ancho. El lugar es agradable. Las maderas del suelo crujen con los vaivenes del agua. Una lancha oscila, igualmente, atada gracias a una cuerda a la plataforma. El camino se interna por una zona densa de vegetación pero parcialmente talada.  &lt;br /&gt; El viaje de vuelta nos ofrece, además del paisaje de la costa y, luego del interior, un monstruoso delirio de palabras del conductor, de cuyo nombre no logro ni quiero acordarme. Agradecemos llegar a Waikiki. Nos fijamos que la gente, al bajarse del autobús, le da un par de billetes de un dólar de propina y muestras de gratitud exageradas. Nosotros le damos, educadamente y sin rencor, las gracias. &lt;br /&gt; El día termina, el viaje agoniza, con la sensación de que nos quedan, nos han quedado, muchos lugares hermosos por descubrir. Paseamos por la playa, captando los últimos matices del sol en un atardecer despejado. Nos sentamos a ver como el cielo se esconde detrás del mar, buscando nuevas tierras, nuevas gentes. Siempre me fascinan los atardeceres, esa sensación de estar frente al tiempo en estado puro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/oahu%20126.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/oahu%20126.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Domingo 5 de marzo&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Un día muy breve. El más breve de mi vida. Apenas el avión traspasó la línea del cambio de día, quizá a las tres de la tarde de algún diminuto archipiélago del Pacífico, pasamos a vivir en el lunes. Antes de todo eso, poca cosa.&lt;br /&gt; Solo dos horas para poder pasear antes de ser recogidos por el autobús de la agencia para llevarnos al aeropuerto. Un guía al que tuvimos que enseñarle los papeles del viaje, pues no entendía que dos no japoneses pretendiesen subirse a ese autobús.&lt;br /&gt; Dos horas para comprar chocolatinas para los compañeros de trabajo (omiyagues), para despedirnos mentalmente de las playas donde siempre seguirán ociosos hombres y mujeres disfrutando del tiempo benigno, de las horas lentas, de la calma del mar infinito.&lt;br /&gt; Entramos, en el hotel Sheraton Moana. Un encantador hotel de principios de siglo, cuando los turistas se enfrentaban a cinco días de navegación desde la costa oeste de los Estados Unidos para llegar hasta aquí. Un hotel situado junto al mar, donde uno puede sentarse en una mecedora para ver, cómodamente instalado en la sombra, a los surfistas jugando a cabalgar ola tras ola. Quizá la premura de saber que el tiempo en la isla lo tenemos contado, con la incertidumbre de un regreso difícil, hacen más hermosos y más tristes a un tiempo los minutos de placentera contemplación.&lt;br /&gt; Al final uno se ve de nuevo abocado a solicitar una tarjeta de embarque, a esperar, deambulando por un aeropuerto que, en este caso tiene los pasillos abiertos a un jardín japonés, al aire libre. Una puerta de embarque y nuevamente la rutina del viajero que ahora tan solo es viajero pasivo dentro de la mole que le devuelve, inexorablemente, a su vida real.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/oahu%20105.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/oahu%20105.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114277800417945179?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114277800417945179/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114277800417945179' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114277800417945179'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114277800417945179'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/03/hawai.html' title='Hawai'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114243617379782982</id><published>2006-03-16T00:22:00.000+09:00</published><updated>2006-03-16T00:22:53.810+09:00</updated><title type='text'>Sigmund Freud (1)</title><content type='html'>Sigmund Freud nació el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, una pequeña localidad de Moravia. Su padre fue un comerciante de lana. Su madre, segunda esposa del padre de Sigmund era 20 años menor que su marido. Sigmund tuvo ocho hermanos. Cuando tenía 4 o 5 años su familia se trasladó a Viena, donde viviría casi toda su vida. &lt;br /&gt;Freud, un niño brillante, siempre a la cabeza de su clase, ingresó en la escuela de medicina; una de las pocas opciones para un jóven judio en Viena en aquellos días. Allí, se embarcó en la investigación bajo la dirección de Ernst Brücke, profesor de fisiología. El maestro lo que hoy conoceríamos como reduccionismo: “no existen otras fuerzas que las comunes físico-químicas para explicar el funcionamiento del organismo”. Freud pasó muchos años intentando “reducir” la personalidad a la neurología, causa que más tarde abandonaría. &lt;br /&gt;Freud destacó en el campo de sus investigaciones, concentrándose sobre todo en neurofisiología. Brücke le ayudó a conseguir una beca de estudios, primero con el gran psiquiatra Charcot en París y posteriormente en Nancy con el que más tarde sería su rival: Bernheim. Ambos científicos estaban investigando el uso de la hipnosis en los pacientes histéricos. &lt;br /&gt;Después de pasar un breve período de tiempo como residente de neurología y como director de una guardería infantil en Berlín, Freud se volvió a Viena y se casó con Martha Bernays. Allí abrió su consulta de neuropsiquiatría, con la ayuda de Joseph Breuer. &lt;br /&gt;Sus lecturas y obras le proporcionaron tanto fama como ostracismo dentro de la comunidad médica. Se rodeó de un buen número de seguidores que más tarde se convertirían en el núcleo del movimiento psicoanalítico. Desgraciadamente, Freud tenía una gran propensión a rechazar a aquellos que no estaban de acuerdo con sus teorías; algunos se separaron de él de manera amistosa, otros no, estableciendo entonces escuelas de pensamiento competidoras. Freud emigró a Inglaterra justo antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando Viena ya no era un sitio seguro para un judío. Poco más tarde murió de un cáncer maxilobucal del que había sufrido desde hacía 20 años.&lt;br /&gt;Freud no inventó exactamente el concepto de mente consciente versus mente inconsciente, pero  lo difundió. La mente consciente es todo aquello de lo que nos damos cuenta en un momento particular: las percepciones presentes, memorias, pensamientos, fantasías y sentimientos. Lo que Freud llamó preconsciente, es algo que hoy llamaríamos “memoria disponible”: se refiere a todo aquello que somos capaces de recordar; aquellos recuerdos que no están disponibles en el momento, pero que somos capaces de traer a la consciencia. Actualmente, nadie tiene problemas con estas dos capas de la mente, aunque Freud sugirió que las mismas constituían solo pequeñas partes de la misma. &lt;br /&gt;La parte más grande estaba formada por el inconsciente e incluía todas aquellas cosas que no son accesibles a nuestra consciencia, incluyendo muchas que se habían originado allí, tales como nuestros impulsos o instintos, así como otras que no podíamos tolerar en nuestra mente consciente, tales como las emociones asociadas a los traumas. &lt;br /&gt;De acuerdo con Freud, el inconsciente es la fuente de nuestras motivaciones, ya sean simples deseos de comida o sexo, compulsiones neuróticas o los motivos de un artista o científico. Además, tenemos una tendencia a negar o resistir estas motivaciones de su percepción consciente, de manera que solo son observables de forma disfrazada.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114243617379782982?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114243617379782982/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114243617379782982' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114243617379782982'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114243617379782982'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/03/sigmund-freud-1.html' title='Sigmund Freud (1)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114035589169263213</id><published>2006-02-19T22:30:00.000+09:00</published><updated>2006-02-19T22:32:28.200+09:00</updated><title type='text'>FRAGMENTOS DEL DIARIO</title><content type='html'>&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Sábado 4 de febrero&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La noche flota ingrávida, silenciosa a mi alrededor. Los copos de nieve que se van depositando sobre la calle, encima de los tejados de cinc, sobre los coches, amortiguan los ecos lejanos de una ciudad dormida. Me siento delante del ordenador y trato de recordar qué es lo que me ha dejado el día de hoy que merezca la pena ser recordado. &lt;br /&gt;En lo primero que pienso es en el sueño atroz que me ha comprimido el cuerpo, haciéndolo pesado y mortecino durante todo el día. Y es que hoy, sábado, ha sido mi primer sábado de trabajo desde que estoy en este país de mártires heroicos de la productividad, de víctimas orgullosas y alegres de la ética laboral desbocada.&lt;br /&gt;A las cinco de la mañana me han citado en la empresa. No amanece a esas horas; simplemente el despertador rasga el silencio y la cabeza interpreta que algo no funciona, que el sueño no se puede interrumpir apenas antes de ser satisfecho. Con mucho frío, tres grados bajo cero, después de meter un gran café en el cuerpo, uno sale a la calle, oscura, sin un sonido que le informe de la presencia de vida, y se sube a la bicicleta. Ni un rastro de claridad. Son las cuatro cuarenta de una mañana de sábado en la que algunos noctámbulos todavía estarán dilatando una noche de copas y música, o sencillamente de lectura hogareña sin la tiranía de las jornadas laborales uniformadoras aterrorizándoles. De camino al trabajo, los sonidos siniestros de unos invernaderos a ambos lados de la carretera, me hacen sentir la irrealidad de la situación con mayor intensidad.&lt;br /&gt;Llego a la empresa. Somos cuatro personas. Cuatro sufridos abnegados empleados dispuestos a sacrificar nuestro tiempo y nuestro sueño para gloria de la nación japonesa y mayor riqueza de los accionistas de la empresa. Bueno, yo, cuando se me informó de este maravilloso plan de sábado, ya dije que lo cambiaba por un día adicional de vacaciones. Monstruoso vago, el occidental éste, que solo piensa en sí mismo, pensarán. Para ellos supone, un sábado menos de ocio. Que, llegados a este punto, no creo que sea algo que les pueda molestar o hacer sufrir.&lt;br /&gt;Chikamatsu y yo nos subimos en el coche de pruebas. Asada y un mecánico se montan en una furgoneta taller para las reparaciones y los ajustes. Nada más salir de Kani, rumbo a Mitake, donde está la entrada a la autopista, paramos en un convinience. Cinco grados bajo cero. David ya me contó que siempre que salen de viaje, la primera parada es apenas iniciado éste, en un convinience, para comprar, en este caso el desayuno. Yo me compró un café de lata caliente para continuar la labor de golpear contra el muro de sueño que me lastra al suelo, que me dificulta los movimientos, físicos y mentales, y el habla. En el convinience hay otros clientes a estas intempestivas horas, a pesar de encontrarnos en zona rural.&lt;br /&gt;Después de esta parada tomamos la autopista y cuando apenas llevamos una hora de viaje, nueva parada para hacer una pausa en un área de servicio. Baño y otro café, que la lucha se prevé dura. En el viaje no he podido dormir porque Chikamatsu no ha parado de formularme preguntas de todo tipo: qué he desayunado, a qué hora suelo cenar, si me prepara mi mujer la cena, si me prepara el desayuno, qué hago los fines de semana. Ante tal avalancha de preguntas en japonés, mi cabeza empieza a lubricarse y a funcionar, a costa de sentir que las piedras del sueño no se hacen más ligeras. Yo le pregunto si a él le prepara el desayuno su mujer y se ríe y me dice que no, pero que en Japón lo normal es que la mujer se levante antes y prepare un desayuno a base de arroz, pescado, tofu... Una hora antes, mínimo. Entonces recuerdo que cuando he salido de casa, las cinco menos veinte, la luz de la cocina de la casa de al lado de la nuestra estaba encendida...&lt;br /&gt;Hemos llegado a una pequeña pista de pruebas, a eso de las siete menos cuarto de la mañana. Durante el viaje la oscuridad de la noche, de repente, se ha roto en un instante y la claridad, finísima, se ha filtrado por todo el cielo. Luego ha sido más continuo el proceso. Al llegar ya se veía sin problemas, aunque los árboles circundantes y la hora, indecentemente temprana, impedían que el sol nos llegase directamente.&lt;br /&gt;La pista no es una típica pista de pruebas de las que se emplean en la industria de la automoción, al estilo de Idiada o Nardó. Es una superficie pequeña, con cierto desnivel, dotada de una pista exterior de mal firme y unas rectas interiores con recorridos para practicar maniobras de baja velocidad. Muy pequeña. Me explica Chikamatsu que se emplea para impartir cursos de seguridad en la conducción a policías y para autoescuelas. El lugar, por lo demás es decadente. Japón.&lt;br /&gt;Se trata de esa decadencia nipona tan frecuente. Un lugar inaugurado hace muchos años, sin que entonces la palabra lujo se pudiese descolgar del diccionario para pintar las instalaciones, los baños, las oficinas... Y que con el tiempo solo ha visto limpiezas esenciales. Uno ve mucho desconchado, mucho material roto, adoquines que faltan, hierros oxidados, rayas en el suelo borradas, pasillos desgastados... Como en la fábrica donde trabajo. La decadencia nipona. Orgullo de una raza que no derrocha sus bienes productivos. Esa sensación de encontrarse en un pueblo tercermundista pero que cuida lo poco que tiene. A la vista, resulta francamente incómodo de tolerar.&lt;br /&gt;Mientras Asada y el mecánico terminan de ajustar los sensores al coche de pruebas, Chikamatsu y yo colocamos los conos para el slalom y los cambios bruscos de carril. Hace frío, no sube el termómetro de los tres grados bajo cero. Cuando los hemos colocado, damos una vuelta por las pistas, por llamarlo de alguna manera. El asfalto está incluso arrancado en algunos lugares y en una  esquina se acumulan coches viejos, algunos con golpes, fruto, tal vez de ensayos excesivos o temerarios.&lt;br /&gt;Terminados los preeliminares, Chikamatsu y Asada se suben al coche de pruebas y se pasan toda la mañana probando. Yo me quedo con el mecánico dentro de un prefabricado con un equipo de aire acondicionado que da calor, y cada diez minutos nos llaman por radio para que coloquemos un cono que se ha caído, para que les llevemos alguna pieza, para dar un poco el coñazo y hacer sentir quién tiene el mando. Supongo.&lt;br /&gt;El mecánico, de cuyo nombre ahora no logro acordarme, pese a que se lo hice repetir, y yo hablamos. La cabeza se esfuerza por recordar palabras, para salir de esa región, cómoda pero inútil, de los comentarios sobre el tiempo, la vida cotidiana y la comida en Japón, y el flamenco en España, y adentrarse en nuevos mundos que demandan más vocabulario. Me cuenta que ayer se quedo hasta las nueve de la noche arreglando algo que se rompió del coche y que hoy, también, se ha levantado a las cuatro de la mañana. Pero lo cuenta asépticamente, sin un ápice de malestar. Con una resignación casi invisible, como si más que aceptar a regañadientes una tarea molesto, cuestión de mala suerte, sencillamente se acepta el destino, que es el que es. Mi punto de vista, que me guardo para mí y para estas páginas, está en otra dimensión de la manera de entender la vida.&lt;br /&gt;A la hora de comer, que supone un largo trecho desde el desayuno, intempestivamente madrugador, el mecánico y yo tomamos la furgoneta y nos dirigimos a un convinience. Ahora me explico que haya tantos establecimientos de este tipo en este país. Con las jornadas laborales tan anormales que hacen, este tipo de locales representa un punto de apoyo importante para no desfallecer a la hora de producir a destajo. Unas bandejas de obento (comida preparada variada) y unas botellas de ocha fría. &lt;br /&gt;Cuando regresamos a la pista, les llamamos por radio, pero siguen obstinadamente en sus pruebas. El deber es el deber y hay que demostrarlo. El mecánico no parece animarse a empezar a comer, pero yo sí lo hago. Para ello me amparo en una diversidad cultural ambigua que me defiende de posibles malas opiniones, al menos superficialmente. Cuando ya hemos terminado la reducida y degenerada comida, se presentan Asada y Chikamatsu. Me intereso por las medidas, pues de la celeridad en su realización depende nuestra partida. Chikamatsu me explicó al llegar, que la pista está alquilada hasta las cinco de la tarde. Entonces Asada me comenta que van lentos, que han tenido que repetir las primeras medidas porque se había equivocado en algo.&lt;br /&gt;Casi me lo esperaba. Esta gente, tan metódica, que tanto tiempo dedica a la preparación de todo, suele equivocarse bastante. Y gracias a sus errores, sus jornadas laborales se pueden ampliar de lo exagerado a los sufriente. Si no cometiesen errores, entonces tendrían que trabajar todavía más lento de lo que lo hacen. Esto no es la primera vez que lo constato.&lt;br /&gt;La tarde ofrece más de lo mismo. Al terminar Chikamatsu me lleva con él para ver como se comporta el coche con una de las posibles configuraciones de amortiguadores. Paso algo de miedo en el slalom y en las curvas con el coche deslizándose, casi flotando sobre un mar de neumático deformado. Pero luego me deja conducir a mí y veo que no era para tanto. Fuerzo el coche y siento como ese deslizarse se controla sin grandes dificultadas. En los cambios bruscos de carril y el slalom la sensación me despierta. Sobre todo en algún brusco desplazamiento del eje trasero que hay que controlar al momento. Después de la diversión, recogemos y justo a las cinco, bien calculado, nos vamos. Los héroes de la empresa.&lt;br /&gt;A pesar de los cafés que he comprado en la máquina automática de la pista, el sueño solo ha logrado medrar un poco con el paseo salvaje en el coche. Pero después de recoger los conos y ayudar a subir la instrumentación a la furgoneta, siento un cuerpo débil que tengo que controlar. En el viaje de regreso Chikamatsu vuelve a la carga con su batería de preguntas curiosas, pero ahora yo también le ataco. Es una manera de garantizar que el, que conduce, tampoco va a caer víctima del sueño. Le pregunto si ha estado en China, pues tengo intención de ir. Como casi siempre, me dice que no tiene dinero. Pero creo que esto es algo endémico, al menos de esta zona: la gente siempre tiene en la boca dos frases. Kanemochi hito (persona rica) cuando se enteran de que uno va a hacer un viaje y okane ga ya nai (no tengo dinero) cuando se habla de hacer un viaje en general. Chikamatusu, jefe de grupo, con veinticinco años en la empresa, debe de ganar dinero como para desterrar esas coletillas de su vocabulario. Pero entonces podría viajar, y mostrar que uno puede llegar a ser feliz, a disfrutar de la vida, es algo intolerable por estas latitudes. Al llegar a casa he consultado el libro Talking About Japan. En este curioso libro bilingüe se ofrecen muchos datos y hechos acerca de Japón. Según el ejemplar que tengo, el sueldo medio mensual de un japonés trabajando para empresas de más de 30 empleados es de (pienso que Chikamatusu andará de ahí para arriba) era, en el 2002 de 387.638 yenes (al cambio de hoy, unos 2.750 EUR al mes), incluidas las horas extras y los bonus. Comparado con los sueldos de otros países, el único que tiene sueldos mayores es Suiza. En fin, a pesar de tener dos hijos, si ya tiene, que tendrá, la casa pagada, y teniendo en cuenta que no se dan caprichos, debería tener una cierta holgura económica. Pero un japonés siempre debe decir que la vida le trata mal, que sufre. No puede decir que disfruta de la vida, que va a hacer un viaje que le apetece. Eso es malo, éticamente es reprobable. Mejor estar aquí, trabajando, con frío, en unas instalaciones cutres. Así estamos en el lado sufriente y no debemos nada a nadie. El famoso guiri o deuda del que hablaba Benedict Ruth realmente está clavado en sus entrañas.&lt;br /&gt;En fin, llegamos a Kani cerca de las siete de la tarde. Al llegar me comenta Chikamatsu algo que no termino de entender sobre el análisis de los datos de medida. No hago comentarios. Según llegamos, dejamos los coches en el taller y yo, digo la frase mágica, otsukare sama desu, lo que digo todos los días cuando a las cinco de la tarde recojo mis trastos y para irme a clase de japonés, y camino rumbo al aparcamiento de bicicletas. Asada y Chikamatsu todavía suben a la oficina. Catorce horas después de empezar una aburrida jornada laboral en sábado. Por lo menos he practicado, y bastante, mi pobre japonés.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114035589169263213?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114035589169263213/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114035589169263213' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114035589169263213'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114035589169263213'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/02/fragmentos-del-diario.html' title='FRAGMENTOS DEL DIARIO'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-114027760619578780</id><published>2006-02-19T00:46:00.000+09:00</published><updated>2006-02-19T00:48:11.980+09:00</updated><title type='text'>La Yakuza de hoy</title><content type='html'>Hace unos cuatro meses, tras una ceremonia que incluía la presencia de policías vestidos de paisano vigilando el exterior del edificio en el que se llevaba a cabo, en Kobe, la Yakuza, la célebre mafia japonesa cambiaba de capo. Al acto acudieron cientos de jefes de bandas contrarias, todos vestidos con quimonos masculinos. Yoshinori Watanabe, experto en literatura china y coleccionista de arte, dejaba el puesto a Kenichi Shinoda, de perfil más violento. De hecho, hace más de treinta años asesinó con una espada al jefe de una banda rival, por lo que pasó algunos años en la cárcel. Entre el depuesto Watanabe y la policía existía un pacto tácito de no causar problemas en Tokio durante las visitas de líderes extranjeros, la celebración de grandes eventos deportivos o en actos oficiales de miembros de la familia imperial. Pero la policía teme que ahora Shinoda no respete ese acuerdo. Según parece, el Kokusui-kai, se ha asociado a Yamaguchi-gumi (el principal grupo de la Yakuza, surgido en Kobe en 1915 y que agrupa en la actualidad,  al 45% de los 87.000 pistoleros detectados por la policía en Japón y que ingresa al año miles de millones de dólares procedentes de la extorsión, el tráfico de drogas, el de armas, el juego, la prostitución, la especulación urbanística y los sobornos en el área de la construcción, día su presencia no se limita a todo el territorio japonés, sino que también abarca parte de Asia y los EE UU). La alianza entre  alianza podría demostrar la intención de Shinoda de aumentar su presencia en Japón. Un Dictamen del Tribunal Supremo japonés emitido en noviembre de 2004 por el cual se hacía responsable legal al jefe de la Yakuza de los crímenes cometidos por sus acólitos permitía a cualquier persona exigirle una indemnización si creía haber sido víctima de alguna de sus operaciones de Yamaguchi-gumi. Desde entonces, el grupo estuvo dirigido por un consejo de 15 shatei o hermanos menores hasta que, Shinoda se convertía en el sexto padrino del centenario Yamaguchi-gumi. Pero probablemente Shinoda irá a la cárcel seis años porque su guardaespaldas llevaba armas sin licencia. La policía teme que su ingreso en prisión desencadene batallas callejeras entre clanes rivales para hacerse con el poder. La policía japonesa, muy criticada por consentir las actividades ilegales de estas organizaciones en el pasado, aplica desde hace 10 años medidas severas a los grupos mafiosos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-114027760619578780?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/114027760619578780/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=114027760619578780' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114027760619578780'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/114027760619578780'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/02/la-yakuza-de-hoy.html' title='La Yakuza de hoy'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113880409190533510</id><published>2006-02-01T22:52:00.000+09:00</published><updated>2006-02-01T23:28:11.946+09:00</updated><title type='text'>De Nuevo en Japón: Fukuoka, Nagasaki y Okinawa</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Nagasaki_167.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Nagasaki_167.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Viernes 30 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer aterrizamos en el aeropuerto de Fukuoka. Corea ya es pasado. El metro nos dejó en la estación de Hakata (antiguo nombre de la ciudad). Estamos en Kyuushuu (la tercera isla más grande de Japón). Tres túneles y un puente colgante la conectan con Honshuu, la isla principal, la nuestra.&lt;br /&gt;El hotel está al lado de la estación de tren. Dejamos las cosas y bajamos a cenar algo, pero apenas tenemos energía para movernos fuera de la estación. En Japón, las estaciones de tren suelen tener una zona llena de pequeños y variados restaurantes. Encontramos uno y nos reencontramos con los sabores de siempre. Siempre es el tiempo que caracteriza a lo que uno alcanza a recordar con cierta intensidad.&lt;br /&gt;Es curioso regresar a un lugar que es extraño y familiar a un tiempo. Los caracteres, aunque indescifrables en gran parte, son más habituales para la vista. El aire, las gentes, todo se torna más conocido. Un hogar provisional. Una primera impresión al pisar las calles de Fukuoka es que las calles son más limpias y están más ordenadas que en Seúl. Nunca he tenido la impresión de que las calles de Japón sean limpias. Quizá se trate del contraste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, hemos renunciado al desayuno, incluido en el precio de la habitación, por tratarse de desayuno japonés. Ya se sabe, el arroz, las verduras, el pescado, el tofu... En fin, demasiado tarde para educar el paladar recién despierto. Hemos tomado un café con un bollo en un Starbucks (aunque no es mi lugar favorito, más de una vez nos ha sacado de un  apuro alimenticio en estos lugares lejanos) y caminamos. Nos dirigimos al templo principal de la ciudad, Kushida  jinja. Las calles, con muchos comercios cerrados, están sorprendentemente limpias. Entonces recordamos una costumbre del país que habíamos escuchado en alguna ocasión. Los tres días antes de Oshoogatsu (nochevieja) se limpian lan casan, las calles, las empresas. Se trata de hacer una limpieza para recibir el año limpios y barrer la mala suerte del año anterior. También se cortan el pelo o se compran ropa nueva para recibir al año entrante. He ahí la explicación.&lt;br /&gt;En un barrio llamado Gion (como el famoso barrio de Kyoto) entramos en un par de templos que la guía ignora. Por fin encontramos el templo de Kushida  jinja. No es espectacular, pero tiene algunos edificios de madera interesantes, así como una espectacular carroza, decorada hasta el delirio, para los desfiles del festival Gion de Yamakasa. Tenemos la suerte de ver un bautizo, en el que solo se encuentran presentes, además del sacerdote y la víctima, sus padres y su hermano. Mientras paseamos, se agradece haber dejado el frío intenso de Corea. Al lado de aquellos días, los cinco grados de aquí son un regalo para el cuerpo. Apenas da tiempo para mucho más. Atravesamos la Kawata Dori, donde me compro un par de tazas para el té, decoradas con kanjis, y regresamos al hotel, cogemos las maletas y vamos a la estación de tren. A la una sale el expreso hacia Nagasaki. &lt;br /&gt;Hicimos bien en reservar los billetes antes de venir. En la zona del anden desde la que se accede a los vagones sin reserva, se agolpa una multitud de gente. En nuestro vagón hay algún asiento libre, pero la gente, viajando de pie, no entra en el vagón. A pesar de que lo que mejor describe la situación de los “sin reserva” es de hacinamiento. Son de un escrupuloso que llama la atención. Una mujer espera pacientemente a que llegue el revisor para comprar la reserva y solo entonces se sienta en el asiento. Eso es inconcebible en otras tierras.&lt;br /&gt;El tren avanza hacia el sur. Un terreno llano, con montañas en la lejanía. Dos horas tranquilas, en las que devoramos unos bocadillos sabrosos del, otra vez, Starbucks. El tren, con suelo de madera  y asientos de cuero, es de una de las muchas compañías privadas que operan en Japón al margen de la Japan Railways. El viaje nos da la oportunidad de permanecer sentados dos horas, de charlar y disfrutar del paisaje. Que no está mal.&lt;br /&gt;A las tres de la tarde el tren se detiene en la estación de Nagasaki. Es uno de esos nombres que a uno se le introducen en la cabeza unidos a la terrible explosión de la bomba atómica, de modo que bajarse del tren y saber que se está en esa ciudad mítica de la geografía de la infancia produce una extraña y absurda sensación de excitación. &lt;br /&gt;El hotel, el mejor de Nagasaki según la guía Rough, se encuentra cerca de la estación. Y no está nada mal. Dejamos las maletas y, curiosidad ―siempre la maldita curiosidad― obliga, caminamos por las calles de la ciudad recién conquistada. Vamos hacia el sur. Según el plano que manejo, la ciudad, incrustada en un valle por el que se introduce el mar, tiene una forma alargada, de norte a sur. Al lado de la terminal de ferrys hay un centro comercial con una librería en la que se pueden encontrar libros en inglés. Entramos y compramos unos cuantos. Mamen un par de novelas. Yo compro The Japanese Mind, que analiza la mentalidad japonesa en contraposición con la occidental y Diplomacie, un grueso volumen de Henry Kisinger, con las memorias de este personaje, un tanto oscuro, pero que observó el mundo desde una privilegiada posición a partir del final de la segunda guerra mundial. &lt;br /&gt;Se puede pasear junto al mar, cosa que llama la atención en este país. Incluso hay un par de restaurantes con terrazas. Uno de ellos, un restaurante español con la bandera y todo, ha sido bautizado con el nombre de Cancún. Al lado encontramos el Nagasaki Sea Side Park. Un parque donde la gente ejercita el ocio, algo que parece tabú en este país. Un lugar agradable y bien cuidado desde el que ver la otra orilla, en la que se construyen unos gigantescos barcos blancos y azules. Los reflejos del sol, cayendo sobre el mar, dulcifican al ambiente. Anochece mansamente mientras caminamos hacia el interior. La temperatura baja y las luces de la ciudad le dan otro color diferente a las calles.&lt;br /&gt;Históricamente, Nagasaki se ha caracterizado por dos hechos notables. Primero, por haber sido el único puerto abierto a los extranjeros en la era Tokunawa, durante unos doscientos años. Al principio llegaron portugueses y chinos. Los primeros misioneros cristianos parece que tuvieron éxito en su labor apostólica y ello origino el temor del Shogun. Se les persiguió y muchos tuvieron que huir. En Macao se encuentran rastros de muchos de estos huidos, a comienzos del siglo XVII. Cuando a los portugueses se les vetó el acceso del puerto, solo se quedaron los holandeses. Fue entonces cuando Japón se cerró al mundo y solo estos holandeses, confinados en la isla de Dejima, traían libros y conocimientos occidentales al cerrado mundo de los samurais.&lt;br /&gt;El segundo hecho destacado ocurrió el 9 de agosto de 1945 a las once y dos minutos de la mañana. Una bomba atómica explotó en el barrio de Urakami, a quinientos metros de altura. La devastación fue total, brutal, en varios kilómetros a la redonda. En los primeros días después de la explosión se contabilizaron más de setenta mil muertos. Otros tanto fallecieron con el tiempo, víctimas de las heridas y de la radiación.&lt;br /&gt; La primera parte de la historia de Nagasaki marca el recorrido de esta tarde de finales de diciembre. Subimos hacia el Glover Garden, un lugar donde el estilo europeo de los comerciantes da un exotismo curioso. Antes pasamos por delante de la iglesia católica de Ooura, construida por misioneros franceses. El Glover Garden ya está cerrado, así que callejeamos sin rumbo, hasta que el hambre impone una meta.&lt;br /&gt; Encontramos un curioso hotel de aspecto portugués y comida mestiza. Servicio impecable, comedor con un punto de decadencia controlada, casi encantadora. Reponemos fuerzas mientras comentamos lo que hemos visto de la ciudad.&lt;br /&gt; En el camino de vuelta al hotel, volvemos a pasar por la librería de los grandes almacenes. Mamen compra alguna novela más y yo un libro de gramática japonesa que me parece puede ser útil. &lt;br /&gt; Me prometo a mí mismo no volver a comprarme un libro durante el año próximo. Mamen encuentra idiotas estas promesas, pero yo creo que el desequilibrio entre lo que compro y lo que leo es igualmente absurdo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Nagasaki_145.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Nagasaki_145.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Sábado 31 de  diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Último día del año que es recibido con un desayuno formidable en el hotel. Pienso: esto sí que es levantarse con alicientes. En este caso salir a descubrir un nombre mítico, parte de un país cada vez menos misterioso, pero todavía desconocido en gran parte.&lt;br /&gt; Tomamos el tranvía hacia el norte. Caminamos por el Parque de la Paz. Una escultura, un poco horrible, cuyo sentido hay que desentrañar con ayuda de la guía, conmemorativa del horrible momento, al final de unos jardines donde hay esculturas con placas donadas por diversos países. Un  poco más abajo, camino del Museo de la Bomba Atómica, está el parque del Epicentro. Una columna, adornada con múltiples lazos de colores, recuerda el lugar donde la bomba explotó, a quinientos metros de altura, para potenciar el efecto destructor. Se me encoge el corazón cuando pienso dónde estoy, cuando recuerdo lo que sé sobre esta bomba. Las imágenes que tantas veces he visto en la televisión. La última vez que estuve en Madrid tuvimos la suerte de ver un reportaje en la televisión sobre la bomba atómica. Se hablaba de la posibilidad de usarla finalmente o no. Incluso de lanzarla en un lugar poco poblado, para mostrar a los fanáticos japoneses que gobernaban el país la potencia mortífera del arma sin necesidad de causar una carnicería innecesaria. Y no solo a los japoneses. Parece que también se quería mostrar el nuevo poder destructor a los acechantes soviéticos. Muchos americanos están convencidos (es lo que yo escuchaba de pequeño) que gracias a la bomba atómica se ahorraron muchas muertes y se terminó la guerra antes. Hoy tengo mis dudas de esas afirmaciones que encubren algo muy grave. Cientos de miles de muertos en Hiroshima y Nagasaki exigen una explicación. Aunque se trate de los derrotados. La guerra estaba perdida para Japón, que no tenía armada, que ya sabía que se luchaba en su suelo (en Okinawa) y que no tenía ni combustible para su ejercito. Pero los rusos querían su parte del pastel y parece que nada mejor que explicar a Stalin que Japón quedaba bajo la esfera de influencia de los aliados (la Unión Soviética declaró la guerra a Japón entre la primera y la segunda explosión atómica) y mostrarles los resultados finales del proyecto Manhattan. No se trata de antiamericanismo; se trata de no aprovechar una guerra salvaje, larga y cruel, para permitir que todo valga y no poder exigir responsabilidades al vencedor.&lt;br /&gt; El museo está cerrado. Afortunadamente abren mañana. Tomamos el tranvía y nos acercamos al centro de la ciudad. El día, grisáceo y algo desapacible, amenaza con romper a llover de un momento a otro. Las calles están bastante solitarias y ello contribuye, igualmente, a dibujar la ciudad con un tono melancólico, casi triste.&lt;br /&gt; Dirigimos nuestros pasos al barrio chino. Pero antes entramos en lo que queda de la isla en forma de abanico de Dejima. Ahora está integrada en tierra firme, pues se ha ido ganando terreno al mar. Dentro se han reconstruido algunas de las casas de los comerciantes holandesas y se puede ver una enorme maqueta que representa el estado de la isla cuando era operativa. Comemos en el barrio chino, un poco experimental. A la salida, llueve. Compramos un paraguas en una tienda de todo a cien yenes. Para mí, no hay nada más efímero que un paraguas. Desde que nos vinimos a vivir a Japón, este es el octavo paraguas que compro. Y no conservo ningún otro (me molesté en hacer el recuento al salir de la tienda). Cuando era joven y vivía en casa, mi madre prefería que me comprase ropa de abrigo con capucha a que anduviese perdiendo paraguas todo el día. &lt;br /&gt; Caminamos hasta llegar a Sofukuji, un templo chino zen al que se accede por una puerta roja. Dentro, varios edificios con figuras de Buda. Reconozco que no me causa una especial emoción. Tal vez son ya tantos templo, que éste, no especialmente grande, no me llama mucho la atención. Por otro lado, la lluvia y la humedad hacen poco agradable la estancia. El templo es una prueba más de los intensos contactos de esta ciudad con China. Algunos elementos de este templo fueron transportados desde China para ser montados aquí. Seguimos caminando por una calle, Teramachi dori (calle de los templos) donde abundan los templos. Solo queremos visitar uno más, el de Kofukuji, antes de retirarnos al hotel a descansar un poco para poder pasar la última noche del año como hacen los japoneses.&lt;br /&gt; Kofukuji es más interesante. Se accede subiendo unas escaleras. Templo zen chino de principios del siglo XVII, nos recibe en soledad. Realmente a esas horas, hacia las cuatro de la tarde del último día del año, poca gente vemos por la calle. Pocos comercios abiertos. Una explanada de hierba bien cuidada con unas palmeras poco esbeltas le otorgan un aspecto tropical que el día enturbia. Podría parecer el patio de una casa colonial. Por ejemplo. Aparte de los edificios dedicados al culto y las figuras religiosas, me llama la atención el Belfry, un torreón, separada del resto de edificios, en cuyo interior hay una campana. El torreón es  cerrado, de dos pisos, y se puede ver un  poco de su interior a través de la puerta de acceso, cerrada.&lt;br /&gt; Regresamos al hotel. La ciudad sufre del urbanismo atroz que ya hemos visto en Japón. La mayoría de los edificios son feos, con todos los cables del tendido eléctrico y del teléfono colgando por fuera. Los edificios no respetan ni los materiales, ni la altura, ni las proporciones de los vecinos. Cantidad de cajas metálicas de aire acondicionado, de conductos, tuberías, incluso depósitos de agua son visibles. Pero hay algo más de armonía en esta ciudad que en otras japonesas que hemos visitado. Claro está, que el hecho de que se hayan dejado la piel haciendo una limpieza que no hacen el resto del año, contribuye a mejorar la imagen. Limpieza quiere decir que cuando uno camina y pasa junto a un garaje de una casa, no está todo lleno de cajas, objetos viejos inservibles, bolsas de plástico, hierros oxidados. Todo ello, junto a una jardinera de plástico de la que brota alguna flor. No. Solo están las paredes, el suelo. Y poco más.&lt;br /&gt; Descansamos un rato en el hotel. Es una habitación muy agradable y silenciosa, que da a una calle principal. Con los años voy sintiendo la importancia de tener un entorno agradable a mi alrededor para poder sentirme bien. Es condición necesaria, aunque no suficiente. En el hotel hay muchos empleados, muy atentos. Esto es algo muy común en Japón. Cuando bajamos, ni siquiera nos tenemos que mover por el amplio hall para dejar las llaves en recepción. Una amable empleada nos aborda al salir del ascensor y con ese gesto educado que tan extendido está entre la gente que trabaja de cara al público y una sonrisa memorable, nos recoge la llave.&lt;br /&gt; Cenamos en la estación, en un local poco japonés. Nos sentimos un poco saturados de la comida oriental. Hay bastante gente cenando esta noche: parejas, amigos, incluso hay alguien que comparte un poco de su soledad con los camareros, con los demás comensales. A eso de las diez y media salimos a buscar un templo para pasar la nochevieja, tal y como hacen los japoneses. Caminamos un poco y encontramos el monumento a los Veintiséis Mártires. Se trata de los primeros mártires cristianos de Japón, crucificados en 1597. &lt;br /&gt; Nos dirigimos hacia la calle de los templos y en el camino encontramos un grupo de gente con linternas que van vestidos iguales. En España uno pensaría que son de alguna peña, pero aquí, uno no sabe qué pensar. Les seguimos y al poco vemos que se junta más gente a la comitiva. Nos apartamos de la calle principal y tomamos una más secundaria. Cada vez se ve más gente caminando dirigiéndose al mismo punto. Dejándonos arrastrar por la multitud, por esa intuición de la masa, nos vemos en las escaleras de entrada al templo sintoísta de Suwa, el santuario principal de Nagasaki, fundado en 1625 para contrarrestar el peso creciente del cristianismo. Un grupo de policías vigila que nadie suba las escaleras, y en la explanada donde estamos cada vez se congrega más gente. Al final de la larga escalinata de piedra, arriba, se ve la puerta principal de acceso. Hay más gente que de vez en cuando mira hacia abajo, hacia donde estamos nosotros&lt;br /&gt; La gente habla, pero con discreción. Tan solo un grupo de jóvenes alborota, y no demasiado. A las doce de la noche, suena la campana del templo. Ciento ocho campanadas para alejar las otras tantas debilidades humanas y ya estamos en 2006.&lt;br /&gt; Pasado un rato nos dejan subir. Al llegar arriba, hay otro retén de seguridad que impide subir un corto trecho de escaleras que nos separa del templo propiamente dicho. Pero lo podemos ver. Mucha gente  se agolpa frente al mismo. Creo que rezan, pero no lo sé. Antes de subir nos acercamos a un puesto servido por jovencitas vestidas de blanco que venden Sake dulce, amasake. Se trata de una bebida no alcohólica, según me explican y caliente con trozos como de leche cuajada flotando. Con el frío de la noche, entra muy bien en el cuerpo. Nos hacemos una foto con ellas y cuando podemos, subimos al templo propiamente dicho. Ellos, los autóctonos, parece que realizan  una oración, y echan monedas. También compran papeles que se venden doblados y que parece tienen que ver con la suerte del año venidero. Salimos por un lateral, pues sigue subiendo gente al templo. Allí la gente se agolpa a beber sake en unos platitos diminutos. Una mujer de mediana edad nos acerca un par de platos. Nos dice algo en inglés. Bebemos. Cuando vamos a devolver los platos nos dice con un gesto de complicidad que no, que no hace falta. Creo que ella ha bebido bastante. Le devolvemos la complicidad con una sonrisa y me guardo los platos en el bolsillo del abrigo, dejando un rastro húmedo en la tela. Luego, cuando se ha ido, los devuelvo. Lo juro. Caminamos, ya para ir saliendo del templo. Hay muchísimos puestos donde se venden de todo: desde cosas para comer  o beber, hasta artículos de electrónica. Como parece que no podemos salir por donde hemos entrado, tenemos que pasar delante de todos los puestos para poder salir. Como las tienda de Ikea que tanto detesto, aunque reconozco que tienen cosas útiles y a buen precio.&lt;br /&gt; Regresamos caminando al hotel. Mucha gente por la calle, pero no me da la impresión de que la celebración vaya mucho más lejos. Tampoco conozco los bares y los locales de ocio de la ciudad. Nosotros nos retiramos, que mañana seguimos ejerciendo de turistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Nagasaki_31.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Nagasaki_31.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Domingo 1 de enero de 2006&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Primer día del nuevo año. El año pasado, por estas fechas, estábamos en Perth. Y fuimos a la playa. Este año, el primer día del mismo, del año en que termina el contrato de expatriado, visitamos, por fin, el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki. Antes de entrar en el comedor para desayunar, me dan un platito con sake y un trozo de pescado seco incomible, que disimulo con los restos del desayuno. He terminado el año y empezado el nuevo con sake. Cuando desayuno, a eso de las nueve de la mañana, pienso que en España acababan de tomar las uvas cuando yo me estaba despertando.&lt;br /&gt; El museo. La impresión es dura. Aunque uno ya sabe que no va a visitar un lugar muy agradable, el mal cuerpo se instala con perseverancia. Después de bajar por una rampa en espiral donde la luz del día entra a través de una claraboya, de repente entra uno en una sala oscura. El sonido, siniestro, de un reloj, acompaña desde el comienzo. Y muchas imágenes, recuerdos, fotos. Algunas películas grabadas justo después del momento de la explosión. Uno empieza a sentir el dolor de los que cayeron, la angustia de los supervivientes. Muchos de ellos, horriblemente quemados, solo pedían agua, trataban de llegar al río para beber y morir allí. Se explica como el ingenio humano se puso (y se sigue poniendo) al servicio de la destrucción y de la muerte de los demás. &lt;br /&gt;Me interesa especialmente conocer cómo se explica la explosión de la bomba y cómo se sitúa en el contexto de la historia mundial. La guía Rough destaca del museo lo equilibrado de su enfoque. Hay un panel informativo que explica los hechos que condujeron a la explosión. Empieza con el plan norteamericano de construir una bomba atómica, el desarrollo del proyecto Manhattan y la elección de una serie de ciudades como posibles objetivos. Un poco demasiado focalizado en el hecho y no en las circunstancias. &lt;br /&gt;Cuando llega la zona donde unos videos recogen los testimonios de los supervivientes, paso de largo. Justo a la salida de esta sala, oscura, como todas hasta aquí, se encuentra otro gran panel informativo que se remonta a los años de la guerra con China, de la invasión de Manchuria y otras tropelías cometidas por el militarismo japonés. Se trata de un panel que no logro entender, pues no tiene más que un par de hitos escritos en inglés, pero adivino que contextualiza un poco más el hecho. Aún así, en un museo con tanta información en inglés, no encuentro razonable que un mural tan grande, con información tan significativa para entender que hay alrededor de todo esto, no se encuentre traducido.&lt;br /&gt;Al final se recoge información sobre la escalada armamentística. Un video muestra las pruebas con bombas nucleares (subterráneas, submarinas o al aire libre) llevadas a cabo, por Estados Unidos principalmente, pero también por la Unión Soviética, Francia y Gran Bretaña. Del orden de 2.000 explosiones han sacudido nuestro planeta. En algunos casos, han dejado secuelas en habitantes de zonas cercanas o soldados implicados en los ensayos. Abandono las salas y entro en la pequeña tienda del museo. Compro The Bells of Nagasaki, escrito por el doctor Takashi Nagai. Este hombre perdió a su mujer en la explosión y se dedicó a ayudar a los supervivientes hasta que la leucemia, contraída antes de la explosión terminó con su vida. También compro un libro que habla del relato de unas jóvenes colegialas supervivientes de la explosión. Espero leérmelo cuando pase el tiempo.&lt;br /&gt;Nunca una promesa de fin de año me ha durado tan poco.&lt;br /&gt; Me siento en la cafetería del museo y ojeo la guía para ver hacia dónde podemos ir después de esta visita. Pienso, aprovechando esta pausa solitaria, en la cantidad de cosas que hemos visto estos días, en los kilómetros pateados, en tren, autobús, en lo que se queda atrás pero que ha dejado una huella dentro de nosotros. Afortunadamente todavía queda una semana de vacaciones.&lt;br /&gt; Cuando Mamen termina su visita salimos y vamos en tranvía hacia el barrio chino. Comentamos lo que hemos visto, lo que nos ha impresionado, lo que nos parece. Enriquece mucho viajar con alguien.&lt;br /&gt; Desde el barrio chino subimos al Hollander Slope, una calle en cuesta donde abundan las construcciones de los holandeses, hoy rehabilitadas como museos. Aunque están todas cerradas. El sol se termina de situar en el centro de un cielo azul intenso. Desde la altura que dan las terrazas de las casas, se divisa la ciudad y una cosa que llama la atención: los tejados de cinc amarillo de un templo chino confucionista. &lt;br /&gt;Bajamos hasta allí. Se trata del Kooshi-byoo. Según leo en la guía, los terrenos sobre los que se asienta estos recintos pertenecen a China y están administrados por la embajada de Tokio. Se paga la entrada de rigor y se encuentra uno en una pequeña explanada con un jardincillo muy trabajado. Otra puerta, está más grande e imponente que la de entrada al recinto, y se llega a un patio donde setenta y dos discípulos de Confucio, tallados en piedra, se encuentran alineados, en diferentes actitudes, aunque la mayoría de ellos parecen meditar. Los edificios son de un rojo intenso, casi agresivo, pero alegre. La luz del día juega a crear sombras bien contrastadas. Un regalo para la vista.&lt;br /&gt;El lugar, se ha convertido en un Museo de Historia China. De hecho, ya desde su construcción se empleó para la educación de la comunidad china asentada en la ciudad. Lo que, adivino, debía ser el santuario central, es ahora un lugar de exhibición de objetos antiguos en el que muchos paneles informativos, también en inglés, nos hablan de las andanzas de los discípulos de Confucio. &lt;br /&gt;Al fondo hay un edificio, de corte más moderno, donde se pueden contemplar bastantes objetos de arte chino. Se explica un poco la historia de las dinastías chinas y de sus logros culturales. Se exponen algunos inventos chinos, como un modelo del primer sismógrafo del  mundo, y unas fotografías de diferentes lugares de la geografía china que abren el apetito viajero. Una tienda en la que aprovecho a comprar te de jazmín cierra esta visita.&lt;br /&gt;El confucionismo dejó mucha huella en la cultura japonesa, como recuerda la hoja amarilla escrita en inglés que nos entregan al pagar la entrada. Menciona el amor filial, que ha dejado una honda huella en este país, en el que los ancianos son respetados aunque sean unos impresentables, en el que es condición necesaria, aunque no suficiente, tener una cierta edad para alcanzar un buen puesto en una organización, en el que los hijos se llevan a los padres a vivir con ellos cuando se casan, haciéndoles la vida un poco más difícil a las sufridas mujeres japonesas.&lt;br /&gt;Salimos del templo. Fuera, ondean dos banderas: la japonesa y la china. Una al lado de la otra. Silenciosas, sin aspavientos. Ligeramente agitadas por una brisa casi imperceptible. No puedo evitar hacer una foto. Curiosa, creo.&lt;br /&gt;Nuestros pies, cansados, se dirigen hacia el hotel. De camino volvemos a refugiarnos en un Starbucks y tomar unos bocadillos (con un pan que recuerda al chapata) de jamón y queso. Creo que necesito desintoxicarme de los sabores asiáticos por un tiempo. Mucha gente que aprovecha la pausa del domingo, del año nuevo, para comprar y tomarse un café. Me siento muy cansado y me empieza a molestar un poco la garganta. &lt;br /&gt;Seguimos rumbo al hotel. Las parejas pasean, las familias llevan a sus hijos al parque, junto al mar, para que puedan desfogarse antes de empezar a meterse en las ajustadas pieles de los ciudadanos japoneses. Recogemos las maletas en el hotel y nos dirigimos a la estación. La ciudad ya no es esa desconocida que nos acogió hace unos días. La ciudad nos ha dejado un poco de su aroma, de su esencia cosmopolita impregnando nuestras pieles curtidas por el frío. Nosotros hemos dejado unos cuantos yenes y algunas palabras intercambiadas con algún lugareño. Todo ello se irá desvaneciendo conforme el invierno vaya siendo arrinconado por la primavera y los días se esfumen detrás de las montañas azules. En la estación encontramos mucha gente que regresa a Fukuoka. La tregua de las vacaciones se repite también aquí.&lt;br /&gt;Llegamos  las ocho de la tarde a Fukuoka. Me encuentro mal  y la garganta me molesta cada vez más. No obstante, voy a dar un paseo para ver la zona del río, iluminada de noche. Craso error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/1okinawa%20043.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/1okinawa%20043.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Martes 3 de enero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ayer no fui capaz de escribir nada en mi diario. Ayer fue un día para olvidar. Pase la noche con fiebre, flemas, sed, escalofríos y apenas pude dormir. La fragilidad humana. Al despertarme, ya tenía claro que me había cogido un catarro. A pesar que desde que abandonamos Corea la temperatura mejoró, creo que el cansancio acumulado ha ido dejando a mi organismo más debilitado frente a virus y otras inmundicias que flotan en el aire. Con grandes esfuerzos logré llegar al aeropuerto. Me tome una de las pastillas contra el catarro que llevábamos, pero no notaba mucha mejoría. Desayunamos en la terminal doméstica del aeropuerto de Fukuoka, que me resultó demasiado japonesa. Enfrente de la puerta de embarque, unos terminales de ordenador permiten consultar internet. Mi padre me escribe desde España. Me cuenta que va a ir a Galicia, lo mucho que le gusta Santiago de Compostela. Será que a ciertas edades aparece la atracción por las raíces con más intensidad. A pesar de que comenta la envidia que le dan nuestros viajes exóticos, a pesar de que a mí me fascinan, a veces me descubro fantaseando con caminos y pueblos castellanos. Aunque soy de Madrid, debo tener raíces sentimentales en Soria. Y en la sierra de Guadarrama, por supuesto. A pesar de que me ha resultado una grata sorpresa para la vista los palacios y templos visitados en Corea, de vez en cuando vienen a mi cabeza los recuerdos de las catedrales góticas, de los monasterios medievales. El encanto de lo local, cuando no embrutece, cuando no se cae en el fanatismo y la exclusión, también me subyuga. Quizá la fiebre me lleva a los límites de mi pensamiento.&lt;br /&gt;En el avión pude dormir y si encontré un poco de tregua en la lucha del cuerpo contra los invasores. Menos mal que al llegar a Okinawa no teníamos que pasar ningún control de aduanas, pues en Asia siempre le miran a uno la temperatura cuando llega de otro país, y estaba claro que llevaba la fiebre conmigo.&lt;br /&gt; Lamentablemente no disfruto la llegada al aeropuerto de Naha. Solo quiero llegar al hotel y meterme a dormir. Aunque la temperatura es agradable, en torno a veinte grados, necesito ir bien abrigado. Cogemos el coche de alquiler (afortunadamente Marisa logró encontrar en casa el carné de conducir y enviarlo a la agencia de Nipon Rent a Car de Naha) y tomamos la ruta 58 rumbo al norte. ¡Cómo lamento estar tan débil, tan poco ilusionado ahora que me encuentro, por fin, en esta isla!&lt;br /&gt; Solo recuerdo muchas bases militares americanas, algo de tráfico y un cielo que se nubla, pero poco. Paramos a comer algo de camino. El hotel está a algo más de una hora, al norte, pasada la base aérea de Kadena. Se encuentra junto a una pequeña playa. Me encierro en la habitación, me meto en la cama con la calefacción y no salgo hasta el día siguiente. Me cuesta dormir, pero a ratos lo logro. Por la noche Mamen me sube un par de yogures y algunas galletas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Hoy me he encontrado mejor. No tenía fiebre ni malestar. Quizá han sido las pastillas. El día amanece alternando las nubes con momentos de sol poderoso. Uno siente la felicidad que da el conquistar, precariamente la salud. Aquello que normalmente se da por descontado, en lo que no se repara, cuando se siente deteriorado adquiere otra valoración alcista. El desayuno, viendo el mar, es muy agradable. Se ven dos líneas de olas. Una, rompiendo en la playa. Otra, más lejana, donde el mar rompe contra los arrecifes, donde empieza el coral y el mar adquiere ese color verde esmeralda. Algunos windsurfistas con trajes de neopreno han comenzado ya a meter sus tablas en el agua. La playa del hotel tiene palmeras y algo de hierba alrededor. Un poco artificial, pero rezuma el subyugante néctar de las vacaciones por todas partes. Se siente el ocio y el verano. &lt;br /&gt;Un poco tarde, salimos con el coche. La ruta 58 sube hasta el extremo norte de la isla. Es una alegría ver el mar, sentir esa vasta extensión de agua sin urbanizar, apenas conquistada por los ferrys y los cargueros. El sol, cuando vence las débiles nubes, se refleja con limpieza sobre sus líneas vacilantes. Paramos un par de veces y nos sentamos junto a la orilla, solo para mirar esa grandeza monstruosa, escuchar ese susurro que habla del tiempo en un lenguaje que apenas llegamos a entender pero que nos estremece. Un agua tremendamente cristalina. Es una alegría que las casas escaseen, que ese abigarramiento, en ocasiones alcanzando la horterada más abyecta que caracteriza el urbanismo medio japonés (Japón no solo está construido a base de templos budistas con jardines zen, ni castillos esbeltos, ni preciosas casas de té) desparezca de nuestra vista. Naha, ahora lo recuerdo, era un “pasar lo más rápidamente posible y dejarlo atrás”.  Al llegar a Nago, una ciudad no muy grande, abandonamos la 58 y tomamos una ruta hacia la izquierda, para visitar la península de Motobu. Comemos en un restaurante pequeño, con vistas al mar. Sowa de Okinawa (con carne de  cerdo y poco sabor) y Giotza (carne picada húmeda envuelta por masa flácida). Lo dicho, quiero aparcar, en la medida de lo posible, la comida asiática. Mamen, en cambio, parece que acierta con un pescado bien preparado. De postre un keeki, un pastel y un café que equilibran los sabores.&lt;br /&gt;Paramos en alguna costa de rocas que nos sale en el camino. Cogemos conchas y trozos de coral petrificados. Es una cosa que me relaja. Recuerdo haber hecho esto en muchos lugares. Creo que es una actividad que si me diese dinero, me gustaría realizarla durante algún tiempo. Pasear por una playa silenciosa, bajo un sol eternamente radiante, escuchar las olas romper mientras busco con los ojos caracoles, estrellas de mar, fragmentos de coral... Guiado únicamente por la necesidad de belleza creada por la naturaleza. En  estas playas japonesas hay que esquivar latas, trozos de plástico, de cubiertas de coche, fragmentos de electrodomésticos, etc.&lt;br /&gt;Cerca del cabo Bisezaki caminamos junto al mar. Hay algunos grupos de personas que también perfilan su tiempo libre en esta playa tranquila. El cabo es una isla separada de donde nos encontramos por unos metros de agua inquieta. Si hiciese más calor, con mojarse hasta las rodillas, se podría llegar al promontorio y caminar hasta donde se encuentra el faro. No es el caso.&lt;br /&gt;Seguimos con el coche hasta las ruinas de Nakijin-jo. Se trata de un antiguo castillo de los tiempos en que estás islas estuvieron unificadas bajo el reino de Ryu Kyu, antes de ser anexionadas por los guerreros de Kagoshima. Con la restauración Meiji, las islas pasaron a ser una preceptura de Japón y se procedió a su niponización. Este castillo, del que se conservan unas largas murallas y poco más, está situado en un alto, rodeado de una vegetación exuberante y unas bonitas vistas sobre el mar. Silencio y tranquilidad. El sol se oculta lentamente. Aquí, a pesar de tener la misma hora que en el resto de Japón, por su latitud, anochece casi a las seis de la tarde. &lt;br /&gt;Terminado el paseo, tomamos el coche y regresamos al hotel. Ha sido un día tranquilo en el que no hemos visto ni un solo templo budista o sintoísta, y si muchas tumbas de piedra, con una forma curiosa, como si se tratase de entradas a pequeñas grutas, algunas situadas cerca de la carretera. Son construcciones que nunca antes habíamos visto en Japón.&lt;br /&gt;Es más reposado ir en coche, sin necesidad de cargar con la mochila todo el día, sin tener que andar pendientes de horarios ni esperas, pudiendo parar donde uno quiere. Desde luego que para visitar esta isla, moverse en autobús, la guía Rough hace el mismo comentario, limitaría mucho las posibilidades. Mi cuerpo, algo debilitado por el catarro, con la garganta irritada y una tos que parece querer descomponerme en elementos infinitesimales, agradece el caminar menos. &lt;br /&gt;A la hora de cenar, esquivamos los restaurantes del hotel  y salimos fuera. Poca cosa. Hay un restaurante de tepan yaki (comida a la plancha que preparan a la vista de los comensales) donde cenamos un menú abundante, aunque no muy barato. Es un lugar oscuro, de una decoración abigarrada, rozando lo hortera y lo pintoresco, según que rincón se elija. Típica del gusto japonés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/okinawa%20012.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/okinawa%20012.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Miércoles 4 de enero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  Hoy el cielo está mucho más decidido a acompañar nuestro viaje. El sol se impone. El aire está tibio. Pero mi cuerpo no responde como ayer. Me encuentro mucho peor, con un malestar que me fastidia. Aun así, decidimos salir para continuar explorando la isla. Tomamos, de nuevo, la ruta 58 hacia el norte, pero esta vez ignoramos la península de Motobu y durante un buen trecho nos vemos obligados a renunciar a conducir al lado del mar. Pasado Nago, encontramos, a la izquierda, la isla de Yagachiyima. Dos puentes, conectados por una diminuta isla intermedia, permiten acceder a esta isla. Paramos el coche para pasear por una playa solitaria y, normal en Japón, algo sucia. Un local, cerrado, de barcas de remo, nos recuerda que en verano la zona debe estar más animada. En conjunto, la isla y la península de Motobu se recogen y crean una especia de mar interior donde apenas hay oleaje, donde el agua es serena como en un enorme lago. Caminando, siento que mi cuerpo no está para muchas hazañas. Es algo triste, cuando no me está permitido quedarme en esta isla todo el tiempo que desee, pero tengo que resignarme. La garganta me duele bastante cuando trago saliva.&lt;br /&gt; Pero conduciendo, de nuevo hacia el norte, parece que el malestar remite. En una de las paradas que hacemos a contemplar el agua del mar en sus indecisos movimientos, a recoger conchas, me encuentro algo  mejor. Comentamos, coincidimos, en que en esta isla las cosas son bastante diferentes al resto de Japón que conocemos. Aquí, donde hay pocas casas, las construcciones son diferentes, la vegetación es tropical, los rostros de la gente son de otro tipo. El mar sigue rompiendo lejos de la costa. Lástima no poder bañarse con este catarro. Aunque la temperatura tampoco es como para pedir a gritos un chapuzón, el agua no está fría.&lt;br /&gt; Vamos rumbo al cabo Hedo (Hedo misaki). Poco antes de llegar, vemos una carretera que sube a nuestra derecha. Parece tener buenas vistas, así que con ayuda del navegador del coche buscamos su inicio y ascendemos por un  asfalto estrecho, poco serio. Arriba, un aparcamiento, unos baños, y unos caminos ganados a una vegetación tropical, nos proporcionan un agradable momento de paz. Abajo, el mar rompe contra las rocas y nos llega un rumor casi mortecino. Nos quedamos un rato, subyugados por la belleza de la luz del sol, reflejada en el agua. Es difícil describir algo así con palabras, cuando parecen no parecen éstas sino repetirse sin llegar a transmitir la belleza, la serena y relajante escena que traspasa los textos y las fotos que intentan atraparla.&lt;br /&gt; Seguimos hasta llegar al cabo. Un aparcamiento, unos puestos de Udon y Ramen. Poca gente. Un paisaje de rocas puntiagudas. Unos senderos que conducen a un mirador desde el que se ve la furia del agua desahogarse contra las rocas. Es un espectáculo fascinante. Me tiene cautivado durante un buen rato. No puedo dejar de ver esas montañas efímeras de agua finamente pulverizada, que vuelven a caer en el reflujo de las olas y se dispersan. Ese bramido de rabia que nos alcanza y nos empequeñece. El mar golpea con ira, sin descanso. Retrocede, hincha su pecho de espuma y finas ondas con orgullo para volver a embestir de nuevo contra la tenaz roca de la costa. Un combate sin reposo. Nuestra presencia, nuestras vidas apenas contienen unos diminutos granos arrancados las masas rocosas asediadas. Regresaremos a nuestra casa japonesa, más tarde volveremos a España, trabajaré, me jubilaré, moriré y estas rocas seguirán sufriendo los golpes incansables de un mar cuyas olas esconden bajo sus crestas perfectamente curvadas un color azul verdoso de una belleza apetecible.&lt;br /&gt; Un autobús atiborrado de turistas japoneses entra en el aparcamiento cuando abandono el mirador. Una pareja se acerca. Ella no deja de mirar el móvil, no sé bien para qué. El camina delante, mirando hacia el suelo. En ese momento comprendo que nunca entenderé a los japoneses. Sobre todo, nunca sabré qué es lo que le piden realmente a unas vacaciones, al tiempo libre. ¿Les educaran al respecto? ¿Desean tener vacaciones? ¿Saben qué hacer con los minutos en los que nadie les va a pedir cuentas de lo que hagan?&lt;br /&gt; Las puertas del autobús se abren. Un par de mujeres de mediana edad saltan a tierra, como si de un asalto se tratase, para ponerse en primera fila de las explicaciones de la guía. Ésta, una mujer impecablemente trajeada, con medias blancas y zapatos de tacón, guantes blancos, camina con paso vacilante sobre la tierra sembrada de piedrecitas.&lt;br /&gt; Con el coche bajamos hasta un pueblo de pescadores pequeño, Oku. La guía habla de sus tejados tradicionales, típicos de la isla, con techos bajos de cinc, que casi quedan a la altura de los muros que marcan los límites del terreno. Pero no me fascina mucho. Además, la poca gente del pueblo parece estar de funeral. Lo que sí me ha gustado ha sido la carretera que nos ha traído desde el cabo hasta el pueblo. Se mete por el interior y uno recuerda esos paisajes tropicales del norte de Australia, en la costa este. Una vegetación frondosa, espesa, casi misteriosa. Una carretera en la que apenas encontramos un coche.&lt;br /&gt; Seguimos viaje. La tarde se va extinguiendo y hacemos una ultima parada en una playa. No tiene ni lugar para aparcar. No hay nada creado por el hombre salvo las basuras de rigor. No muchas, pues poca gente andará por aquí. Es más, es posible que sean porquerías que escupa el mar. El agua es de una belleza deslumbrante. Unas rocas, horadadas, dibujan un perfil de costa sugerente. Recogemos alguna que otra caracola para nuestra colección. Me siento sobre unas rocas mientras Mamen sigue enfrascada en su búsqueda de restos de coral. Pienso, mientras veo el agua acercarse a la orilla para luego recogerse, que me parece lógico que la filosofía surgiese junto al mar. No tanto por la influencia de ideas contenida en los barcos de los comerciantes, sino por el mensaje de eternidad escrito en los efímeros caracteres de espuma con que se acerca a la tierra.&lt;br /&gt; La oscuridad se va adueñando de las formas, escamoteando el perfil de todo cuanto surge a nuestro paso con el coche. Quedan unos cuantos kilómetros hasta el hotel. Como se trata de carreteras sin apenas tráfico, sin casas, sin pueblos, se puede conducir con cierta soltura. El mar se va quedando un poco lejos de esta ruta que discurre, según el mapa, paralela a la costa, pero a una cierta distancia. Me duele cada vez más la garganta.&lt;br /&gt; Cenamos en Nago, donde descargamos tanta foto acumulada en una de las memorias de la cámara digital. Compro una medicina para la garganta. Me molesta bastante especialmente al tragar la comida. Al llegar al hotel noto que tengo fiebre de nuevo. Me acuesto nada más llegar, con un frío en el cuerpo que no sé de dónde habrá salido&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/1okinawa%20049.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/1okinawa%20049.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Jueves 5 de enero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; He pasado mala noche. Otra vez la fiebre y los escalofríos. Me preocupa los ires y venires de este catarro. Pocas veces en mi vida he notado tanto dolor en la garganta. El brebaje de la farmacia me alivia, pero dura poco el efecto. Y eso que lo aplico a discreción. El día está gris, con nubes voluptuosas y mucho viento del mar. Desde la ventana de la habitación se ve gente paseando por la playa. Gente abrigada.&lt;br /&gt; Aprovechamos esta mañana para darle una tregua al cuerpo. Hace unos días que empecé a leerme Memorias de una Geisha de Kiharu Nakamura. Es curioso, pero en el viaje de navidades del año pasado me leí, en Australia, el libro que escribió Arthur Golden sobre la vida de una Geisha, basado, según parece, entre otros en el testimonio de esta japonesa. Este libro cuenta  una vida interesante y nada aburrida, pero en ocasiones la alta autoestima de la escritora resultan un poco cargantes y hasta ridículos. El estilo es pobre: de tan directo que ha resultado el producto final uno parece estar leyendo la redacción de un colegial. Sí, de un colegial que tiene muchas cosas que contar, pero que también tiene un  muy buen concepto de sí mismo. En cualquier caso, es entretenido; no tengo la cabeza para cosas más complejas, y algo de la sociedad japonesa filtrado por una curiosa perspectiva, llega a mi cabeza.&lt;br /&gt; Solo después de comer algo en el hotel salimos. Tomamos el coche hacia el sur y nos desviamos para visitar el cabo Zanpa (Zanpamisaki), a unos quince kilómetros. Es un lugar precioso, azotado por un viento terrible que impone. Un faro, sospechamos que automático, nos proporciona un poco de refugio frente a las terribles ráfagas de viento. El agua, finamente dividida en fragmentos diminutos al chocar las olas contra las rocas, también busca nuestra presencia. Apenas un par de parejas pasean, agarradas, con paso vacilante. Volvemos al refugio del coche. Nos tomamos un café en un restaurante japonés de aspecto agradable. El tipo que atiende el local, moreno, velludo, con las manos depiladas, el gesto afectado, con un curioso kimono de hombre, de nariz prominente, se aleja del japonés medio. Al menos en los rasgos físicos.&lt;br /&gt; Regresamos al hotel en un día en que hemos dejado que el clima y el cuerpo dicten reposo en medio de un viaje que ya se acerca a su fin. Nos damos una buena cena en el restaurante francés del hotel. Un menú de cinco platos, algo minúsculos, bastante caro, pero sabrosos. Mi catarro parece que se encoge y pierde fuerza merced a una jornada relajada.&lt;br /&gt; Por la noche, en la habitación, veo un reportaje en la televisión sobre el trabajo del personal de Naciones Unidas tratando de administrar las ayudas enviadas a los afectados por el tsunami del año pasado. Parece un trabajo extenuante, que requiere mucha energía para luchar contra muchos muros. Uno de los trabajadores de Naciones Unidas trata de controlar las ayudas a una comunidad de pescadores y tiene que recurrir a la ayuda de una figura carismática de la comunidad a la hora de convencer a la gente de que hagan algo (no recuerdo el que). A pesar de todo, parece un trabajo más interesante que el mío. Que, lamentablemente, está al llegar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/1okinawa%20034.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/1okinawa%20034.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Viernes 6 de enero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El día nos vuelve a saludar con nubes y viento. Bajamos a Naha. No tengo fiebre, pero me encuentro algo débil. Buscando el castillo, encontramos el Museo de la Preceptura de Naha. &lt;br /&gt; A pesar del aspecto decadente que transmite en un primer momento, resulta interesante de visitar. Ayuda a comprender, como siempre, no solo la historia de las islas, sino que permite leer cómo se cuenta esa historia desde una perspectiva más o menos oficial. Es decir, japonesa. Lo primero que me llama la atención es que los nombres de los periodos paleolíticos son los mismos que en el resto de Japón (Jomon, y Yayoi). Como no soy arqueólogo, me quedo con el dato, pero en principio me parece difícil que hace diez mil años, las culturas fueran iguales en lugares tan remotos. Luego, matiza la versión que nos entregan en un folleto en inglés, la cultura de Okinawa desarrollo sus propias peculiaridades. Para el siglo XII antes de Cristo, la cultura Aji y Gusuko marcan líneas divergentes.&lt;br /&gt; Estas islas estuvieron unidas por tierra a Asia continental. Han tenido muchos contactos con China, de donde tomaron muchos elementos. A comienzos del siglo XV se constituyo el reino de Ryukyu, que unifico las islas y en el que el comercio alcanzó su máximo desarrollo. A comienzos del XVII, la invasión de los señores de Kagoshima, incorporó estas islas a la estructura política feudal del Japón de los shogunes. Según la información del museo, esto no supuso ningún colapso de las estructuras de la región, y se desarrollaron la artesanía, la literatura. Las características más sobresalientes de la cultura de Okinawa son de esta época.&lt;br /&gt; Cuando el comodoro Perry y sus célebres naves negras arribaron a Japón exigiendo su apertura comercial, también pasaron por las islas Ryukyu. En 1853 se firmó un tratado comercial entre Estados Unidos y el gobierno de las islas.&lt;br /&gt; Pero con la restauración Meiji y la apertura de Japón al mundo a mediados del siglo XIX, se produjo una absorción total por parte de Japón. Ello les llevo a ser un objetivo importante del ejercito americano durante la Segunda Guerra Mundial. Fue la primera vez que se combatió en terreno japonés. Y la última.&lt;br /&gt; Terminada la Segunda Guerra Mundial, Okinawa fue administrada por los Estados Unidos hasta 1972. Y parece que esto originó cierto descontento. En otro lugar del museo se puede leer que los americanos fueron instalando sus bases militares en el transcurso de la fase final de la guerra. A los habitantes de Okinawa se les recolocó en campos de concentración mientras duraba la fase final de la contienda. Al terminar la guerra, los que pudieron regresaron a sus casas. A muchos las bases les habían ocupado las tierras donde vivían y tuvieron que irse a otros lugares. De todas formas, los comentarios no son muy críticos, algo sí, con la ocupación americana. En cualquier caso, parece que no se sentían muy contentos por como los habían tratado los japoneses, abandonándolos a su suerte cuando las cosas estaban complicadas. Hoy en día la presencia militar americana les supone inyecciones de dinero, muy bien recibidas en la prefectura más pobre de Japón.&lt;br /&gt; Hay un video, en blanco y negro, que muestra escenas de la vida cotidiana de las islas. Probablemente, de antes de la guerra. A pesar de la precariedad de medios materiales en que vivían (contextualizando en el tiempo, quizá no sea tanta), parece una vida agradable: el buen clima, el salir a pescar sobre aguas mansas, una naturaleza que parece abarcar casi todo el paisaje: todo ello se dibuja en cada momento sobre las imágenes.&lt;br /&gt; Acabada la visita nos acercamos al Shuri-jo, el castillo de Naha. No tiene nada que ver con un castillo japonés de los que conocemos. Este podría recordar más a un palacio coreano y, tirando del hilo de las influencias, a algún palacio chino.&lt;br /&gt; Todos los edificios han sido restaurados en la década de los noventa del siglo XX. En la batalla de Okinawa, el ejercito japonés situó su cuartel general debajo de lo que quedaba del castillo y fue reducido a escombros por los bombardeos americanos. Pero, gracias a fotos de que se disponía de antes del ataque, se ha podido restaurar. A pesar de que una exposición muestra las fotos en blanco y negro junto al resultado final de la restauración, ver una madera tan nueva, de un color rojo tan intenso, crea un efecto de parque temático, de impostura, que cuesta quitarse de encima. &lt;br /&gt; Se entra por una puerta a un amplio patio. Al fondo, el Seiden, el recinto principal. A los otros dos lados, edificios menores. El &lt;br /&gt;Seiden tiene dos pisos que se pueden visitar, pero todo parece tan nuevo...&lt;br /&gt; Salimos. Nos liamos un poco con el coche. El día sigue plomizo y se nota la humedad en el aire. Tomamos el coche rumbo al norte, deseando huir del desaguisado urbanístico de Naha. Comemos de camino en un curioso restaurante que en la hora del té (siempre se nos hace tarde para comer) ofrece platos monumentales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/1okinawa%20019.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/1okinawa%20019.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Sábado 7 de enero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Sigo sin muchas fuerzas, pero los dolores de garganta, al menos, van remitiendo. Después de desayunar me quedo un rato dormido en la habitación.&lt;br /&gt; Salimos hacia la costa este. El cielo está indeciso y tan pronto aparece totalmente cubierto de nubes que parecen anunciar lluvia, como se abren grandes claros por donde el sol se anuncia poderoso, templando el aire y los rostros. Por lo demás, se presiente el final del viaje. Esta vez, el cuerpo lo agradecerá.&lt;br /&gt; Volvemos a desviarnos unas cuantas veces de la carretera principal para buscar playas tranquilas por las que pasear, coger alguna caracola más, dejarnos relajar por el sonido del mar. En  una de ellas, paseamos hasta el final, donde unas rocas marcan el limite de la arena blanca. Aun así, trepo un poco, buscando la línea del mar. Diminutas calas en las que tomo aliento, para seguir ascendiendo. En una de ellas hay un principio de lo que podría ser una gruta. Subo, para verlo más en detalle, pero no lo es. Una vez arriba veo algo que me llama la atención. Son enterramientos. Son piedras amontonadas. Uno de ellos tiene un hueco y por el se ven huesos y trozos de cerámica. Hago fotos. Me cuesta creer que en un lugar tan cercando, accesible con un mínimo de esfuerzo, pueda haber algo así. Regresamos por la playa y caminamos por un pequeño puerto pesquero. El agua es transparente y podemos ver la parte sumergida de las embarcaciones. Incluso peces de colores que parecen jugar en torno a un cabo de un pesquero.&lt;br /&gt; Otra playa. Unos niños juegan a la pelota. El sol luce orgullosos y nosotros lo aprovechamos. Nos sentamos a mirar a los niños mientras comemos unas galletas. Los niños, cuatro, juegan con un balón de fútbol, pero las reglas son las del béisbol. Es un momento trascendente, en el que uno absorbe las imágenes, el sol, el sonido del mar taladrado por los gritos, a veces inteligibles de los niños. Uno es un espectador de algo grande que no llega a comprender en su totalidad, que tan solo puede analizar en esos elementos tan dispersos. El mundo. Y se dispone a disfrutar del espectáculo de la contemplación. El camino de la sabiduría, del ver sin estar. No muy lejos, un hombre practica el golf en un rincón de la playa. Japón.&lt;br /&gt; Los niños jugando me traen recuerdos de esa infancia desocupada que ocupa una geografía ideal en mi memoria. Soy testigo, tal vez, de los recuerdos imborrables de unos chiquillos que caerán en las garras del mundo tarde o temprano y recrearan, tal vez, escenas como está.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Ya de vuelta en el hotel, vuelvo a asomarme a los periódicos digitales españoles. Parece que las cosas andan revueltas por allí. El teniente general del Ejército de Tierra José Mena Aguado, ha afirmado con motivo de la Pascua militar que si algún Estatuto de autonomía sobrepasase los límites de la Constitución, el Ejército tendría que intervenir. Recordó que la Constitución marca una serie de límites infranqueables para cualquier estatuto de autonomía: si  fuesen sobrepasados, sería de aplicación el artículo octavo de la Constitución que especifica que las fuerzas armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad, y el ordenamiento constitucional. El general sostiene que los militares no deben entrar en disquisiciones políticas que corresponden a los políticos, más es su obligación alertar de las consecuencias de aprobar la actual propuesta de reforma del Estatuto catalán. Diputados de ERC, CiU y PNV, han coincidido en calificar de "inadmisibles" e "inaceptables" las declaraciones de José Mena. IU ha solicitado el cese del general. Sin embargo, el PP ha afirmado que la advertencia realizada por el teniente general es el reflejo de la situación que se está viviendo en España (en relación con el Estatuto de Cataluña). Aunque no valora el mensaje, el PP considera inevitable que se produzcan pronunciamientos de todo tipo, durante las negociaciones para la aprobación del citado estatuto.  El Rey, máximo responsable del Ejército, ha pronunciado un discurso con motivo de la Pascua Militar en el que ha vuelto a pedir la reconciliación, concordia y consenso, virtudes plasmadas en la Constitución y que han permitido hacer de España una nación democrática, unida, cada vez más moderna, justa y solidaria.&lt;br /&gt; Preocupa que el rey tenga que apelar a la reconciliación, como si viviésemos, o se viviese en España, de hecho, un enfrentamiento entre españoles. Sigue sin gustarme mucho como transcurren las cosas por allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/okinawa%20063.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/okinawa%20063.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Domingo 8 de enero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desayuno mirando al mar. Rompiendo en una línea de espuma variable que separa un mar oscuro y extenso, de una mar esmeralda, dócil y limpio. Un mar abrupto, indomable, misterioso, que se pierde en remotas latitudes de las que solo un mapa me puede informar, ya que la vista degenera casi siempre en imaginación viajera. Un mar hermoso, manso, que permite que los windsurfistas jueguen sobre él.&lt;br /&gt;Antes de dejar el hotel compramos unos dulces de recuerdo para nuestro masajista y amigo, Jin. En la tienda, la horterada japonesa aflora en múltiples momentos. Adornos recargados para los móviles son mayoría que dejan paso a la estrella: Hello Kitty. Algo que los japoneses, especialmente ellas, adoran y cuyas figuras, de todos los colores y tamaños les gusta lucir sin ningún pudor. Aquí veo algo que me asusta. Camisetas y otros muchos artículos con el texto de Hello Kitty en Okinawa. Terrible.&lt;br /&gt; Paseamos por  la playa del hotel. El sol se ha asomado para despedirse de nosotros. Es relajante ver a los windsurfistas juguetear con las olas y con el viento. Una moto de agua se acerca y se aleja. Una fuera borda arranca con su carga de buceadores, de piel de plástico negro, se empequeñece en la distancia y se detiene, antes de llegar al mar oscuro y misterioso. Nuestros ojos recogen cuidadosamente estas escenas. Nuestros pensamientos vuelan lejos de nuestra realidad, que dentro de poco rebajara el tono de sus pretensiones y volverá a devolvernos unos días menos intensos, más iguales.&lt;br /&gt; Poco más que contar, aquí, sentado en este avión que nos lleva, indefectiblemente a Nagoya. Llegaremos a nuestra casa y todas estas vivencias, estas experiencias, este tiempo inflado y dibujado con los colores de los palacios de Seúl, adornado con los templos de Guirimasa o Beomeosa, matizado con el aire de Nagasaki, de su desasosegante museo, y por fin, perfumado con el aroma del mar, con sus susurros y sus melodías de eternidad, todo esto se posará definitivamente en algún lugar de nuestro interior, para no ser borrado jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/okinawa%20091.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/okinawa%20091.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113880409190533510?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113880409190533510/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113880409190533510' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113880409190533510'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113880409190533510'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/02/de-nuevo-en-japn-fukuoka-nagasaki-y.html' title='De Nuevo en Japón: Fukuoka, Nagasaki y Okinawa'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113861955094711603</id><published>2006-01-30T20:11:00.000+09:00</published><updated>2006-01-30T20:12:30.956+09:00</updated><title type='text'>Noticias</title><content type='html'>Estos días ha estallado un escándalo financiero en Japón que ha merecido unas líneas de los periódicos digitales españoles. Hideaki Noguchi, ejecutivo de la empresa Livedoor, sospechoso de falsificar información para aumentar la cotización de los títulos de su compañía en el mercado, apareció muerto, con las venas cortadas, en un hotel de Hokaido. El escándalo originado por las irregularidades de esta empresa causó el desplome de la Bolsa de Tokyo. Pero el suceso no es ajeno a la mentalidad japonesa. En este país el suicidio no está censurado por la religión sintoísta y la muerte ha sido considerada tradicionalmente como una manera de escapar al fracaso o a la deshonra. El ritual del harakiri (cortarse el vientre, en japonés) fue el medio por el cual los samurais evitaban caer en manos del enemigo o expiar una falta al código de honor y evitar así la vergüenza. Al finalizar la segunda guerra mundial, numerosos militares japoneses pusieron fin a sus vidas, antes que caer en manos del enemigo. Recuerdo ahora el caso de un constructor, implicado en la construcción, ilegal, de casas vulnerables a los terremotos, que puso fin, igualmente, a su vida. Ahora el gobierno habla de demoler un buen numero de casas, algunas de reciente construcción, dejando el problema planteado de qué hacer con los afectados.                                                                                           &lt;br /&gt;    Un profesor de psicología nipón explica, respecto a estos estos suicidios, que suele tratarse de un intento de compensar algún perjuicio que se ha causado a un cliente, o superior en la empresa. Para entender esto último es necesario comprender que en Japón, la devoción a la empresa en la que se trabaja es algo muy interiorizado. El mencionado profesor explica que los suicidas pretenden lograr un efecto de limpieza. Castigar a una persona muerta es lo peor que se puede hacer. No respetar a los muertos, investigar sus pecados, no está bien visto en Japón. La devoción a los antepasados, con raíces confucionistas, está también, pues, detrás de estas conductas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113861955094711603?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113861955094711603/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113861955094711603' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113861955094711603'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113861955094711603'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/01/noticias.html' title='Noticias'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113819962467302989</id><published>2006-01-25T23:32:00.000+09:00</published><updated>2006-01-25T23:33:44.683+09:00</updated><title type='text'>PITÁGORAS Y LOS LLAMADOS PITAGÓRICOS (3)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;ALMA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alma para los pitagóricos era inmortal.  Para Homero también era inmortal, pero se trataba de una sombra sin fuerza que recibía del cuerpo su capacidad de movimiento. Era una creencia para gente (los dioses de la edad heroica) que asociaba la vida feliz con la material, de las fiestas, los combates y el amor. Solo los dioses eran inmortales, para los hombres hubiera sido una blasfemia.  Para los órficos la esperanza en la inmortalidad se basaba en mitos complejos y se podía conseguir mediante arduos esfuerzos para desarrollar el elemento divino. Los ritos había que renovarlos periódicamente, con prohibiciones rituales. Esta religión está muy vinculada a la pitagórica e incluso algunos de los libros sagrados de los órficos fueron escritos por pitagóricos destacados. Pitágoras dice que se debe ser un dios en lugar de un mortal. Para Pitágoras, a diferencia del orfismo y otras concepciones  filosóficas similares, el camino de la salvación pasa por la filosofía. Lo religioso y lo filosófico se unen en el pitagorismo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para los pitagóricos el universo, como un todo, era una criatura viva dotada de inteligencia. Esto era algo conocido o adoptado por los milesios. Para los pitagóricos si el mundo era un ser vivo que vivía por respirar el aire del infinito que le rodeaba, y si el hombre también vivía mediante la respiración (al alma humana era aire) entonces el parentesco era evidente. El universo era uno, eterno y divino. Los hombres eran muchos, separados y mortales, pero el alma, la parte esencial del hombre no era inmortal, era una chispa del alma divina universal, atrapada en un cuerpo perecedero. Esto da finalidad a la vida: cultivar el alma y quitarse la mancha del cuerpo para alcanzar el alma universal. El alma permanece en el ciclo de las reencarnaciones mientras sea impura, encadenada a un cuerpo, bajo la impureza de las formas más inferiores de la materia. Escapará de ese ciclo cuando se purifique con la vida según ideal. El hinduismo tiene aspectos muy parecidos en sus creencias. Aceptaban el politeísmo, aunque tenían preferencias por Apolo. Lo divino colmaba a los místicos y daba una razón última al universo. ¿Cómo salir de esto? Algunas religiones mediante revelaciones. Los órficos mediante una forma de sacramento. Pitágoras mantuvo aspectos formales pero introdujo novedades. Pitágoras fue el primero que hablo de filosofía y se llamó a sí mismo filósofo, como purificación para salir del ciclo. Para Pitágoras pues la salvación no depende solo de ritos, sino del empleo de la razón para obtener el conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pitágoras enseñó la doctrina de la trasmigración y también del alma inmortal, que debe su inmortalidad a su parentesco con el alma universal y divina que puede regresar a su fuente divina cuando se haya purificado. Las motas del aire eran la materia del alma. La noción de vida a partir del automovimiento les indujo a ello. Recordemos que el aire es el pneuma, el aliento del universo. El alma es una armonía, porque la armonía es una mezcla o composición de contrarios, y el cuerpo está compuesto de contrarios. Parece que hay en nosotros una cierta afinidad con los modos y ritmos musicales. Los elementos últimos de todo son los números y la totalidad del cosmos debe su carácter de algo perfecto, divino y permanente al hecho de que los números, de que se compone, se combinan del mejor modo posible según las reglas de la proporción matemática, tal y como las han revelado los estudios de Pitágoras. En resumen, el cosmos, debe todas estas cualidades deseables al hecho de que es una armonía que se encuentra en los majestuosos movimientos de los cuerpos celestes. El cosmos es un dios viviente, engarzado en una unidad única y divina por el poder maravilloso de la armonía matemática y musical.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestras almas son de la misma naturaleza aunque separadas por la impureza de lo mortal. Nuestra identidad con lo divino tiene que consistir, necesariamente, en números, en armonía y, en la medida en que estamos necesitados de la purificación de la filosofía, tiene que ser acertado llamar al elemento de impureza un elemento de discordia, causada por una imperfección en el orden numérico de nuestras almas, un elemento de lo Ilimitado no sometido al yugo del principio bueno del límite.&lt;br /&gt;No se admite el suicidio pues los dioses son los únicos que pueden decidir cuándo debe alcanzarnos la muerte. Cuando lo permiten, la muerte es una liberación de la prisión. El alma, en la vida, ama al cuerpo y depende de él, seducido por los placeres sensuales. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La identificación de la psyche con la vida física estaba profundamente enraizada en el pensamiento griego. Esto llevo a alguna escuela pitagórica (los médicos, como Alcmeón)  a negar la inmortalidad del alma. Decían que el alma era la armonización de los cuatro elementos y no podría existir separada del cuerpo. Todavía no había clara distinción entre lo material y lo inmaterial. Este sistema sienta las bases de la concepción del alma en Platón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alma para los pitagóricos es un estado o disposición de los números, el alma es armonía de sus propias partes, no de las partes del cuerpo. Existen razones para pensar que los pitagóricos creían en dos clases de almas, algo que tomaban de creencias muy antiguas y muy extendidas: alma-hálito y alma-imagen o alma-sombra. Algo parecido decía Empédocles del alma que entiende de sensaciones y de la parte divina que tiende al conocimiento verdadero. Dos almas, la psyche que se desvanecía con la muerte del cuerpo y que los escritores medicos racionalzaron en una harmonía de contrarios físicos que formaban el cuerpo y los daimones o participaciones en la divinidad, inmortales y que transmigran&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113819962467302989?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113819962467302989/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113819962467302989' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113819962467302989'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113819962467302989'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/01/pitgoras-y-los-llamados-pitagricos-3.html' title='PITÁGORAS Y LOS LLAMADOS PITAGÓRICOS (3)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113777608322146583</id><published>2006-01-21T01:48:00.000+09:00</published><updated>2006-01-27T23:46:11.613+09:00</updated><title type='text'>Corea (Diciembre 2005)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20008.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20008.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Jueves 22 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Primer día de vacaciones de Navidad. Amanece nevando. Y ya va para unos cuantos días en que apenas se contiene este caer silencioso de copos que me produce una extraña mezcla de serenidad y tristeza. Nos levantamos ni pronto ni tarde y terminamos de cerrar las maletas. En nuestro caso vacaciones significan viaje. Las cosas empiezan a anunciarse mal en la misma estación de tren de Imawatari. El hombre que atiende la taquilla nos toma las reservas y nos devuelve el dinero. Nos explica que el aeropuerto está cerrado. Le preguntamos si aun así podemos tomar el tren pero ya la conversación se hace demasiado complicada para nuestro entendimiento del lenguaje nipón. Como tenemos los billetes y las ganas de viajar, nos subimos al tren. En Inuyama tomamos el expreso al aeropuerto, a pesar de que ya no tenemos la reserva. Por la ventanilla se ve que la nieve cae, pero no parece que entorpezca la vida de los laboriosos habitantes de estas tierras. A ratos, incluso, se ven claros en el cielo y un sol que tímidamente parece querer decir algo en este día. Al atravesar Nagoya nos sentimos algo más animados, pero conforme el tren se acerca al aeropuerto, el cielo se espesa, se ennegrece. La nieve caída, todavía sin limpiar, obstaculiza las carreteras y las calles. La autopista está cerrada. Incluso el tren llega con retraso, lo cual no debe ser buena señal en este país. Nos bajamos con la congoja de lo incierto. Me paro ante los primeros indicadores que anuncian los vuelos: todos están cancelados o retrasados. Vamos al mostrador de Korean Air y nos explican que no saben si volaremos o no. Son las dos de la tarde y el vuelo estaba previsto para las cuatro y media de la tarde. Una amable empleada nos informa de que a las cinco de la tarde nos podrán dar más información. Esperar. Comer. Conjeturar. &lt;br /&gt; A las cinco nos informan de que a las nueve se sabrá si finalmente sale el vuelo o no, pero no hay certeza. Como uno ya se ha visto en trances semejantes varias veces, decide quedarse cerca porque sabe qué, a estas alturas, nadie tiene claro nada. Y, efectivamente, a la media hora anuncian que se puede empezar a facturar. Hace rato que ha dejado de nevar, pero el cielo, justo antes de anochecer, no ofrecía perspectivas de mejora. Equipos de televisión entrevistan a los pasajeros, desesperados, que se acumulan por todas partes. En la tarjeta de embarque se puede leer como hora de salida las veintiuna cincuenta. A las diecinueve quince estábamos despegando. Por fin.&lt;br /&gt; A las nueve y cuarto el avión aterriza en el aeropuerto de Incheon, cerca de Seúl. Una vez pasado el control de pasaportes y recogidos los equipajes, preguntamos por un autobús para ir a la ciudad (está bastante lejos). Un amable empleado de un mostrador dedicado a la búsqueda de hoteles para turistas poco previsores nos explica cómo llegar al nuestro e incluso llama al hotel para explicar que vamos a llegar más tarde de lo previsto. Su inglés es bastante bueno. También le escuchamos hablar un fluido japonés con otros visitantes. Primer contacto, positivo, con la población local. El autobús tiene las ventanas muy sucias y es difícil ver con claridad lo que hay al otro lado. Autopista y luego aparece la ciudad, enorme. Un río, igualmente grande y cruzado por muchos puentes, iluminados con luces de colores, parece acompañarnos en un buen tramo del viaje. Después de una hora y cuarto llegamos al edificio del COEX, desde el que caminamos hasta el hotel. Todas las calles están cubiertas de una nieve resbaladiza y hace mucho frío. Sorprende que a pesar de la hora, las once y media de la noche, de tratarse de un día laborable, hay mucha gente por la calle, andando y en coche. Los ojos devoran lo que ven, curiosos de encontrarse en otro país. Mucha gente trajeada, con sus maletines, caminan con paso incierto sobre la nieve helada. En los quince minutos que nos lleva llegar al hotel hemos visto al menos a seis tipos borrachos, ayudados por sus amigos, tambaleándose, quedándose plantados en mitad de una ancha avenida, con solemnidad, ignorado a los coches que le esquivan como pueden, hasta que alguien le hace entrar en razón y lo devuelve a la acera...&lt;br /&gt; Y por fin el hotel. El viaje ha sido muy largo: casi doce horas desde que salimos de nuestra casa. Aun así, con la excusa de bajar a comprar algún yogurt para tapar la cena, inexistente, aprovecho a brujulear un poco los alrededores del hotel. Mas borrachos, gente que todavía esta cenando, amplias avenidas... Y muchísimo frío. Mañana más. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20072.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20072.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Viernes 23 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Amanece el día gris y oscuro. La nieve sigue instalada en la calle. El frío es intenso. Los pronósticos daban hasta trece grados bajo cero de mínima y solo tres bajo cero de máxima. Ya lo sabíamos antes de venir y traemos ropa de abrigo. Me siento enérgico, pletórico, lleno de ganas de abrir los ojos a la ciudad.&lt;br /&gt; Después de desayunar vamos en metro a la estación de tren. Compramos los billetes para ir a Busan y a Gyeongju. Sorprende que hasta el empleado que nos vende los billetes chapurrea el inglés. Lo mismo que el que nos vendió los billetes en la estación de metro (no utilizamos las máquinas automáticas). Cuando hemos terminado nuestra compra de billetes, tomamos de nuevo el metro hasta el palacio de Deoksugung. La temperatura en la calle es de ocho grados bajo cero y cuando sopla un poco de aire, en la poca superficie de la cara que uno deja descubierta, siente un dolor punzante que se va acumulando con las horas pasadas a la intemperie. &lt;br /&gt;El palacio, construido a finales del siglo XVII, es un  conjunto de edificios de madera pintados de rojo, soportados sobre piedra que lo aísla del suelo. Se reconstruyó debido a la destrucción del palacio original durante la segunda fase de la primera ocupación japonesa de la península. Los techos, de zinc oscuro, pueden recordar a las construcciones japonesas. Pero los aleros, dibujados con vivos colores, son cosa nueva para mí. Aunque  las puertas de los edificios están abiertas y se permite contemplar su interior, casi siempre sin muebles, suelo de madera, no se puede entrar. La nieve se acumula en el suelo de tierra sobre el que nos movemos. Alrededor, grandes edificios demuestran como la ciudad ha ido devorando los alrededores, respetando únicamente este recinto real. Eso le hace perder una parte del encanto que debió tener en su día. Los árboles, desnudos, dibujan hilos huidizos y desordenados en el cielo gris de la ciudad. Me resulta agradable pasear por este lugar. Un  guardián del palacio, debidamente acreditado, nos comienza a explicar los pormenores de un edifico donde parecen guardarse los atributos reales. Su charla, en un inglés bastante decente, empieza a mortificarnos cuando se termina recreando en  explicarnos hasta los detalles más absurdos de las piedras del suelo. Varios intentos de quitarnos de encima su presencia para seguir visitando la ciudad, a pesar de lo claro de nuestros gestos, resultan infructuosos. Su mirada, un tanto demente, me desagrada. Al final, una despedida sobre sus propias palabras, es la única manera de librarnos del hombre. Fuera una iglesia que me trae aires griegos y el edificio del City Hall de aspecto estalinista.&lt;br /&gt; Ignorando la comida, tomamos el metro de nuevo (se agradece el calorcito) y nos dirigimos a la parada de Gyeongbokgung, para visitar el palacio del mismo nombre. Este palacio fue el primero fundado por la dinastía Joseon. Al parecer este tipo, un militar empleado por la casa reinante, se sublevó contra sus amos, rechazando participar en una batalla contra los chinos. Se nombró a sí mismo rey y recibió el apoyo del emperador chino. Este hombre fue el que trasladó la capital a Seúl desde Gyeongju (a donde iremos la semana próxima). Esta última fue la capital del reino del sur que posteriormente se unificó con el del norte bajo la dinastía Silla. Si hay algo que me gusta de viajar es la cantidad de cosas que se aprenden viendo, y sintiendo como se despierta la curiosidad.&lt;br /&gt; Este palacio fue reducido a escombros durante la ocupación japonesa de finales del siglo XVI. Reconstruido, fue vuelto a destruir parcialmente durante la segunda ocupación japonesa, de 1910 a 1945, en la que Corea se convirtió en una provincia del imperio japonés. Parece ser que los japoneses construyeron su cuartel general para la administración justo enfrente de la puerta principal, para impedir que la gente pudiese contemplar los edificios no derribados. Me pregunto qué sienten todos estos japoneses que hemos visto visitando este edificio cuando leen la información acerca de las tropelías cometidas por su país contra los coreanos. Las relaciones entre ambas naciones no parecen haber sido muy buenas. Ni siquiera en estos tiempos parecen llevarse bien. Aprovechamos una visita guiada en inglés para dejarnos llevar por una guía de rostro amable. Mientras esperamos a que empiece la visita guiada, vemos el pintoresco cambio de guardia. Los gorros de algunos de estos tipos me han recordado a los de las series coreanas que hacen furor en Japón.&lt;br /&gt; El palacio es bastante más grande que el anteriormente visitado. Al fondo, se ven las montañas, lo cual le da un aspecto mucho más retirado. Me gusta más así. Pasada la entrada principal donde unos soldados ataviados a la manera tradicional desafían el terrible frío que viene azuzado por vientos gélidos, entramos en una gran explanada de piedra. Caminamos y cruzando puertas de madera entramos en nuevos recintos flanqueados por muros de madera, en el centro o a los lados de los cuales se alzan edificios de madera que fueron recintos administrativos o residencia de los reyes. Es muy agradable pasear por estos lugares, no muy congestionados por visitantes (muy pocos occidentales) y ver como el sol terminó por imponerse y, durante nuestra visita, un intenso cielo azul se dejó retratar en las fotos. Uno atraviesa una puerta de madera que está situada en una especie de muro, que en ocasiones contiene dependencias menores. Entra en una explanada de tierra a modo de patio y allí aparece, en el centro un edificio, de madera sobre base elevada de piedra. A veces hay corredores de madera entre edificios. Un pabellón sobre un estanque (helado durante nuestra visita) que parece ser el orgullo de los que muestran el palacio. Al terminar la visita, en el extremo opuesto a donde habíamos entrado, nos dirigimos al National Folk Museum, más que nada para ver si entrábamos en calor y comíamos algo. Pudimos hacer las dos cosas, si bien se trato solo de una imitación de un sándwich. Al terminar de recuperarnos un poco, entramos en el museo. Aunque solo vimos un par de salas, aprendimos unas cuantas cosas.&lt;br /&gt; Por ejemplo, al igual que en Japón, los ideogramas chinos (los kanjis aquí se llaman hanja) fueron la primera escritura que emplearon los coreanos. Pero a diferencia de mis colegas nipones, en Corea, en el siglo XVI se introdujo el alfabeto hangeul, para que la gente pudiese aprender la lengua escrita sin complicaciones. Se siguió empleando la escritura japonesa, considerada culta por la minoría ociosa que la empleaba, pero el hangeul se extendió y hoy es el medio de escritura del idioma coreano. Eso sí, se siguen estudiando los ideogramas chinos en las escuelas. El hangeul contiene 24 caracteres, pero los caracteres se agrupan formando sílabas en grupos compactos. Es curioso ver como han resuelto el tema dos culturas diferentes. Lo que no me convence aquí es la romanización de los términos, ya que tratando de pronunciar según la guía del Lonely Planet, a veces, cuando pregunto por la calle, me miran extraño y cuando toman ellos la guía y lo leen en coreano lo pronuncian de una manera distinta. Parece ser que hace cinco años el gobierno cambió las normas de romanización del lenguaje. &lt;br /&gt; Ya son las cinco de la tarde. Nos sentimos cansados, así que tomamos el metro para regresar hacia el hotel. Nos bajamos un par de paradas antes y caminar un poco por la calles. Bulliciosas, ruidosas. La gente conduce de una manera un tanto caótica. En cierta ocasión, estábamos cruzando un semáforo que se acababa de poner en verde para los peatones, cuando un arrogante conductor, tocando la bocina, cruzó de manera imprudente el semáforo para colarse en una intersección. Me llaman la atención la cantidad de coches grandes, negros, con cristales tintados, que parecen de ministros. Pero menos. Y cómo aparcan sobre las aceras. Parecen mucho más caóticos e irrespetuosos conduciendo que los japoneses.&lt;br /&gt; Paseando, ya de noche, el frío termina por darme dolor de cabeza. Se agradece el calorcito del hotel. En la habitación leo el Korean Times, uno de los periódicos editados en inglés. Lo he comprado en una estación de metro. Allí habla de los estragos causados por la tormenta de nieve del jueves, es decir, del día que llegamos nosotros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20087.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20087.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Sábado 24 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nochebuena en otras latitudes. Aquí, un día más para viajar. Mañana de frío intenso, de sol brillante. Cerca del hotel está el templo de Bongeunsa. Originalmente fundado en el siglo VIII, recobró ímpetu cuando al budismo le fue bien en este país. El budismo fue introducido desde China a comienzos de la era cristiana. Apoyado por la dinastía Silla, adopto elementos chamanistas indígenas, desarrollándose prosperas comunidades de monjes en templos. Cuando se fundo la dinastía Joseon, el budismo fue remplazado por el confucianismo, también de origen Chino (Japón y Corea no serían lo que son si no fuese por la cultura china). Yentonces al budismo le fallaron los apoyos estatales.&lt;br /&gt; Varios edificios, donde en el momento de nuestra visita hay mucha gente rezando, configuran este templo. Hay, también, un curioso edificio, sin paredes, como un pabellón sostenido por columnas de madera, con figuras de madera un tanto surrealistas. &lt;br /&gt;Tomamos el metro para ir a Insadong Gil. Es una calle animada con tiendecillas de artesanía y locales para comer. De la calle principal salen otras callejuelas estrechas muy curiosas. Pero de  vez en cuando da uno con un callejón sucio y lleno de trastos que parece hacer dudar de la realidad y naturalidad de esas calles turísticas. Caminando desde allí llegamos al palacio de Changdeokgung, que solo se puede visitar en grupo. Ya sabíamos que había visita guiada en inglés a la una y media, gracias a la información del Lonely Planet. &lt;br /&gt; Otro palacio para recordar. Otra vez el cielo azul y una luz intensa para mostrarnos el lugar. Una guía con un habla un tanto desencajada nos va mostrando las diferentes estancias. El frío es duro de llevar, pero el paseo lo merece. Bajamos al jardín secreto, donde un estanque totalmente helado es rodeado por un par de construcciones de madera en las que a uno le gustaría sentarse con veinte o veinticinco grados más. Como la visita solo es en grupo, cuando entramos en uno de esos patios de suelo de tierra rodeado de edificaciones de madera, no vemos a más turistas y eso le hace a uno creer con más intensidad que se encuentra en un antiguo centro de poder, ya extinguido. En Corea ya no hay reyes. La monarquía fue abolida por los japoneses en 1910.&lt;br /&gt; Tomamos el metro para ir al hotel a recoger las maletas. La verdad es que los viajes en metro se hacen largos, pues se trata de una ciudad muy grande. El metro de Seúl sale a la superficie para cruzar el río Hangang pero luego siempre vuelve a reptar por el subsuelo. Es un regalo sustituir la oscuridad absorbente de las ventanillas por la luz de día, la imagen de la ciudad mientras se cruza un largo puente. La gente no suele ser muy considerada a la hora de entrar en un vagón y uno termina por hacerse fuerte con su cuerpo para soportar a las personas que tratan de colarse, a los que empujan. Me ha sorprendido ver a un par de ciegos con un casete emitiendo una música extraña, desasosegante, mientras atravesaban el vagón, pidiendo limosna. A uno de ellos lo seguían unos vigilantes y lo han hecho salir del vagón. Pero no he visto más. Por lo demás, un hombre borracho, de pelo cano y bien trajeado, casi se me cae encima. Sus problemas de equilibrio se han visto agravados por el traqueteo del metro. Y el pestazo a alcohol me ha revuelto las tripas. En muchas estaciones se escucha una campana sonando con un ritmo inquietante. Instantes después aparecen miembros del Ejercito de Salvación solicitando dinero a los viajeros. En otra ocasión un grupo de jóvenes se desplegaron en el vagón y comenzaron a hablar. Llevaban fotos de gente herida y de policías golpeando a probables manifestantes. Algo he leído sobre dos muertos por cargas policiales en manifestaciones en respuesta a la cumbre de la OMC en Hong Kong. También se ven muchos soldados (creo que rasos). Seúl está cerca de la DMZ (zona desmilitarizada). Marca la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur. Fuera de esta línea, se concentran soldados y hacen que sea la frontera más militarizada del mundo.&lt;br /&gt; Más metro para ir a la estación de tren. A las cinco de la tarde sale el KTX, el tren de alta velocidad con destino a Busan, al sur y en la costa este de la península. Menos de tres horas. El tren, alcanza los trescientos kilómetros por hora, pero, a diferencia de otros trenes de alta velocidad conocidos por este viajero errante, este tiene ciertos movimientos  incómodos. En algún sitio he leído que es un producto de tecnología coreana, lo cual me deja un poco inquieto. Digo esto pues parece que aquí la corrupción ha impregnado el rápido crecimiento económico tan alabado desde que el país salió de la ocupación japonesa y de la terrible guerra de Corea. Todavía recuerdo, hace ya algunos años, haber leído la noticia del desplome de un edificio debido a negligencias y corruptelas en la obra.&lt;br /&gt; El tren abandona la estación de Seúl y, durante un buen rato, vemos horribles bloques de viviendas propios de un país del este de Europa cuando existían los bloques y el muro de Berlín. Feos mamotretos numerados con pésimo gusto. Pronto abandonamos la ciudad y la noche nos escamotea el paisaje. A las ocho menos cuarto de la noche llegamos a Busan (en algunos lugares lo romanizan como Pusan). A dos paradas de metro se encuentra nuestro hotel. Es un ejemplo de cómo un buen fotógrafo puede dejar unas muestras en una pagina de internet que cuesta confrontar con la realidad. Decadencia sin encanto. Pero un lugar donde caer rendidos y sentir el calor de la habitación. Poco motivados por este entorno salimos a brujulear por el barrio. No promete. Estamos al lado del mar, en Nampodong. Hay un mercado de pescados, junto a tenderetes hechos a base de juntar plastico y cajas, donde se puede comer pescado crudo. No, gracias. En el otro extremo de la avenida principal que marca la zona, hay muchos puestos de comida callejera que me revuelven el estómago, pues los olores a todo tipo de fritangas se unen y terminan por formar una nube desagradable de llevar. Mucha gente paseando, charlando. Aire de fiesta. Al final entramos un un genuino yaki niku, pero la comida nos decepciona. Intentamos pedir vaca, pero nos traen cerdo grasiento y muchas verduras. El temido kimochi, picante y de sabor desagradable, pero que tanto parece gustarles por aquí. En fin, una nochebuena un poco triste en lo gastronómico. Un matrimonio con su hija sentado en la mesa contigua nos ayudan un poco en la elección de la comida, con un elemental ingles del que carecen los empleados del local. Palillos metálicos, algo que nunca había visto en Japón. Una limpieza del local dudosa, hacen que al final tengamos una visión de conjunto surrealista que termina por hacernos gracia, incluido la excrecencia nasal que no termina de desprenderse de una de las aletas de la nariz de aquella mujer encargada de servirnos. &lt;br /&gt; Después de tan sugerente cena, paseamos y compro un libro en inglés sobre la historia y cultura coreana. Luego entramos en un café de agradable decoración, con la idea de irnos a dormir con una imagen más agradable de los locales de restauración del lugar. Pedimos un par de tes y el dueño, un hombre que habla bien inglés y tiene cara simpática, nos encasqueta a su hijo, un tal Chifu, de unos cinco años. Avispado y muy expresivo, nos escribe sobre unas piedras hurtadas de una jardinera del local del padre, nuestros nombres en coreano. O lo que más se parece. Aprovecho a leerle algunas frases de la guía de viajes pero no parece entenderme mucho. El padre, para compensarnos de la tarea, nos invita a un café. Ya son las once. Regreso al hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20176.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20176.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Domingo 25 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Tomamos el metro y nos dirigimos al otro extremo de la ciudad, a Nopodong. El metro avanza una gran parte por la superficie. Busan esta construida junto al mar, pero el relieve le impide crecer con homogeneidad, y las colinas parten un poco el perfil de la ciudad en fragmentos. Como San Sebastián, más o menos. Allí, en Nopodong, está la estación de autobuses. Allí el inglés es más precario, pero logramos hacernos entender para comprar un billete de autobús hacia Gyeongju. Terminada la labor, nos disponemos a visitar el templo budista de Beomeosa. A la salida de la estación de autobuses, bastante apartada de la ciudad, una única carretera nos plantea la duda de qué dirección tomar. Izquierda o derecha. Pregunto a una mujer que vende en un puesto ambulante frutas y verduras. Por supuesto no sabe inglés ni yo coreano, pero me indica con la mano. Siento tristeza mientras nos alejamos. Ella se queda allí, con su trabajo embrutecedor y precario, sometida al frío y al calor. Quizá sin conocer mucho más que su ciudad y algunos alrededores. Vértigo de rozar estas existencias, que son parte de la realidad, del mundo. Pero el egoísmo es un antídoto contra estos pensamientos y caminamos rumbo al templo masticando esas ideas con dientes de acero. &lt;br /&gt;Según la guía desde el cruce de esta carretera con la que sube al templo, hay un cuarto de hora en autobús, pero decidimos que podemos subir andando para pasear y ver el paisaje. Como al cabo de un rato de subida me cansan el humo y el ruido de los coches, y aprovechando que vemos a unos andarines tomar un sendero, nos desviamos tras esta gente que, seguro, irán al templo. El ser demasiado listo en ocasiones, creo que es herencia hispana. Al rato encontramos un cruce, y después de decidirme (guiado exclusivamente por motivos estrictamente peregrinos con un matiz de montañero experimentado en los senderos coreanos, por un ramal) aparece otro cruce. Estamos definitivamente perdidos. Podemos retroceder, pero eso es algo que va contra mis principios (en ocasiones, igualmente, algo peregrinos). Entonces preguntamos a unos montañeros que casualmente pasan. Una pareja de mediana edad, con mochilas, botas y bastones. Le tengo que mostrar la página de la guía donde figura el nombre del templo, pues mi pronunciación  le despista al buen hombre. Nos dicen que ellos van para allí, que les acompañemos. Una subida, preciosa, pero empinada. Empiezo a sudar. Al cabo de media hora, aprovechando una pausa en la que amablemente nos invitan a café, preguntamos. Deben quedar treinta minutos, nos dicen. A mi me asombra que se tarde tanto en algo que en coche apenas serían diez minutos. Cuando nos desviamos de la carretera, poco antes, recordaba haber visto un cartel que señalaba el templo a menos de dos kilómetros. Pero retroceder,...  Y así llegamos a un alto para luego continuar caminando por un precioso sendero a media ladera. El día estaba precioso y la caminata se mostró exotérmica. Pero fue agradable caminar por aquellos montes que me recordaban a la zona de Montejo de la Sierra cuando los árboles, desnudos de hojas, dejan pasar la luz de manera caprichosa.&lt;br /&gt; Al final llegamos a un pequeño templo, donde algunos montañeros se secaban el sudor y contemplaban con serenidad, el valle. No me podía creer que el famoso templo fuese aquello tan pequeño. Entonces el hombre me señaló con un la mano, ladera abajo. ¡Con razón habíamos tardado tanto! El templo estaba mucho más abajo y era algo mucho más grande que en el que nos encontrábamos, constituido por muchas edificaciones unidas entre sí. Nos despedimos con gratitud de nuestros ocasionales compañeros, y caminamos por un sendero asfaltado que atravesaba el bosque, valle abajo. Llegamos a un lugar donde se practica la meditación en pequeños recintos de madera y cristal, y donde se acumulan figuras de todo tipo, con gesto desafiante, que parecen vigilar alrededor de un Buda gigante. Algo mas bien horrible. &lt;br /&gt; Un poco desencantados, iniciamos el descenso. Y solo entonces encontramos el templo de Beomeosa. Se trata de un conjunto de edificios de madera, unidos por esplanadas de tierra. Todo rodeado por una serena naturaleza. Reconozco que me siento bien. A la entrada, una fuente para beber y purificarse, totalmente helada. Una piedra señala los intentos de romper la espesa capa de hielo. Un violento agujero que no deja ver el agua. &lt;br /&gt;Los templos, budistas, son edificios de madera, donde uno puede descalzarse y entrar a orar. Dentro hay un pequeño altar, con figuras y ofrendas, y huele a incienso. A veces entra algún monje y recita plegarias en un tono que resulta armonioso. En uno de estos templos, uno pequeño y recogido, me llega un olor a incienso que me trae recuerdos de hace muchos años. Siento que algo que podría llamar espiritualidad, pero que no está agarrado a ningún credo concreto, sino tal vez a la intuición necesaria en el ser humano, me empuja a quitarme las botas y sentarme en el tatami. Me siento francamente bien. Me relajo. Miro el suelo de madera, con esa luz de la tarde invernal entrando de lado. Me siento flotar. No necesito ningún Dios en especial, es algo que los seres humanos llevamos dentro. Y estos lugares saben estimularlo. A mi lado desfilan diferentes fieles que entran se arrodillan se ponen de pie, gesticulan, repiten el proceso, dejan algunas monedas y se marchan. Yo sigo dejándome atrapar por esta ralentización del tiempo, sintiendo un bienestar que me gustaría hacer mío para siempre. Son los olores, este silencio, la madera, el entorno. Pero también es algo más. Algo que llevamos dentro y que otros han sabido catalizar desde que el hombre comenzo a hablar y a ser capaz de comunicar sus inquietudes. Es lo mismos que sucede en esas iglesias góticas, de piedra desnuda, cuando suena el canto gregoriano de los monjes y uno siente que los ladrillos de la razón se agrietan, gratamente, sin causa conocida. Aquello que escapa a la inteligencia más fría e ilustrada, a la lógica, pero que impregna rincones no despreciables del ser humano. Aquello que cuando lo justificamos, lo disfrazamos, se desnaturaliza y se torna más difícil de manejar.&lt;br /&gt; Después de tan agradable momento, iniciamos el descenso a Busan. Muchos montañeros. Esta vez tomamos el autobús y, abajo, el metro hasta Seomyeon. Son las cuatro de la tarde y el hambre aprieta, sobre todo después de la caminata. Entramos en un centro comercial y comemos en un restaurante italiano. Capricho de tomar pasta y huir de los sabores asiáticos, que cuando uno abusa de ellos, terminan por cansar. Nuestra comida de Navidad. Toneladas de humanos pululan por las entrañas de la tierra, por esos conductos que unen el metro con los centros comerciales y en los cuales, las tiendas igualmente se desbordan. &lt;br /&gt; Al volver a tomar el metro, se nos acerca un hombre mayor, y comienza a chapurrear un poco de inglés. Creo que fue cuando estuvimos mirando la máquina de los billetes de metro para saber si se trataba de una o dos zonas. Se nos escapa alguna palabra en japonés y se pone a hablar en japonés. Nos cuenta que es de Hiroshima y que llego a Corea con dieciséis años, y que vive desde entonces en Busan. Yo me pregunto, cuanto tenía dieciséis años y vino aquí, ¿que año era? Me pregunto si vino cuando era colonia japonesa. Pero no me atrevo a preguntarle. Nos cuenta que ha trabajado aquí (o tal vez sigue trabajando, no lo sé). Me gustaría preguntarle mas, pero tal vez sea indiscreto. En cualquier caso, se baja antes que nosotros y nos despedimos. Nosotros vamos a la playa, a Haeundae. Es de noche. &lt;br /&gt; Un paseo marítimo iluminado y por el que mucha gente camina con paso relajado. Algo difícil de ver en Japón. Unos quads invaden la playa y suben sin reparos al paseo. Un poco pesada esta exhibición de ruido y humo. Pero parecen orgullosos de su virilidad motorizada.&lt;br /&gt; En el metro, de vuelta a la zona del hotel, volvemos a ver vendedores que sacan su mercancía (unos guantes, un paraguas, un reloj) y pregonan a todos los pasajeros las bondades y ventajas derivadas de su utilización. Supongo, porque el coreano me es extraño. Lo hemos visto prácticamente en cada trayecto que hemos hecho en suburbano. Especialmente sentimos lástima de un hombre, cincuenta años, que me recordaba al Fari, versión oriental. Impecablemente vestido, peinado con brillantina hacia atrás, con la calva brillante, con un clavel en el ojal de la chaqueta. Para demostrar la utilidad de las rodilleras que vendía, el hombre se remangó los pantalones (las dos piernas), mostrando unas canillas tristes y unas rodilleras color carne. Varias paradas hablando y hablando para no vender nada, con los pantalones remangados y una voz algo quemada por el alcohol y las charlas comerciales.&lt;br /&gt; En algunas callejuelas de Busan hemos visto mucha suciedad en sus calles. Incluso retengo escenas que me parecen de la India profunda. También recuerdo mucha gente, especialmente adolescentes, que nos saludan con un hello, y se nos quedan mirando como si fuésemos marcianos de feria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20313.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20313.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Lunes 26 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  Dejamos el hotel de Busan. Desayuno rápido en el Starbucks y tomamos el metro hasta la estación de autobuses. Mientras vemos pasar las diferentes paradas comentamos lo intenso que nos están resultando estos días, cuando apenas llevamos cinco días de viaje, de vacaciones.&lt;br /&gt; El autobús debió tener unos años de servicio gloriosos. Pero más cerca de la guerra de Corea que de nuestros días. Solo tres asientos, amplios, de cuero, por fila. Pero la decadencia había terminado por impregnar cada rincón del interior. Además, parece una costumbre del país, las ventanillas parecían opacas a fuerza de sufrir los elementos y ninguna limpieza. Casi mejor. &lt;br /&gt; Viajar en autobús en Corea, lo leí luego en la guía, es una experiencia que puede ser desagradable. En Corea se conduce de manera temeraria, pero los adelantamientos de los autobuses, sus cambios bruscos de carril, la velocidad a la que abordan las curvas, hacen de la experiencia algo inolvidable, aunque con pocas ganas de repetir. Afortunadamente, casi todo el recorrido transcurrió por autopista, donde estadísticamente es más difícil tener un accidente. Creo. Paisaje de hojas secas, mucho menos frondoso que los bosques japoneses. Finalmente, una hora y diez después de salir, llegamos a la estación de autobuses de Gyeongju, sanos y salvos. Allí tuvimos que tomar otro autobús, este mas modesto en sus prestaciones, que nos dejó cerca del hotel, en el lago Bomun. Esta ciudad resulta un poco incómoda a la hora de visitar sus monumentos. Tiene un centro, donde se concentran las casas, mercados y algunas tumbas, pero con poco o nulo encanto. El resto de las cosas que merecen ser visitadas están diseminadas por la llanura de alrededor. Me recuerda un poco a la dispersión que encontramos en Alice Spring. Alrededor del lago, artificial, se concentran muchos hoteles y centros de ocio. El nuestro, el Hilton, demuestra que en Internet a veces se pueden encontrar autenticas gangas. Eso sí, en invierno, que parece no ser época de turismo. &lt;br /&gt; Mamen aprovecha el lujo del hotel para quedarse a reponer fuerzas y mantenerse al margen del frío. Un frío más intenso que el de Busan, tal vez similar al de Seúl. Yo no puedo domesticar mi curiosidad y ligero de equipaje salgo a explorar el centro. Me dirijo al Tumuli Park, un parque de hierba donde unas enormes protuberancias parecen querer salir del suelo. Pustulas gigantes que se inflan y se rodean de la hierba del lugar. Se trata de enterramientos de la dinastía Silla, muchos de los cuales han sido excavados, sus tesoros llevados al museo nacional de Gyeongju, y vueltos a dejar como estaban. Solo hay una tumba que ha sido abierta al público. Es como meterse en una esfera que sobresale unos trece metros del suelo y que tiene casi cincuenta metros de diámetro. Dentro, se exponen en vitrinas reproducciones de los atributos reales encontrados, así como la disposición del enterramiento. Salgo fuera y siento hambre. Hambre y frío. Camino y camino hasta encontrar un lugar donde tomarme un sándwich y un café. El calor y la comida humanizan mi cuerpo, y termino por sentirme mejor. Después de tan sencillo tentempié, me vuelvo a lanzar a las calles, sucias, sin aceras, tristes calles, de esta ciudad. Muchísima venta callejera. Mujeres ajadas por el tiempo venden desde la tristeza milenaria de sus ojos frutas, verduras, pescados... Puestos reducidos a la mercancía con la que trafican. Compro chocolate y un yogurt en un colmado. El yogurt resulta ser de judías, y mi paladar lo rechaza, quedándose con el chocolate de sabor clásico.&lt;br /&gt; No me gusta nada la ciudad. Camino hacia el Wolseong Park, igualmente en las afueras. Aquí hay espacios abiertos, hierba bien cuidada. Y un antiguo observatorio astronómico, el Cheomseongdae, que en términos asépticos no es mas que un torreón circular de piedra, hueco, que no medirá mas de diez metros de altura. Pero su valor reside, explica la Lonely Planet, en que es el mas antiguo de oriente (siglo VII). Todas sus piedras obedecen a razones geométricas relacionadas con el calendario solar. &lt;br /&gt; En el observatorio se me acerca una turista coreana que pasea sola. Empezamos a hablar mientras caminamos por el Banwolseong, un lugar donde antaño existía una fortaleza y en estos tiempos no hay más que un parque. Tan solo queda una sencilla construcción de piedra, que fue un almacén de comida. Bajamos charlando hacia el Anapji Pond. Un jardín construido para conmemorar la unificación coreana, allá por el año 674. Ella me cuenta que ha vivido en Australia y en Japón, y que conoce un poco la mentalidad japonesa. Diferente de la coreana, me aclara. Hay unas edificaciones, todas modernas. Pero el sol se va ocultando tras las montañas y el frío empieza a ser doloroso. Nos despedimos y yo tomo el autobús para ir al hotel. Me toca esperar diez minutos, terribles, de frío intenso y vientecillo lacerante. Si a mediodía la temperatura era de cinco grados bajo cero, no quiero ni imaginarme el frío al que estuve sometido en tan desagradable espera. En el hotel, el calor burgués del Hilton me reconforta. Debido a la ubicación  del hotel, nos vemos obligados a aceptar su buffet de cena, algo caro, pero que compensa el déficit de nutrientes del día. Y con buen sabor. &lt;br /&gt; Primer día que me asomo a internet desde que salimos. Miro la cuenta del correo y consulto los titulares del periódico, para saber, sobre  todo, si Corea del Sur ha entrado en guerra con España por algún islote desgarrado o alguna trifulca comercial. Parece que no. Me siento mucho mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20346.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20346.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Martes 27 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Mucho, muchísimo frío. Cielo azul intenso.&lt;br /&gt; Después de un agradable desayuno en el hotel, nos protegemos el cuerpo, manos y cara, y salimos a coger el autobús que nos llevara a Bulguksa. Se trata de un templo budista, elegido por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Está situado en la falda de una montaña, así que es de los que me gusta el entorno. Cuando uno mira a los alrededores, o por encima de los curvados tejados, solo se ve el bosque que cubre la montaña y más allá ese azul brutal, cargado de luz. Explica la guía que fue erigido inicialmente en el siglo VI y posteriormente ampliado; fue destruido, otra vez, por los japoneses a finales del siglo XVI. Fue reconstruido, solo en parte y únicamente a finales de los años sesenta del siglo pasado se termino la restauración conforme al modelo original.  &lt;br /&gt;Al entrar uno se encuentra un edificio grande, de madera, con un par de escaleras de piedra acotadas, que suponían un puente de acceso, hoy preservado por ser piezas originales de alto valor histórico. Subimos por un lateral y lo que veíamos como un frontal era tan solo un muro que acotaba una de las caras de una gran  explanada de tierra, en cuyo centro se alzaba uno de los muchos templos que constituyen el recinto sagrado. Un ejercito de niños de un colegio entra con vigor y decidimos dejarles pasar para poder disfrutar en paz de un lugar tan hermoso. Muchos “hello” nos saludan al paso de las bestiecillas. Caminamos tranquilamente por las muchas explanadas, asomándonos a los templos, elevados sobre la piedra recia. En uno de ellos un monje recita oraciones y golpea con un tambor pequeño, de manera rítmica, frente a un Buda dorado. Es relajante. Me quedo muy quieto, escuchando. El sol, a pesar del frío instalado en el aire, parece hacerse notar tímidamente. El momento vuelve a ser entrañable. El lugar es para recordar. El viajero siente que su esencia es de viajero especialmente en momentos como éste. Lo que está debajo de sus capas de abrigo y de farsante social es solo circunstancial.&lt;br /&gt; Un grupo de japoneses, en viaje organizado, se para delante de una pagoda de piedra. Al parecer, uno de los pocos objetos que resistió la barbarie de sus ancestros. Algunos edificios, debido a la irregularidad del terreno donde se hallan construidos, están más elevados que el resto. Desde una puerta de madera se observa un mar de tejados enrollados, que se resalta contra el cielo. Es, sencillamente, hermoso. Una belleza serena, majestuosa, silenciosa.  A pesar del incordio de los niños de colegio. Que por cierto, parecen bastante más educados que en España. Paseamos, volvemos a asomarnos a los templos, a sentir esta serenidad budista que parece tener alguna influencia en nuestro ánimo.&lt;br /&gt; Después de recrearnos con cada rincón del templo salimos. Como en la parte inferior del enorme parking que hay a pocos metros de la entrada del templo se encuentra una oficina de turismo, nos dirigimos allí para preguntar cómo ir a nuestro siguiente destino y, de paso, tratar de entrar en calor. Mamen pregunta y le explican en inglés unas amables señoritas. Le digo, en castellano, que trate de alargar las preguntas, pues para ir a Seokguram Grotto, hay que esperar veinte minutos el autobús y allí dentro se está muy bien. Pero nos ofrecen quedarnos allí dentro, al calor de la calefacción. Tal vez nos prefieran callados que preguntando memeces. Se ve un aparcamiento muy grande para muy pocos coches y autobuses. Supongo que no es temporada de visitas, con estos días tan fríos.&lt;br /&gt; El autobús, aunque hace un recorrido corto, de apenas veinte minutos, tiene tiempo de mostrarnos las exquisiteces de su conductor en las curvas de una serpenteante carretera de montaña. Con todo, no me parece terrorífico. Tal vez el hecho de ser cuesta arriba limita las prestaciones de la máquina. &lt;br /&gt;Seokguram Grotto es una cueva donde se encuentra una estatua de Buda tallada en la roca. Es más la importancia religiosa, la devoción que sienten la persona que esta fe profesan, que la grandeza artística que uno puede apreciar. En cualquier caso, el lugar donde para el autobús es un lugar con unas vistas imponentes. Es una cuerda de una cadena de montañas, y se tiene una vista panorámica de las dos laderas. Se camina por un sendero muy agradable, que se interna en un bosque de árboles desnudos. En pocos minutos se llega a un edificio pequeño, a modo de templo. Dentro, una gran cristalera protege la gruta, en donde se ha tallado en la roca una rotonda de piedra. En el centro, el Buda digno de reverencia. Es hermoso, pero el cristal y la distancia no incitan a quedarse demasiado. A la salida, después de consultar el mapa que nos dieron en la oficina de información turística y el Lonely Planet, decidimos bajar andando hasta Bulguksa (unos tres kilómetros y medio) aunque nos quedará siempre la curiosidad de cuánto miedo se pasará bajando en autobús. Hay un sendero bien marcado, por el que rostros cansados con los que nos cruzamos terminan una ascensión un poco dura. Pero bajar se lleva bien, y el paisaje es precioso. Las ramas sin hojas de los árboles dejan pasar la luz del sol que, a pesar de todo, algo de tibieza transmiten al aire, al entorno. En el suelo, una alfombra de hojas amarillas nos habla de lo efímero de todas las vidas posibles. Esta es la vida del viajero que se abre al mundo, animado de curiosidad.&lt;br /&gt; Al llegar abajo, el cuerpo pide energía y algo de descanso. Escuchamos a una mujer que ofrece bibimwa, un  plato que conocemos de los restaurantes coreanos de Japón. Le insistimos que no queremos picante, y nos lleva a su local. Un triste chiringuito, acristalado al menos, y caliente, donde tres mesas sobre un suelo sin sillas ofrecen poca hospitalidad. Pero tenemos esperanza en la comida. El bibimwa, un arroz frito con verduras y huevo, aunque en este caso no lleva el huevo por encima y a mí, me terminan cansando tantas verduras. Té frío y manchas de grasa protegiendo las ventanas, tapizando las paredes del local. Luego la señora nos propone una sopa de tofu no muy apetecible. Pero no somos capaces de decirle que no. O sí, pero ella no quiere entender. Aun así, siento lástima de alguien que tiene que salir a buscar turistas para lograr salir adelante. Cocinar en aquella minúscula cocina, vieja, deprimente. Vivir anclada a un negocio que depende, supongo, de los vaivenes del turismo. Al lado de una de las mesas una escalera de mano, descolorida, comunica con  una estancia superior, de donde llegan las voces de un televisor. A un grito de la dueña, un adolescente con cara embrutecida, baja con paso desganado. Supongo que para vigilarnos mientras su madre volvía a salir para buscar clientes. ¡Menudo tugurio para vivir la adolescencia! Más tristeza me produce cuando nos dice lo que le debemos. Bien poco, a mi entender. Tanto trabajo para tan poco. Cuestión de suerte nacer aquí o allí.&lt;br /&gt; Con estas reflexiones salimos del local y volvemos al mundo del frío. Esta atardeciendo. En un colmado compramos chocolate y agua. No da tiempo a visitar mucho más, así que de paso hacia el hotel en el autobús nos bajamos, consejo de una de las mujeres de la oficina de turismo y calorcillo, en el Folcraft Village. Que no es sino una imitación de un poblado antiguo donde están asentados modernos artesanos. Poco encanto le encontramos al lugar, con muchas casas cerradas, muchos elementos modernos que chirrían. Antes de subir de nuevo al autobús caminamos por la carretera y entramos en un pueblo de verdad. Granjas sin más interés. Un lago helado, un río helado. Regresamos al hotel, cansados y con la noche comenzando a instalarse en el aire limpio de esta zona. El sol nos abandona, dejando tras de sí un frío cada vez más atroz.&lt;br /&gt; Se agradece el calorcillo y las comodidades de un hotel de lujo como éste. Cena pantagruélica de buffet (que lejos queda el local grasiento de la mujer que nos preparó el bibimwa; que lejos, igualmente, las noches en albergues y camping de una juventud cada vez más distante). Se nos acerca, mientras cenamos, un cocinero con rasgos occidentales. En correctísimo inglés nos cuenta que ha venido hace llegado hace un mes para trabajar de cocinero en el hotel, pero que no le gusta el frío excesivo, ni la gente, cerrada, inasequible. Se siente solo. Le pregunto por su país y me contesta que es italiano. Parece que no le ha ido bien la aventura coreana. Debe tener unos cuarenta y cinco años, aunque el rostro lo mantiene bien cuidado. Se queja de que no conoce gente. Charlamos (le dejamos hablar) un rato.  Más tarde, en la habitación, leo noticias sobre este país en el Korean Herald, que hablan sobre derechos humanos, sobre corrupción...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20412.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20412.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Miércoles 28 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Volver a hablar de la belleza de un templo budista situado en mitad de un bosque, rodeado de montañas, se me antoja un ejercicio de escritura repetitivo. Pero las impresiones piden hablar de Guirimsa. Madrugar sigue siendo algo desagradable, sobre todo en vacaciones, donde adquiere un matiz de voluntariedad que solo la curiosidad logra conciliar con el placer de despertarse de forma natural. Una ducha sin frío, un desayuno de lujo y uno entra en la vida con cierta suavidad. Después de tomar dos autobuses, me pongo a caminar. Según el Lonely Planet hay cuatro kilómetros y medio de pista de tierra. Pero yo camino por una carretera, solitaria, apenas concurrida. Según el mapa de la oficina de turismo, al final de la carretera, hay otra carretera secundaria. Eso no es problema. El camino es llano y el paisaje es agradable. Un valle amplio, de suaves colinas, colores ocres, arrancados con elegancia por un sol vigoroso. El río parece tener mucho caudal en verano, pero  cuando yo lo contemplo es tan solo un lecho desnudo de piedras redondeadas. Cuando llevo veinte minutos y no veo ninguna señal, me dirijo a un local que aparece a la izquierda de la carretera. Unos bultos en el suelo, parecen desperezarse, dentro de unos sacos de dormir descoloridos. Un joven con el pelo marcado por el sueño reciente, me indica con gestos económicos que tengo que seguir por el camino que traía. Parecía una peluquería, pero nunca sabré que tipo de industria practicaban los durmientes.&lt;br /&gt;Cuarenta minutos caminando a buen paso me empiezan a producir desazón. El temor de haber errado el camino y tener que volver sin haber alcanzado el templo. Veo a unos hombres  trabajando en unas obras, reparando algún desperfecto de la calzada. Uno de ellos parece ser el jefe, y se monta en un coche. Me acercó a paso rápido hacia él, con una idea en la cabeza y, por la ventanilla, le pregunto si voy bien a Guirimsa. Me invita a subir al coche, tal y como había calculado que podría suceder. Para mi sorpresa, la entrada al templo está apenas un kilómetro más adelante, en la misma carretera por la que yo venía caminando. &lt;br /&gt; En el templo, poca gente. Éste es más sencillo que el de Bulguksa. Tiene una gran explanada central rodeada de los edificios principales, y dos más, algo menores. Una de ellas, la que a mi más me gustó, contenía una pagoda de piedra (ésta y las de Bulguksa, son elementos decorativos, no son edificios a los que se pueda acceder como las pagodas de madera japonesas) y templos de madera sin pintar. Probablemente estuvieron pintados hace años, pero el tiempo ha dejado la madera al aire. Algunos tenían las puertas cerradas pero se escuchaban los cánticos de los monjes brotando del interior. Una fila de zapatillas alineada sobre la piedra indica la presencia de los hombres rezando. Otro templo, grande, con las puertas abiertas me llama con los rezos de un monje. Dentro algunas personas arrodilladas sobre la madera parecen rezar. Me vuelvo a dejar llevar por esta visión, por el sonido de los rezos, por el olor del incienso. Pero lamentablemente un hombre, un visitante, se pone a hablar con su teléfono móvil sin preocuparse mucho de bajar el tono de voz. Se rompe el encanto.&lt;br /&gt; Un edificio ha sido reconvertido en pequeño museo. Lamentablemente no contiene información en inglés. Se exponen utensilios, cuadros y telas que, creo, pertenecieron a miembros destacados del templo. Un templo influyente. Bastante bien expuesto. Y no hace falta descalzarse para recorrerlo por dentro. &lt;br /&gt; Me quedo un rato contemplando este mundo de construcciones estáticas, serenas,  rodeadas de un paisaje que relaja. Dentro de unas horas volveremos a estar en el bullicio de Seúl. Al salir, en la base de un campanario de dos pisos, una máquina de refrescos, una de café y una cabina de teléfonos. Visión surrealista que queda guardada en una foto curiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Al regresar, apenas llevaba diez minutos caminando por la carretera, una camioneta se para, sin yo haber realizado ningún gesto, y su amable conductor me ofrece llevarme hasta el cruce donde me apeé del autobús. En el hotel recogemos las maletas y nos dirigimos a la estación de trenes. La temperatura parece más llevadera. Esperando al tren se nota mucho más el efecto del sol. &lt;br /&gt; El tren es un regional que se mueve a paso de tortuga. A pesar de que la ciudad es pequeña y tiene menos de trescientos mil habitantes, a las afueras volvemos a ver esos horribles bloques de viviendas con una numeración que recuerda a lo peor de los países del este (de Europa). Dangdaegu es el lugar donde abandonamos el trenecillo y nos volvemos a subir en el de alta velocidad, rumbo a Seúl.&lt;br /&gt; En la estación de Seúl, a donde llegamos a eso de las seis de la tarde, dejamos las maletas en unas taquillas y caminamos (otra vez el frío intenso nos recibe con sus dolorosas caricias en el rostro) hasta la Gran Puerta Este, Namdaemun. Restos de antigüedad rodeados de edificios, coches, luces, gente que va y viene sin prestarle mucha atención. Atravesamos el mercado de Nandaemun (artículos de imitación, baratijas sin sentido para mí) y nos dirigimos hacia el teleférico que lleva a lo alto del Jung gu, la montaña donde antaño había una fortaleza y ahora se alza una torre de televisión y un mirador de la ciudad. Hace un frío desagradable, pero la vista es interesante. Se reconoce el río, esa gran mancha oscura en medio de las luces de las farolas y los coches. Una serpiente oscura, de formas caprichosa, que condiciona el diseño de lo urbano. Los puentes marcan la domesticación de lo natural. El cansancio de los días, del viaje desde el sur, matiza los resultados de este subir a lo alto de Seúl. Regresamos al hotel, derrotados, con ganas de sentir el calor, exagerado, de la habitación, de sentir el descanso que proporciona la horizontalidad recuperada. &lt;br /&gt;En el trayecto en metro hasta el hotel, largo, pesado, con las maletas arrastrando tras nosotros, uno recuerda que esa misma mañana ha sentido la paz de la montaña en el templo de Girimsa, y le gustaría volver a inhalar esas sensaciones, no dejar que estas últimas se posen al final del día. Estoicismo de  manual para esperar pacientemente el largo recorrido en metro, el transbordo sin escaleras mecánicas, sin dejarse arrastrar por una melancolía inflamada por el cansancio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20477.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20477.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Jueves 29 diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de irnos de Seúl, de volar de regreso a Japón, aprovecho esta mañana para visitar el museo de la guerra, el War Memorial Museum. El día esta ligeramente brumoso. Nos vamos y el cielo pierde el brillo que tanto hemos agradecido. Una neblina sucia que desvirtúa las formas en la distancia, que entristece la mole urbana.&lt;br /&gt;El museo es un lugar en el que se ha invertido tiempo y dinero. Según se entra, a ambos lados del acceso principal, un corredor con columnas sostiene innumerables placas con los nombres de los extranjeros, norteamericanos principalmente, caídos en la guerra de Corea. Nombres de jóvenes, probablemente, que salieron de su país, de su vida, para caer reventados en tierras lejanas. Quizá sin entender muy bien el trasfondo de esta guerra renunciaron a tener un futuro lleno de incertidumbre y, también, de posibilidades.&lt;br /&gt; Dentro, un recorrido guiado por flechas nos lleva por la historia de Corea, desde el punto de vista de sus conflictos armados. Destacan las numerosas invasiones que ha sufrido la península, especialmente las japonesas. Pero bastante más de la mitad de las salas del Museo están consagradas a la Guerra de Corea, la más reciente, la que se recuerda con más intensidad.&lt;br /&gt;El 25 de junio de 1950, las tropas de Corea del Norte sobrepasan el paralelo 38 y se apoderan de la practica totalidad de Corea del Sur. El ejercito norteamericano y tropas de Naciones Unidas acuden en ayuda del Sur y logran que Corea del Norte se repliegue más allá de las fronteras iniciales. Entonces interviene China, temerosa de que sus fronteras pudieran verse afectadas, con un fuerte contraataque. Después de un conflicto de tres años, se firmó el armisticio y quedaron las fronteras fijadas como actualmente, con una franja desmilitarizada de unos dos kilómetros de ancho. Una frontera que parece ser la que tiene más presencia militar de todo el planeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un autobús nos lleva al aeropuerto, desandando el camino que hace una semana hicimos sin saber a ciencia cierta qué se escondería detrás del nombre de Corea. Últimas compras en el aeropuerto para agotar los wons. El frío ha sido intenso, pero los recuerdos empiezan a borrarlo, a situarlo en un margen de las fotos y los recuerdos. Y la sensación de intensidad es algo grandioso. &lt;br /&gt;Afortunadamente, el viaje continua. No hemos llegado todavía al ecuador del mismo. Continuamos en Japón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/corea%20531.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/corea%20531.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113777608322146583?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113777608322146583/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113777608322146583' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113777608322146583'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113777608322146583'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/01/corea-diciembre-2005.html' title='Corea (Diciembre 2005)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113724212580546330</id><published>2006-01-14T21:34:00.000+09:00</published><updated>2006-01-14T21:37:21.716+09:00</updated><title type='text'>PITÁGORAS Y LOS LLAMADOS PITAGÓRICOS (2)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;EL HOMBRE Y SU LUGAR EN LA NATURALEZA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pitagorismo tiene un trasfondo mágico que parece difícil de conciliar con el fondo intelectual. Los griegos tuvieron esa capacidad de conservar tradiciones e ideas arcaicas para trabajar intelectualmente sobre su significado. Los preceptos se dividen en morales, y de conducta. No comer habas se puede referir a creencias antiguas de que podían contener vidas humanas. Pero muchos de estos preceptos pueden significar otras cosas menos superficiales, por ejemplo, el de recoger la cama nada más despertarse, puede dar a entender que hay que estar preparado para el viaje final (magia simpatética). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alma es inmortal y emigra a otras especies vivas. Los acontecimientos pasados se repiten en un proceso cíclico y nada es nuevo en absoluto. Doctrina del parentesco con toda la naturaleza animada. Tema de las habas es un ejemplo de cómo la doctrina filosófica entra en los preceptos prácticos. Prohibición de comer carne animal por si es un semejante (esto se encuentra en tradición órfica). Aristóteles piensa que esto se limitaba a ciertas especies e incluso otros autores niegan que existiese esta prohibición (Aristóxeno). Es posible que la prohibición no afectase a los miembros más elitistas o cultos, Es posible que esta prohibición se diese más o menos en algunas escuelas pitagóricas incluso de ciertas partes. Pero siempre el trasfondo es el mismo. De hecho se habla de dos tipos de seguidores: los acusmatici y los mathematici, los que siguen preceptos sencillos que ordenan  su vida, y los que se internan en  los secretos de la filosofía.  Pitágoras instituyó varios grados según talento y los secretos más elevados solo eran accesibles a los capaces de asimilarlos. El ala filosófica desdeñó la fe supersticiosa de los devotos, pero no pudo negar que también los otros eran pitagóricos ya que había sido Pitágoras el fundador de las dos alas. Las escisión clara entre las dos alas viene de la dispersión geográfica. Por ello esta disparidad de opiniones posteriores. Dos grupos de pitagóricos, unos interesados en la búsqueda de la filosofía matemática y otros interesados en conservar unos fundamentos religiosos. De ahí la contradicción en las opiniones. Esta escisión racionalista da de lado los preceptos que antes habían sido comunes para todos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113724212580546330?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113724212580546330/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113724212580546330' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113724212580546330'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113724212580546330'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/01/pitgoras-y-los-llamados-pitagricos-2.html' title='PITÁGORAS Y LOS LLAMADOS PITAGÓRICOS (2)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113699093795274653</id><published>2006-01-11T23:36:00.000+09:00</published><updated>2006-01-14T21:36:36.416+09:00</updated><title type='text'>Viaje a Hong Kong (Noviembre 2005)</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Hong%20Kong%202005%20113.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Hong%20Kong%202005%20113.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Domingo 27 de noviembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El viajero se despoja lentamente, con cierta desgana, de su otra identidad, a saber, la de nómada, la de trotamundos, para ir asumiendo poco a poco esa otra bajo la cual le reconoce la mayor parte de la gente con la que se relaciona. Un mundo intenso que se desvanece y del que quedan recuerdos, vivencias, muchas fotos, unas maletas a medio deshacer, y una intensa sensación de vida que acompaña al viajero en sus primeros quehaceres por su hogar y alrededores. Un domingo en que la cama de aquella habitación, diminuta pero acogedora, del hotel en Central, en la isla de Hong Kong, ya no está, y es ahora el tatami de siempre. Bueno, del último año. Al menos queda el consuelo de que el mundo circundante, más rural, más conocido, sigue conservando un cierto exotismo latente. Un desayuno en la cocina, con el recuerdo fresco de aquella terraza que preludiaba un día de intenso caminar, de fotos y fotos, de ver cosas nuevas. Una salida en bicicleta con el cansancio arrastrando en las primeras rampas de estas montañas japonesas. Cansancio cincelado en los pies y en las piernas a base de recorrer las calles de Kowloon, de la isla de Hong Kong desde Central a Causeway Bay, de caminar por la isla de Lamma o por las tranquilas calles de Stanley, de internarnos en el autobús camino de los Nuevos Territorios. Todo eso es ya pasado. Esos momentos de intensidad brutal, como esa terraza en Macao, con las luces de neón alumbrando una calle con reminiscencias coloniales portuguesas, pero desbordadas de carteles en chino, sintiendo una bocanada de un aire intenso, cargado de siglos, de vivencias de otros caminantes, de pensamientos de otros viajeros. He hecho una foto con el pasaporte y la guía del Lonely Planet de China. Un icono de este viaje. Un símbolo al que solo le faltan las zapatillas, que la prudencia me impidió colocar sobre la mesa del café, para incluir en  la fotografía.&lt;br /&gt; Mañana volveré al trabajo, rodeado de mis compañeros japoneses, pero mi cabeza seguirá cargada de recuerdos sobre aquel viaje que tantos buenos momentos, a pesar del cansancio, nos ha deparado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Todo comenzó hace una semana. El domingo, después de un sábado de paseo en bicicleta y preparación de maletas, el despertador sonó muy pronto. El principal problema que encuentro al nuevo aeropuerto de Nagoya, el llamado Centrair, es que necesitamos dos horas de tren para llegar hasta él. Total, que para despegar a las diez de la mañana, tuvimos que despertarnos a las cinco y media. Pero el sueño se difumina con una siesta mientras volamos hacia el oeste. Mamen no logra vencer ese miedo a despegar y aterrizar, pero no por ello renuncia al placer de los viajes. Recuerdo que yo también tenía miedo a volar antes de empezar a trabajar. Pero los cientos y cientos de vuelos, de despegues y aterrizajes para ir a una reunión, a visitar un cliente o una fábrica, fueron desbrozando ese miedo y hoy en día no es un problema para mí. Es cierto que tanto volar para trabajar le ha ido puliendo el encanto a los aeropuertos.&lt;br /&gt; Y aterrizar en el nuevo aeropuerto de Hong Kong, situado en la isla de Lantau. Parece ser que hasta hace poco se aterrizaba en un estrecho y peligroso aeropuerto ubicado en la isla de Hong Kong. Trámite de pasaportes, donde por cierto, al escanearme la hojita que he tenido que rellenar para entrar, me escanean igualmente el visado de trabajo en Japón (¿para qué?; al entrar de nuevo en Hong Kong, de regreso de Macao, vuelven a hacer los mismo los funcionarios de aduanas), recogida de maletas y a tomar el tren hacia el hotel. Un servicio rápido y cómodo que nos da una idea de por donde anda el espíritu de los servicios en estas tierras. Hong Kong ya no es una colonia británica. En 1997 fue devuelta a China, a pesar de que no es una provincia China como otra cualquiera. Su estatuto de Región Administrativa Especial, le permite vivir de la economía de mercado. Un país, dos sistemas, parece ser el lema elegido. Tiene su propia moneda y si el viajero quisiese entrar en la China continental necesitaría un visado.&lt;br /&gt; Pronto la verticalidad, algo que se mete en la cabeza del viajero conforme los inmensos y esbeltos edificios comienzan a brotar de las faldas de las montañas, empieza a poblarlo todo. No es como Sydney o Tokio, donde los grandes rascacielos son los edificios de las grandes empresas o corporaciones financieras. No. Aquí,  la gente vive en bloques de viviendas de más de treinta pisos. Por eso uno mira por la ventanilla mientras el moderno tren avanza a gran velocidad y solo ve enormes edificios de viviendas, sobre todo al acercarnos a Tsing Yi, antes de entrar en tierra continental. Y al otro lado, un vasto paisaje poblado por cientos de grúas, montañas de contenedores en lo que parece ser un gigantesco puerto de carga. Todo es grande, todo es vertical en este lugar nuevo a los ojos de este viajero ávido de conocer. También se ven amplias colinas con vegetación, pero sin árboles. En Japón es difícil ver algo así, siempre la corteza de los árboles desdibuja los contornos de la tierra que esconden bajo sí.&lt;br /&gt; El tren termina su trayecto después de cruzar bajo el mar y dejarnos en la isla de Hong Kong, Cambiamos de línea y tomamos el metro para apearnos en Sheung Wang. Aquí salimos con gran curiosidad a la superficie. Y caminamos buscando nuestro hotel, en la Hollywood Road, atravesando calles atestadas de gentes que se mueven con cierta prisa, tiendas llenas de productos que luego resultan ser comida seca, cangrejos vivos, algunos ya recolocados con cintas vegetales para impedir los movimientos de sus patas, gente que vende, que ordena raíces, nidos de pájaros, aletas de tiburón. Olores y colores que saltan de las tiendas, orientadas a la calle, a la gente. Y como en Japón, muchas luces de neón. Un barrio con enormes edificios de viviendas, que vistos de cerca ofrecen un descuidado aspecto. Más Asia que Occidente. Al fondo, cerca del mar, muchos elegantes rascacielos de metal y vidrio. El centro financiero y económico de esta metrópoli. ¿Más occidente que Asia?&lt;br /&gt;Lo primero que se agradece, es que todos los carteles informativos están escritos en chino y en inglés. Según la guía, el idioma hablado en esta zona de China es el cantones; en el resto de China, parece que es el mandarín el más extendido. La escritura es la misma, y solo varia la manera en que se pronuncian las palabras. Lo que nos ha resultado menos chocante que para un occidental recién llegado, es el haber estado viviendo durante un año en un país que también emplea los kanjis, los mismos, en su escritura. Aquí no hay hiragana ni katakana, pero, por ejemplo, cuando escriben norte, lo escriben como lo escribiría un japonés, con lo cual algo, muy poco, podemos entender. Por ejemplo, la calle Beijing Road, escrito en chino contiene los kanjis de norte, capital y carretera. Un japonés, o alguien que entienda kanjis lo puede entender, pero no podría leerlo ni entenderlo oralmente. Así que no ha sido un choque tan grande la escritura en ideogramas. Y menos cuando ya quisiéramos que en Japón hubiese tanta información en inglés, tanta gente que supiese hablar inglés.&lt;br /&gt;El hotel es acogedor, pero las habitaciones son pequeñas. Creo que el metro cuadrado es caro en esta ciudad. Como en Tokio. Esto explica la miniaturización de los establecimientos hoteleros. Pero es una habitación agradable en la que solo dormimos y nos duchamos. Nada más. &lt;br /&gt;Después de registrarnos y dejar las maletas, salimos a pasear un poco. Resulta fascinante esa sensación de tratar de ubicarse, de entender como está distribuida la ciudad. Con el tiempo nos manejábamos sin problemas en los alrededores del hotel. &lt;br /&gt;Paseamos por la Hollywood Road, a media ladera. Hay bastantes tiendas abiertas a pesar de ser un domingo. Muchas tiendas de antigüedades, con reproducciones, suponemos, de piezas de piedra, de barro. Un templo de la época colonial, el Man Mo, clavado en medio de una verticalidad de edificios, como un sumidero de aire. Algo extraño, casi enervante. Es pequeño pero es nuestro primer templo chino. Llaman la atención las espirales de incienso colgando del techo. La decoración no resulta tan exótica después de ver tanto templo budista y sintoísta japonés, pero hay algo que es diferente. Man y  Mo son dos deidades taoístas opuestas. Man es el Dios de la literatura y Mo el de la guerra. La caligrafía y la espada. Me recuerda a una película japonesa de estética memorable, de colores fascinantes, pero de nombre irrecuperable de la noche de mis recuerdos.&lt;br /&gt;Seguimos paseando, ya de noche, con una temperatura francamente agradable. En una útil página de internet encontré los pronósticos del tiempo para esta semana. Mínimas de dieciocho grados y máximas de veinticuatro. Pronto descubrimos lo agradable que es visitar Hong Kong en esta época del año. Nos llama la atención que la población local va abrigada, y somos nosotros los únicos que andamos con los brazos al aire, sintiendo la bonanza del clima. Creo que en agosto esto debe ser bastante más duro de soportar. Algo así como aquella escala de dos días que hicimos en Singapur, hace unos años, camino de Australia, donde el clima asfixiante hacia difícil respirar, y nos convertía en maquinas de sudar, aun no realizando ninguna actividad. Eso no nos impidió disfrutar del lugar, pero reconozco que en estas condiciones es mucho más agradable.&lt;br /&gt;Caminando sin rumbo encontramos un mercado callejero y lo atravesamos, sintiendo una marea de gentes que avanzan avasalladoramente en todas direcciones. Siempre tenemos la sensación de estar en medio de trayectorias inescrutables. Ahora, con la perspectiva del tiempo, puedo decir que me ha parecido gente mucho menos amable, más atropellada, más arrogante... que los japoneses. No son necesariamente menos amables o más arrogantes que los españoles, por ejemplo. &lt;br /&gt;Después del mercado, saturados de olores, de la visión ordenada de frutas y verduras, de carnes y pescados, de mariscos vivos encerrados en sarcófagos de cristal para probar su frescura, bajamos hacia una ancha calle surcada por bidimensionales tranvías de dos pisos, autobuses  urbanos, en su mayoría igualmente de dos pisos, esos taxis rojos que tanto abundan... El Des Voeux Road Central comunica el Western Market con Central. Y allí un  bullicio aterrador de gente que se desborda cuando el semáforo da luz verde a los peatones. Difícil caminar por esas calles atestadas de gentes, que perfilan en su caminar una larga hilera de comercios y grandes almacenes. Terminamos nuestro paseo de inspección regresando hacia el barrio del hotel. Echamos un vistazo a la zona del puerto, pero es poco accesible para mirar hacia la otra orilla, donde se encuentra el continente. Vemos los carteles que nos indican los ferrys a Macao, un destino que posponemos para algún día de esta semana. En el Western Market, un edificio de estilo inglés de principios del siglo pasado (el siglo XX, matizo) fue empleado como mercado de abastos hasta hace poco. Ahora alberga en su interior tiendas y un par de locales de restauración de estómagos. Y en uno de estos cenamos algo ligero, que tanto viaje y cambio de mundos tiende a alterarle a este viajero su delicado estómago. Eso sí, en el local de al lado, especializado en dulces y postres, el viajero no perdona un te de almendras con arroz negro tailandés. Un te que es como una leche de almendras. Sabroso. El viajero se va sintiendo cada vez más un viajero de verdad, despojándose de las últimas escamas que le hacían reconocible como un expatriado sedentario.&lt;br /&gt;Un paseo nocturno para seguir apreciando esas tiendas de comida seca, de productos extraños que uno no imagina se puedan comer. Vemos una especie de lagartijas secas, abiertas en canal y empaladas. No me resultan muy atractivas, la verdad. Gente que mueve cajas, que amarra cangrejos con hábiles movimientos, que ordenar productos extravagantes. Gente que no para de trajinar, como hace una semana, cuando esto solo era un ansia, un proyecto de viaje, y como harán dentro de un mes, cuando este viajero este de nuevo amarrado a su puerto, con la mente puesta en otro destino lejano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Macau%202005%20130.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Macau%202005%20130.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes amanece con ganas. Ganas de echar a andar, a conocer un poco más, de seguir explorando. Una de las mujeres de la limpieza del hotel, nos advierte que no salgamos a la calle así, con manga corta. Con el tiempo comprendemos que nuestra sensibilidad térmica difiere de la de los nativos. Los pronósticos del tiempo daban, para hoy, entre dieciocho y veintitrés grados. Caminamos con calma, con los ojos curiosos, dando un rodeo un tanto aleatorio, hasta los embarcaderos de los ferrys y cruzamos hasta Kowloon, la Hong Kong continental. Allí nos encontramos el criticado Honk Kong Cultural Center, un edificio un poco mazacote y sin ventanas. Esta revestido de esos azulejos que también se emplean en algunos edificios japoneses y que les dan, bajo mi punto de vista, un aspecto grotesco. Caminamos por la Tsim Sha Tsui, dejándonos embargar por la intensa actividad comercial de estas gentes. Hong Kong es, en gran medida, tiendas: gente que compra y gente que vende. Nos dejamos arrastrar un par de veces por esta fiebre compradora, pero poca cosa. Caminamos por la Nathan Road y entramos a comer en un restaurante chino, es decir,  un restaurante normal. Pedimos como podemos y no podemos decir que sea algo fascinante. Un  amplio comedor, un lugar muy concurrido. Tal vez no nos paramos lo suficiente a consultar la guía lo que queríamos comer. O tal vez eran especialidades regionales de sabe Dios qué parte de China. Luego un café tranquilo, con un dulce para quitar el mal sabor de una sopa de contenido misterioso. Primer y único pinchazo gastronómico en Hong Kong. Uno de los muchos locales de la Pacific Coffee Company, donde hay sofás con orejeras junto a los ventanales que dan a la calle. El sol de la tarde me empieza a adormecer, mientras Mamen consulta su correo electrónico.&lt;br /&gt;Seguimos caminando y nos metemos por unas calles cercanas a Temple Street. Mercado callejero de comestibles. En algunas ocasiones cosas desconocidas, pero muy vistosas. Fotos y fotos. Salimos por el Kowloon Park y seguimos caminando hacia el ferry con calma, buscando calles nuevas. &lt;br /&gt;Anochece y tomamos las famosas escaleras mecánicas que arrancando del De Voeux Road, en Central, suben, en varios tramos hasta la zona del Soho. Una zona de calles estrechas y empinadas, donde abundan los bares y restaurantes recogidos, agradables. Se ven a muchos hombres y mujeres, chinos y occidentales, celebrando el final de una jornada laboral, tal vez estresante de tanta actividad financiera, manejando millones de dólares de Hong Kong con alegría. Restaurantes con diseños modernos, con amplios ventanales que permiten ver la decoración interior. Un ambiente agradable. Caminamos por calles retorcidas hasta llegar a la base desde la que se toma el Peak Tram, el tranvía que sube a lo alto de la montaña. Muchísimos japoneses, a los que solo distinguimos por el habla, esperando subir en uno de los dos trenes que ininterrumpidamente durante horas suben y bajan por una empinada pendiente. Unos vagones suizos de falsa madera ascienden mientras las luces de la ciudad parecen tomar otra dimensión. Lo cierto es que la vista es curiosa. Arriba se puede pasear por un sendero atestado de turistas y de fotógrafos que ofrecen sus servicios en japonés. Busco un hueco para hacer una foto, apoyado en la barandilla. Una japonesa me empuja y me pide perdón en japonés. Le contesto en japonés, daiyobu, no se preocupe, y se queda mirándome perpleja. Sigo con mi tarea de retratar esa vista de la bahía, de aquel desorden de luz que introducen los rascacielos, pero que posee una feroz belleza. Camino hacia el otro lado de la montaña. Se ve Aberdeen o tal vez es Repulse Bay. Mucha menos iluminación en la zona más bien residencial de la isla. Algunos barcos ponen puntos de luz sobre la oscuridad del mar. &lt;br /&gt;Bajamos en otro vagón atiborrado de japonés necesitados de fotografiarlo todo, y llegamos al hotel cerca de las once de la noche. El cansancio esta enmascarado detrás de la ilusión, de la fascinación de haber iniciado la conquista por conocer este lugar, cuyo nombre ha existido desde siempre en mi cabeza. Y se quedo fijado mientras leía El Puerto de los Aromas, libro que me acompaño en mi último viaje de Europa a Japón, cuya trama se desarrollaba en esta colonia. Aunque he de reconocer que no lo encontré especialmente fascinante ni dotado de un estilo hermoso. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Macau%202005%2015.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Macau%202005%2015.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Martes. El tiempo pasa y la sensación de poseer los segundos se intensifica. Una intensidad vital que va más allá de lo imaginable. El martes lo elegimos, de manera arbitraria, para visitar la isla de Lama. Es una buena idea. Después de algo más de media hora en ferry, descubriendo la prolongación de esa verticalidad de los edificios de oficinas en viviendas residenciales, desembarcamos en Sok Kwu Wan. Unas pocas casas, unos cuantos restaurantes donde el marisco y algunos peces encerrados en sus jaulas de cristal y agua actúan como reclamos para los turistas. Hay un sendero marcado para atravesar buena parte de la isla andando (no hay coches, ni carreteras) hasta llegar a Yung Shue Wan, desde donde se puede regresar en ferry a Central. Una buena idea para no tener que volver por el mismo camino y poder ver algo más de esta isla. Comienza nuestro paseo con una temperatura muy agradable. Se agradece el silencio limpiando los oídos del paseo de ayer. Es un oasis, preservado por el mar, separado por unos minutos del bullicio de la metrópoli enloquecida. Alguna playa, desierta, vamos dejando a mano derecha. El camino atraviesa un diminuto poblado, apenas diez o doce casas, donde se siente el reposo de unos habitantes que vivirán, supongo, del turismo. Ascendemos y vemos unos cuantos túneles clausurados. Un cartel en ingles nos informa de que fueron construidos por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, para esconder embarcaciones suicidas. Un suave ascenso y a nuestra derecha divisamos un pabellón, moderno, pequeño. Es un cuadrado de cemento con un techo de estilo oriental, sin paredes. Nos sentamos un rato a divisar el brazo de isla donde hemos desembarcado. Es un lugar agradable y tranquilo y uno querría poder sentarse aquí muchos días de su vida para disfrutar del silencio, de la vista que se desparrama por el mar y por las playas distantes. El camino sigue subiendo para llegar a un alto. Allí vemos la otra parte de la isla, dominada toda por las inmensas chimeneas de la central térmica. Un pedazo de isla condenado a soportar una central tan grande, pero me imagino que necesaria para Hong Kong. Por lo menos las chimeneas, perezosas, no vomitan humo ni olores, como hacen todos los días, a todas horas, las horribles chimeneas de la celulosa de Kani. Nos acercamos a otro pabellón, desde el que se divisa el perfil de un trozo de la isla. Precisamente aquel hacía el cual nos dirigimos. Presidida la vista por la enorme central térmica. Me irrita aquella visión, pero me imagino que luego, sentado en el café, me gusta poder leer la prensa o consultar el correo electrónico gracias a Internet. O me gusta ir en metro del aeropuerto a la isla. O tener aire acondicionado cuando hace calor. Sí, me gustan las comodidades, pero no se pueden esconder debajo de la alfombra las centrales térmicas. No hay, de momento, mucha alternativa.&lt;br /&gt;Apenas nos cruzamos con gente. El silencio es agradable de sentir como compañero de este paseo. Bajamos hasta llegar a la playa Hung Shing Yeh Beach. Hay grupos de gente, sentados bajo los árboles. Nosotros nos refugiamos del sol, sentándonos en unas mesas en torno a unos bancos de madera. El sol brilla sobre los reflejos ondulantes del mar. En Kani, mis compañeros estarán encerrados en esos lóbregos edificios, o quizá deambulen por los siniestros talleres con sus sucios uniformes manchados de aceite. Aquí todo es mucho mas hermoso, más silencioso. Tan solo el rumor del agua chocando perezosamente contra la playa, una suave brisa que atenúa el calor y mece los árboles. Demasiado agradable, demasiado irreal. Recuerdo las islas griegas del viaje del año pasado. Cuando estábamos a punto de embarcarnos en este viaje. Cuantos momentos inolvidables. Muchos ligados a comidas o cenas maravillosas, junto al mar. Me gustaría, otra vez, poder sentarme en este banco de madera, y leer algo mientras el sol dibuja espejos irregulares sobre las ondas volubles del mar. Es un momento agradable. Nuevamente. El viajero se siente viajero y con eso parece haber alcanzado un nivel de existencia perfecto que poco mas requiere. Sin complicaciones mentales. Sin necesidad de nuevos planes, de proyectos, de pensar en cambiar de rumbo. Solo el viajero puede disfrutar del presente. Diamantes preciosos que nunca son cegados completamente por la monotonía de los granos de arena, uniformes, que caen pacientemente sobre ellos.&lt;br /&gt;Después de un rato disfrutando de aquel lugar, el hambre nos hace levantarnos y caminar en dirección al otro lugar medianamente civilizado de la isla: Yung Shue Wan. Antes de llegar se ven algunas edificaciones. Pero el no haber coches hace la vida mucho más plácida. En  el pueblo, entramos en un restaurante recomendado por el Lonely Planet. Caro, pero comemos muy bien. Mientras escribo esto recuerdo muy bien el momento. Sentados en una mesa, en la terraza, junto al mar. Vemos un trozo de costa que parece digerir un pedazo de mar domesticado. Sobre la mesa sopa de aleta de tiburón (al menos, así me la venden) y unos gambones fritos con trocitos de ajo. Mamen da cuenta de una enorme langosta a la que momentos antes ha visto viva, gracias a un camarero que nos la ha traído en un cubo. In bicho que impone respeto. La comida más cara de todo el viaje. Pero el viajero se ha hecho cómodo, y disfruta con el paladar. ¡Qué momento tan agradable! ¡Qué sucesión de momentos irrepetibles! Al levantarnos un hombre nos saluda. Es catalán y nos pregunta qué tal hemos comido. Casi todos los viajeros españoles, más bien pocos, que encontramos por este mundo tan interesante son o catalanes o vascos. Creo que somos poco curiosos para viajar los españoles. ¿O será que creemos que en España tenemos todo (sol, mar, playa, mujeres, comida, vino) y no merece la pena salir a conocer mundo?&lt;br /&gt; Después de comer, volvemos a subirnos en el ferry, para regresar a Central, con una hermosa vista de la isla de Hong Kong. Me he fijado que los grandes barcos con contenedores, se detienen junto a diques flotantes donde son descargados en barcos más pequeños. El tráfico marítimo es intenso. Un café con un dulce para reafirmar los sabores en el cerebro. Un paseo por algunas calles de Central y de Causeway. En Times Square, en unos grandes almacenes, encontramos una buena librería en inglés, donde aprovechamos a comprar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Hong%20Kong%202005%20239.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Hong%20Kong%202005%20239.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El miércoles el cansancio va empezando a advertir que el viajero no camina mucho en su expatriación japonesa. Hoy vamos a Stanley en autobús. Es un recorrido bonito en el que se sube y se baja esa cadena montañosa, que parte la isla en dos. Hay autobuses que van a Abeerden directamente por un túnel, pero el viajero quiere ver, y no tiene prisa por demorarse cuarenta minutos. Stanley es un pequeño lugar, agradable, donde hay menos densidad de edificación. Se ve mucha mansión, mucha vivienda de lujo. Y desde el autobús se ve mucho coche europeo conducido por occidentales. Creo que ya se donde viven aquí los expatriados. O los asentados descendientes de los ingleses. Pasemos por su mercado, pequeño pero animado y agradable. Luego por una zona de costa que han abierto al mar para los paseantes. Un diminuto templo, del que no recuerdo haber anotado el nombre, y poco más. Pero queda el encanto del lugar, la tranquilidad que se respira. Camino hasta la playa de Sant Stephan. Una recogida playa donde una pareja de occidentales toma el sol mientras otra pareja de chinos sacan un catamarán al agua. La vela se hincha de viento y color y se alejan en silencio. El sol calienta de una manera agradable. Es casi triste que todo sea tan hermoso.&lt;br /&gt; Regresamos en autobús a Exchange Square. Caminamos, tomamos un café y algún dulce, y nos sumergimos en el metro para llegar a Tsuen Wan. El metro me llama la atención por lo amplio de sus pasillos, de sus corredores, de sus andenes centrales donde los trenes pasan a ambos lados, protegidos por una cortina de cristal que solo se abre cuando el tren esta totalmente detenido. Dentro, los vagones son totalmente diáfanos, como si uno estuviese metido en el interior del tubo digestivo de un gusano gigante.&lt;br /&gt; En Tsuen Wan, siguiendo las recomendaciones de la guía, visitamos el Sam Tung Uk Museum. Se trata de una rehabilitación de un pueblo hakka amurallado del siglo XVIII. Una construcción baja, de piedra, rodeada por gigantescos bloques de viviendas. Sorprende que después de recorrer quince estaciones de metro, desde Central, uno sigue metido en la ciudad. &lt;br /&gt; Después de media hora de consultar la guía, preguntar a gente por la calle, mirar los carteles informativos situados en la salida del metro, logramos dar con la parada del autobús que menciona la guía. Después de un recorrido largo, subiendo y bajando por montañas de abundante vegetación, llegamos una zona mas llana. Aquí no hay ciudad. Hay casas de aspecto desolador, muchos desguaces de coches, mucha venta de coches caros, usados, de importación (de África, de Japón, se anuncia en artesanales carteles). Antes, se ven muchas instalaciones militares abandonadas. Son viviendas y barracones. Las últimas no están abandonadas y en ellas se ven a los soldados del ejercito chino, con esa gorra de plato que he visto tantas veces en la televisión. Nos bajamos en Kam Tin. Un lugar que no promete nada. Entramos en una tienda a comprar algo de comer. Chocolatinas con polvo adherido al envoltorio, carteles solo en chino. Incluso tenemos problemas para entender el precio. Recuerdo que preguntamos algo por la calle y una joven,  con gesto displicente nos dice no, y se aleja de nosotros. Seis helicópteros del ejercito sobrevuelan despacio y a baja altura aquel conjunto de casas.&lt;br /&gt; La guia del Lonely Planet habla de unos pueblos amurallados del siglo XVI. El más cercano a KamTin se llama Kat Hing Wai y por lo que hemos leído, debe merecer la pena el viaje hasta aquí. Pero creo que el que escribió esa parte de la guía no debió visitarlo. Porque creo que, sinceramente, no merece la pena. Unas mujeres, vestidas de negro, (ataviadas con los trajes tradicionales, dice la guía) nos explican con reiteración agresiva que hay que dar un donativo (contradicción lexicológica donde las haya, incluso en inglés) y para ello señalan con agresividad un cartel explicativo. Como solo llevo un billete de diez dólares, una de ellas me cambia. Otra, con caries generalizada, me abre la mano y revisa, con una tacañería deprimente, si me han dado bien el cambio. Damos los dos dólares voluntarios y entramos. Una mujer desdentada nos pregunta con insistencia si queremos hacernos fotos (la guía advierte de que cobran por ello, y no veo razón alguna para hacerme esa foto). El pueblo consiste en unas cuantas casas, con los equipos de aire acondicionado colgando por las ventanas, con muros de cemento o de ladrillo, como si uno entrase en una barriada marginal en alguna gran ciudad europea. No callejeamos; se ve a la legua que no merece la pena. Salimos y de nuevo la desdentada  nos pregunta si queremos hacernos fotos con ellas. Salimos desilusionados de lo visto, del tiempo empleado. Creo que voy a escribir a los de la guía para que revisen los comentarios dedicados a este pueblo. Afortunadamente hay un autobús que regresa a Tsuen Wan por una autopista y tarda mucho menos. Ya estamos otra vez en la zona urbanizada. Y volvemos a subirnos al metro, esta vez a eso de las seis y media de la tarde, coincidiendo con el regreso de mucha gente del colegio, del trabajo. Y otra vez nos perdemos en el barullo de calles y gentes, simplemente dejándonos atrapar por la ciudad, buscando un sitio donde reponer fuerzas. Que termina siendo ese restaurante con aspecto de comida rápida del Western Market, a cuyo cocinero deberíamos haber felicitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Macau%202005%20240.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Macau%202005%20240.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Hoy vamos a Macao. Jueves 24 de noviembre de 2005. Macao es también territorio chino. Fue colonia portuguesa hasta 1999. Pero en la práctica, al igual que Hong Kong, es una Región Administrativa Especial. Tiene, así mismo, su moneda propia, la pataca. Al salir de Hong Kong tenemos que pasar por el control de pasaportes, lo mismo que al desembarcar del ferry en Macao. Una cosa que está muy presente en las fronteras es la información sobre la fiebre aviar. Entrando en Hong Kong nos han tomado la temperatura a distancia, al igual que a todos los pasajeros que veníamos de algún destino asiático. Y se pueden leer muchos carteles con información y advertencias sobre esta enfermedad. De hecho en Hong Kong hay mucha información incluso en la ciudad, y hemos visto propaganda institucional sobre la higiene, sobre la limpieza a la hora de manipular alimentos. Hemos llegado a ver en varios lugares públicos dispensadores de un líquido desinfectante que se evaporaba en poco tiempo. Son estos los tiempos del terror a una epidemia global a partir de la fiebre aviar.&lt;br /&gt; Pero nosotros desembarcamos del rapidísimo hidrofoil que en poco más de una hora recorre los setenta kilómetros que parece haber de puerto a puerto. Otra vez el trámite de aduanas, pero es breve. Siento los nervios del viajero que se enfrenta, de nuevo, a lo desconocido, sin más limitaciones que su curiosidad y su sentido de la prudencia. Sorprende ahora ver carteles informativos con los terroríficos kanjis chinos y su traducción al portugués. Abandonamos el puerto por la Avenida de Amizada, encontrándonos grandes edificios que albergan hoteles o casinos. Edificios que parecen parques temáticos de dudoso gusto, surgen en nuestro camino. En un periódico editado en inglés que cayó en mis manos, el South China Morning Post, no sé muy bien dónde, se hablaba de que la construcción en Macao estaba en auge, especialmente de Casinos y lugares de juego. Se perseguía convertirla en las Vegas de Asia, para lo cual se contrataban muchos ingenieros de construcción de Hong kong, donde este sector se encontraba más estancado. La guía de Lonely Planet explica como, desde 1992, más de la mitad de los edificios coloniales habían sido restaurados. Y eso se ve en los colores frescos, en las fachadas bien cuidadas de las iglesias o de edificios como el del leal Senado, o del Teatro dom Pedro V. Calles con reminiscencias portuguesas, pero que nos podrían recordar a una capital de provincia en España, plagadas de comercios y de gente que camina con las mismas prisas que en Hong Kong. Paseamos por la zona vieja, hasta que el hambre nos lanza hacia el final de la Rua do Almirante Sergio donde parecen concentrarse unos buenos restaurantes. Y así es. Comemos en uno llamado Litoral y nos gastamos casi las tres cuartas partes del dinero que habíamos cambiado en las sonoras patacas. Que no era mucho. El lugar merece la pena. Un chorizo asado, un pastel de gambas y un bacalao a bras, que dejaron el estomago satisfecho y pleno. Un te de jazmín, al que me he ido aficionando poco a poco, y que me resulta tan grato para comer. Un te que he terminado comprando en un comercio de Hong Kong para alternar con la ocha japonesa que también suelo frecuentar. En fin, que esta estancia en Asia también esta modificando ciertos hábitos culinarios. Y de postre una serradura, que viene a ser una especie de pudín pero con galleta. En fin, que la cultura de los lugares a los que uno se dirige, también se digiere y se aprecia con el estómago. Sobre todo cuando se está más cerca de los cuarenta que de los treinta. ¡Que lejos quedan aquellos viajes de interrail comiendo bocadillos de embutido comprados en supermercado por Europa, sin saber en que se diferenciaba la gastronomía alemana de la belga! &lt;br /&gt; La comida me ha dejado ligeramente lastrado, pero solo vamos a estar un día en Macao y la curiosidad termina venciendo a la pereza. Una comida tan maravillosa, en un restaurante bueno y agradable nos ha costado, dos personas, menos de cuarenta euros al cambio. Abajo, en la puerta del restaurante, un chofer lustra una limusina, negra y opulenta. &lt;br /&gt; Al lado del restaurante nuestros ojos reciben otro estimulo digno de tener en cuenta. El templo de A-Ma. Plegándose junto a la montaña, diversas edificaciones pequeñas se unen gracias a tramos de escaleras y paseos diversos. No es algo muy grande, pero está muy animado. Cientos de devotos y algunos turistas pasean por entre el humo intenso que las espirales de incienso y las barras colocadas por los visitantes van acumulando. Una atmósfera irreal, cargada de imágenes sugerentes que tratamos de guardar en la memoria de la cámara fotográfica, más fiable que las neuronas ocupadas en procesar todavía el bacalao. Me gusta no tener problemas por tomar fotografías. Creo que, al igual que los japoneses, los chinos no se toman muy en serio lo de la religión. Recuerdo un hombre joven hablando por el móvil y haciendo al tiempo reverencias delante de una figura de piedra salpicada de monedas y billetes que los files habían depositado. Curioso. &lt;br /&gt; Caminamos por la Avenida de la Republica. Una calle tranquila que antaño daba al mar pero que ahora, por obra de un brazo de tierra artificial que comunica con la &lt;br /&gt;torre de Macao, parece mucho menos avenida. Quedan restos de edificios coloniales. Unas niñas uniformadas de colegio, empujan una piedra que han encontrado en la calle y la apartan hacia la acera, junto a un árbol. Miedo da pensar en ver a dos pre adolescentes empujando una piedra por una calle de Madrid, comenta el viajero a su pareja viajera, que asiente. &lt;br /&gt; Entrando por la Avenida de Praia Grande un edificio colonial en uso, la sede del gobierno de Macao, nos sirve para internarnos en callejuelas estrechas. Además de los hermosos edificios restaurados,  hay muchas casas cuyas fachadas no han sido nunca remozadas. Ni siquiera un adecentado a base de una mano de pintura. Y muchas rejas, incluso en pisos altos. Volvemos  a la animada plaza del Senado y callejeando, atravesando calles que son auténticos mercados sedentarizados, llegamos a la base de lo único que queda en pie de la iglesia de san pablo. Tan solo queda la fachada, lo único que se salvo de un incendio hace ya siglo y medio. Parece ser que los cristianos japoneses que huyeron de las persecuciones que el clan Tokugawa organizó, después de decretar su expulsión, a comienzos del siglo XVII, se refugiaron aquí. Muchos turistas fotografían y se dejan fotografiar junto a la fachada que se recorta contra el cielo azul oscuro del atardecer. Es raro ver restos de una iglesia católica por  estas tierras.&lt;br /&gt; Nuestros pasos, pasos cansados pero curiosos, se dirigen a la vecina fortaleza de Monte, construida por los jesuitas por las mismas fechas que las de la persecución de los cristianos de Nagasaki.  Las vistas de la ciudad, ahora que los cañones están de adorno, ahora que las guerras las hemos alejado de nuestra civilización, son hermosas. El sol ya es ese disco mortecino y anaranjado que apenas tiene fuerza alguna sobre nuestras retinas. Unas fotos para tratar de retener este aroma de eternidad, para poder aspirarlo cuando estemos a miles de kilómetros de aquí.&lt;br /&gt; Y solo nos queda regresar, tranquilamente al ferry. Un café, para reposar los pies y las vivencias, para intercambiar palabras, para observar a la gente pasar. A esta gente que seguirá viendo este lugar exótico como su lugar en el mundo. Personas que seguirán yendo y viniendo cada día por estas calles, con los ojos medio cerrados por el peso de la rutina.&lt;br /&gt; La noche ya ha caído y, sin mas patacas en el bolsillo que algunas monedas ya convertidas en recuerdos, enfilamos el camino del puerto. Volvemos a ver los casinos que nos recibieron cuando veníamos cargados de energía y curiosidad. Nos han quedado muchas cosas por ver, pero a este viajero le gusta pasear por las calles, mirar a la gente, ver los trabajos de todos los días y no concentrarse como un poseso en los monumentos, en los números que aparecen en los planos de la guía. Macao, como casi todos los lugares habitados de este enigmático planeta, además de sus edificios coloniales, es y sobre todo, sus gentes. Esas personas que despiertan cada mañana pronto, y que empiezan a preparar sus pequeños negocios para que la economía empiece a funcionar desde abajo. Hasta llegar a los grandes centros financieros de Hong Kong, hace falta el soporte de esos tenderos que organizan sus alimentos secos o las galletas ligeramente dulces que compramos para el viaje de regreso. Niños y niñas que salen del colegio donde aprenden cosas que, independientemente de su utilidad, les fijaran recuerdos de una infancia más o menos feliz. Hombres y mujeres que preparan comidas, que sirven comidas, para que los demás puedan seguir su trabajo. Como los guardias que regulan el tráfico de algunos cruces guiados por su buen sentido, o los conductores de autobuses urbanos. Todos cumplen una labor, una función. Por pequeña que sea, es indispensable para que estos organismos funcionen. Esta sensación es especialmente intensa en Hong Kong.&lt;br /&gt; Y el viajero deshace buena parte del camino con tristeza, porque regresar es morir un poco. Y llega a la terminal de ferry y después de volver a pasar un control de pasaportes se ve sentado en un barco rápido que le devolverá a Hong Kong. Al menos queda el viernes y la mañana del sábado. Pero el viaje, como la vida, se extingue lentamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/Macau%202005%20137.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/Macau%202005%20137.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amanece un viernes donde el cuerpo pide un poco de descanso. Salimos mucho más tranquilos y más tarde a pasear. No se puede seguir a ese ritmo. Comemos sabroso en nuestro sitio favorito del Western Market y tomamos el metro en dirección al mercado de las flores, en la Kowloon. Ya quedan pocos puestos, pero disfrutamos de la exuberancia de colores, de los aromas que cubren la fuerte contaminación de la ciudad. Anochece pronto, mientras iniciamos el camino tortuoso y lleno de gente por la Fa Zuen Street. Puestos donde se venden cosas de marca (supongo que falsificadas, por el precio) y ropa. También hay puestos de comida. Pero es un poco agobiante tanta gente, tanta estrechez, así que en un momento dado, abandonamos esa calle y volvemos a la Nathan Road, congestionada de coches, taxis y mucha gente por las aceras. Entramos en una tienda, rancia pero con cierto encanto, donde se venden toda clase de tés. Una mujer nos muestra los diferentes tés de jazmín con un increíble acento americano. Mientras habla me distraigo, como no, y pienso si habrá estudiado en Estados Unidos o tal vez trabajado allí un par de años para acabar trabajando junto con su padre, que no parecía entender mucho inglés, en aquella tienda estática. El té de jazmín me está gustando mucho.&lt;br /&gt;Luego tomamos el metro hasta Tsim Sha Tsui y vamos caminando hacia la avenida de las Estrellas. Hay bastante gente. Y es que la vista de la isla de Hong Kong desde aquí es merecedora del paseo. Bajo la oscura presencia de la montaña, la larga franja de tierra domesticada, desde Central a Causeway Bay y mucho más allá, aparece marcada por rascacielos iluminados, apiñados unos junto a otros, unos detrás de otros. Las luces de colores se reflejan en el mar, ascendiendo y descendiendo al ritmo del oleaje, casi siempre forzado por el paso de una embarcación. Algún yate, algún diminuto sampán, incluso alguna de esas grúas flotantes que parecen desafiar las leyes de la física, se cruzan dibujando un perfil de oscuridad sobre el fondo de luces. A las ocho unos altavoces anuncian un espectáculo de luz. Una voz anuncia el nombre de un rascacielos y el nombrado edificio modifica su iluminación para destacarse. Mucha gente disfrutando de las luces, de la temperatura tan agradable. Allí sentados, mirando la ciudad, el viajero se siente de nuevo en uno de esos momentos enigmáticos, gratos y memorables. Esa conciencia de vivir un presente que difícilmente se olvidará es algo muy intenso.&lt;br /&gt;Después de un buen rato de pasear junto al mar, esquivando turistas que descargan sin piedad los flashes de sus cámaras de fotos contra la isla, tomamos el ferry hasta Wan Chai. Un paseo, unos yogures y unas galletas, e iniciamos el regreso al hotel en nuestro ya familiar tranvía. En el aire el viajero lee al respirar que está consumiendo su última noche en Hong Kong. El cansancio terrible, kilómetros y kilómetros recorridos, empieza a poner límites a las ansias andarinas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sábado lleva escrito el final del viaje. Con tristeza terminamos de acomodar las cosas en la maleta, verificando que dejamos la habitación vacía de nuestras pertenencias, de nuestras huellas. El último desayuno en aquella terraza con un hueco entre tanto edificio enorme para ver el cielo. Siempre azul, con una ligera bruma. Dejamos el equipaje en recepción y salimos a caminar un poco. Un último paseo en el que siento una tristeza incómoda Solo ha sido una semana, pero quizá es esta intensidad en las  vivencias la que hace que el viajero se encuentre sumido en un estado de desánimo ante la partida. O quizá, más que por la ciudad, sea por la propia condición de viajero, explotada sin cortapisas durante breves periodos de tiempo al año. Mentalmente nos despedimos de Causeway bay, de los tranvías de dos pisos, de las tiendas de comida seca, de los cafés de la Pacific Coffee Company...&lt;br /&gt;En el Hong Kong Convention and Exhibition Center se disfruta de una agradable vista de la bahía. Un edificio de paredes de cristal, con recintos interiores amplísimos. Se celebra la exhibición de antigüedades y objetos de arte modernos que se serán subastados por la empresa Christie´s en diciembre. Nos sorprende que nos dejen entrar, a pesar de nuestro aspecto de turistas que no van a comprar nada. Como cuando hemos entrado en el Central Plaza, un rascacielos de oficinas, en el que hemos tomado el ascensor hasta el piso 35 solo por si se podía ver la ciudad. Solo había oficinas cerradas. Pero no hay ningún tipo de restricción al acceso. Como en Tokio. Pero totalmente distinto a ciudades europeas, como Madrid. Lo primero que me llama la atención, encerrado en una vitrina de cristal es un violín de 1770. No puedo decir que sea precioso porque realmente los violines solo se distinguen en el sonido, no con la vista. Uno se pregunta por cuántas manos habrá pasado, cuantos conciertos habrá conocido... Por el precio de ese violín uno se podría comprar un piso grande en Madrid. Vemos antigüedades orientales, biombos chinos, tapices con esa caligrafía japonesa tan esmerada, que en origen, como tantas cosas, fue tomada de China. Uno también piensa cuánto dinero tiene que ganar  una persona para gastarse tanto en un elemento decorativo. Y no llega a hacerse una idea cabal de la magnitud de esos emolumentos. Ni qué tipo de trabajo puede proporcionar tanto dinero.&lt;br /&gt;Deshacer el recorrido en metro hasta el aeropuerto fue especialmente doloroso. Uno recuerda ese mismo paisaje, cuando el viaje es casi todavía un proyecto y cuando está todo por descubrir.  La verticalidad, este atributo tan asociado en mi cabeza a esta excolonia, se repite de nuevo en las imágenes matizadas por la tintura de los cristales del vagón de metro. O tren rápido, como lo llaman por aquí. Recuerdo este verano, el fin de semana largo que pasamos en Berlín. El día que volvíamos a salir del Berlín este para atravesar aquellos barrios que todavía eran grises, camino del aeropuerto. Con la sensación de que todavía necesitábamos un poco más de tiempo para tomarle el pulso a la ciudad. Pero en realidad es la justificación para seguir ejerciendo de viajero. Como en este recorrido, camino del aeropuerto internacional de Hong Kong. Comida decente y últimas compras de té con la moneda sobrante. &lt;br /&gt;El resto ya es menos digno de ser contado. El viajero se ha despojado completamente de su piel nómada y poco a poco ha ido asumiendo su papel de trabajador para empezar a pensar en otro viaje.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113699093795274653?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113699093795274653/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113699093795274653' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113699093795274653'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113699093795274653'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2006/01/viaje-hong-kong-noviembre-2005.html' title='Viaje a Hong Kong (Noviembre 2005)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113517715350308733</id><published>2005-12-21T23:57:00.000+09:00</published><updated>2005-12-21T23:59:13.516+09:00</updated><title type='text'>PITÁGORAS Y LOS LLAMADOS PITAGÓRICOS (1)</title><content type='html'>&lt;strong&gt;Vida de Pitágoras&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pitágoras fue contemporáneo de Anaxímenes, pero no se sabe con certeza que parte de la doctrina es suya y cual de sus discípulos. No dejó nada escrito. La oscuridad de sus doctrinas no solo se debe a que se hayan perdido muchos textos, sino al propio secretismo de la escuela. Combina ésta la reflexión con un respeto de la tradición. Hubo discrepancias ideológicas, pero por debajo de ellas existía una unidad de concepto. Gran influencia sobre Platón. Con Pitágoras, el motivo que lleva a la filosofía deja de ser el de los jonios, a saber, la curiosidad o el progreso técnico, y se convierte en la búsqueda de un modo de vida. Pitágoras fue más maestro religioso y político que filósofo. Fue reverenciado por sus discípulos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pitagorismo se configuró rápidamente como una secta religiosa. El fundador es considerado pronto como un dios, y se va rodeando de leyenda. Se le van atribuyendo todos los logros de la misma. Los descubrimientos científicos eran considerados por ellos bajo el mismo punto de vista que si fuesen revelaciones religiosas. Sus mayores aportaciones son matemáticas y en el mundo griego de entonces matemáticas, religión y astronomía estaban relacionados. Se sabe que Hípaso fue castigado o bien por revelar un descubrimiento geométrico o bien por no atribuírselo al fundador.  No todo debía ser divulgado a todos los hombres. Pero donde no todo se puede decir, surgen los rumores para llenar el vacío y se distorsiona el conocimiento que nos llegando. Escasez de fuentes de información contemporáneas (hasta Platón). Platón y Aristóteles hablan algo de los pitagóricos. Aristóteles es el que más información nos proporciona. No hay escritos de los pitagóricos conservados anteriores a Filolao, director de la escuela de Tebas. Se decía que Demócrito había escrito un libro sobre Pitágoras pero lo conservado del mismo no habla nada de él. Resurgimiento del pitagorismo en tiempos de Cicerón hasta el neoplatonismo.  A través de los neoplatónicos nos llegaron muchos escritos sobre su doctrina. El problema de estos textos es su exageración del elemento mágico-religioso, además de renunciar al rigor con tal de tener una inspiración. Por todo ello advertir que las bases del conocimiento sobre los pitagóricos son todo menos sólidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pitágoras (570-490) nació en Samos (Jonia) bajo la tiranía de Polícrates, quien elevó a la cuidad en lo cultural y técnico. Pitágoras estuvo interesado por el progreso técnico y comercial. Viajo por Egipto y Babilonia.(encontramos en la India la doctrina de la transmigración, la prohibición de la carne y el misticismo del número). Con Polícrates floreció el lujo y la disipación, lo que no gustaba al filósofo. Emigró, pues a Crotona (Magna Grecia), que mejoró con su llegada después de una derrota frente a los locrios. Allí fundó su escuela y tuvo mucha influencia en la vida política. Su deseo de poder no era ambición personal sino deseo de reformar la sociedad según sus ideas. Para ello elaboró una constitución. Puede haber introducido la acuñación de moneda. El predominio de Pitágoras duró veinte años durante los cuales Crotona extendió su influencia sobre las ciudades vecinas, donde dirigentes fueron pitagóricos. Pero una oposición política  por parte de aristocracia y pueblo ante la concentración del poder en manos de los pitagóricos, tan esotéricos y cerrados, dio al traste con sus ambiciones. Muchos de sus partidarios murieron. Les persiguieron igualmente en otras ciudades. Pitágoras huyó a Metaponto, donde murió. Sin embargo las actividades pitagóricas continuaron durante cincuenta años. Hubo un segundo estallido antipitagórico, más violento, que el primero (454), y muchos pitagóricos huyeron a Grecia y a Egipto. Algunos quedaron en Italia, pero las cosas volvieron a complicarse y hacia el 390 todos debieron huir. Los últimos años existieron pequeñas comunidades y separadas. Algunos estudiosos catalogan a Pitágoras de haber contribuido solo al progreso matemático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para Pitágoras los motivos religiosos y morales eran prioritarios. La filosofía para Pitágoras fue la base de un modo de vida, de una forma de salvación eterna. Para ellos la parte más importante de la filosofía era la que meditaba sobre el hombre, sobre la naturaleza del alma humana y sus relaciones con otras formas de vida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hípaso.- Fue un pitagórico rebelde que reveló algunos secretos matemáticos. No siguió una línea ortodoxa. Desde Aristóteles se le asocia con Heráclito, defensor del fuego como Arché, aunque esto puede derivarse de la unidad ígnea del fuego pitagórico.  Las doctrinas de Hípaso y Heráclito se han confundido muy frecuentemente. Rivalidad con Pitágoras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Petrón.- Había 183 mundos situados en un triángulo. No sabemos más de él. Hay quien duda de su existencia, pero parece ser un pitagórico de los primitivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ecfanto.- Dudas sobre su existencia. Teoría de que la tierra gira sobre sí misma. No podemos tener un conocimiento verdadero de las cosas que existen sino solo definirlas como creemos que son. Los principios de todas las cosas son cuerpos indivisibles caracterizados por tamaño, forma y poder. De ellos se originan las cosas perceptibles. Contemporáneo de Platón. Trató de combinar pitagorimo y atomismo, cuando empezaba a emerger una distinción entre corpóreo e incorpóreo arrastrando al pitagorismo hacia un materialismo de carácter atomista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hicetas.- Decía que todo lo que está en la bobeda celeste no se mueve. Poco más sabemos de él. Solo se mueve la tierra que gira sobre su eje y rota a gran velocidad como si todo se moviera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Filolao.- Pitagórico del sur de Italia. Nació unos veinte años después de la muerte de Pitágoras y conoció a Platón. Algo sobre él se verá más adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arquitas.- Llevó el pitagorismo a la Academia de Platón. Amigo de Platón. Pudo haber contribuido a la tesis central de la República de que los sabios deben gobernar.. Político y general afortunado  y destacado. Con él Tarento disfrutó de una constitución democrática. Fue un matemático brillante. Siguió el estudio de la armonía musical iniciado por Pitágoras. Inició los principios matemáticos al estudio de la mecánica. En general, adhesión a las ideas pitagóricas.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113517715350308733?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113517715350308733/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113517715350308733' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113517715350308733'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113517715350308733'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2005/12/pitgoras-y-los-llamados-pitagricos-1.html' title='PITÁGORAS Y LOS LLAMADOS PITAGÓRICOS (1)'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113491755691646644</id><published>2005-12-18T23:51:00.000+09:00</published><updated>2005-12-22T00:01:10.540+09:00</updated><title type='text'>Recuerdos de un viaje en invierno.</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/mie..%20111.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/mie..%20111.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Martes 13 de diciembre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  Hoy no me puedo quejar de que estos últimos cuatro días no hayan dejado algún recuerdo algo más intenso que la monotonía de los días de trabajo. Aunque también es cierto que en esas tardes oscuras de frío, de flecos de tiempo que se deshilachan de las horas de oficina, en esas horas de agradable lectura en casa, aunque se respire la cotidianeidad, también se siente un bienestar agradable. Casi burgués. Casi de cuarentón. Supongo. Como cuando el frío comienza a penetrar la piel, buscando los huesos para roer y de repente encuentra uno un recinto caliente. Y comienza a sentir la derrota del frío, el dolor de la batalla. La humanidad simplificada.&lt;br /&gt; El viernes nos levantamos pronto y salimos en coche rumbo al sur. Al sur de Nagoya. El día amaneció nublado, pero conforme bajábamos hacia la península de Ise el tiempo fue mejorando, abriéndose grandes agujeros en las nubes por los que se colaba el azul intenso del cielo. El trafico se fue despejando según dejábamos Nagoya y sus alrededores detrás nuestra. La alegría de ver el paisaje fluir a los lados, de sentir la curiosidad por enfrentarse a escenarios nuevos en nuestros días, se infiltraba en lo más profundo de mi ser. No puedo hablar por los demás. Y así llegamos a Ise. Ise es un nombre sagrado en el sintoísmo, la religión en la que se apoya y se justifica la existencia del emperador. El Ise Jinguu, el santuario sintoísta más sagrado de Japón se compone de dos templos que visitamos. Primero, de forma casual, nos dirigimos al templo Genkuu. Es un recinto situado en el interior de un bosque, con senderos que unen una serie de pequeños lugares sagrados donde rezar. El más importante, el dedicado a la diosa Toyouke no Oomikami. No es más que un edificio simple de madera con un tejado de paja prensada de un grosor apreciable. Unos vigilantes, elegantemente ataviados con largos abrigos cruzados y gorra de plato, ayudan a las cámaras de televisión a vigilar que nadie traspase las barreras que delimitan el recinto sagrado. Allí donde solo puede entrar el emperador y su familia. Primitivo. Hay una gran explanada donde se va a construir el nuevo templo. Parece que cada veinte años lo construyen de nuevo a pocos metros del lugar original. Hace frío, aunque el sol calienta. Pero entre los árboles, en medio de ese bosque donde están situados los templos, el aire es frío y húmedo. &lt;br /&gt;En el viaje en coche hemos venido comentando cosas que nos llaman la atención de Japón. A los recién llegados les chocan las mismas cosas que a nosotros al principio. Resulta refrescante hablar con alguien que recibe el choque cultural y lo lleva casi intacto a sus espaldas. Por cierto, los que visitamos ayer el onsen, empezando por el que esto escribe, hemos coincidido en haber tenido sueños intensos la noche pasada. Tal vez aquellos vapores aromáticos sean los responsables. Volveré.&lt;br /&gt;Después, con el coche, buscamos el otro templo, el de Naikuu. Mas grande el recinto, también situado en un bosque, el lugar es más hermoso. Un puente arqueado, el Uji Bashi, sobre un río, escueto, nos dirige por una avenida de piedrecitas que un trabajador se esfuerza en distribuir homogéneamente. Un trabajo absurdo para mis ojos. Mucha gente camina, descolocando con sus pasos las piedrecitas. Un lugar muy agradable. Un bosque que invita al recogimiento. Pero el frío mitiga esta sensación. Muchos guardias impecablemente vestidos. Poco realmente que ver desde la distancia impuesta por las barreras de seguridad. Según indica la guía, aquí está guardado el espejo sagrado de Amaterasu, uno de los atributos tradicionales del poder imperial. Más costumbres milenarias para justificar algo anacrónico en este país. Cruzando el puente de nuevo, saliendo de lo sagrado, a la derecha nace una calle profana y peatonal. Ohari machi, llena de tiendas de recuerdos y de sitios donde comer. Aquí no debe entrar el emperador. Entramos en un lugar que no me pareció especialmente maravilloso y tomamos un seto (palabra katakanizada del ingles; katakanizar es un verbo que no estoy seguro de que exista, si no es en el acervo de los expatriados hispano parlantes en este país) cada uno. El precio desvirtuaba aún más la calidad del conjunto.&lt;br /&gt;Después de comer, subimos al coche y vamos bajando por carretera hasta Kashikojima. Nos desviamos a ver Meoto Iwa, dos piedras sagradas que están unidas por una cuerda, también sagrada. Representan  a Izanami e Izanagi, los dos dioses, varón y hembra, que crearon Japón. Están situadas en el mar, a pocos metros de la costa. Una costa complicada, rocosa, en la que se ha tallado un sendero para poder verlas más de cerca. Un pequeño templo en el que estamos poco tiempo pues el viento es muy fuerte y el frío se disuelve por nuestros huesos con dolor. Dolor sagrado, espero. Con el coche tratamos de llegar a algo que nos ha parecido un castillo, pero que no figura en la guía. Solo llegamos a un templo junto a un decrepito albergue juvenil que no parece funcionar. Un curioso cementerio para perros termina de completar un recinto extraño, hundido en la espesura de un bosque, en la ladera de un monte. La noche comienza a mostrar sus garras. Son las cuatro y media. La oscuridad traerá mas frío, seguro. En el coche uno se siente a refugio del terrible viento, del frío traicionero. Con algún problema de orientación, llegamos al embarcadero. Es curioso que al meter el teléfono del riokan en el navegador, este nos marca la ruta, ignorando el agua. El riokan Ishiyama está situado en una isla, y el camino trazado en la pantalla parece ignorar el agua. Mente simple, de silicio. La isla no se encuentra muy lejos del embarcadero. Se ve un punto tenue de luz. Más bien lúgubre parece aquello desde la distancia. Llamamos por teléfono. Como allí, nos informa la voz que habla inglés, no hay para comer, decidimos alimentarnos antes de dejarnos llevar por la barca misteriosa, camino de lo desconocido.&lt;br /&gt;Después de dar un paseo por una escueta calle de una población japonesa idéntica a otras muchas, sin grandes alicientes, entramos en un yakiniku. Comemos bien y barato. Y caliente. Acabada la cena, a eso de las ocho de la noche, vamos al embarcadero y llamamos por teléfono de nuevo a nuestro contacto en el riokan, para que venga a buscarnos. Mientras terminamos de sacar las maletas y mochilas del coche, vemos salir un punto de luz de la isla. Una luz acompañada del rumor de un motor. Nos entra un poco de congoja. Es como dejarse llevar por un desconocido a un lugar apartado, sin grandes posibilidades de huir. Pero nos montamos en su barca, atrapados por un curioso aire de aventura, de riesgo infundado que nosotros mismos hemos creado con nuestras bromas al respecto. El movimiento de la barca nos mete de lleno la brisa del mar en el cuerpo. Ganas de quitarse este frío húmedo y pegajoso. Llegamos, por fin. En un edificio con una decoración ecléctica donde se ven elementos africanos que conviven, pacíficamente, con lo autóctono, el resto de la familia nos da la bienvenida y nos contempla, curioso, dejar nuestros zapatos a la entrada. Nos falta la soltura de los nativos. Nos entregan nuestras llaves. Las habitaciones, grandes, decadentes pero limpias, están bastante calentitas. Se agradece. Una televisión de hace cincuenta años lleva adosada una máquina para tragar monedas. Surrealista, más que vetusto. Hay que pagar por usar aquel monitor diminuto que parece más propio de un circuito cerrado de vigilancia de un aparcamiento subterráneo. Por ejemplo. La calefacción, también debe estar más cerca de la Segunda Guerra Mundial que de nuestros días. Pero el frío se empieza a esfumar del cuerpo y uno agradece la fiabilidad de la tecnología de los años cincuenta. Un baño caliente en el ofuro, y la vida se nos aparece de otra forma. Nos hacemos unas fotos, todos con las yukatas, idénticas. Nos comportamos como perfectos turistas occidentales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sábado amanece soleado. En el futón, debajo del edredón, se está bien. Pero como nos acostamos pronto, a las siete estoy despierto, con los ojos ansiosos por contemplar lo nuevo. Por fin veo el paisaje con luz. Es curioso como cuando llego a un lugar de noche y no logro ver sino retazos de su fisonomía, me parece maravilloso descubrirlo al día siguiente. Contrastarlo con los desvelos que esbozo la imaginación a partir de bien poco. Desde la ventana de la habitación, solo se ve un pedazo limitado de mar. A los lados, la isla, nuestra isla, enfrente la costa y brazos de tierra se dibujan en mi horizonte. Pero el paisaje es agradable. Bajamos y llamamos al timbre en recepción. Craso error el no haber informado el día anterior al hombre de nuestra prevista partida. Después de un rato, aparece en pijama y con cara de recién despierto. Pero con una sonrisa, es japonés, nos dice que en cinco minutos nos llevará al embarcadero de donde nos recogió la noche anterior. En la planta baja, el riokan tiene una bonita terraza. Creo que volveremos con buen tiempo.&lt;br /&gt;Metemos las cosas en el coche y, dado que no parece factible encontrar un lugar donde desayunar estilo occidental, algo a lo que ninguno de nosotros parece querer renunciar, entramos en un convinience (palabra inglesa katakanizada según la trascripción anterior), esas tiendas veinticuatro horas abiertas donde se puede comprar muchas cosas útiles y que siempre están atendidas por gente muy joven con cara de contrato temporal y precario. Nos aprovisionamos de café caliente en lata (no está tan mal) y de bollería industrial (colesterol y del malo). Desayunamos dentro del coche. Cuando terminamos tan austera refacción, rodamos por la carretera, junto a la costa. Muchas curvas, muchos pueblos. En esta zona se dedican con intensidad al cultivo de perlas. Parece ser que fue cerca de aquí, en Toba, un tal Koichi Mikimoto produjo la primera perla cultivada del mundo. Paramos a hacer fotos, a pasear por una playa. El sol lanza sus rayos a través de un cielo limpio. A pesar de la fecha, se nota que calienta. Avanzamos por la costa y luego nos desviamos hacia el interior, buscando el ascenso hasta Koya san, nuestro próximo objetivo. El navegador nos da seis horas para ciento cincuenta kilómetros. Nos parece exagerado. O al menos a mí. Los pasajeros guardan silencio, aterrados ante la perspectiva de las horas de coche. Supongo. De hecho, se recupera tiempo con facilidad al principio. Son carreteras de montaña que atraviesan valles muy bonitos. La frondosidad de la montaña es similar a la que hay en Gifu. No se ve el perfil de las montañas sino suavizado por la espesa capa vegetal. Uno no deja de encontrarse con casas y, allí donde la naturaleza se suaviza y un estrecho valle ofrece una pequeña planicie, surge un pueblo, campos de arroz, algún taller. Pero la subida a Koya san no permite circular a mucho mas de cuarenta kilómetros por hora. Y solo en algunos sitios. La carretera es sumamente estrecha. En un lugar tuvimos que discutir sobre quién retrocedía con otro conductor. En algunos tramos hay que mirar para que las ruedas entren en el asfalto con sumo cuidado. Luego descubrimos que por el norte hay otra carretera mucho mejor para subir. Koya san esta a 800 metros de altura. Hay nieve y hace bastante frío. Pero el lugar merece la pena. Es un conjunto de templos, cubiertos sus complicados techos de paja prensada de nieve. Algunas tiendas de recuerdos en la única calle que recorre el lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/1600/mie..%20194.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1235/1736/320/mie..%20194.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer templo de Koja san fue fundado en el siglo IX por un monje budista. Actualmente hay más de un centenar de monasterios, muchos de los cuales proporcionan alojamiento. El lugar, un bosque espeso recogido en mitad de las montañas debía invitar a la oración y la meditación. Caminamos buscando el templo de Kongoobu ji. Preguntamos a un monje que barre el hielo de la entrada a un monasterio. Para mi sorpresa me responde en inglés. En fragmentos sencillos del idioma inglés. Prueba del turismo que debe llegar a este lugar. Me indica en un mapa gigante que hay colgado en la calle. Pero llegamos tarde. A las cuatro y diez cierran el acceso y ya no se puede visitar. Lástima. Siento la atracción de estos lugares. Siento la belleza serena de estos espacios de tatamis invitando no solo a la oración, sino a la libre meditación. Me gustan. A diferencia de los lugares sagrados del cristianismo, donde la piedra predomina, aquí se ha construido siempre con madera. Mucho más efímero. Mucho mas delicado y frágil. Alguna razón habrá. El frío me impide terminar de dar forma al pensamiento. Caminamos por aceras cubiertas de hielo hasta el Danjo Garan, otro edificio de madera grande. Esta cerrado, pero una puerta corredera lateral nos permite mirar dentro. Un espacio grande, con los adornos dorados propios en un extremo, que también parece llamar al recogimiento. La oscuridad va robando las formas, escamoteando los relieves. Las montañas se vuelven azules y el cielo pierde profundidad. Un lago helado. Un puente de madera cubierto con laca naranja. Las últimas fotos del día. Regresamos al coche, agradeciendo el refugio de la calefacción.&lt;br /&gt;Cae la noche pronto y nos queda bajar por otra carretera que enlaza una curva con otra, pero de mejor firme y ancho sensato, hasta caer en la llanura hiperurbanizada que nos conducirá a nuestro hotel en Osaka. Tráfico pesado. Lentitud, como siempre, en el circular japonés. Llegamos, por fin a las siete y media. En total no habremos hecho más de trescientos kilómetros y hemos estado en el coche cerca de seis horas. Japón. En la habitación del hotel duermo quince minutos. El coche me cansa, sobre todo esta pesada entrada a la ciudad. Luego vamos a Dotonbori a cenar. Nosotros todavía lo recordábamos de la vez pasada, hace ahora casi un año. Mucha gente con ropas extravagantes, con peinados exóticos, mucho neón. Modas salvajes a la vista. Mientras cenamos, la elección del restaurante ha sido un desastre, comentamos el cambio de paisajes del día. Amanecimos en una tranquila isla. Anduvimos por una costa despejada, llena de cultivos de perlas, con pequeños pueblos, Incluso paseamos por una playa. Luego subimos a la montaña para ver esos templos entre nieve y hielo. Monjes corriendo de un templo  a otro. Y luego el ajetreo urbano de Osaka. Mucho contraste. Muchas horas de coche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo, después de desayunar, nos dividimos. Ellos, los recién llegados, optan por visitar el castillo de Osaka y sus parques. Nosotros vamos hacia el Museo de los Derechos Humanos de Osaka, el Liberty Osaka. Difícil de encontrar, nos hace caminar por calles tristes, desiertas, en una mañana de domingo con el cielo gris. El aire sigue siendo frío y húmedo. El museo aparece por fin, después de dar vueltas, preguntar. Parece que lo han renovado hace poco. No hay guía en inglés, aunque nos dan unas fotocopias con unas notas en este idioma. El resto está todo explicado en japonés. Pero Mamen insiste y el director, el señor Ohta nos acompaña en nuestra visita por el museo. Al principio no sabemos de quien se trata. Tan solo de un amable japonés que es capaz de hablar un muy decente inglés y que se ofrece a explicarnos los contenidos de las salas. Hay veces en que uno tiene suerte. Se trata, él mismo nos lo explica, de un buraku, uno de los que nacieron en un barrio de curtidores, considerados impuros y marginados por la sociedad japonesa. A pesar de que el museo no es muy grande, estamos tres horas acompañados de sus palabras en inglés. Habla despacio y escucha nuestras preguntas. Muy interesante. El museo, después de explicar los derechos básicos del hombre (uno de ellos, me llama la atención, es el derecho a ser bello: toda la información al respecto se refiere a las mujeres), pasa a comentar la situación de aquellos colectivos especialmente marginados en Japón. La guía Rough dice que habla del lado oscuro de Japón y eso me recuerda el titulo de un libro El Costado Oscuro de Japón, de Ian buruma, que parece hablar de lo mismo. Según voy constatanto, poco a poco, este país no es una democracia al sentido occidental, sino más parecido al sistema mejicano, con su corrupción y su clientelismo. Y en cuanto a derechos humanos se refiere, parece que hay aspectos tan turbios como en Turquía o China. Japón y los japoneses parecen tener facilidad para separar en grupos, para marcar flechas de superioridad inferioridad. &lt;br /&gt;Nos habla el señor Ohta de los discapacitados. Parece que las familias los tienen en casa, en condiciones lamentables, solo para cobrar sus subvenciones y ayudas. Lo cierto es que Mamen y yo hemos comentado varias veces lo raro que es ver a un hombre en silla de ruedas, a un ciego. En el pueblo donde vivimos, imposible. Solo los ancianos van en silla de ruedas motorizada. Pero en ese caso, es la edad la que vence al cuerpo y no un impedimento de nacimiento, una mancha, una prueba de impureza. Se habla del sida. Nuestro amable guía nos explica que no hay información sexual en los colegios de carácter preventivo, dado el carácter tabú que el sexo representa en esta sociedad. Consecuencia: los casos de sida crecen. Es una enfermedad maldita y las personas afectadas hoy en día sufren marginación. Hubo un espectacular crecimiento después de una infección propiciada por sangre contaminada importada de otros países. Ello llevo a acciones contra el estado y compañías farmacéuticas. La homosexualidad también tiene su lugar en este museo. La emancipación de la mujer en un país donde solo logró tener acceso al voto gracias a la constitución americana posterior a la segunda guerra mundial, parece cosa muy reciente. Los hospitales para leprosos. Según parece la lepra ya está practicamente erradicada, pero todavía queda gente mayor, infectada. En este país cuando se detectaba un caso se le apartaba de su familia por la fuerza y se le ingresaba en un centro. Llama la atención que todas las leyes contra la marginación de la mujer, de los incapacitados (hasta hace poco no podían ir a colegios de gente “normal”) son muy recientes. Al igual que los movimientos de protesta.&lt;br /&gt;Se habla de las minorías: de los coreanos que viven en Japón. Gente que fue obligada a trasladarse a este país cuando Corea fue anexionada por la fuerza. Muchos murieron trabajando en las minas de Hokkaido. Muchas mujeres trabajaron como esclavas sexuales para los soldados que se dispersaron por todo Asia durante la Segunda Guerra Mundial. Todavía se discute el tema de las compensaciones a estas mujeres. Hasta hace poco no se les concedía a los coreanos la nacionalidad japonesa, aún habiendo nacido y vivido toda su vida aquí. Incluso hoy sufren discriminación, nos aclara con voz pausada nuestro guía. Se habla, igualmente de los habitantes de Okinawa, la isla tropical del sur. Parece que a principios del siglo XX muchos habitantes de Okinawa llegaron a la zona de Osaka para buscar trabajo en la floreciente industria. Pero sufrieron mucha discriminación y rechazo. Acabada la Segunda Guerra Mundial, y con Okinawa largo tiempo bajo el control estadounidense, requerían un pasaporte para regresar a su tierra. Hoy en día Okinawa tiene una fuerte presencia militar americana, aunque según lo que he leído hace poco, parece que podría trasladarse parte del contingente a otros lugares.&lt;br /&gt;En Hokkaido existían unas tribus, ajenas a los trajines históricos del resto de Japón que fueron forzados a convertirse en japoneses con la restauración Meiji (1868).  Los Ainus. Se les obligo a renunciar a su cultura, a su lengua. Hoy en día constituyen un grupo activo en defensa de su tradición y de su historia frente al martillazo unificador nipón.&lt;br /&gt;Y al final estaba el apartado dedicado a los buraku. La gente que tradicionalmente se había dedicado a trabajar la piel, los curtidores, junto con los carniceros eran gente clasificada como impura. Según nos cuenta, se trata del budismo y de su creencia en la impureza que emana de trabajar con cuerpos de animales muertos. Lo cierto es que los buraku (algo que ya había leído en otros muchos sitios) han vivido en sus propios ghetos, con un estatus diferente. Incluso cuando por ley no existía tal discriminación, los buraku seguían siendo gente al margen. Nos cuenta el señor Ota que hace relativamente poco una empresa redacto un listado de todas las barrios de poblaciones japonesas donde residían buraku, y que fue vendido a muchas grandes empresas japonesas que lo emplearon para discriminar en su selección de personal. Patético. No obstante, las condiciones de vida han mejorado sensiblemente, en parte gracias al movimiento de liberación, muy activo desde hace un siglo.&lt;br /&gt;Justo al final, una sala dedicada al desastre ecológico de Minamata. Durante mas de veinte años se realizaron vertidos tóxicos de mercurio al mar. La gente ingería el mercurio a través del pescado. Miles de muertos y damnificados. Al final de un largo proceso se logro, en 1996 un veredicto de culpabilidad para la empresa responsable y para el gobierno por dejadez y se impuso a los culpables la obligación de pedir perdón. &lt;br /&gt;Tres horas aprendiendo a conocer lo que se esconde detrás de los anuncios de publicidad de una amable mujer ofreciendo té en Kyoto o de unos jóvenes risueños comprando en Tokio. Pausa para tomarnos un té en el Coffee Corner del museo. Un problema de entendimiento hace que nos veamos con una taza de té verde y un tazón de chocolate caliente cada uno. Seguro que alguna de las amables mujeres que allí trabajaban tenía la anécdota para contar en casa. “¿Sabéis que los europeos toman te verde y chocolate caliente al mismo tiempo?” Y a partir de situaciones grotescas y absurdas se configura una perspectiva errónea del otro. En este caso, algo inofensivo.&lt;br /&gt;Llegamos al hotel a las cuatro. Sin comer pero satisfechos de la experiencia. Nos reagrupamos y salimos con el coche hacia Kyoto. Esta vez, apenas una hora de trayecto. Llegamos de noche. Un ryokan céntrico y agradable. Duermo un rato. Creo que más que cansancio es el frío que mi cuerpo no logra contrarrestar con el calor que tanto esfuerzo cuesta generar. Nunca me había pasado. Dice Mamen que estoy muy delgado, más que nunca, y que por eso no detengo el avance imparable del frío.  A lo mejor es la carencia de colesterol bueno. Después salimos a cenar algo sencillo, occidental. A veces es necesario descansar de los sabores fuertes de la comida japonesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes nos despedimos de Nico y Eduardo. Siguen camino hacia Hiroshima en tren. Han sacado en España el Japan Rail Pass, con el que pueden viajar gratis durante tres semanas por unos cincuenta mil yenes. Solo lo pueden utilizar extranjeros no residentes en este país. Lo curioso es que la mujer que atiende el mostrador dedicado a los viajeros con este pase no habla inglés.&lt;br /&gt;Nos vamos con Nines a ver templos. Kyoto ofrece mucho que ver. Me sorprendió la primera vez que vinimos por el tamaño. Para mí los templos en Kyoto pierden algo de su encanto al verse encerrados en medio de una gran ciudad.. Me gusta más disfrutar de la tranquilidad de los templos encerrados en la montaña, como el de Koya san, o en el bosque, como Eihi-ji. Aun así los templos aquí son impresionantes. Fuimos, andando desde la estación, hasta Higashi-Hongan ji. Se trata de un templo budista compuesto por dos edificios. Uno de ellos, la Sala del Fundador, un impresionante edificio de madera con columnas cilíndricas de este material, está cubierto por fuera con una estructura horrible mientras dura su restauración. Y va para unos cuantos años. Pero por dentro abruma. Hay una vitrina de cristal dentro de la cual se muestra una cuerda hecha con pelos de mujeres devotas. Según explica un cartel informativo, las cuerdas normales no eran lo suficientemente fuertes para levantar las vigas del techo y se partían. Hay un trineo de carga que servía para bajar la madera necesaria para la construcción del templo. Otro cartel advierte de la cantidad de gente que perdió la vida en los aludes, mientras trabajaban en la construcción del templo. Vidas segadas para tanta grandiosidad. Absurdo, es la primera palabra que me vino entonces a la cabeza.&lt;br /&gt;Caminando por una larga y ancha calle, con frío y sin sol, llegamos al recinto donde se esconde el templo rival del anteriormente visitado, el de Nishi Honggan ji. Este fue fundado por la secta de la tierra verdaderamente pura, la Joodo Shinshuu. Alcanzo tanta influencia que el shogun promociono el templo del este (higashi) para contrarrestar la influencia del templo del oeste (nishi). Aquí encontramos muchos edificios o templos de madera en un recinto bastante amplio. El sol empieza a lucir. Las nubes del cielo se fragmentan y un azul inmenso se desborda por las grietas. La luz nos da una perspectiva más hermosa de los templos de madera. El quitarse los zapatos y caminar solo con los calcetines por la madera de los templos me deja los pies ateridos, insensibles.&lt;br /&gt; Antes de comer decidimos caminar un poco en dirección al Too-ji. El sol ya parece instalado con decisión, y sus rayos templan un poco el aire. Pero a ratos se levantan unas  incómodas rachas de viento y el frío vuelve a mostrar sus garras. Creo, definitivamente, que algo no va bien en  mi organismo. Nunca antes he tenido problemas con el frío. &lt;br /&gt; Desde lejos se ve la enorme pagoda de cinco pisos, que nos ayuda a orientarnos en el camino. Pagoda, para mi sorpresa, no es una palabra japonesa. Takami san no me entendía un día que le hablaba de una pagoda. Ellos utilizan otra palabra, que viene a significar torre. Un enorme recinto con varios templos de madera nos recibe. Lo malo de realizar todas estas visitas una detrás de otra, es que uno se acostumbra a la grandiosidad y las referencias van elevando el nivel. Aun así, con los arces enrojecidos bajo el sol efervescente, la visión de conjunto me fascina. Me gustaría volver con quince grados más. Lo haré. Entramos en el Miei-do, donde un hombre y una mujer mayores escriben con llamativa precisión kanjis sobre un papel con el sello del templo. Muchos fieles los compran y con un secador de tela terminan de secar la tinta. Es fascinante ver como realizan los trazos. Años de práctica. Meticulosidad japonesa. Mamen y Nines compran dos cuadros completos de trazos. Son bonitos, pero en general siento cierto rechazo a toda transacción comercial por debajo de la cual fluya el sentimiento irracional de lo religioso. No estoy diciendo que irracional sea un apelativo despectivo. Irracional es la intuición, y es parte importante de mi ser. Fin de la disertación. &lt;br /&gt; Paseamos por los jardines y rodeamos la pagoda. Impresiona ver un edificio tan alto de madera. Y tan antiguo. Aunque parece que data del año 828, la última reconstrucción es del siglo XVII. Primero entramos en el Koo-doo y debo decir que me sorprende. Es la primera vez que veo un templo con estatuas gigantes de Buda gigantes. Con la oscuridad interior, aquello parece un sueño delirante. No invita a la meditación, sino a la observación. No hay mucho espacio para arrodillarse a orar. Unas esculturas, los Godai Mio, ofrecen una visión aterradora, guerrera. A continuación entramos en el Kon doo, con apenas tres figuras de Buda, parece menos surrealista.&lt;br /&gt; Tenemos hambre y ganas de sentarnos un rato. Lo sagrado, como lo bello, en abundancia cansa. Caminamos hasta la estación de tren, donde sabemos que hay hileras de restaurantes con menú del día, uno junto al otro. Es cuestión de elegir. Parece que acertamos y la sopa caliente templa un poco el organismo.&lt;br /&gt; Poco más que contar. Dejamos a Nines en el ryokan, tomamos el coche y vuelta a casa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113491755691646644?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113491755691646644/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113491755691646644' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113491755691646644'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113491755691646644'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2005/12/recuerdos-de-un-viaje-en-invierno.html' title='Recuerdos de un viaje en invierno.'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-17888947.post-113024403752870610</id><published>2005-10-25T21:39:00.000+09:00</published><updated>2005-10-26T22:48:14.256+09:00</updated><title type='text'>Noticias para ir cogiendo ritmo</title><content type='html'>El comité del gobierno japonés sobre asuntos de sucesión, ante la falta de herederos varones que amenaza con desencadenar una crisis sucesoria, se ha manifestado hoy a favor de que las mujeres puedan heredar el trono imperial japonés. Si el ejecutivo japonés aprueba esta propuesta, Aiko, la única hija de los príncipes herederos de Japón, Naruhito y Masako, podría convertirse en un futuro en su sucesora y sentarse en el Trono del Crisantemo. En virtud de la ley actual de sucesión, de la época de la ocupación americana, únicamente los hombres cuyo padre es emperador pueden acceder al trono. Esta reforma cuenta con un amplio apoyo de la población japonesa (alrededor del 84%).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    El servicio de guardacostas japonés ha denunciado vertidos ilegales de la empresa JFE Steel Corp en la bahía de Tokio. Se trata de la segunda empresa productora de acero de Japón. Los vertidos aluden a restos de agua empleados en procesos industriales contaminados con compuestos altamente tóxicos como derivados del cianuro. Parece que no se trata de una política de la empresa, si no de negligencia de algunos trabajadores. Estos, además de realizar vertidos tóxicos entre enero del 2003 y enero del 2004 falsificaron informes medioambientales para cubrir sus acciones&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/17888947-113024403752870610?l=expatriadoenjapon.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/feeds/113024403752870610/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=17888947&amp;postID=113024403752870610' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113024403752870610'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/17888947/posts/default/113024403752870610'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://expatriadoenjapon.blogspot.com/2005/10/noticias-para-ir-cogiendo-ritmo.html' title='Noticias para ir cogiendo ritmo'/><author><name>Óscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16931690327115691583</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
